Mientras mi héroe, queda acuartelado en su regimiento, en su pueblo se empieza a librar una lucha que intentaré redactar siguiendo el dictado de una persona muy allegada a él, muy querida por él, que fue la que me dio, gran parte de los detalles acontecidos esos amargos días de Julio del 36. Me estoy refieriendo a Rosarito, su hermana, que vivió en sus carnes y en primera persona dichos acontecimientos.
Como ya expliqué en relatos anteriores, las condiciones de vida del campesinado eran teriblemente precarias, los jornales apenas llegaban para comer, no tenían médico, los niños perecían de tifus y enfermedades en un porcentaje elevadísimo, pocos eran los que asistían a la escuela porque desde muy pequeñitos ayudaban en el campo y las viviendas carecian de agua corriente y luz. Los hombres trabajaban desde el amanecer hasta que se ponía el sol, se helaban de frío en invierno y en verano el sol de la campiña, achicharraba hasta sus gargantas. La mujeres criaban a los hijos con mil fatigas, sufrían su pérdida demasiado a menudo, administraban el jornal del marido aprovechando hasta la última migaja de pan mientras que la carencia de agua, las obligaba para proveerse de ella, a cargar con cántaros, cubos, búcaros... hasta la fuente al pie del arroyo.
Poco o nada, les faltaba a estos hombres para rebelarse ante tanta injusticia, pero carecian de lo más importante, carecían de valor, el valor para enfrentarse al terrateniente y exigir todos a una, una mejora en sus condiciones de trabajo y de sus jornales, tenían miedo a las represalias, a quedar sin trabajo para alimentar a sus familias, miedo a tener que huir del pueblo que los vio nacer, por lo que año tras años a través de todos los tiempos callaban y apretaban los dientes temiendo, a que en algún momento de desesperación, pudiera salir por su boca lo que les decía su corazón. Pero ultimamente las cosas estaban cambiando, ya había quien se atrevía a levantar un poco la voz, quien, venidos de la capital o de otros pueblos mayores, reivindicaban lo que tanto estaban necesitando, ya se atrevían a escuchar dichas proclamas y a soñar con una vida un poquito mejor, en la que los hijos pudieran al menos comer y cenar todos los días. No caía en saco roto las charlas, los consejos de gente preparada venidas de la capital y la llamita de la esperanza iba creciendo poco a poco, amenazando convertirse en hoguera, una hoguera avivada por aires nuevos, frescos, que podría llegar a arrasar y quemar todo lo que se le pusiera por delante.
A esto se refería el padre de nuestro protagonista cuando le hablaba a su hijo del nacimiento de una fuerza que podría traer lo mismo dicha que desventura, dependiendo del desenlace final, pero lo cierto es que ya él comprendió con anticipación que el momento había llegado, que el silencio se había terminado y que esa fuerza era imparable, que había que jugársela y que el juego era muy peligroso. Aún así él, hombre realista, con los pies bien plantados en el suelo, no se permitía dejarse llevar por la ilusión, por la fantasía, por lo que él creía una utopía, y sus recelos aumentaban conformen los días pasaban y el ambiente se enrarecía cada vez más. Y llegó un día, cuando Julio se estrenaba con una "caló" insoportable, con un sol que a fuerza de apretar, agrietaba la tierra que se abría reseca pidiendo agua, dónde hasta los pájaros temiendo a sus rayos se guarecían bajo los chaparros sin osar levantar el vuelo, y los hombres, sudaban por sus poros hasta la última gota de su cuerpo. Fue entonces cuando alguien dijo: " !Basta ya! o ahora o nunca, ya hay fincas en Extremadura ocupadas por jornaleros, se harán cooperativas, nosotros podemos hacer lo mismo, trabajaremos la tierra con nuestras manos, pero esta vez será para que vivamos dignamente. La Ley de Reforma Agraria aún no está aprobada, pero el Gobierno consciente de nuestros problemas, esta de nuestro lado, tenemos todas las de ganar y no pasará nada, así que ¿ a qué esperamos?, ! a por todas!, " la tierra es para quien la trabaja". Y esa fue la coletilla, "la tierra pá quien la trabaja" y de esa manera, todos, con las azadas, con las hoces en las manos, con las mulas portando aperos y canastos de comida y búcaros de agua y ... sobre todo, con la esperanza y la fuerza brotando de montones de corazones latiendo en la misma sintonía, sabiendo que el poder era de ellos, que la unión hace la fuerza, se encaminaron al pueblo arrastrando con ellos a mujeres, niños, viejos que se unían a ellos con alegría, hasta los perros parecían entender lo que pasaba y corrían ladrando y moviendo sus colas como queriendo mostrar así la alegría.
Lo consiguieron, la Guardia Civil los dejó según órdenes de sus superiores, reivindicar sus necesidades y en horas y a las puertas del Ayuntamiento, se leyó un decreto por el que se notificaba que hasta nuevo aviso, las tierras que rodeaban al pueblo quedaban confiscada en beneficio de dicho pueblo y que para evitar enfrentamientos entre las diferentes clases sociales, se instauraba el toque de queda desde las ocho de la tarde hasta las 6 de la mañana. A los terratenientes se les prometío seguridad hacia sus personas y familias y el pago por el "alquiler" de sus tierras, que quedaba pendiente estipular por las autoridades competentes, cuando llegaran de Sevilla.
Entre todo ese gentío, contagiado de la euforia de amigos y compañeros, al padre de mi protagonista, se le esfumó el escepticismo que le había acompañado anteriormente y vivio plenamente esa jornada histórica, abrazado a su mujer y de la mano de su Rosarito, que disfrutaba de lo lindo de lo que para ella era una verdadera fiesta del pueblo. El día terminó en la plaza, frente al Ayuntamiento, con la banda de música tocando a pesar de no ser domingo, y la gente bailando en una verdadera noche de felicidad como nunca habían sentido.
Poco les duró la alegría, quince o veinte días a lo sumo, el 18 de ese mes, llegó la noticia del golpe militar encabezado desde Africa por los generales Mola y Francisco Franco. Las noticias que llegaban al pueblo por parte del Gobierno Central eran que efectivamente había surgido una pequeña insurrección militar que había tenido poco seguimiento a nivel nacional y que la mayoría de provincias españolas estaban en poder del Gobierno legalmente constituido desde Febrero, gracias a la voluntad del pueblo, y sin lugar a dudas en pocos dias se acabaría la situación con la derrota y a la vez destitución de los rebeldes, que se hacían llamar "nacionales".
Pero no fue así, se pecó de confianza y la rebelión se fue afianzando en las pocas provincias conquistadas. Entre ellas y una de las más importante, se encontraba Sevilla capital y parte de su provincia. Eso no amilanó a la gente del pueblo que estaba con la República, en este caso la clase campesina, los desprotegidos, los pobres que eran la mayoría y se equiparon para defender al pueblo y la Constitución ante la amenaza de la llegada de los nacionales, que cada vez estaban más cerca. Al final, el 30 de Julio, sin que nadie pudiera evitarlo, las tropas franquistas entraron en el pueblo. Una gran mayoría de campesinos, temiendo a las represalias, se dio a la fuga, abandonaron sus casas, su pueblo, sus mujeres e hijos, se fueron huyendo con lo puesto, sin dinero, a lo más con un poco de pan, un poco de queso o morcilla o lo que pudieron rebañar de sus casas, una cantimplora llena de agua y un miedo en el cuerpo que los lanzaba campo a través con el anhelo de alcanzar los montes que los separaban de Málaga, todavía zona "legal" o como ya era denominada por los nacionales: zona roja.
No lo hizo así el padre de mi héroe, se negó a irse a pesar de la insistencia de amigos, familiares e incluso de su propia mujer e hija. Decía que se estaban sacando las cosas de quicio, que no iba a pasar nada, que a lo sumo se volvería al sometimiento que durante toda la vida, exceptuando las últimas semanas habían tenido al terrateniente y a las clases privilegiadas, que seguro que dicho sometimiento sería aún más duro, pero que más duro para él era abandonar su hogar, vivir lejos de su campiña, de su pueblo, no ver a su mujer, a sus hijos, dejarlas desprotegidas, sin medios para vivir, ¿quien llevaría el pan a su casa? ¿quien cuidaría de las dos, ahora que su hijo se encontraba en Granada haciendo el Servicio Militar?, en fin... argumentos y más argumentos que rebatía a todo el que le pedía que escapara con él, hasta su hermano, el menor, Antoñito, intentó convencerlo sin resultado y allí se quedó junto a su mujer y a su hija.
Después todo se desarrolló con gran rapidez. Así lo contaba su hija: El día 31 de Julio, mi padre cumplía 43 años, mi madre tenía 40 y yo me encaminaba a los 13. En aquellos tiempos al menos en mi pueblo y especialmente en nuestra clase no acostumbrábamos a celebrar los aniversarios, como ocurre en estos tiempos, había años que incluso pasaba desapercibidos para la familia, pero yo me acordaba siempre de las fechas de los nacimientos de mis padres y hermano, así que ese día salté de la cama corriendo, preguntando por él, era como si presintiera que algo malo iba a pasar y sólo necesitaba estar a su lado y darle mil besos. Salí a la calle y me entró miedo, estaba desierta, las puertas de las casas cerradas y un silencio forzado, vigilante flotaba en el ambiente, ni los perros ladraban, ni los gallos cantaban, era como un pueblo fantasma, muerto en vida. El pánico se apoderó de mi cuerpo y volví a entrar rapidamente en la casa, mis padres no estaban, pensé que habrían ido a la fuente a por agua y esperé acurrucada en la cama pensando que pronto llegarían o que lo que estaba pasando era sólo un aterrible pesadilla de la que pronto despertaría.
Pasado un tiempo que a mí me pareció eterno, llegó mi padre efectivamente cargado con los cántaros de la fuente, venía sonriente lo cual me tranquilizó, me comentó que mi madre había salido a casa de una vecina que estaba enferma para ayudarla con sus hijos. La realidad era otra, después de mucho meditarlo durante toda la noche, decidió, con muchísimo esfuerzo visitar a su hermano, que era el que ella creía podía ayudarles en el caso de que las cosas se complicaran. Este hermano, su único hermano varón, había sido el más querido para ella porque desde pequeñitos y dada la poca diferencia de edad entre ellos, habían compartido juegos, travesuras, trabajo y principalmente su gran aficción a la música, fue él quien la enseñó a tocar el acordeón y tambien el que le enseño todas las canciones que sabía, el que la acompañaba tocando en cualquier fiesta o reunión cuando se arrancaba en el cante y el que subía al tablado junto a ella en las fiestas patronales cuando la gente reclamaban su presencia para escucharla, el que le daba la mano para contagiarle su ánimo y su calor ante su miedo en el escenario y el que la abrazaba cuando el público en pie aplaudía enfervorizado por su actuación. Tenía otra hermana más pequeña, Conchita, que siempre quedaba relegada ante ella por él, porque lo adoraba, no concibía que alguna vez tuviera que llegar el momento en que cada uno cogería su camino, por ley de vida, se casarían y esa relación tan estrecha tendría que dejar paso a otra, con el mismo cariño entre ambos, pero más distante. Se prometieron de niños que siempre estarían juntos y que no se casarían, porque no había nada mejor que ese cariño de hermanos compartiendo juntos tantas cosas bonitas.
El tiempo como es natural, los fue madurando y el amor apareció en sus vidas. Ella se prendó de ese campesino guapo, alto y serio que la miraba cuando de regreso del campo pasaba por delante de su puerta, el que vivía en lo más alto del pueblo, el hijo del desgraciado guarda forestal, que murió poco después que sus dos hijos gemelos, de pena y remordimiento. Nunca se perdonó no haber descargado la escopeta cuando llegó de trabajar del monte, esa escopeta culpable, asesina, con la que uno de ellos, jugando al conejo y al cazador, disparó sobre el otro, creyéndola descargada. Cuando llegó tembloroso al lado de su hermano y lo encontró con la cabeza destrozada y el cuerpo bañado en sangre, fue tal la impresión, la pena, la desesperación, que su corazón no pudo aguantarlo y allí mismo a su lado se derrumbó, muriendo con las manos sobre la cabeza destrozada de su hermano, y ella supo desde el primer momento que lo vio, que era al único que podría querer, al que le podría transmitir un poquito de esa alegría suya, de ese optimismo ante la vida, después de una infancia y juventud tan desgraciada. Se hicieron novios contra la voluntad de su hermano, que pensaba que no era el hombre apropiado para ella. Ella, la moza más alegre del pueblo, la de la voz maravillosa, la que gustaba divertirse, cantar, hablar con todo el mundo, no podía encanjar con ese hombre tan serio, tan huraño, que arrastraba desde hacía años una tragedia tan tremenda, tan difícil de superar, que tendría que trabajar de sol a sol para medio alimentarla a ella y a los hijos que tuvieran y las penalidades y estrecheces que su hermana tendría que vivir a su lado, porque sin venir ellos de una familia rica ni mucho menos, vivian bien sin que les faltara nunca lo necesario. Así empezó a fracturarse esa idílica relación fraternal, a ella no le importaba nada de lo que él le aconsejaba, sólo quería vivir al lado de ese hombre, daba igual las condiciones, ella lo quería por encima de todo y no iba a renunciar a casarse con él y así lo hizo y su hermano no pudo impedirlo.
Florencio no asistió a la boda, su ataque de celos, de frustación, de soberbia se lo impidió y ella no le podía perdonar que el día más bonito de su vida, estuviera ensombrecido por su ausencia. Después él entabló relación con una de las hijas del mayor terrateniente de la comarca que se opuso a la relación, pero ante el empecinamiento de la novia por casarse a costa de lo que fuera, el dueño y señor de las tierras, dio su consentimiento para celebrar la boda.
De esa manera, Florencio pasó de ser uno más del pueblo, hijo de un tendero de la calle Mayor, a señorito, a mirar la vida desde el lado de los ricos, a luchar por sus privilegios a costa de mancillar si hacía falta a los que en un tiempo fueron amigos y a tratar a los trabajadores del campo con el mismo desprecio y altivez que su suegro. Entre ellos a su propio cuñado, al que ni siquiera osaba mirar a la cara. Se hizo conservador, de derechas y se afilió a ese partido tan elegante portadores de camisa azul, llamado Falange Española que también se acoplaba a sus nuevos ideales. Tanto se involucró, que a partir de las últimas votaciones de Febrero y ante lo que Falange intuyó se le avecinaba por parte del campesinado, lo nombraron por votación unánime Jefe del Partido Falangista de la comarca, los miembros de dicho partido, comprendieron que no podía haber candidato mejor que él, tenía la fuerza y la suficiente sangre fría para controlar la posible rebelión.
Llegó feliz a su casa, disimulando ante su marido la emoción que la embargaba para que no sospechara dónde había ido en realidad y los frutos de su temida visita. Su hermano la recibió con los brazos abiertos, la llenó de besos, se abrazaron y lloraron juntos recordando los buenos tiempos pasados y el tiempo perdido por la tozudez de ambos. Ante su petición él le prometió que nunca permitiría que nada les pasara, porque en realidad nada iba a pasar, lo único que harían sería restituir la calma en el pueblo y alentar a la gente a que siguieran con su vida normal, con sus trabajos, con sus quehaceres cotidianos y nada más. Ella se encargó de alentar a vecinos y amigos para que salieran del pozo de temor y angustia en que se encontraban, prometiéndoles que no pasaría nada y que la situación estaba completamente controlada, lo sabía de muy buena tinta y les rogó tuvieran confianza.
Nada más lejos de la verdad, esa misma madrugada, las patrullas de soldados nacionales y falagistas del pueblo, se encargaron casa por casa de detener a toda persona que semanas anteriores tuvieron la osadía de arrebatar las tierras a los dueños que, generación tras generación habían ido heredando de sus antepasados.
Uno de los noventa o cien detenidos, era su marido. Y la desesperación la envolvio.
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