lunes, 15 de marzo de 2010

"El Candela" primera parte

Su abuela se llamaba Candelaria, su padre era José el de Candela y a él lo conocían y aún hoy le conocen como "El Candela" y aún hoy a ella al pronunciar o escuchar ese nombre o ese apodo, le viene ese regusto dulzón, querido, algo añejo ya, de una época vivida bajo la ilusión de un amor sentidoy correspondido cuando aún no se ha terminado de cruzar, esa fina línea fronteriza que separa la niñez de la adolescencia.
Fue el penúltimo de una familia de nueve hermanos, aunque su madre siempre sumaba a estos nueve, los cuatro abortos que tuvo a lo largo de su vida fértil y para ella fueron trece hijos los que Dios le mandó, porque, según decía, un aborto también se pare y duele, se siente y se quiere.
De los nueve, el segundo murió con pocos meses y la tercera, Carmen, como su madre, una niña de ojos verdes, de difteria cuando apenas empezaba a caminar. Así que fueron siete los que vivieron y crecieron juntos en la casa de "El Cerro" que su padre compró con "mil fatigas" allá por los años cuarenta al Marqués de Nervión, cuando éste mandó al arquitecto Hernán Ruíz, trazar y proyectar lo que sería el barrio, parcelando sus tierras y vendiéndolas a precios asequibles a la riada de familias que acudían procedentes de la provincia, del campo, de la marginación, agarrándose al amparo de una enorme fábrica textil que abría sus puertas ofertando miles de puestos de trabajo. Trabajo que la gente ansiaba conseguir y mejorar de esta forma la precaria situación que se vivía en una postguerra caracterizada por el hambre, la miseria y la especulación.
Creció en la calle, en la década de los cincuenta, niño de pantalones cortos y tirantes, de cabeza con cogote rapado evitando los piojos que abundaban en la época y salpicada de "chocaduras" muestra y seña de sus "guerras" con calles rivales y fronterizas, de rodillas eternamente "desconchadas" y sandalias de goma que con el calor le picaban los pies y sabañones en las orejas, cuando el frío del invierno espantaba con juegos y carreras.
Los padres, bien por dejadez, por falta de tiempo o simplemente porque no sabían hacerlo de otra manera, no sacaban tiempo para atender con calma, con firmeza, con orden a la numerosa "prole" y lo cierto es que ésta, campaba por la vida con demasiada libertad y sin apenas freno. Aún así, la madre ya en la vejez, presumía orgullosa de que ninguno de sus hijos se habia "descarriao" y todos se habían situado en la vida más bien que mal y todos eran "mu honraos".
Él al ser de los últimos, tuvo la suerte de ir al colegio, privilegio que a los mayores les fue negado, simplemente porque los padres no lo creían necesario, antes estaba el trabajo, y desde muy pequeños supieron lo que era recoger algodón en el campo, o patatas, o limpiar pescado en la plaza o vender ajos en su puerta. Gozó de ese privilegio, porque su hermana, la tercera en la escala filial y la única mujer de los siete, se ocupó de llevarlos, a él y al benjamín de la familia, aquel que llegó cuando ya la madre creía que su vientre se había secado y quizás por ello, siempre miró a este niño y lo trató de manera especial al resto de sus hermanos.
El pequeño no quería ir, chillaba y pataleaba, como los cerdos cuando van al matadero, y había que empujarlo y hasta casi arrastrarlo para que entrara en la clase, pero él no, a él le gustaba el colegio y aunque llegó tarde, ya metido en los diez años, aprendió rápido, lo justo, pero al menos lo que en aquellos tiempos era necesario para defenderse y no quedar estigmatizado de analfabeto, como sus hermanos mayores.
Su otra "obligación", aparte de su asistencia al colegio, la impuso su padre, acaso lo único que le impuso en la vida. Todos los días desde que cumplió los ocho años, lo levantaba a las tres de la madrugada para llevarlo con él a comprar al "barranco" la verdura y la fruta que en su puesto de la plaza, vendía.
En su casa no había ni reglas, ni orden, ni la tan famosa "rutina", que hoy los psicólogos predican tanto por el buen desarrollo de los niños, allí casi todo era improvisado, no había horarios,el almuerzo podía prolongarse horas, conforme iban llegando uno u otro, se arrimaba el plato del guiso, la cuchara y el pan correspondiente, igual ocurría con la cena y a la hora de dormir, la puerta de la calle, nunca se cerraba a la misma hora, el último en llegar, se encargaba de hacerlo.
Dormían unos con otros en camas de tubos y colchones de "borra", repartidos en dos habitaciones pequeñas con poca ventilación, en las que en verano se asaban de calor y en invierno, padecían el frío, la humedad y el agua de lluvia que se colaba por el precario techo de uralita que casi improvisadamente se colocó cuando construyeron la casa.
Ella que tantos recuerdos atesora en su corazón desde muy pequeña, tantas vivencias, tanto amor de familia, se asombraba, cuando a requerimiento suyo, a la curiosidad por conocer detalles de su vida, poca cosa recuerda él de su infancia, salvo alguna que otra "gamberrada" y poco más, porque según su explicación, nada interesante, importante había vivido ni en su casa, ni con sus padres, que hubiera quedado grabado sentimentalmente en su corazón. Sólo tiene uno, claro, trágico, impactante, el entierro del mayor de sus hermanos, del "Candelita", dónde recuerda la gente, las calles atestadas por dónde pasaba el féretro, con niños aupados en las rejas de las ventanas para verlo pasar y "Marías" plañideras despidiéndole entre una gran multitud apretada viviendo el duelo. Murió con veinticuatro años de cáncer, lo conocía todo el Cerro, por su carácter abierto, por su trabajo en la plaza. Él tenía diez años y es su primer recuerdo.
Salió del colegio con catorce años y como no podía se de otra forma, se puso a trabajar en la plaza, en el mercado y seguía ayudando a su padre en la madrugada. Lo mismo se hizo pescadero, que confitero, que terminó consolidándose como frutero ayudando al hermano que se convirtió en primogénito a la muerte del mayor y que heredó el primer "puesto" que su padre adquirió.
Allí empezó a conocer la vida de los mayores, empezó a hacerse hombre, a probar cosas nuevas y muchas veces prohibidas, a contactar con otros amigos distintos a los de su calle de toda la vida, en resumen a vivir experiencias nuevas y distintas.
(Continuará)

4 comentarios:

  1. que bonito mami!!! cuando lo lea se va a poner a llorar, seguro. Qué homenaje mas chuli por su cumple!

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  2. A lo tonto, a lo tonto, estás escribiendo las memorias de la familia...vamos a tener que recopilar y editar un libro no? Me encanta tu forma de contar las cosas. Besos

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  3. Espero que le guste, Tania, comoa ti te esta gustando, todavía me queda mucho por decir, espero no ser pesada. Gracias por tu ánimo y por estar a mi lado siempre que te necesito. Te quiero.

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  4. Llevas razón Sara, no me habia percatado pero es verdad, son mis memorias, mis sentimientos. Como soy más bien parca en palabras, me hace ilusión saber que al menos escribiendo puedo llegar a gustar o enganchar un poquito sobre lo que cuento. Si a ti te gusta y a los que me quereis, me siento feliz y valorada. Gracias. Besoooos.

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