"El Lolo" solamente tenía a su madre. Habitaban una habitación alquilada dos casas más abajo de la mía y cuya propietaria ocupaba el resto de la vivienda. Esta sala como por aquellos tiempos se denominaba, hacía la veces de comedor, dormitorio y cocina. Dos camas de "tubo" con colchones de borra en un extremo seguidas de un ropero pequeño, componía el dormitorio, sin olvidar el pie con la palangana blanca y la jarra de porcelana para el aseo cotidiano. La cocina para guisar era de petróleo y los pocos cacharros, platos y vasos se apilaban en una repisa colocada en la pared, por encima de una vieja mesa de madera; sobre ella, un baño servía de fregadero junto a un cántaro lleno de agua y abajo un cubo de aquellos de la época, de cinc, hacía las veces de desagüe. La mesa de camilla, las cuatro sillas, la radio Marconi, el retrato en la pared del padre muerto y poco más, completaban todo el ajuar. El baño, era lujo de ricos, y por aquella época y aquellos lares, teníamos que conformarnos con un retrete en el patio compartido por toda la vecindad, el baño tambien de cinc para el lavado semanal en la habitación y la escupidera de loza blanca para las emergencias de la noche.
Su madre, Dolores, era una mujer alta y "seca". Su cara a pesar de que no era muy mayor, estaba dibujada por un gran número de arrugas que parecían marcar una vida difícil y dura. Un tic nervioso le hacía cerrar y abrir los ojos compulsivamente y un rictus amargo acentuaba la dureza de su rostro en el que pocas veces aparecía la sonrisa.
Apenas les quedaban algunos parientes allá en el pueblo que los vio nacer, con los que casi no tenían contacto y sus vidas giraban alrededor del trabajo de ella en la casa dónde servía desde que llegó del pueblo cuando él era todavía un bebé y los vecinos de la calle que siempre estuvieron con ellos para ayudarlos.
Las historias de cada familia, en aquellos tiempos casi de postguerra, era conocida por los vecinos más cercanos, porque todos eran portadores de vivencias más o menos duras a causa de la guerra, el hambre, las enfermedades... y cierto es que el sufrimiento une, se comprende mejor cuando se ha vivido. Aún así, la de ellos, despertaba en todos una ternura, una piedad, especial por todas las calamidades que pasaron.
Dolores se enamoró en su pueblo de Manuel y se casaron. Manuel trabajaba el campo, era jornalero y como casi todo jornalero de la época se hizo comunista a fuerza de ser explotado de sol a sol por el terrateniente dueño de las tierras. Apenas el jornal les daba para vivir y su descontento crecía, estimulado por las proclamas y dictados en pro de los derechos sociales que en aquel momento se extendían por todos los campos, fábricas, pueblos y ciudades de España.
Con la llegada del golpe militar de Franco, tuvo la mala suerte de que su pueblo quedó en manos de los sublevados y rapidamente fue detenido por su activismo y sus ideas comunistas. Fue fusilado poco después del 18 de Julio de 1.936. Su mujer estaba embarazada del primer hijo y seis meses después, nació un niño al que pusieron su mismo nombre en recuerdo de él.
La fatalidad, la desgracia, que casi siempre se ceba con más intensidad en los más débiles, quiso que ese niño no naciera bien. Ella siempre decía que la causa, el motivo había sido el sufrimiento por la pérdida de su marido, el miedo, la verguenza cuando la pasearon rapada al cero por la calle principal por viuda de comunista, el hambre, la insolaridad..., decía que su niño al igual que ella también se había asustado dentro de su vientre y que por ello su cabecita quedó como congelada por el miedo. Sabe Dios que pudo ser, pero para ella estaba totalmente claro.
Nada más nacer, su abuela, que fue quien asistió a su hija en el parto, porque la matrona se negó a ir a su casa, al verle la carita sentenció: "este niño no ha nacío normal" le dijo a su hija y a ella se le vino el mundo encima. Tuvo que salir del pueblo porque la gente se reía cuando pasaba con el niño bajo la toquilla, murmuraba " es una maldición del Cielo, un castigo que la mandao Dios por su marido", no le daban trabajo en ningún sitio y sus padres, avergonzados también, vieron el cielo abierto, cuando forzada por el hambre y el sufrimiento, decidió emigrar a la capital.
Apenas les quedaban algunos parientes allá en el pueblo que los vio nacer, con los que casi no tenían contacto y sus vidas giraban alrededor del trabajo de ella en la casa dónde servía desde que llegó del pueblo cuando él era todavía un bebé y los vecinos de la calle que siempre estuvieron con ellos para ayudarlos.
Las historias de cada familia, en aquellos tiempos casi de postguerra, era conocida por los vecinos más cercanos, porque todos eran portadores de vivencias más o menos duras a causa de la guerra, el hambre, las enfermedades... y cierto es que el sufrimiento une, se comprende mejor cuando se ha vivido. Aún así, la de ellos, despertaba en todos una ternura, una piedad, especial por todas las calamidades que pasaron.
Dolores se enamoró en su pueblo de Manuel y se casaron. Manuel trabajaba el campo, era jornalero y como casi todo jornalero de la época se hizo comunista a fuerza de ser explotado de sol a sol por el terrateniente dueño de las tierras. Apenas el jornal les daba para vivir y su descontento crecía, estimulado por las proclamas y dictados en pro de los derechos sociales que en aquel momento se extendían por todos los campos, fábricas, pueblos y ciudades de España.
Con la llegada del golpe militar de Franco, tuvo la mala suerte de que su pueblo quedó en manos de los sublevados y rapidamente fue detenido por su activismo y sus ideas comunistas. Fue fusilado poco después del 18 de Julio de 1.936. Su mujer estaba embarazada del primer hijo y seis meses después, nació un niño al que pusieron su mismo nombre en recuerdo de él.
La fatalidad, la desgracia, que casi siempre se ceba con más intensidad en los más débiles, quiso que ese niño no naciera bien. Ella siempre decía que la causa, el motivo había sido el sufrimiento por la pérdida de su marido, el miedo, la verguenza cuando la pasearon rapada al cero por la calle principal por viuda de comunista, el hambre, la insolaridad..., decía que su niño al igual que ella también se había asustado dentro de su vientre y que por ello su cabecita quedó como congelada por el miedo. Sabe Dios que pudo ser, pero para ella estaba totalmente claro.
Nada más nacer, su abuela, que fue quien asistió a su hija en el parto, porque la matrona se negó a ir a su casa, al verle la carita sentenció: "este niño no ha nacío normal" le dijo a su hija y a ella se le vino el mundo encima. Tuvo que salir del pueblo porque la gente se reía cuando pasaba con el niño bajo la toquilla, murmuraba " es una maldición del Cielo, un castigo que la mandao Dios por su marido", no le daban trabajo en ningún sitio y sus padres, avergonzados también, vieron el cielo abierto, cuando forzada por el hambre y el sufrimiento, decidió emigrar a la capital.
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