domingo, 8 de septiembre de 2013

Mi héroe - "Juntos"


" Después de vivir tres años  al borde del precipicio, sin futuro, sin proyectos, sin ilusiones... sólo vivir para sobrevivir dentro de una guerra sin sentido, de un medio hostil, lleno de sinsabores, regresar a la vida normal aunque parezca un sin sentido  es muy duro,  tienes que adaptar de golpe tu vida, tu cuerpo y tu alma a la nueva situación  con todo lo que ello implica. Vivir, trabajar,  luchar, pensar en un futuro, trasmitir sentimientos y recibirlos, no pensar en el pasado, en los amigos que dejas  atrás, en los que dejaron sus vidas.. y cuesta, cuesta muchísimo.

De golpe la vida da un giro de 360º y es difícil sujetarse a ella, corres el riesgo de dejarte arrastrar y terminar o aterrizar donde no debías y hay que sujetarse con toda la fuerza de que se disponga, con el corazón y con la cabeza para seguir en el camino correcto, para que en uno de sus vaivenes no pierdas el control.

Me enteré con todo detalle de la tragedia de mi padre y volví a hundirme, a llorar. a rebelarme ante tanta injusticia, a sentir unido a mi dolor la rabia y la impotencia que te corroe por dentro, que te hiere, que te mata, que te convierte en un ser sin ser, en un muñeco que se mueve por inercia y que actúa con despecho y odio, que te hace en cierta medida irracional... hasta que, si has sido fuerte, si te has agarrado bien a ese giro violento de la vida, sales triunfante. Ocurre como cuando subes a una noria, conforme vas subiendo, eres consciente de lo que se avecina y te vas preparando, te sujetas bien, te acomodas en el asiento, ríes de puro nervio... hasta que llegas al punto más alto, y, de repente, el bajón en el vacío y entonces todo se tambalea, las manos parecen convertirse en lapas pegadas a los barrotes, no ves nada, sólo sientes, sientes el vértigo que te arrastra, el cuerpo que se tensa, el corazón que te ahoga, la garganta que se seca incapaz de reprimir el grito de miedo que origina el aire contenido en los pulmones... pero llegas abajo, fin del trayecto y bajas del "cacharrito" tambaleándote, mareado, por unos momentos te cuesta adaptarte a tener los pies en el suelo y caminar, te parece que aún te balanceas, pero el pánico ha pasado, estás relajado, ríes e incluso te gustaría repetir la experiencia, has descargado en ese recorrido tanta adrenalina que te parece volar, pues más o menos algo parecido pasa cuando tu vida gira de forma tan violenta. Lo pasas muy mal, pero conforme el tiempo corre,  poco a poco, toda la rabia, el dolor, el odio  y la impotencia la vas dejando por el camino y de pronto un día te encuentras de nuevo riendo, con ganas de comerte el mundo, , haciendo planes y te sientes victorioso porque has llegado al final sin perder la batalla, te has sabido mantener aunque hubiera momentos en los que temiste lo peor y empiezas de esa manera, otra clase de vida adaptada a las nuevas circunstancias y  ya de antemano sabes o mejor deseas saber, que lo peor ya ha pasado".

De esta manera, mi héroe, me contaba su salida del oscuro túnel de esos tres años de su vida que siempre vivieron con él, porque las cicatrices que le quedaron ya no dolían, pero estaban ahí y con sus recuerdos, con su relato, era como sentirlas, como acariciarlas porque ni podía ni quería olvidarlas.

No pudo volver a pisar las calles de su pueblo, no pudo volver a oler la tierra que su padre trabajó, ni beber el agua fresca del arroyo, ni escuchar el silencio del castillo de las Aguzaderas, ni  charlar con los amigos de infancia, ni llevar flores a las tumbas de sus abuelos, ni bailar en la plaza con las mocitas, ni tantas y tantas cosas que antaño le hicieron vibrar de emoción y de alegría. Al principio, se lo impedía el odio, el odio hacia todo lo que había hecho posible el trágico desenlace, odiaba las cosas, la gente que volvió la espalda, la familia que no hizo nada pudiéndolo hacer, la falta de ayuda y caridad a su madre y hermana, solas ante el dolor y el hambre... Después, el odio se fue, dando paso al miedo, miedo a que los hermosos recuerdos de su vida se transformasen en rechazo y cambiara su perspectivas de ellos y no quería olvidar porque esos recuerdos eran su vida y al final cuando esos dos perniciosos sentimientos se alejaron, comprendió que en su pueblo ya no había nada que le atrajera,  nadie que lo llamara o que lo necesitara y prefirió guardar en su corazón como el mayor tesoro, los dorados recuerdos de su infancia.

"Cuando sentí los brazos de mi hermano rodeando mi cuerpo, acariciando mi pelo, sus ojos frente a los míos, sentí que desde ese momento ya nunca más volvería a sentirme sola, porque con su sola presencia llenaba el vacío de mi alma, era como si mi padre se fundiera con él para sellar  hasta el más pequeño rinconcito de soledad y de pena que me inundaba, y lloré riendo de felicidad mientras mis brazos también lo abrazaban.

Caminamos por las calles de Alcalá camino de la que había sido nuestra casa desde que la tía Conchita, nos acogió hacía casi tres años. Íbamos andando, mi hermano en el centro, orgulloso, cariñoso, un brazo sobre mis hombros, el otro sobre los de mi madre, nosotras agarrando con fuerza su cintura. Nos mirábamos y reíamos, nos acariciábamos... no salían las palabras, bastaba con sentir, sentir que estábamos juntos y que nunca nadie nos iba a volver a separar.

Y ya en el patio de la casa, sentados bajo la sombra de la parra, comimos juntos, allí delante de la mesa, nos reunimos lo que quedaba, mejor dicho lo que era mi familia, porque familiares habíamos dejado atrás muchos, pero a veces la sangre aún siendo la misma, no es sinónimo de amor o de ayuda, y se muestra esquiva e incluso diría que despiadada, y así lo demostraron, pero ya ni nos importaba, quedábamos pocos pero queriéndonos y ayudándonos sin límites. Mi tía Conchita y su hijo, el primo Juanito, tres años menos que yo,- su padre el marido de mi tía murió también en la guerra - y nosotros tres, pero fue un almuerzo inolvidable. Comimos un buen "sopeao" acompañado de un gran plato de  aceitunas "aliñás" que nos regalaban a los que trabajábamos en la fábrica, no hubo más, el dinero apenas daba, pero nos supo a gloria y allí sentados permanecimos hasta que el sol se fue poniendo. Hablamos y hablamos nos contamos todo lo que tuvimos que pasar en esos tres interminables años, lloramos juntos, nos abrazamos, y hasta reímos y así de la noche a la mañana, recuperé o recuperamos la risa, ese don tan preciado que Dios nos regaló. Y después de contar todo lo acontecido a mi padre, llegó el momento de explicar como sobrevivimos mi madre y yo. 


Mi madre se llevó días y días esperando la aparición de su hermano Florencio, su querídisimo hermano, aquel que tocaba el acordeón como los ángeles acompañando su voz, pero no apareció, quiero pensar que fue por vergüenza o remordimiento o miedo a la mirada, a la tristeza, a las palabras de ella, porque no entra en mi cabeza que se pueda llegar a ser tan cruel como para no ayudar a una hermana y sobrina deliberadamente, pero fuera lo que fuera, nunca apareció por las puertas. En cuanto a la familia paterna, a la que no culpo de nada, puede ser que el miedo a represalias al verlos con nosotras, los paralizaran unido además a que nunca hubo una relación familiar demasiado estrecha, y entre amigos y vecinos, la mayoría pasaban las mismas penurias que ellas y tiraban p'alante con mil fatigas.

Nunca nadie nos molestó, creo que fueron órdenes del tío Florencio, pero tampoco nadie nos ayudó y el vacío y la soledad que se siente parece ahogarte de dolor. Salíamos todos los días casi con el amanecer, sin una perra gorda en el bolsillo y provistas de una talega con un par de hogazas de pan y un trozo de tocino, últimos resquicios de la matanza del único cerdo que habíamos criado, enlutadas de los pies a la cabeza y andábamos por los caminos, camino de los pueblos cercanos, buscando, preguntando, informándonos de todo lo que pudiera darnos alguna luz, alguna señal, del paradero de mi padre, de las posibles fosas de enterramiento. Entrábamos en los cementerios en busca de señales, preguntábamos a los sepultureros, pero terminaba el día y volvíamos a recorrer los senderos de vuelta agotadas, con el corazón vacío y las esperanzas rotas. Así un día y otro y otro, hasta que llegó el momento en que no teníamos ningún sitio nuevo dónde ir, los pies destrozados, el cuerpo famélico y el espíritu apagado y sin ni siquiera comentarlo, una mañana no  nos levantamos, no podíamos hacer más y dimos la búsqueda por finalizada.

Cuando se acabaron las pocas provisiones que teníamos en la casa, fuimos verdaderamente conscientes de que no teníamos ni para comer y pasamos hambre, mucha hambre. Nos íbamos al campo a buscar algo que llevarnos a la boca: una raíz comestible, un palmito, algún higo chumbo de las chumberas de los caminos cuyas espinas se clavaban en los dedos y en las manos ensangrentándolas, con suerte alguna tagasnina o unos espárragos silvestres... era lo único a lo que podíamos acceder, porque todo nos estaba vetado. Mi madre recorrió todo el pueblo en busca de algún trabajo: limpiar, planchar, cocinar, salir al campo, pero no consiguió nada, parecía una maldición del cielo, o de los hombres mejor, pero nadie se atrevía a echarnos una mano, el miedo lo impedía y mi madre se negaba a pedir ayuda a su hermano, decía que antes prefería morir de hambre y ni un pedazo de pan duro que viniera de sus manos lo aceptaría.

Viendo que la situación empeoraba con el paso de los días, que la piel sobre los huesos era lo que nos iba quedando, que yo era incapaz ya de levantarme de la cama y a ella se le agotaban las fuerzas para salir a buscar alimentos, supo que tenía que hacer algo sin demora, para salir de la tremenda situación y escribió a su hermana Conchita, que vivía en Alcalá, contándole la situación y suplicándole ayuda.

La contestación no se hizo esperar.

   




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