domingo, 29 de enero de 2017

Quintana

Los que tenemos, tuvieron, o han tenido la suerte de conocer a Quintana,  siempre lo identificaremos única y exclusivamente por ese su apellido a secas. Yo me atrevería a decir que seguro, habrá conocidos e incluso amigos que ni siquiera sepan o recuerden su nombre de pila: Manuel. Hasta su mujer que  todavía desde el cielo sonreirá con sus "cosas", lo llamó toda la vida por su apellido.
Describir como es Quintana es tarea ardua y difícil, porque difícil es para una aficionada como yo a esto de unir palabras, transcribir en un papel, una personalidad tan arrolladora y peculiar como la suya, pero en su honor y con todo el cariño que sabe le profeso, lo voy a intentar, dejando claro que siempre por mucho interés que ponga, me quedaré corta.
Quintana va camino de los 98 años, aunque si se le pregunta a él directamente su edad, te contestara según el día, que tiene 100, o 105 o hasta 110 que puesto a poner años no tiene cortapisas, su mente ya, le juega de vez en cuando alguna que otra pasada,
Quintana es el padre de  Manoli la mujer de mi hermano, como dije en una ocasión, hermana más que cuñada, y ya desgraciadamente el único superviviente de esa generación de nuestros padres que tanto nos enseñó y a la que tanto debemos.  Vive en El Cerro, nuestro barrio de la infancia y la juventud. El barrio al que hace ya algunos años, dediqué un post en este blog, porque allí me crié y crecí y ahora, con la perspectiva del tiempo pasado y vivido, puedo decir, que guardo  como un tesoro el recuerdo de una época maravillosa, llena de vivencias, repleta del amor de mis padres y hermano,  a pesar de las carencias y necesidades que en aquellos tiempos nos toco vivir.
Allí en la calle principal del barrio, tiene su casa. Su casa se abre a la calle por un portalón grande por donde en tiempos pasados entraba con su camión, su herramienta de trabajo, su compañero de vida por esas carreteras de Dios. Cruzando un amplio zaguán se accede a un garaje que, ademas de albergar a su camión, sobraba sitio para acoger a varios coches de particulares que, a cambio de un módico precio de alquiler, guardaban allí sus vehículos,  evitando de esta manera, las inclemencias del tiempo y especialmente los posibles robos o daños que  en la calle padecen. Éstos se alineaban bajo un techo de huralita que los protegía del sol, de la lluvia, de la intemperie... el resto, un extenso patio abierto al cielo.

 Dentro, en el zaguán hay una habitación que en tiempos pasados fue su refugio, su taller, su trastero, su baúl de recuerdos y nostalgia: estanterías con todo tipo de herramientas perfectamente ordenadas, la mesa grande de trabajo en el centro, donde lo mismo lo veías arreglar un motor de un coche, que un calefactor o una griferia (lo que le echaran porque tiene una habilidad en las manos fuera de lo normal) y, el rincón más protegido donde depositaba sus reliquias: álbumes con fotografías antiguas, recortes de periódicos, historia de su querido barrio al que vio casi nacer, crecer y abrirse a la ciudad, la historia de su vida que fue escribiendo poco a poco, regalos, recuerdos de amigos... vida y pasado.
Si subimos las escaleras llegamos a un piso bonito, luminoso, donde vivieron y crecieron sus cuatro hijos y hoy solo habitado por él y su Mari que lo cuida. Un balcón se asoma a la calle, testigo mudo de tantas noches de verano buscando el fresco, de tantas "velás", de tanto cante y de tanta poesía.

Quintana como arriba comentaba es ya muy mayor, su mente le traiciona en multitud de ocasiones y a su pesar ha olvidado muchas vivencias y recuerdos de antaño, y ya, no puede andar a sus anchas por sus queridas calles de El Cerro, ni dar órdenes como gustaba hacer cuando era algo más joven como cabeza de familia,  ni contar sus interminables chistes y poesías, ni hacer sonar la cuchara con la boca al ritmo de sevillana, ni siquiera "pelear" con su hija Mari, -la que está siempre a su lado y lo cuida como los ángeles- en batallas cotidianas, en las que guerreaba por absurdas nimiedades en guerras inexistentes, porque la paz se firmaba cada día. Hoy le pasean en su silla de ruedas por las calles vestido impecablemente y aseado con esmero, para que siga en contacto con su gente y su barrio que le quiere, y cuando te acercas a saludarlo, él te recibe con la misma sonrisa de siempre, aunque ya no te cuente el último de "Jaimito". A la vuelta del paseo, su sillón, la tele, la visita siempre de la hija, del hijo, del yerno y de la que siempre será su nuera, de los nietos, de los biznietos, y al final del día, el descanso.

Si me preguntan que puedo decir de Quintana, como es Quintana, podría aportar entre montones de cosas, las que creo, bajo mi modesto punto de vista, son las más destacables: Quintana es, ha sido principalmente un hombre bueno: nunca le he conocido una mala acción, una mala crítica hacia nadie, le ha gustado mucho ayudar, ser amable tanto con amigos como con extraños con los que al momento empatizaba y dejaba de catalogar como tales para enseguida apuntarlo a la lista de amistades nuevas. Desprendido: le ha encantado compartir lo suyo con la gente querida, con la gente de su entorno, su garaje, su patio, ha sido sede de reuniones, comidas, bebidas... para todo el que iba llegando. Alegre: fanático del humor, de la risa, podía llevarse (hasta hace bien poco lo hacía) toda una velada contando chistes sin parar o recitando poesías o cantando flamenco para animar y alegrar al personal. Trabajador: como comentaba ha trabajado duro con el camión, horas, días al volante, de un pueblo a otro, de una ciudad a otra para llevarse el jornal a casa. Pero además no sabía estar desocupado, su lema era "el trabajo es salud" y en los pocos momentos de asueto que le quedaban siempre lo veías arreglando y solucionando alguna avería del tipo que fuera (mecánica, fontanería, albañilería...) así que todos éramos conscientes de que ante cualquier problema, allí estaba Quintana para remediarlo. La verdad es que podría seguir enumerando cualidades, pero, me alargaría demasiado, y éstas son las que bajo mi criterio lo definen con más exactitud. Como es natural y como ser humano que es, por supuesto que tiene que tener su defectos, fallos o errores,  pero, para mí han pasado inadvertidos, porque su calidad como ser humano está muy por encima de todo lo demás.

Y para finalizar este post, no me resisto, ahora que parece, que la familia esta pasada de moda, que cada vez impera más la individualidad, el ir cada uno a su "bola", repito, no me resisto a contar lo que era, lo que ha sido durante muchos años, las reuniones en casa de Quintana, los tradicionales días de Año Nuevo todos juntos, felices, en armonía, y que no solo a mi, sino a todos los que hemos tenido la suerte de vivirlo, nos ha quedado grabado en nuestra memoria para siempre, como el día de la alegria, la convivencia y la unión familiar.

Quintana tuvo la suerte o la "gracia" de nacer el primer día del año y sus padres le pusieron Manuel, es decir, que el día de Año Nuevo, celebra conjuntamente cumpleaños y onomástica y durante toda su vida en familia, ese día ha reunido en su casa a familiares, familia de familiares, amigos, conocidos y hasta desconocidos amigos de sus amigos. Sus puertas se han abierto siempre con alegría a toda persona que por allí ha pasado y de esa manera, para mí, para mi familia, se convirtió en tradición pasar el día de Año Nuevo en casa Quintana, era una cita ineludible que se repetía año tras año, que no hacía falta recordar porque para todos se convertía en uno de los días más bonitos del año, era el día del pistoletazo de salida hacía el año que habíamos de recorrer y que teníamos por delante y, era la mejor manera de empezarlo con optimismo, con ilusión, todos sabíamos que era el día de Quintana.

Así que, para no cansar con detalles, os contaré las sensaciones, los flashes, los sentimientos que ahora cuando lo recuerdo, me salen del corazón:

Un patio lleno de sol que calentaba no solo el cuerpo, calentaba el alma, olor a barbacoa, perol enorme de migas con chorizo recien hechas, guiso de "ajo meneao" hecho por la matriarca, nuestra querida Lola que en paz descanse, besos, saludos, abrazos, confidencias, niños que correteaban por todas partes, juegos con la pelota y broncas : - Marinelaaaaa, Marioooo que os vais a matar con esas carreras!,
el vinito y la cervecita con el picoteo, las charlas con los demás,  el cigarrito sentada en un banco saboreando el trasiego, las horas junto a seres muy queridos, el calor de la candela, cuando ya el empobrecido sol del mediodia daba avisos de alejarse y nos calentábamos con ella, resistiéndonos a irnos, una reunión enorme de amigos y familia que se habían ido agregando a lo largo del día, alrededor de su calor, almas viviendo juntas, uno de los días más bonitos del año, niños derrotados de cansancio a nuestro lado compartiendo con nosotros esos momentos de sosiego, y la tarta del cumpleaños feliz, y la guitarra y el cante del primero que se arrancaba y arrastraba a los demás y los chistes, y las risas y las "grasias" de los pequeños y las palmas y el cielo que empezaba a llenarse de estrellas, y la Aci y el Ángel que hace algún tiempo nos dejaron y las miradas brillantes, alegres de los allí reunidos y sentir lo que se quiere todo lo que en ese momento tienes a mano, y los pequeños, todos primos aunque no lo fueran, con las mejillas arreboladas por la candela y muchísimo cariño, y... sensaciones buenas.

Y por todo lo contado era imposible que yo no le dedicara a nuestro querido Quintana, un post en este blog, en el que relato mis vivencias, porque ésta es una de ellas, marcada con fuerza y amor en mis sentimientos y en mi corazón.

Gracias Quintana por  lo que has aportado y sigues aportando a todos los que te conocemos, gracias por tu humanidad, por tu simpatía, por tu cariño, por tu alegría y por hacerme sentir en tu casa como en la propia, y tener la satisfacción de ser  parte de tu familia. Te queremos, te quiero.

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