Llevaba mucho tiempo enferma, tanto como una década. Durante todo ese tiempo, lo que empezó con algunas molestias, jaqueca, decaimiento, se fue acentuando y llegó el peregrinaje de médico en médico, especialistas, neurólogos, psiquiatras, homéopatas... y ninguno daba con la solución, a cada nueva consulta, nueva ilusión de curación y nuevo batacazo cuando el nuevo tratamiento no surtía el efecto deseado. Llegué a desear al menos, si no la curación, el alivio, alivio a los dolores de cabeza intensos y permanentes y a conseguir dormir. Las noches las pasaba vagando por la casa como alma en pena, intentando no despertar a los míos, con las manos en la cabeza como queriendo aguantar el dolor para que no aumentara más, porque era insoportable y llorando cuando la impotencia y la desesperación me vencían.
Así un día y otro, una semana, un mes, un año... llegó un momento en que ya no sabía que hacer, me había gastado un dineral en médicos (aparte los del Seguro) y tratamientos, llegué a pensar que todo era ficticio, que mi mente me estaba jugando la mala pasada de inventarse una dolencia inexistente, creí que era una hipocondríaca superlativa y terminé sintiéndome culpable por lo que me ocurría, al deducir que nada tenía, salvo una obsesión y me castigaba y castigaba a mi familia sin razón.
Después de visitar al penúltimo especialista, en este caso un psiquiatra, que me diagnóstico una fuerte depresión y me atiborró de tranquilizantes que me tuvieron un mes casi sin poder salir, opté por no tomar nada y me machaqué pensando que nada me dolía, que nada tenía, de esa forma pensé, que si era cosa de la mente, la vencería. Inútil, porque llegué a un punto en que si dormía dos horas al día era mucho, apenas comía o lo hacía compulsivamente porque hacerlo, a veces, aliviaba el dolor, la debilidad física aumentaba por día y la depresión y la tristeza vivían conmigo.
No sabía que hacer, ni vivía, ni dejaba vivir, no quería visitar ningún médico más porque todos decían lo mismo: que no había nada importante, salvo una pequeña depresión. Sentí el miedo y la soledad cercándome cada vez más, porque sabía que nadie me comprendía (con toda la razón) aunque todos me apoyaban y animaban, pero yo sí sabía y por eso me asustaba que algo gordo estaba pasando en mi organismo y que mi cuerpo no aguantaría mucho más.
El Martes Santo del año 1.999, me fuí con mi hija a ver salir "El Cerro", la mañana era espléndida, incluso hacía calor, el cielo inigualable de nuestra primavera, en resumen uno de esos días en que das gracias a la vida por vivir.
Aquel día me había levantado com siempre, mal, pero me obligué a salir. La cabeza me estallaba y el cansancio apenas me permitía andar, pero como otras veces, simulaba estar bien, quería dar la imagen, aunque fuera de tarde en tarde, de normalidad. Esperamos para verla salir casi dos horas, de pie y al sol, frente por frente a la puerta de la Iglesia, aguantando ese sol que apretaba de justicia en medio de un cielo azul precioso, pero que a mi me estaba matando.
Cuando el Cristo llegó a mi lado, mecido al son de la marcha procesional y bañado por montones de pétalos de rosas que la gente echaba a volar desde los balcones, la lágrimas brotaron de mis ojos sin poder reprimirlas y en aquel momento, a pesar de que no soy religiosa, ni capillita, ni comulgo con la Iglesia, le pedí a ese Cristo crucificado que me ayudara, ya ni tan siquiera que me curara, no, que me ayudara a encontrar al médico que descubriera que me estaba ocurriendo para saber que hacer, si todavía se podía hacer algo. Miré su cruz y su corona de espinas que apretaban su cabeza como el dolor apretaba la mía y supe que el Dios en el que sí creo, me comprendería.
No ha existido un momento en toda mi vida en el que haya pedido, suplicado, con tanto sentimiento y a la vez con tanta fé. Le prometí que si me curaba todas las primaveras de la vida que El quisiera regalarme, estaría allí para verlo pasar "caminando" clavado en su cruz, mojándose con la lluvía de pétalos que otras corazones, tal vez tan agradecidos como el mío, le tiraban al pasar.
Cuando volvió la esquina de la calle y lo perdí de vista, mi hija me abrazó al verme emocionada, no sabía logicamente lo que por mi cabeza pasaba y por un momento tuve paz y la ilusión de que todo se podía arreglar, porque la fé mueve montañas y yo había pedido con mucha fé.
Un mes más tarde me hablaron de un médico estupendo, un endocrino, la única especialidad que no habia tocado porque no lo relacionaba con mi dolencia. Me dijeron que lo intentara y más por complacer a mi familia que por convicción, accedí a ir, con la condición de que sería el último.
Después de pruebas complicadas, me diagnosticaron un tumor en la hipófisis en estado tan avanzado que afectaba al nervio óptico, al hipotálamo en el área del sueño (por eso no dormía) y a todo un sistema hormonal que estaba totalmente descompensado. La única solución pasaba por una operación urgente para extirparlo. No me quiero extender en detallar las vivencias de esa semana de vértigo en la que se preparaba la intervención, pero destacaré dos importantes y principales sentimientos que convivieron esos días conmigo:
- ALEGRÍA: porque sabía !por fin! lo que tenía, porque había encontrado al médico y a la enfermedad, porque no estaba loca como llegué a pensar, porque para bien, si me curaba, o para mal si me pasaba algo, el sufrimiento se acababa...
-MIEDO: porque era una operación complicada de cabeza, porque podía en un gran porcentaje quedarme alguna secuela, más o menos importante, porque podía faltarle a mis hijos, mi marido, mi madre...
Al año siguiente por primavera salí de nazarena por primera vez en mi vida, con mi Cristo de "El Cerro", con un cirio en la mano y una medalla en el cuello, formando en una fila larguísima con mi hijo delante marcándome el paso y mi Cristo detrás para verlo. Fueron quince horas de recorrido con el corazón rebosante de felicidad, en el que no dejé de dar gracias por todo lo que me había ocurrido en un año, porque la alegría había vuelto a mi casa, porque seguíamos todos juntos, porque había aprendido cosas muy importantes, porque disfrutaba de todos los momentos que la vida me volvía a ofrecer, porque me había vuelto la fé y la ilusión, porque no tenía dolor y podía dormir y todo, todo, porque me había curado.
Y allí he estado ya diez años de esta vida nueva que El me ha regalado y como le prometí, de nazarena o no, da igual, allí he estado y estaré para verlo hasta que muera.
Tienes fuerzas para superar eso y veinte mil cosas mas. Eres muy fuerte mami!!
ResponderEliminarBesosss
Gracias mi vida, a veces no me veo fuerte y flaqueo, pero con vosotros apoyándome soy capaz de todo. Te quiero mucho.
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