Con los corazones palpitantes, rebosantes de esperanza, salieron del cementerio, dejaban atrás la muerte, el llanto, la desdicha y la desolación, todavía había esperanzas de encontrarlo con vida, de tocarlo, abrazarlo, mirar a sus ojos y oir sus palabras y agarradas del brazo, apretándose la una con la otra, sin mediar palabra, porque todo estaba dicho, encaminaron sus pasos al centro del pueblo.
Tenían que saber y no sabían cómo, a quién preguntar, adonde dirigirse, no querían levantar sospechas, porque si por algún motivo había escapado o se encontraba escondido en alguna parte, ¿quién les aseguraba que no irían en su busca?. El sol había llegado a su punto más álgido y su fuerza se traducía en un calor sofocante que achicharraba y nublaba hasta la razón y a ellas empezaba a hacerles mella la noche en vela, los nervios, el llanto y la ansiedad, pero siguieron avanzando por la calle Real camino del Ayuntamiento, fue el primer sitio que se les ocurrió, allí estaban los nuevos dirigentes, los reponsables de todo.
Una vez en la plaza, frente a la Casa Consistorial, se pararon atemorizadas. Las puertas estaban abiertas y un pequeño grupo de personas se agolpaba junto a ellas, con la misma indecisión. Parecían estar esperando alguna información, una noticia, una llamada..., se acercaron con los nervios a flor de piel y las piernas temblando y se unieron a ese corrillo de personas, que estaban esperandocon las que tenían un denominador común que los unía, eran gente como ellas, muchos conocidos, vecinos, pobres y trabajadores del campo, mujeres y niños con la ansiedad reflejadas en su rostro, gente que buscaban lo mismo que ellas, saber que había pasado con su ser querido.
"Durante el camino recorrido desde el cementerio a las puertas del Ayuntamiento, agarrada del brazo de mi madre, casi arrastrada por ella, mi mente pasaba intermitentemente, de un pensamiento a otro, parecía que hacia años que habíamos estado cenando en casa. Como todos los días, era el momento de la charla, el momento en que mi padre olvidaba sus desgracias y tormentos y reía con nuestras risas, con nuestras ocurrencias y mi madre viéndolo feliz, se hinchaba ella tambien de esa misma felicidad y exageraba aún más sus chistes y sus anécdotas. Recordábamos siempre a mi hermano ausente y escribíamos juntos la carta diaria que a la mañana siguiente me encargaba yo de echar al buzón, y... !sólo habían pasado horas, ni siquiera un día! y ahora nos encontrábamos sólas, sin saber que había pasado con mi padre, sin saber que iba a pasar con nosotras, y en ese momento, me acordé de mi tío, ese tío Florencio al que apenas conocía, y al que mi madre quería intensamente y sentí la necesidad de estar a su lado, necesitaba de una fuerza masculina con la que me sintiera protegida y defendida, que, de momento, nos acompañara y consolara y me daba igual que apenas lo conociera, pero -pensé- que yo llevaba su sangre, la misma que mi madre y no dudé ni un momento que nos ayudaría. Echaba intensamente de menos a mi hermano, allá en aquella sierra maldita, que lo tenía aprisionado, si él estuviera aquí, nos daría fuerzas y se encargaría de traer de vuelta a nuestro padre a casa para volver a estar los cuatro juntos. Me asaltaban las imágenes vistas en el cementerio, imágenes que nunca creí pudiera llegar a presenciar: sangre, muerte y horror... y entonces apretaba con fuerza la mano de mi madre y la miraba de reojo tratando de descifrar sus pensamientos, sus miedos y sus intenciones, ¿iríamos a ver al tio Florencio?. Su cuerpo menudo, se movía con agilidad por la calle y su pecho voluminoso apretaba el vestido como si le fuera a estallar con su movimiento, el pelo negro como el azabache recogido en un moño sobre la nuca, parecía presagiar un luto inesperado y sus ojos siempre risueños, aparecían rojos, hinchados y llenos de tristeza. No, esa mujer, que me llevaba casi a rastras por esas calles empedradas, no se parecía a mi madre, salvo en su firmeza, no era la madre alegre, la que cantaba lavando en el arroyo, la que me peinaba todas las mañanas los rizos rebeldes de mi pelo, igual de negro que el de ella, la que me besaba todas las noches, la que reía por nada...
Al llegar al Ayuntamiento, la gente murmuraba en sus puertas, no había hombres, porque estaban huidos, presos o asesinados, salvo algún mozo poco mayor que yo y algún que otro viejo tembloroso. Había quien lloraba, sabedora ya del fatídico final y esperaba órdenes para el entierro, había quien tenía noticias de que allí se encontraban presos algunos de los que detuvieron, esperando cualquiera sabe su destino, había quien como nosotras no sabía si estaba muerto o vivo, preso o escapado y cada uno sujetando su cruz, esperamos una hora y dos y el tiempo se alargaba más y más. No se en realidad lo que duró la espera, pero cuando ya creíamos desfallecer de calor y de agotamiento, apareció un falangista con un papel en la mano, con su camisa azul muy bien planchada, con su correaje sujetando la pistola enfundada y con ese gesto de triunfo, de superioridad del que saborea la victoria.
Ignorando al grupo de personas que allí nos encontrábamos con la mirada fija en él, con el temor y la ansiedad reflejadas en los rostros, esperando saber o según qué, no saber, se ocupó con parsimonia en pegar una gran hoja de papel en la puerta, en la que se podía observar una gran hilera de letras, letras picudas, inclinadas, que supusimos eran los nombres de cada uno de los detenidos la noche anterior. Una vez terminada la operación, con gesto adusto y sin mirarnos, con la mirada perdida en el fondo de la plaza, nos habló, nos soltó un discurso enardecido, recalcando con ímpetu y odio, que en aquel papel estaban anotados los nombres y apellidos de los traidores a la Patria, de los "rojos" responsables de querer acabar con la vida serena y pacífica en España, quebrantando las normas establecidas, apoderándose de lo ajeno, creando la anarquía y el desconcierto y que por ello y para evitar males mayores, habían sido detenidos, juzgados y muchos aniquilados esa misma noche por sus actos, era esa la manera de dar ejemplo de lo que no se podía hacer y de asentar nuevamente las leyes que restablecían el orden y la paz que habían osado ignorar y cambiar en sus propios beneficios. Por último, nos hizo la observación de que los que aparecían con una cruz roja al lado, habían sido juzgados y ejecutados y en breve, se dictaria la orden para que el familiar correspondiente, pudiera libremente disponer del cuerpo para su enterramiento. Los que no tenían la señal de la cruz, se encontraban detenidos en los calabozos habilitados en ese mismo ayuntamiento a la espera de ser juzgados, a los cuales de momento estaba prohibido visitar. Sin más se dio la vuelta y nos dejó a todos allí, mudos, sin atrevernos a pronunciar ni una palabra, con la rabia contenida dentro del cuerpo y un miedo paralizante que nos impedía acercarnos para mirar el destino de los que faltaban. Por fin una mujer joven que tiraba de un niño canijito, desarrapado, con el cogote al cero y dos inmensos ojos que miraban sin comprender qué estaba pasando, se acercó al papel que colgaba de la puerta y volviéndose hacia los demás con un hilillo de voz que apenas le salia de su garganta quebrada por la emoción, pidió a los que allí nos encontrábamos, que su marido se llamaba Francisco... que ella no sabía leer, y quería saber que había pasado con él. Ella fue la primera, la valiente, la que rompió la barrera que a todos nos contenía y casi a tropel, como el hambriento se acerca a un pedazo de pan, nos agolpamos para mirar. Mi madre agarrándome fuerte, me miró a la cara y me dijo: - Rosarito, ya sabes que yo tampoco se leer, así, que tienes que ser tú la que se acerque y lea, esta madrugada te has hecho mujer de golpe y como mujer tienes que actuar, fijate bien, no te equivoques y mira si la cruz roja aparece a su lado, no lo permita Dios-. Me giré sin mediar palabra, sabiendo que allí en esa hoja escrita, estaba la clave de lo que sería nuestras vidas en adelante y nuevamente el pulso se me aceleró y los golpes en mi pecho eran tan fuertes que me dolia el corazón, aunque dicen por ahí que el corazón no duele. A mí puedo asegurar que me dolía.
Sí, allí, de los primeros, aparecía el nombre de mi padre con una cruz roja pegadita, unida a la última letra de su último apellido y creí morir o deseé morir. No podía ser, mi padre según se podía leer, estaba muerto y yo no era capaz de asimilar esa tremenda noticia. Me quedé parada, con los ojos clavados en su nombre, en esas letras picudas que anunciaban la peor de las noticias. Tenía que haber un error, mi padre no estaba en el cementerio, de eso estaba segura, por lo tanto, no podía estar muerto. Seguí leyendo, repasando al milímetro nombre por nombre, quizás hubiera alguien con nombre parecido, quizás volvía a aparecer más abajo sin la señal por un fatídico error del escribiente, quizás y quizás... pero no, por haber no había nadie más que tuviera ni siquiera su nombre de pila, ni alguno de sus apellidos, no había repetición y entonces desesperada me volví para buscar a mi madre. Nuestro ojos se encontraron y ella enseguida supo que su marido, el padre de sus dos hijos, su compañero, el único hombre al que había amado, estaba muerto y llevándose las manos a la cara se derrrumbó."
Nunca más lo volvieron a ver, ni vivo, ni muerto, ni supieron dónde estaba su cuerpo. No tuvieron un entierro, no las dejaron vivir el sagrado ritual de lavarlo con esmero, de limpiar su sangre reseca, una sangre que manaría a borbotones por su cuerpo como rios espesos y rojos en busca de un mar inexistente, nunca le pondrían su traje nuevo de boda, ni los zapatos negros que no volvió a usar desde aquel día, ni le juntarían las manos sobre su pecho, ni lo llenarían de besos, ni siquiera una flor lo acompañaría en su tránsito con la muerte, ni lo llorarían de cuerpo presente, ni lo velarían... era como un no acabar, un no saber, era como si no hubiera existido, como si no hubiera nacido, era no tener un sitio dónde descansara en paz y dónde llevarle flores.
Como pudieron tirando una de la otra, emprendieron el camino de vuelta, las lágrimas les nublaban la visión, andaban como autómatas sin saber adonde iban, les daba miedo llegar a la casa, el vacío y la soledad serían insoportables, ver su ropa, sus aperos del trabajo preparados la noche anterior, su cama aún deshecha, que casi podía marcar las huellas de su cuerpo... ¿como podrían soportarlo? y lo peor es que por mucho que se retrasara la llegada, sabían que esa noche dormirían allí, porque no tenían otro sitio donde ir. Rosario, la madre, atormentada, repasaba mentalmente la familia, los amigos a los que podía acudir, pero le sobraban contando los dedos de una mano. Por parte de su marido, Antonio el hermano menor huyó en su momento y no se tenían noticias de él, si vivía o no, si había podido pasar a Málaga, si estaba preso..., con su cuñada Mercedes y la única hermana que quedaba viva y en el pueblo, apenas tenían relación, aunque tendría que comunicarle lo que estaba pasando, y, por su familia, estaba Conchita su hermana pequeña que se casó y se fue a vivir al pueblo de su marido, más cercano de la capital y con la que se comunicaban de tarde en tarde por carta y ya sólo quedaba Florencio, su querido hermano Florencio, al que quiso tanto, al que estaba tan unida, pero aquello se rompió en su momento y cuando creyó que las cosas habían mejorado y podían volver a ser lo que en parte fueron, él la engañó, le hizo creer que no pasaría nada, que durmiera tranquila que su marido estaba a salvo y fue mentira, ella sabía que como Jefe de Falange, había tenido que dar la orden de detención y ejecución y eso nunca en la vida podría perdonárselo, pero ¿por qué? ¿porque tanta maldad?, era verdad, entonces que el dinero cambia a las personas, que se olvidadan del amor, de la caridad, de la comprensión, de la benevolencia, de la piedad... Todos los buenos sentimientos que un ser humano puede poseer, son relegados, mancillados, olvidados y sustituidos por la avaricia, el poder y la soberbia.
No quiso verlo, deseaba y esperaba que fuera él quien se acercara a verla y le diera explicaciones de lo acontecido, pero estaba equivocada, ni él, ni la familia del marido, ni los amigos, aunque la mayoría de ellos, pasaban por las mismas circunstancias que ellas, nadie pasó por su casa durante la primera semana de duelo, unos por temor, otros por orgullo y otros por soberbia.
Después de días de luto sin muerto, sin entierro, sin nadie que se apiadara de ellas, Rosario supo que tenía que seguir, no se podía dejar vencer, tenía una hija que había perdido su risa y su eterna sonrisa y también había aprendido a llorar con una amargura muy difícil de aliviar, y un hijo en el frente ignorante de todo luchando en una guerra cruel, y decidió coger las riendas y ser ella la que de momento tirara de sus vidas.
Lo primero buscar, hablar, investigar qué había pasado con su marido y después sobrevivir como fuera, trabajar, buscarse su pan y el de su hija, hasta que su hijo volviera. Fue a visitar a su hermano, quería pedir explicaciones, saber, intentaría ser fuerte, no derramar ni una lágrima delante de él, pero si llegado el momento, tuviera que rogar, suplicar, hincarse de rodillas ante él, lo haría, todo con tal de enterarse que había sido del hombre al que nunca podría olvidar. No derramó una lágrima cuando estuvo frenta a él, pero sí suplicó, sí rogó, sí pidió en nombre del recuerdo, de la gloria de sus padres, que le dijera dónde estaba para poder enterrarlo como era debido. Todo fue inútil, tuvo que soportar el sermón que en su momento, cuando era una novia enamorada e ilusionada, le largó: "que ese hombre no es para tí, que es un amargado, que es un muerto de hambre, que vas a ser una desgraciada... ahora ya no hablaba en presente sino en pasado: "te lo dije, que no era lo que tu merecías, que te iba a dar mala vida, que era un comunista reaccionario y así ha sido. Mira ahora como te ves, sóla y desamparada y en parte, lo tienes merecido, pero además da gracias a Dios y a tu hermano, que no se han tomado ningún tipo de represalias contigo, como ha ocurrido con otras. Por lo que sé y no hay lugar a dudas, fue juzgado esa misma noche y condenado a muerte por su actos y yo no pude evitarlo, su cuerpo no puedo decirte dónde está porque no lo sé, sé que a algunos lo cargaron en un camión y se lo llevaron hacia el pueblo vecino para completar la carga con los allí ajusticiados y no se en que fosa ha sido sepultado". Mentira, todo mentira, salvo su muerte, !pues claro que sabía dónde estaba! y ¿qué era eso de que no había podido evitarlo? ¿cómo que no, si él daba las órdenes?
Juró con gran amargura que nunca más volvería a mirarlo, que para ella, estaba igual de muerto que el padre de sus hijos.
Habló, indagó, fue al pueblo de al lado, preguntó, pero nadie supo darle razón de nada, era como si la tierra se lo hubiese tragado y nunca mejor dicho, porque así era, pero ¿dónde estaba esa tierra asesina, que alojaba en sus entrañas, tanto muerto? ¿ni siquiera merecían los allí enterrados una simple cruz de madera anunciando el lugar sagrado?¿o es que querían ocultar los cuerpos para que no se supiera a cuantos habían asesinado?
Meses después empezó a correr por el pueblo la versión de su muerte, de la muerte de su hombre. Primero eran cuchicheos secretos entre algunos vecinos, después se convirtió en un secreto a voces que sabía todo el pueblo y al final esa versión se convirtió en una letanía de lengua en lengua, se volvió leyenda, una leyenda que corría de boca en boca y que llegó hasta ellas y el dolor inmenso que sentían se hizo ya insoportable, hubera sido mejor no saber, pensar que murió junto a los demás de un tiro o de dos o de tres incluso, pero sin agonía.
Y ésta es la leyenda que todavía hoy cuentan los más viejos del pueblo, los pocos que ya van quedando, la que a mi me contó mi héroe, lo único que me contó sobre la muerte de su padre:
"Aquella terrible noche, cincuenta o sesenta hombres, junto a las tapias del final del cementerio, sabiendo que las tumbas, relucientes por los rayos de una luna inmensa, por el brillo de la infinidad de estrellas que saturaban el cielo, con el pelotón frente a ellos, con los fúsiles apuntándoles, era lo último que sus ojos iban a ver en esta vida, intentaban prepararse para morir. Con el corazón desbocado y el pánico atenazándoles el cuerpo, se buscaban unos a otros, con los ojos y con las manos, se apretaban y se consolaban, porque el ser humano hasta para morir, necesita estar cerca del prójimo, inequívoca señal de que somos eslabones de una misma cadena. Cada uno con sus recuerdos, con el nombre de sus hijos, de sus mujeres en los labios, incluso algunos rezando, fueron cayendo, inertes, boca abajo... pero uno de ellos, el hijo del guarda forestal, el que murió de tristeza por la muerte de sus dos chiquillos por una asesina escopeta, no quiso morir de igual modo que sus hermanos y cayó, pero no muerto, quedó malherido, tan malherido que creyeron que así era. Cuando los soldados se alejaron, la sangre empapaba su costado, tuvo fuerzas y ganas de vivir y arrancándose la camisa, y a forma de tapón, obstruyó el agujero por dónde la sangre escapaba llevándose la vida y arrastrándose como pudo salió por un hueco de la tapia del cementerio a campo abierto y, entonces, creyó en su salvación. A veces caminaba dando tumbos, otras se arrastraba, pero no paraba, no podía desfallecer, porque el desfallecimiento traía la muerte y así, llegó a una casita de labranza por la que salía luz, golpeó la puerta con toda la fuerza que su cuerpo medio moribundo le permitía y por su boca reseca pidió auxilio y compasión antes de caer desmayado.
El labriego que habitaba la pequeña casa junto a su mujer y una hija, al escuchar ruidos, despertó y lo encontró tirado al lado de la puerta. Lo recogieron arrastrándolo como pudieron al interior, no sabían que hacer con él, que seguía inconsciente, aunque el labrador enseguida lo reconoció, supo que se trataba del hijo del guarda forestal, e imaginando que nada bueno tenía que haber pasado, optaron entre los tres no dar aviso a nadie de lo que estaba ocurriendo. Acordaron mantenerlo en secreto hasta que pudieran enterarse a la mañana siguiente en el pueblo, de algún suceso, riña, enfrentamiento de bandos políticos etc. que les diera un poco de luz sobre lo acontecido, por lo tanto, ni autoridades, ni médico, ni cura que le administrara la extremaunción, porque creyeron que ese hombre no llegaría al amanecer. La mujer ayudada por su hija se ocupó en limpiar la herida, y a falta de alcohol, un chorreón de vinagre hizo las veces de desinfectante, el cuál arrancó del moribundo un desquiciado aullido de dolor que supusieron era la última expresión de vida que mostraba. Quedó en silencio nuevamente, cuando observaron que seguía respirando, cortaron un trzo de sábana, y a modo de faja, le taparon la herida, le mojaron los labios secos con paños empapados en agua y lo velaron toda la noche, porque la fiebre, el delirio y el dolor amenzaban con llevárselo de un momento a otro a la otra vida. Pero resistió la madrugada y a la salida del alba, la fiebre comenzó a ceder y pensaron que si no había muerto esa noche, su cuerpo volvería a la vida.
A la mañana siguiente mujer e hija, dejando al enfermo al cuidado del marido, bajaron al pueblo, para comprar alimentos y de camino e intentando no levantar sospechas, enterarse de lo que hubiera podido pasar. No tardaron mucho en comprenderlo todo, en el pueblo no se hablaba de otra cosa, la tristeza y el dolor eran palpables, las calles estaban vacias y en los puestos de la plaza, otrora llenos de vida, de voces pregonando lo mejor de la huerta, de charlas llanas y risas y regateos con los vendedores, estaba en silencio, nadie quería hablar si no era para maldecir la guerra y la desgracia que se vivía, y los pocos compradores deambulaban de un lado para otro, como si buscaran algo que nunca más volverían a encontar. Supieron que cincuenta o sesenta hombres habían sido fusilados en la clandestinidad de la noche y el rompecabezas quedó rapidamente terminado, el hombre que tenían en su casa debatiéndose entre la vida y la muerte, había escapado herido y casi milagrosamente consiguió llegar a las puertas de su casa.
Compraron y volvieron rapidamente por el camino de vuelta, a paso ligero, asustadas, creyéndose continuamente perseguidas y vigiladas, les pesaba enormemente haberse despertado esa madrugada, haber auxiliado a un condenado, haberlo alojado en su casa, porque si lo descubrían, ellos tambien, estaban seguros, serían condenados. Una vez en la casa decidieron denunciar la situación, pero la hija se negó en redondo, echándoles en cara a sus padres la poca caridad que mostraban, la cobardía, la insolaridad hacia una persona que estaba en su misma sintonía y que su único pecado haía sido, no comulgar con los ideales de los vencedores y luchar por mejorar su vida. Después de minutos de silencio, el padre consintió en esperar unos días teniendo mucha precaución, pero desde el momento en que el herido recuperara algo de fuerza y pudiera mantenerse en pie, debería abandonar la casa, pero debía quedar claro que en el momento en el que se sintieran observados, vigilados o notaran algún peligro o riesgo, tendría que denunciar, aún en contra de su voluntad, porque se trataba de sus vidas o la de él.
Lo que pasó en ese periodo comprendido entre el día de la ejecución y el de su muerte real, no está muy claro. Se comentaba que se recuperó bastante, que su agradecimiento hacía sus bienhechores no tenía límites, que empezó a planear su huida y escribió una carta a su mujer dándole detalles de lo ocurrido e incluso citándola en alguna parte, carta de la que nunca se supo o al menos durante esos años de la guerra. Se decía que se sentían vigilados, desde el primer momento y que cuando los falangistas fueron conscientes del fallo cometido al reseñar su muerte sin advertir que quedó con vida en el cementerio, empezó la búsqueda, se rastreaban los campos, el arroyo, las casas sospechosas, las rutas que llevaban al monte, se interrogaba a los campesinos, guardas, labradores, mujeres y hasta a los niños y... no pudieron resistir esa presión, el miedo los acobardó y uno de los tres, se creía que la mujer, dio parte a la autoridad militar. Alegó que lo habían encontrado en la huerta, medio muerto a la sombra de una higuera, que por caridad cristiana lo auxiliaron en su casa, pero cuando se percataron de que era el hombre que buscaban, un "rojo" escapado, consideraron que su deber era entregarlo y que las autoridades lo juzgaran. Según cuenta, y ese fue su mayor tormento, fue que a ella misma la obligaron a acompañar al pelotón de ejecución hasta su casa y junto a su familia, presenciar el fatal desenlace. Llegaron a la casa, aquella casa que había sido el cielo para el fugado, el cielo que le había devuelto la vida y la esperanza en volver a ver a su mujer y a sus hijos, y esa casa se transformó en infierno, un infierno cruel cuando, sin esperarlo y por sorpresa, lo sacaron a empujones y culatazos, cuando escuchó como le decían que ya hacía un mes que estaba muerto y muerto tenía que seguir y cuando pudo comprobar las miradas de odio de los asaltantes. Dicen que lo pusieron de espaldas a ellos con el sol y los hortelanos como testigo, con la huerta frenta a sus ojos, rebosante de tomates, coles, acelgas, naranjos y limones, higueras... frutos de la tierra, vida de la tierra y entonces sí supo que el final había llegado y que esa tierra rica de vida, tambien tenia cabida, para, por un momento impregnarse de muerte. Escuchó tres detonaciones, cerró los ojos con fuerza, después dolor y oscuridad eterna.
Dicen que cuando lo giraron para cargarlo y llevárselo, las lágrimas corrían por su cara, dicen que se lo llevaron camino de los montes cercanos, para que nadie supiera donde lo enterraban, dicen que Florencio en el último momento intentó detener la ejecución pero llegó tarde, dicen que el labrador lleno de remordimientos y pena, contó la historia a un fiel amigo, que este fiel amigo se lo contó a otro fiel amigo... y así, de boca en boca, como en la antiguedad se contaban las hazañas guerreras, las conquistas, los amores desgraciados... así se enteró todo el pueblo y los alrededores, y con el paso del tiempo, la historia, como dije al principio, se convirtió en leyenda.
Ignorando al grupo de personas que allí nos encontrábamos con la mirada fija en él, con el temor y la ansiedad reflejadas en los rostros, esperando saber o según qué, no saber, se ocupó con parsimonia en pegar una gran hoja de papel en la puerta, en la que se podía observar una gran hilera de letras, letras picudas, inclinadas, que supusimos eran los nombres de cada uno de los detenidos la noche anterior. Una vez terminada la operación, con gesto adusto y sin mirarnos, con la mirada perdida en el fondo de la plaza, nos habló, nos soltó un discurso enardecido, recalcando con ímpetu y odio, que en aquel papel estaban anotados los nombres y apellidos de los traidores a la Patria, de los "rojos" responsables de querer acabar con la vida serena y pacífica en España, quebrantando las normas establecidas, apoderándose de lo ajeno, creando la anarquía y el desconcierto y que por ello y para evitar males mayores, habían sido detenidos, juzgados y muchos aniquilados esa misma noche por sus actos, era esa la manera de dar ejemplo de lo que no se podía hacer y de asentar nuevamente las leyes que restablecían el orden y la paz que habían osado ignorar y cambiar en sus propios beneficios. Por último, nos hizo la observación de que los que aparecían con una cruz roja al lado, habían sido juzgados y ejecutados y en breve, se dictaria la orden para que el familiar correspondiente, pudiera libremente disponer del cuerpo para su enterramiento. Los que no tenían la señal de la cruz, se encontraban detenidos en los calabozos habilitados en ese mismo ayuntamiento a la espera de ser juzgados, a los cuales de momento estaba prohibido visitar. Sin más se dio la vuelta y nos dejó a todos allí, mudos, sin atrevernos a pronunciar ni una palabra, con la rabia contenida dentro del cuerpo y un miedo paralizante que nos impedía acercarnos para mirar el destino de los que faltaban. Por fin una mujer joven que tiraba de un niño canijito, desarrapado, con el cogote al cero y dos inmensos ojos que miraban sin comprender qué estaba pasando, se acercó al papel que colgaba de la puerta y volviéndose hacia los demás con un hilillo de voz que apenas le salia de su garganta quebrada por la emoción, pidió a los que allí nos encontrábamos, que su marido se llamaba Francisco... que ella no sabía leer, y quería saber que había pasado con él. Ella fue la primera, la valiente, la que rompió la barrera que a todos nos contenía y casi a tropel, como el hambriento se acerca a un pedazo de pan, nos agolpamos para mirar. Mi madre agarrándome fuerte, me miró a la cara y me dijo: - Rosarito, ya sabes que yo tampoco se leer, así, que tienes que ser tú la que se acerque y lea, esta madrugada te has hecho mujer de golpe y como mujer tienes que actuar, fijate bien, no te equivoques y mira si la cruz roja aparece a su lado, no lo permita Dios-. Me giré sin mediar palabra, sabiendo que allí en esa hoja escrita, estaba la clave de lo que sería nuestras vidas en adelante y nuevamente el pulso se me aceleró y los golpes en mi pecho eran tan fuertes que me dolia el corazón, aunque dicen por ahí que el corazón no duele. A mí puedo asegurar que me dolía.
Sí, allí, de los primeros, aparecía el nombre de mi padre con una cruz roja pegadita, unida a la última letra de su último apellido y creí morir o deseé morir. No podía ser, mi padre según se podía leer, estaba muerto y yo no era capaz de asimilar esa tremenda noticia. Me quedé parada, con los ojos clavados en su nombre, en esas letras picudas que anunciaban la peor de las noticias. Tenía que haber un error, mi padre no estaba en el cementerio, de eso estaba segura, por lo tanto, no podía estar muerto. Seguí leyendo, repasando al milímetro nombre por nombre, quizás hubiera alguien con nombre parecido, quizás volvía a aparecer más abajo sin la señal por un fatídico error del escribiente, quizás y quizás... pero no, por haber no había nadie más que tuviera ni siquiera su nombre de pila, ni alguno de sus apellidos, no había repetición y entonces desesperada me volví para buscar a mi madre. Nuestro ojos se encontraron y ella enseguida supo que su marido, el padre de sus dos hijos, su compañero, el único hombre al que había amado, estaba muerto y llevándose las manos a la cara se derrrumbó."
Nunca más lo volvieron a ver, ni vivo, ni muerto, ni supieron dónde estaba su cuerpo. No tuvieron un entierro, no las dejaron vivir el sagrado ritual de lavarlo con esmero, de limpiar su sangre reseca, una sangre que manaría a borbotones por su cuerpo como rios espesos y rojos en busca de un mar inexistente, nunca le pondrían su traje nuevo de boda, ni los zapatos negros que no volvió a usar desde aquel día, ni le juntarían las manos sobre su pecho, ni lo llenarían de besos, ni siquiera una flor lo acompañaría en su tránsito con la muerte, ni lo llorarían de cuerpo presente, ni lo velarían... era como un no acabar, un no saber, era como si no hubiera existido, como si no hubiera nacido, era no tener un sitio dónde descansara en paz y dónde llevarle flores.
Como pudieron tirando una de la otra, emprendieron el camino de vuelta, las lágrimas les nublaban la visión, andaban como autómatas sin saber adonde iban, les daba miedo llegar a la casa, el vacío y la soledad serían insoportables, ver su ropa, sus aperos del trabajo preparados la noche anterior, su cama aún deshecha, que casi podía marcar las huellas de su cuerpo... ¿como podrían soportarlo? y lo peor es que por mucho que se retrasara la llegada, sabían que esa noche dormirían allí, porque no tenían otro sitio donde ir. Rosario, la madre, atormentada, repasaba mentalmente la familia, los amigos a los que podía acudir, pero le sobraban contando los dedos de una mano. Por parte de su marido, Antonio el hermano menor huyó en su momento y no se tenían noticias de él, si vivía o no, si había podido pasar a Málaga, si estaba preso..., con su cuñada Mercedes y la única hermana que quedaba viva y en el pueblo, apenas tenían relación, aunque tendría que comunicarle lo que estaba pasando, y, por su familia, estaba Conchita su hermana pequeña que se casó y se fue a vivir al pueblo de su marido, más cercano de la capital y con la que se comunicaban de tarde en tarde por carta y ya sólo quedaba Florencio, su querido hermano Florencio, al que quiso tanto, al que estaba tan unida, pero aquello se rompió en su momento y cuando creyó que las cosas habían mejorado y podían volver a ser lo que en parte fueron, él la engañó, le hizo creer que no pasaría nada, que durmiera tranquila que su marido estaba a salvo y fue mentira, ella sabía que como Jefe de Falange, había tenido que dar la orden de detención y ejecución y eso nunca en la vida podría perdonárselo, pero ¿por qué? ¿porque tanta maldad?, era verdad, entonces que el dinero cambia a las personas, que se olvidadan del amor, de la caridad, de la comprensión, de la benevolencia, de la piedad... Todos los buenos sentimientos que un ser humano puede poseer, son relegados, mancillados, olvidados y sustituidos por la avaricia, el poder y la soberbia.
No quiso verlo, deseaba y esperaba que fuera él quien se acercara a verla y le diera explicaciones de lo acontecido, pero estaba equivocada, ni él, ni la familia del marido, ni los amigos, aunque la mayoría de ellos, pasaban por las mismas circunstancias que ellas, nadie pasó por su casa durante la primera semana de duelo, unos por temor, otros por orgullo y otros por soberbia.
Después de días de luto sin muerto, sin entierro, sin nadie que se apiadara de ellas, Rosario supo que tenía que seguir, no se podía dejar vencer, tenía una hija que había perdido su risa y su eterna sonrisa y también había aprendido a llorar con una amargura muy difícil de aliviar, y un hijo en el frente ignorante de todo luchando en una guerra cruel, y decidió coger las riendas y ser ella la que de momento tirara de sus vidas.
Lo primero buscar, hablar, investigar qué había pasado con su marido y después sobrevivir como fuera, trabajar, buscarse su pan y el de su hija, hasta que su hijo volviera. Fue a visitar a su hermano, quería pedir explicaciones, saber, intentaría ser fuerte, no derramar ni una lágrima delante de él, pero si llegado el momento, tuviera que rogar, suplicar, hincarse de rodillas ante él, lo haría, todo con tal de enterarse que había sido del hombre al que nunca podría olvidar. No derramó una lágrima cuando estuvo frenta a él, pero sí suplicó, sí rogó, sí pidió en nombre del recuerdo, de la gloria de sus padres, que le dijera dónde estaba para poder enterrarlo como era debido. Todo fue inútil, tuvo que soportar el sermón que en su momento, cuando era una novia enamorada e ilusionada, le largó: "que ese hombre no es para tí, que es un amargado, que es un muerto de hambre, que vas a ser una desgraciada... ahora ya no hablaba en presente sino en pasado: "te lo dije, que no era lo que tu merecías, que te iba a dar mala vida, que era un comunista reaccionario y así ha sido. Mira ahora como te ves, sóla y desamparada y en parte, lo tienes merecido, pero además da gracias a Dios y a tu hermano, que no se han tomado ningún tipo de represalias contigo, como ha ocurrido con otras. Por lo que sé y no hay lugar a dudas, fue juzgado esa misma noche y condenado a muerte por su actos y yo no pude evitarlo, su cuerpo no puedo decirte dónde está porque no lo sé, sé que a algunos lo cargaron en un camión y se lo llevaron hacia el pueblo vecino para completar la carga con los allí ajusticiados y no se en que fosa ha sido sepultado". Mentira, todo mentira, salvo su muerte, !pues claro que sabía dónde estaba! y ¿qué era eso de que no había podido evitarlo? ¿cómo que no, si él daba las órdenes?
Juró con gran amargura que nunca más volvería a mirarlo, que para ella, estaba igual de muerto que el padre de sus hijos.
Habló, indagó, fue al pueblo de al lado, preguntó, pero nadie supo darle razón de nada, era como si la tierra se lo hubiese tragado y nunca mejor dicho, porque así era, pero ¿dónde estaba esa tierra asesina, que alojaba en sus entrañas, tanto muerto? ¿ni siquiera merecían los allí enterrados una simple cruz de madera anunciando el lugar sagrado?¿o es que querían ocultar los cuerpos para que no se supiera a cuantos habían asesinado?
Meses después empezó a correr por el pueblo la versión de su muerte, de la muerte de su hombre. Primero eran cuchicheos secretos entre algunos vecinos, después se convirtió en un secreto a voces que sabía todo el pueblo y al final esa versión se convirtió en una letanía de lengua en lengua, se volvió leyenda, una leyenda que corría de boca en boca y que llegó hasta ellas y el dolor inmenso que sentían se hizo ya insoportable, hubera sido mejor no saber, pensar que murió junto a los demás de un tiro o de dos o de tres incluso, pero sin agonía.
Y ésta es la leyenda que todavía hoy cuentan los más viejos del pueblo, los pocos que ya van quedando, la que a mi me contó mi héroe, lo único que me contó sobre la muerte de su padre:
"Aquella terrible noche, cincuenta o sesenta hombres, junto a las tapias del final del cementerio, sabiendo que las tumbas, relucientes por los rayos de una luna inmensa, por el brillo de la infinidad de estrellas que saturaban el cielo, con el pelotón frente a ellos, con los fúsiles apuntándoles, era lo último que sus ojos iban a ver en esta vida, intentaban prepararse para morir. Con el corazón desbocado y el pánico atenazándoles el cuerpo, se buscaban unos a otros, con los ojos y con las manos, se apretaban y se consolaban, porque el ser humano hasta para morir, necesita estar cerca del prójimo, inequívoca señal de que somos eslabones de una misma cadena. Cada uno con sus recuerdos, con el nombre de sus hijos, de sus mujeres en los labios, incluso algunos rezando, fueron cayendo, inertes, boca abajo... pero uno de ellos, el hijo del guarda forestal, el que murió de tristeza por la muerte de sus dos chiquillos por una asesina escopeta, no quiso morir de igual modo que sus hermanos y cayó, pero no muerto, quedó malherido, tan malherido que creyeron que así era. Cuando los soldados se alejaron, la sangre empapaba su costado, tuvo fuerzas y ganas de vivir y arrancándose la camisa, y a forma de tapón, obstruyó el agujero por dónde la sangre escapaba llevándose la vida y arrastrándose como pudo salió por un hueco de la tapia del cementerio a campo abierto y, entonces, creyó en su salvación. A veces caminaba dando tumbos, otras se arrastraba, pero no paraba, no podía desfallecer, porque el desfallecimiento traía la muerte y así, llegó a una casita de labranza por la que salía luz, golpeó la puerta con toda la fuerza que su cuerpo medio moribundo le permitía y por su boca reseca pidió auxilio y compasión antes de caer desmayado.
El labriego que habitaba la pequeña casa junto a su mujer y una hija, al escuchar ruidos, despertó y lo encontró tirado al lado de la puerta. Lo recogieron arrastrándolo como pudieron al interior, no sabían que hacer con él, que seguía inconsciente, aunque el labrador enseguida lo reconoció, supo que se trataba del hijo del guarda forestal, e imaginando que nada bueno tenía que haber pasado, optaron entre los tres no dar aviso a nadie de lo que estaba ocurriendo. Acordaron mantenerlo en secreto hasta que pudieran enterarse a la mañana siguiente en el pueblo, de algún suceso, riña, enfrentamiento de bandos políticos etc. que les diera un poco de luz sobre lo acontecido, por lo tanto, ni autoridades, ni médico, ni cura que le administrara la extremaunción, porque creyeron que ese hombre no llegaría al amanecer. La mujer ayudada por su hija se ocupó en limpiar la herida, y a falta de alcohol, un chorreón de vinagre hizo las veces de desinfectante, el cuál arrancó del moribundo un desquiciado aullido de dolor que supusieron era la última expresión de vida que mostraba. Quedó en silencio nuevamente, cuando observaron que seguía respirando, cortaron un trzo de sábana, y a modo de faja, le taparon la herida, le mojaron los labios secos con paños empapados en agua y lo velaron toda la noche, porque la fiebre, el delirio y el dolor amenzaban con llevárselo de un momento a otro a la otra vida. Pero resistió la madrugada y a la salida del alba, la fiebre comenzó a ceder y pensaron que si no había muerto esa noche, su cuerpo volvería a la vida.
A la mañana siguiente mujer e hija, dejando al enfermo al cuidado del marido, bajaron al pueblo, para comprar alimentos y de camino e intentando no levantar sospechas, enterarse de lo que hubiera podido pasar. No tardaron mucho en comprenderlo todo, en el pueblo no se hablaba de otra cosa, la tristeza y el dolor eran palpables, las calles estaban vacias y en los puestos de la plaza, otrora llenos de vida, de voces pregonando lo mejor de la huerta, de charlas llanas y risas y regateos con los vendedores, estaba en silencio, nadie quería hablar si no era para maldecir la guerra y la desgracia que se vivía, y los pocos compradores deambulaban de un lado para otro, como si buscaran algo que nunca más volverían a encontar. Supieron que cincuenta o sesenta hombres habían sido fusilados en la clandestinidad de la noche y el rompecabezas quedó rapidamente terminado, el hombre que tenían en su casa debatiéndose entre la vida y la muerte, había escapado herido y casi milagrosamente consiguió llegar a las puertas de su casa.
Compraron y volvieron rapidamente por el camino de vuelta, a paso ligero, asustadas, creyéndose continuamente perseguidas y vigiladas, les pesaba enormemente haberse despertado esa madrugada, haber auxiliado a un condenado, haberlo alojado en su casa, porque si lo descubrían, ellos tambien, estaban seguros, serían condenados. Una vez en la casa decidieron denunciar la situación, pero la hija se negó en redondo, echándoles en cara a sus padres la poca caridad que mostraban, la cobardía, la insolaridad hacia una persona que estaba en su misma sintonía y que su único pecado haía sido, no comulgar con los ideales de los vencedores y luchar por mejorar su vida. Después de minutos de silencio, el padre consintió en esperar unos días teniendo mucha precaución, pero desde el momento en que el herido recuperara algo de fuerza y pudiera mantenerse en pie, debería abandonar la casa, pero debía quedar claro que en el momento en el que se sintieran observados, vigilados o notaran algún peligro o riesgo, tendría que denunciar, aún en contra de su voluntad, porque se trataba de sus vidas o la de él.
Lo que pasó en ese periodo comprendido entre el día de la ejecución y el de su muerte real, no está muy claro. Se comentaba que se recuperó bastante, que su agradecimiento hacía sus bienhechores no tenía límites, que empezó a planear su huida y escribió una carta a su mujer dándole detalles de lo ocurrido e incluso citándola en alguna parte, carta de la que nunca se supo o al menos durante esos años de la guerra. Se decía que se sentían vigilados, desde el primer momento y que cuando los falangistas fueron conscientes del fallo cometido al reseñar su muerte sin advertir que quedó con vida en el cementerio, empezó la búsqueda, se rastreaban los campos, el arroyo, las casas sospechosas, las rutas que llevaban al monte, se interrogaba a los campesinos, guardas, labradores, mujeres y hasta a los niños y... no pudieron resistir esa presión, el miedo los acobardó y uno de los tres, se creía que la mujer, dio parte a la autoridad militar. Alegó que lo habían encontrado en la huerta, medio muerto a la sombra de una higuera, que por caridad cristiana lo auxiliaron en su casa, pero cuando se percataron de que era el hombre que buscaban, un "rojo" escapado, consideraron que su deber era entregarlo y que las autoridades lo juzgaran. Según cuenta, y ese fue su mayor tormento, fue que a ella misma la obligaron a acompañar al pelotón de ejecución hasta su casa y junto a su familia, presenciar el fatal desenlace. Llegaron a la casa, aquella casa que había sido el cielo para el fugado, el cielo que le había devuelto la vida y la esperanza en volver a ver a su mujer y a sus hijos, y esa casa se transformó en infierno, un infierno cruel cuando, sin esperarlo y por sorpresa, lo sacaron a empujones y culatazos, cuando escuchó como le decían que ya hacía un mes que estaba muerto y muerto tenía que seguir y cuando pudo comprobar las miradas de odio de los asaltantes. Dicen que lo pusieron de espaldas a ellos con el sol y los hortelanos como testigo, con la huerta frenta a sus ojos, rebosante de tomates, coles, acelgas, naranjos y limones, higueras... frutos de la tierra, vida de la tierra y entonces sí supo que el final había llegado y que esa tierra rica de vida, tambien tenia cabida, para, por un momento impregnarse de muerte. Escuchó tres detonaciones, cerró los ojos con fuerza, después dolor y oscuridad eterna.
Dicen que cuando lo giraron para cargarlo y llevárselo, las lágrimas corrían por su cara, dicen que se lo llevaron camino de los montes cercanos, para que nadie supiera donde lo enterraban, dicen que Florencio en el último momento intentó detener la ejecución pero llegó tarde, dicen que el labrador lleno de remordimientos y pena, contó la historia a un fiel amigo, que este fiel amigo se lo contó a otro fiel amigo... y así, de boca en boca, como en la antiguedad se contaban las hazañas guerreras, las conquistas, los amores desgraciados... así se enteró todo el pueblo y los alrededores, y con el paso del tiempo, la historia, como dije al principio, se convirtió en leyenda.
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