martes, 8 de diciembre de 2009

Alcalá

En Alcalá hay una calle que no sé como se llama, ni dónde está, pero existe con toda seguridad porque es el primer recuerdo claro que tengo de todo lo que llevo vivido.

Por esa calle he paseado de la mano de mi padre y en sus brazos me he asomado al cielo azul y brillante de la primavera para ver pasar las bandadas dee pájaros volando.

La calle era empinada, luminosa; el sol cegador, caliente y reflejaba sus rayos en las paredes blancas de cal, dónde innumerables macetas dejaban colgar orgullosas sus flores al aire: geranios de colores chillones, gitanillas blancas, claveles reventones... las rejas verdes de las ventanas igualmente estaban llenas de tiestos, unos de helechos, otros con jazmines, muchos de yerbabuena.
El suelo era empedrado de adoquines pulidos ya por el paso del tiempo, brillantes por el desgaste. Cada dos o tres metros unos anchos escalones facilitaban la subida de los transeuntes por la cuesta en cuyo final podía divisarse la torre blanca y el campanario de una iglesia dónde anidaban todos los años las cigüeñas.
Al llegar arriba, una plazuela rodeada de árboles te esperaba y en el centro de la mísma, una fuente pequeñita dejaba oir el murmullo del agua que salía por la boca de un pato de cerámica dónde mi padre me acercabapara que bebiera "el agua más rica del mundo". Esta fuente encalada era el centro de la plazuela y a su alrededor unos bancos invitaban al descanso bajo la sombra de unos árboles de copas grandes y espesas. Todo era un contraste rabioso de color: el albero amarillo del suelo, el verde chillón de los bancos, el blanco inmaculado de la iglesia y el azul limpio del cielo.
Esta es mi calle, la primera de mi vida y la que recuerdo aún hoy con todo detalle, por ella dí mis primeros pasos agarrada a la mano de mi padre, en ella a la entrada de las casas, en los zagüanes anidaban todas las primaveras las golondrinas, en ella me sentí querida y felíz.
Nos vinimos a vivir a Sevilla siendo aún muy pequeña y no he ido mucho a mi pueblo o al menos como yo hubiera querido, pero las veces de mayor que he ido, nunca he buscado esa calle, ni he preguntado a mi madre dónde está, no la quiero encontrar porque me da miedo, miedo a la desilusión, a que no sea o no esté como en mi imaginación aparece y porque aunque la encontrara y fuera como en mis sueños, con sus macetas, con el mismo cielo y la misma fuente, seguiría sin ser la misma, porque me faltaría la mano, los brazos, la cara sudorosa y alegre de mi padre.

4 comentarios:

  1. gran debut mama ¡¡¡¡
    me has hecho emocianar ¡¡¡¡¡¡

    ResponderEliminar
  2. Jo, mami, qué bonito!!!Ya me tienes enganchada!! jejeje. Sigue así y no lo dejes, disfrutaremos todos de tus andanzas. Un besito

    ResponderEliminar
  3. Enhorabuena Ani, se desprende en tu relato unas vivencias cargadas de afectividad paterna, asi como una rica descripciòn del entorno que emociona, sencillo y claro como deberìamos de ser todos, para calar en los sentimientos.

    ResponderEliminar
  4. !Gracias Carlos! No sabes la ilusión que me ha hecho leer tu comentario, porque a pesar de que sabia entrarias en mi blog no esperaba que me escribieras. Me alegro te haya gustado este pequeño relato en el que efectivamente, el espiritu de mi padre es su protagonista, porque sin él no hubiera habido recuerdo, la calle es un simple decorado, la vivencia y sé que la has captado está en el amor que le tenía y aún le tengo. Espero te siga gustando lo que sigue que son como su nombre dice, retales de mi vida que en mayor o menor medida me han marcado. Un abrazo. Besitos a Pili.

    ResponderEliminar