El día 15 de Junio, fui a votar a mi colegio electoral con mi hija en brazos, porque para mí, mi niña era como el símbolo,la figura, el cuerpecito y la cara de esa democracia que se había gestado y había nacido al mismo tiempo que ella. Las dos llegaban, superando un gran número de problemas, sufrimiento y riesgo, pero demostrando que venían con mucha fuerza, con muchas ganas de vivir y de luchar.
El día amaneció esplendido, con el cielo azul, inmenso, irrepetible en ningún otro lugar del mundo por su belleza y su luz tan especial, acompañado del calor sofocante de un verano que llegaba empujando con fuerza. Salimos del hospital el día anterior porque mi convalecencia después del parto se complicó y tuve que pasar allí más días de lo esperado, pero al fin ese día tan deseado amanecimos las dos en casa.
Mi niña era preciosa y estaba sana y fuerte. El nombre elegido casi a última hora, encajaba perfectamente con los momentos que vivíamos: era nuevo, diferente, rompía con las normas tradicionales, tenía un poquito de reminiscencia "roja" porque era de origen ruso y encima sonaba muy bien. Mi marido a la hora de inscribirla en el Registro, ante la negativa a admitirlo, por considerarlo pagano (todavía viviamos sumergidos en las costumbres, normas y leyes franquistas) solicitó un permiso especial al Juez de Guardia para que lo aceptara, y !oh! sorpresa, éste lo autorizó en un documento que grapó a la solicitud, dando su permiso, eso sí, no sin antes hacerle prometer que la niña sería bautizada. Bueno, ya se empezaba a notar el cambio, aunque fuese tan sólo en esos pequeños detalles. Mi hija se llamaba Tania, a secas, sin el María que antes obligaban a poner.
La vestí de corto, contrariamente a la tradición del batón largo con lazo y puntillitas de encajes, le puse una ranita y un vestidito azul estampado de tirantas, que dejaban sus bracitos al aire. Mi niña tenía que ser diferente, porque la vida empezaba a ser diferente. Me la llevé a la calle para que respirara ese aire nuevo que flotaba en el ambiente y junto con mi madre, su abuela, después de votar, fuimos a que la conocieran sus bisabuelos, el "abuelo del bastón y el sombrero" como ella más tarde lo conocería por fotos, mi abuelo, aquél que luchó en la guerra, que estuvo condenado a muerte y después exilado, el que padeció con furia la represión franquista, y a su mujer, Dolores, que lo acompañó silenciosa y sacrificadamente en su vida. Ahora, ese día, vivían doble ilusión: volver a vivir en democracia cuando ya no lo esperaban y conocer a la que hacía el número seis de sus biznietos.
Y después con un calor agobiante y los pechos reventándome de leche, fuimos a buscar a su papá, que voluntariamente estaba de interventor por el PCE, en un colegio electoral. Allí en una esquina, sentada en una silla desde dónde divisaba todo: las mesas, las urnas, la gente votando, las cabinas con las papeletas electorales, las largas colas, el ambiente festivo... y a mi marido "vigilando" que todo se desarrollara con normalidad, amamanté a mi hija, que se agarraba a mi pecho con avidez, como si quisiera no sólo alimentarse, sino también llenarse de esos momentos únicos que las dos estábamos viviendo.
Despúes de tantas vivencias, emociones, ilusiones... cuando hoy, en la actualidad me topo con tanta corrupción, tantos intereses creados, tanta falta de valores, me pregunto ¿dónde están aquellos ideales?, ¿qué ha sido del sacrificio, la entrega, la lucha, de tanta gente?, ¿mereció la pena? Sí, por supuesto que mereció la pena, porque a pesar de todo vivimos en una sociedad libre, dónde nadie nos impone cómo tenemos que vivir, qúe tenemos que pensar, en quién tenemos que creer o con quién nos tenemos que relacionar y porque dentro de los fallos que los hay y los habrá, vivimos en un sistema democrático y en libertad.
A los que tuvimos el privilegio de vivir aquellos momentos trascendentales, tan llenos de tensión, lucha, riesgo, ilusión... nunca se nos podrá olvidar, siempre los llevaremos en nuestro corazón.
El día amaneció esplendido, con el cielo azul, inmenso, irrepetible en ningún otro lugar del mundo por su belleza y su luz tan especial, acompañado del calor sofocante de un verano que llegaba empujando con fuerza. Salimos del hospital el día anterior porque mi convalecencia después del parto se complicó y tuve que pasar allí más días de lo esperado, pero al fin ese día tan deseado amanecimos las dos en casa.
Mi niña era preciosa y estaba sana y fuerte. El nombre elegido casi a última hora, encajaba perfectamente con los momentos que vivíamos: era nuevo, diferente, rompía con las normas tradicionales, tenía un poquito de reminiscencia "roja" porque era de origen ruso y encima sonaba muy bien. Mi marido a la hora de inscribirla en el Registro, ante la negativa a admitirlo, por considerarlo pagano (todavía viviamos sumergidos en las costumbres, normas y leyes franquistas) solicitó un permiso especial al Juez de Guardia para que lo aceptara, y !oh! sorpresa, éste lo autorizó en un documento que grapó a la solicitud, dando su permiso, eso sí, no sin antes hacerle prometer que la niña sería bautizada. Bueno, ya se empezaba a notar el cambio, aunque fuese tan sólo en esos pequeños detalles. Mi hija se llamaba Tania, a secas, sin el María que antes obligaban a poner.
La vestí de corto, contrariamente a la tradición del batón largo con lazo y puntillitas de encajes, le puse una ranita y un vestidito azul estampado de tirantas, que dejaban sus bracitos al aire. Mi niña tenía que ser diferente, porque la vida empezaba a ser diferente. Me la llevé a la calle para que respirara ese aire nuevo que flotaba en el ambiente y junto con mi madre, su abuela, después de votar, fuimos a que la conocieran sus bisabuelos, el "abuelo del bastón y el sombrero" como ella más tarde lo conocería por fotos, mi abuelo, aquél que luchó en la guerra, que estuvo condenado a muerte y después exilado, el que padeció con furia la represión franquista, y a su mujer, Dolores, que lo acompañó silenciosa y sacrificadamente en su vida. Ahora, ese día, vivían doble ilusión: volver a vivir en democracia cuando ya no lo esperaban y conocer a la que hacía el número seis de sus biznietos.
Y después con un calor agobiante y los pechos reventándome de leche, fuimos a buscar a su papá, que voluntariamente estaba de interventor por el PCE, en un colegio electoral. Allí en una esquina, sentada en una silla desde dónde divisaba todo: las mesas, las urnas, la gente votando, las cabinas con las papeletas electorales, las largas colas, el ambiente festivo... y a mi marido "vigilando" que todo se desarrollara con normalidad, amamanté a mi hija, que se agarraba a mi pecho con avidez, como si quisiera no sólo alimentarse, sino también llenarse de esos momentos únicos que las dos estábamos viviendo.
Despúes de tantas vivencias, emociones, ilusiones... cuando hoy, en la actualidad me topo con tanta corrupción, tantos intereses creados, tanta falta de valores, me pregunto ¿dónde están aquellos ideales?, ¿qué ha sido del sacrificio, la entrega, la lucha, de tanta gente?, ¿mereció la pena? Sí, por supuesto que mereció la pena, porque a pesar de todo vivimos en una sociedad libre, dónde nadie nos impone cómo tenemos que vivir, qúe tenemos que pensar, en quién tenemos que creer o con quién nos tenemos que relacionar y porque dentro de los fallos que los hay y los habrá, vivimos en un sistema democrático y en libertad.
A los que tuvimos el privilegio de vivir aquellos momentos trascendentales, tan llenos de tensión, lucha, riesgo, ilusión... nunca se nos podrá olvidar, siempre los llevaremos en nuestro corazón.
Muy bueno mamá, gran historia personal e histórica. Mi pregunta es: ¿dónde se quedó ese espíritu? ¿han devuelto los políticos la confianza que pusimos en sus manos durante décadas?¿la gente se ha acomodado en una sociedad del bienestar falsa y vacía de valores? y lo más importante ¿para qué sirve votar hoy día si todo es la misma basura?. A mi, desgraciadamente no me vale esta democracia interesada y egoísta y creo tambien que lo que vivimos hoy (no sólo la crisis) es una cuarta parte de lo que vuestra generación se merece, así que yo sigo sin entender que la gente vote después del espectáculo vomitivo que a diario nos ofrecen los políticos. Besos y continuaaaaaaaa mamiiiiiii
ResponderEliminarGracias Salvi,me alegro que te haya gustado o mejor aún que te haya interesado. Ese espiritu se ha esfumado yo tampoco sé cuando. Quizás gran parte de culpa sea de nosotros mismos, de mi generación que después de tanta lucha nos relajamos demasiado y nos materializamos en exceso en parte debido a la gran escasez de todo en la que crecimos. Creo que tampoco hemos sido capaces de trasmitir a nuestros hijos que los valores morales están por encima de los materiales. Aún así me reitero en que dentro de todo lo malo, que es mucho, gozamos de una libertad que en mis tiempos era impensable. De todas formas es cierto que dan ganas de vomitar cuando se ve lo que está pasando, aún más a los que como yo vivimos aquellos momentos históricos con una ilusión y una esperanza en el futuro que es imposible describir con palabras. Te quiero y sí intentaré seguir, todavvía hay mucho que contar.
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