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sábado, 4 de septiembre de 2010

Un día cualquiera en "Las Tres Piedras"

Desde el pequeño jardín de mi casa de la playa en una noche de verano, se ve un cielo que me recuerda al de mi niñez, cuando jugaba en la plazoleta oscura de mi barrio, tenue y plateadamente iluminada por el resplandor de imnumerables estrellas que salpicaban un cielo negro e inmenso, reino infinito de una luna blanca y brillante que parecía mirarme sonriendo como si de una Giaconda espacial se tratara, vigilando estática y enigmaticamente mis movimientos.

Desde el pequeño jardín de mi casa, se puede oir el silencio de la noche, interrumpido de vez en cuando por el canto de los grillos o el lejano ladrido de un perro y como música de fondo y casi imperceptible el suave murmullo de las olas al romper, entregadas a la belleza de nuestra playa.

Y también se respira una leve brisa marina que se mezcla con el aroma de la dama de noche, cuyas flores se abren con fuerza a la caida de la tarde, para perfumar el ambiente. Sentir en los pies descalzos el cosquilleo de la mullida rigidez del fresco césped recien regado o secuestrar con los ojos la belleza de las humildes flores amarillas y rojas de la "rebolera" y los capullos dormidos, cerrados, de color salmón y rojo de los "pacíficos" que despiertan por la mañana abriéndose a un cielo limpio y azul y a un sol de justicia y al limonero junto al olivo que lo separa de un naranjito todavía enclenque, pero que seguro terminará arrancando y la enredadera que aún no cubre la reja que nos separa de mis vecinos de "Villa Tabla", llamada así en honor a las cuatro tablas y algunos ladrillos con lo que los dueños han equipado la parcela para pasar sus veranos. Allí viven practicamente bajo un sombrajo, pero son la gente más felíz del mundo, catetos cien por cien (y no lo digo peyorativamente, sino todo lo contrario) con esa autenticidad y simpleza que ya sólo va quedando en algunos pueblos y que nos hacen reir a cada momento con sus ocurrencias. Y en el lado opuesto, lindando con la casa de Antonio Casanueva (abuelo de Marta del Castillo) mi árbol de coral, que plantamos creyéndolo enredadera y que se ha convertido en ese árbol que después de 12 años se alza ya orgulloso al cielo, mostrando sus ramajes cubiertos de frondosos ramilletes de hojas pequeñitas y verdes entre los que se abren las hermosas campanillas de color coral, aportando sombra y color por igual a un lado y otro de la reja que separa una casa y otra, como si quisiera simbolizar con su presencia la unión y el cariño que une a las dos familias.

En una noche de verano en mi casa de la playa, pocas veces vemos la tele, porque cenamos todos juntos en el césped, al fresquito de la noche y charlamos, reimos con las "gracias" de mi nieto Emilio con su media lengua, porque está empezando a hablar y corre trás "Pampa" la perrita de Iván para cogerla del rabo y recordamos anécdotas, comentamos películas... y nos dan las dos y las tres de la madrugada jugando a las cartas de la familia con mi nieto Marco que es también nuestro lector de preguntas del "Party" o el "TRivial" porque con sus cinco añitos ya sabe leer y dice que es mayor para acostarse temprano. Y cuando me acuesto veo por la ventana un trocito de cielo iluminado por el resplandor de la luna, oigo los ruidos del que entra en la cocina o el cuarto de baño, la voz de Marco hablando con su padre y alguien mandándolo a callar y !por fin! la luz del pasillo que se apaga y de repente el silencio y la oscuridad impregnan el aire y el sueño que se apodera de mis ojos, no sin antes dar gracias por lo que tengo.

Por la mañana, muy temprano, Antonio es el primero que se levanta y me baja la persiana para que el sol no me despierte. Coge la lista de la compra: leche, frutas, pescado, refrescos... los periódicos y que no falte las estampas de fútbol para el albúm de Marco. Al rato, la risa de Emilio me hace saltar de la cama para llenarlo de besos y aquí empieza la vida en mi casa.

Poco a poco, mi familia va despertando y como un goteo incesante ( somos en total once, "Pampa", el canario, la ninfa y una tortugita a la que Marco ha bautizado con el nombre de Capel) van llegando por la cocina a darme un beso y los buenos días y !como no! reclamar los desayunos de molletes tostados en una parrilla y untados de mantequilla o foi-gras, y el café o el Cola Cao o el "migao" de galletas y leche que tanto le gusta a Salvi. El andador de la "bisi" (mi madre, la bisabuela) me avisa que ya está despierta y ahora soy yo la que sale a su encuentro para darle el beso de los buenos días.

La casa se llena de vida y de carreras, de juegos de mis chicos, del trajín doméstico cada uno por un lado para dejar la casa en orden, la comida, la lavadora, subir a la azotea desde dónde se ve un trocito de mar, para tender la ropa... mientras la "bisi" da su paseito por el jardín cerquita de Antonio que riega las flores y cuida las jaulas de los pájaros que no paran de cantar y... nunca antes de las 12´30 h. salimos camino de la playa.

Mi playa es amplia, extensa y no se le ve el fin. Tiene una arena fina y lisa por dónde mi Emilito corre embalado camino de la orilla persiguiendo su sombra y levantando los bracitos como si fuera un pajarito que empieza a querer volar. Sobre ella Marquito juega al fútbol con su padre o a las paletas con su tita Tania o corre trás su tito Salvi para bañarse o jugar con Emilio en la orillita a perseguir las olas. En ella nos tumbamos a secarnos después del baño o leemos los periódicos bajo la sombrilla. Tiene unas aguas cálidas y transparentes muy ricas en sal y yodo que doran la piel rapidamente cuando nos bañamos con los niños y jugamos con ellos saltando con las olas y una orilla por donde paseamos camino de "las tres piedras" que con la marea baja, no son tres, sino una colonia de rocas que dejan ver un paisaje lleno de belleza, allí mostramos a los niños los camarones, cangrejitos y otras especies que por ellas habitan.

Y a la vuelta los manguerazos para quitarnos la arena y los gritos de los niños jugando en la piscinita que mi marido dejó llena para que el agua se ponga calentita. La comida en familia, las sardinas, los churrascos, los choricitos al infierno, la paella que nos hace Salvi, las jarras llenas de hielo con el tinto de verano que Antonio prepara de maravilla y la sandia fresquita cortada a trocitos. La irrenunciable siesta bajo el run run de los ventiladores... y por la tarde, los atardeceres en la playa, bañándonos bajo los rayos de un sol que se aleja despacito camino del horizonte.

Y el regreso hacia la casa dónde nos espera la "bisi" sentada en el porche charlando con mi marido que dedica muchas tardes a pintar la fachada (que por cierto, le ha quedado muy bonita) y la Pampa que corre como loca en nuestra busca... y otra vez el trasiego de las duchas, de los niños, de la cena, para terminar y comenzar de nuevo nuestras charlas, nuestras risas y nuestros juegos bajo un cielo estrellado, una suave brisa marina y el olor algo embriagador de la dama de noche.

Y así un día y otro hasta completar los veinte que allí hemos estado. No hemos echado de menos las salidas nocturnas al pueblo, o las comidas en el chiringuito, todo nos ha sobrado porque hemos vivido días felices, intensos, lejos de las preocupaciones y el stres y nos han servido para acercarnos aún más, compartir juntos la tranquilidad y sencillez de una vida al aire libre, llena de sol, playa y noches incomparables. ¿Se puede pedir más?

lunes, 30 de agosto de 2010

Mi casa de "Las Tres Piedras"

Prólogo.-

A finales del 98 compramos mi casa de la playa, la de"Las Tres Piedras" muy cerquita de Chipiona. Es una zona practicamente rural, que a mi me recuerda sobremanera mi antiguo barrio de la niñez, aquel en el que me crié rodeada de vecinos con las puertas de sus casas siempre abiertas, en el que no había luces alumbrando la noche, ni agua en las casas y en invierno las calles eran un lodazal de fango y en verano el polvo y la tierra seca se tragaba, haciendo aún más asfixiante los veranos, dónde la gente intentaba paliar esa sequedad regando con cubos de agua, la zona que lindaba con la puerta de tu casa.

En "Las Tres Piedras" tambien regamos la calle por las tardes, también cogemos agua de una fuente porque en las casas el agua de pozo no es potable, también los vecinos tienen sus puertas abiertas y se escuchan los sonidos de los quehaceres domésticos en la casa de al lado y las voces y risas en las tertulias de las noches. Noches como las de mi niñez, de cielo inmenso plagados de estrellas y por similitudes hasta hay un canal parecido al Tamarguillo, que cruzamos a través (!oh, coincidencia!) de un endeble puente de madera para llegar a la playa y dónde se escucha el croar de las ranas en unas aguas estancadas, que se consumen devoradas por la sequía y los yerbajos que crecen en ella.

A veces no sé explicarme por qué la compramos, porque aunque la playa ciertamente es estupenda, el entorno como anteriormente describo echaba hacia atrás y la casa a pesar de tener una buena estructura por fuera y amplitud, estaba sin terminar por dentro, excepto los tabiques y el cuarto de baño, carecía de todo lo demás: techos rasos, solería, puertas, ventanas... todo. Creo que unido a lo que nos pareció un módico precio, se unió o influyó mi enfermedad que en aquel momento hacia estragos y creí que en esa zona tranquila, cerca del mar, podía estar mi curación. Logicamente me equivoqué.

En esta casa he vivido como todo el mundo, malos y buenos momentos y toda ella está impregnada de esas vivencias, esos recuerdos que hacen que la consideres tu casa, que la sientas parte de tí, porque sus paredes han sido testigos del paso de una vida con su altos y sus bajos y no hay habitación, objeto, árbol, planta o trocito de césped que no te toquen esa fibra sentimental que todos llevamos dentro, entendiendo por sentimientos, todos, tanto los que enternecen y llenan de amor, como los que te enfurecen hasta llegar incluso a maldecir haberla comprado.

Este verano ha sido para mí especial, el mejor de los doce que llevamos vividos allí porque nos ha reunido a todos más que nunca y hemos pasado momentos realmente hermosos. Por ello, a pesar de que en un futuro no sé si la podré seguir conservando (la crisis ataca fuerte), aunque la pierda, siempre seguirá siendo mi casa de la playa, la que atesora en sus muros y flota en su ambiente la vida de mis veranos y los de mi familia y como en todo en la vida termina, sería un ciclo, una etapa que se cierra dando paso a otra nueva, que seguro nos traera nuevas sorpresas, ilusiones, frustraciones... la vida que no para de dar vueltas.

A continuación, arriesgándome quizás a cansar un poco (pido perdón por ello) pero es lo que me sale, no puedo abstraerme a contar la vida en la casa de un día cualquiera de los veinte que allí hemos estado, todos practicamente iguales, pero cada uno con su "puntito" que a la vez lo hacían ser un día diferente.

Continuará.

lunes, 1 de marzo de 2010

Mis dos "pequeños" amores

Tengo dos amores, dos "pequeños" amores, dos grandes amores, inmensos, puros, desinteresados, como es el amor que se profesa a los hijos,pero en este caso, no es a los hijos que ya los tengo, en este caso me refiero a mis dos nietos.
Las circunstancias que rodean la llegada de ambos a mi vida, a nuestras vidas, son totalmente dispares, por tanto las experiencias vividas en cada momento son muy distintas, pero al final ambos acontecimientos convergen en un mismo punto: la emoción, la ilusión, el amor hacia unas vidas que empiezan.
Cuando supe que Marco estaba en camino, que era un pequeñísimo embrión germinando en el vientre de su madre, me conmocionó, no lo esperaba. Lo de ser abuela ni siquiera había ocupado un mínimo de tiempo en mis pensamientos y era algo que esperaba que llegara algún día, todavía bastante lejano, pero que por supuesto nunca se me habría ocurrido que fuera tan pronto.
Mi hijo, el padre, había conocido a su mujer, la madre, tres o cuatro meses antes, se enamoraron enseguida y el embarazo llegó más rápido que el rayo, aunque las circunstancias en ese momento de trabajo, de vida, no eran las más idóneas para tener un hijo. En ningún momento dudaron y decidieron tenerlo, ante esa rotundidad, firmeza y seguridad, como no podía ser de otra manera, tuvieron mi apoyo y el de toda la familia.
Durante los nueve meses de una gestación sin complicaciones, viví ese tiempo con ilusión porque iba a nacer mi primer nieto, expectación, cariño y por supuesto con la lógica preocupación por solucionar a marchas forzadas lor problemas que se vinieron encima de vivienda, ajuar, compras, trabajo...
No tenía muchas ganas de nacer Marco y en un control saltó la alarma, faltaba líquido amniótico y hubo que provocar el parto. El goteo de familiares y amigos fue constante durante todo el día y la sala de espera de maternidad se fue llenando. Allí estábamos todos, nadie quería perderse la llegada del que iba a ser, primer hijo, primer nieto, primer biznieto,primer sobrino, primer bebé en la pandilla de amigos y la expectación y los nervios crecían conforme las horas pasaban y ni niño no nacía. La información médica era casi nula y no podíamos estar al lado de la madre,por lo que casi rozando la madrugada, la gente ya cansad y un poquito "decepcionada" comenzó la retirada. Al final nació alrededor de la dos de la madrugada, en el silencio de un hospital dormido y una gente vencida por el cansancio de la larga espera. Sólo quedamos allí seis personas para verles, para emocionarnos, para darle la bienvenida a un niño hermoso, grande, de casi 5 kg de peso que llegaba con los ojitos cerrados y la cara contraida por el llanto y roja por el sufrimiento de un parto que a buen seguro había sido difícil y doloroso para él.
Con Emilio, todo fue completamente al contrario,salvo en una coincidencia a la hora de nacer. Mi hija, la madre, llevaba ya siete años unida a su pareja, el padre y algunos meses buscando su llegada. Cuando lo consiguieron, la alegría llegó nuevamente, aunque no la sorpresa pues lo estábamos esperando de un momento a otro. Los primeros meses fueron muy difíciles, se impuso el reposo absoluto y el miedo por riesgo de aborto y no pocas veces tuvimos que salir corriendo al hospital pensando que se había perdido, pero mi niño seguía ahí, resistiendo una y otra vez y aguantó el tirón.
No culminó los nueve meses, aunque faltó muy poquito, en una revisión rutinaria se apreció una anomalía y derivaron a su madre al hospital. Nadie esperaba su llegada, nadie se enteró, hasta mi hijo, el pequeño, estaba de vacaciones con su novia. Cuando la médica de guardia nos habló de una cesárea de urgencia, sólo estábamos allí su padre y yo, apenas dio tiempo a avisar a la familia, en una hora mi niño había nacido. Nació al igual que su primo, sobre la misma hora, en el silencio de un hospital vacio y como él con seis personas esperando para verle, emocionados, expectantes y nerviosos.
Era un niño pequeñito, 2´7oo kgs. de peso, que nos llegaba muy pálido. con los "morritos" hinchados y los ojitos abiertos, parecía como si quisiera vernos, calmado y tranquilo, consecuencia de un parto sin sufrimiento.
Hoy Marco está cerca de los cinco años y es muy guapo. Tiene la piel morena, un pelo negro y fuerte y unos ojos preciosos, negros y rasgados, enmarcados por unas cejas largas, muy bien delineadas. Es alto y fuerte y en la fila del "cole" sobresale de los demás y más parece estar en ella por equivocación que por pertencia. Es muy noble, cariñoso, ocurrente y muy inteligente. Le encanta dibujar y que le cuenten cuentos, los números, contar y calcular, ha aprendido a leer sólo, a base de preguntar por ésta o aquella letra. Le apasiona el fútbol y por supuesto, como no podía ser de otra manera, es sevillista hasta la médula, de su equipo te puede recitar de carretilla nombre y numeración de todos los jugadores y conoce los escudos de todos los equipos de primera y segunda división. Maneja el ordenador como si fuera mayor y adora a su tito Salvi con quien aprende a jugar al tenis y pasear con su tita Tania empujando el carrito de su primo Emilio, mientras ésta le cuenta cuentos. Se duerme con su padre que le cuenta "cosas de la vida" y a su madre le dice cosas como "eres mi vida".
Emilio tiene sólo diecinueve meses y es muy guapo. Tiene el pelito castaño y finito y los ojos almendrados como su madre, rodeado de largas pestañas. Seguro que con el tiempo y como ella la tonalidad le cambiará según las estaciones del año, más oscuros, marrones en otoño e invierno, claros y casi verdes en primavera y verano. Su piel es sonrosada y la boca de labios gorditos y marcados que dibujan una sonrisa preciosa y por la pinta que lleva creo que será alto y delgado como su padre. Es bueno, gracioso, tierno, cariñoso y muy inteligente. Apenas pronuncia dos o tres palabras, pero lo entiende todo. Le encantan los juguetes, las canciones y adora a Pocoyo. Su dedito índice siempre está preparado para pulsar, teclear, señalar todo lo que ve a su alrededor, esperando tu respuesta. Ya conoce los números del 1 al 10 y es capaz de señalártelos cuando le preguntas por ellos, los mismo si es en español como en inglés, aprendido de uno de sus juguetes favoritos y conoce el escudo del Sevilla F.C. desde antes de tener un añito, al que nada más ver, inmediatamente se le escucha: "!illa.... aaaaah!" (traduzco "!Sevillaaaa... aaaaah!") y se vuelve loco con el pajarito de casa y con "Pampa" la perrita de Marco.
Estos son mis dos nietos, mis dos "pequeños" y grandes amores, los que me animan cuando estoy triste, los que me quitan el cansancio, los que me han hecho revivir emociones, sensaciones vividas en otras épocas, los que me enternece y me hacen ser mejor, los que me dan vida... y no me pesa el trabajo si lucho por ellos y no necesito dormir si vigilo sus sueños y cualquier vacio se llena, cuando los miro y me miran, cuando los abrazos dormidos y me acurruco en la cama con ellos y cuando el chico me abraza riendo y el mayor me dice "Ani, te quiero". No hay placer más grande, ni momento más dichoso que verles por las mañanas con los ojitos aún pegados por el sueño como se miran y se dan besitos y sentarlos a mi lado, uno a la derecha, otro a la izquierda para darles el desayuno, ponerlos guapos y bajarlos a la calle con el mayor orgullo para que los vea su abuelo y los achuche a besos.
Cuando termina el día, en el recogimiento de mi cama, en el silencio de la noche, no me queda más remedio que dar gracias a la vida por el regalo que tengo ( y los que si Dios quiere, tendré) porque están a mi lado y puedo disfrutar de ellos, que son sangre de mis hijos y como a ellos los quiero.

domingo, 24 de enero de 2010

La vida puede ser bella

La vida está hecha de pequeños retales, porque la vida no es tela de una sola pieza, hecha del mismo tejido, color y textura. La vida es como un péndulo, oscilando continuamente: arriba, abajo, abajo y arriba. Cuando está arriba, la vida es un retal del tejido más suave que pueda existir, de la seda más fina dibujada de maravillosos colores que llenan tu corazón de felicidad, tranquilidad, amor... Cuando el péndulo baja, el retal es una tela basta de ordinario y oscuro colorido que araña la piel y daña la visión.
Esa es la vida y así hay que aceptarla, sabiendo que nos vendrán momentos, vivencias, de muy diversa índole y por lo tanto hay que apechugar con los malos de la mejor manera posible y aún sabiendo que suena a tópico, disfrutar y apurar al máximo, el retal de seda que nos regala de vez en cuando.
Hoy ha sido uno de esos días de seda en el que la vida hace que te reconcilies con ella, porque te hace comprender que no es tan difícil conseguir esos momentos dulces que te llegan al alma, sin necesidad de derroches, gastos superfluos, fiestas o poder.
Basta con reunir a tu gente más querida en un salón adornado de globos, guirnaldas y banderitas de colores y sentarlos alrededor de una mesa sencilla, repleta de viandas aportadas entre todos: unas tortillas, un vino, unas gambas, un buen queso, una ensaladilla, unas salchichas..., nada del otro mundo, pero a la vez lo mejor del mundo. Sazónalo todo con una buena dosis de alegría, complicidad, cariño, admiración y vuelcálo todo en la principal protagonista y responsable de que estemos aquí y la felicidad está conseguida.
Nuestra madre, la abuela querida, cinco veces repetida, la bisabuela por doble partida, ha cumplido noventa años y todos, los diecisiete que componen ya su familia directa, hemos estado hoy aquí, queriéndola y arropándola.
Os aseguro que no hay dicha comparable a esas lágrimas de felicidad, de agradecimiento, de amor, que le he visto resbalar por sus mejillas, al vernos juntos sorprendiéndola con esta fiesta que no esperaba, cuando los más pequeñitos - Marco y Emilio - con los mayores le hemos cantado el cumpleaños feliz y cuando frente al televisor hemos visto el video hecho de los retales de seda de su larga vida.
La vida puede ser bella. Feliz cumpleños, mamá y que cumplas muchos más.

lunes, 4 de enero de 2010

Feliz cumple a la "Nueva Jerga"

Son las 23´20 horas del día 4 de Enero de 2010, quedan 10 minutos para que mi hijo, el más pequeño de los tres que tengo, cumpla 28 años.

Veintiocho años de una vida, que si tuviera que calificar con un solo adjetivo, sería: dulzura.
Lo concebí en unos momentos muy difíciles y tristes de mi vida. Había perdido en pocos meses a tres seres muy queridos para mí: mi padre, mi abuela Dolores y mi queridísima tía Rosarito. Habíamos emprendido un pequeño negocio para ganarnos la vida, con muchísimo sacrificio, entrampándonos hasta los ojos. Tenía dos hijos muy pequeñitos, una niña de tres años y un niño de diez meses y mi madre que los cuidaba, mientras yo trabajaba con mi marido, estaba bastante mal, había perdido casi de golpe a su marido y a su madre.
Al parecer fallaron los medios y aún sin creermelo, mi niño estaba ahí, en un rinconcito casi perdido en la inmensidad de mi vientre. Ahora casi lloro y he llorado de pena al recordar aquellos momentos de rechazo, de vuelta de la Farmacia llorando con los análisis en la mano, creyendo que se me acababa el mundo. Otro hijo, cuando habíamos decidido no tener más. Con la situación tan complicada de incertidumbree laboral y económica y yo muy mal animicamente por la triple pérdida de seres tan queridos para mí, especialmente mi padre. No me sentía con fuerza para afrontar un nuevo embarazo con el último aún tan reciente. !Que equivocada estaba!
Lloré solo un día. Mi marido con una sóla frase simple y rotunda tuvo la capacidad de abrirme los ojos, "prefiero que nos mande Dios otro hijo a que nos lo quite". Miré a mis hijos, me agarré el vientre y me dije que esa "cosita" que estaba ahí dentro iba a ser como los que ya estaban a mi lado y me miraban en esos momentos con adoración y dependencia. Se me estremeció el cuerpo, era como si mi niño me dijera "mamá quiéreme" y el amor me llenó de arriba abajo.
No se porqué pero supe que iba a ser varón y le dije a mi marido que quería que se llamara Salvador, como mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo, porque sería como si la vida me devolviera un pedacito de la persona a la que tanto había querido y que me hacía todavía tanta falta.
Era un muñequito de peluche: tierno, suave, coscón, muy guapo, con unos ojos verdosos llenos de expresividad y dulzura. Siempre en mis brazos, le encantaba acurrucarse a mi lado y meter su naricita por el cuello, por el pelo para decirme con su vocecita templada "!que bien hueles, mamá!. Casi nunca lloraba, era un niño muy feliz, reía muchísimo. Todas las fotos que tengo de él hasta al menos los 13-14 años, está riendo, pocas veces, por no decir ninguna lo ví pelearse con sus hermanos, jugaban mucho juntos, se divertía y compartían las mismas aficciones. Su vida era el cole, su equipo de fútbol, el Sevilla, y el tenis. Tenía y tiene (aunque él ahora diga que ya, no) un don innato para este deporte y estuvo compitiendo desde muy pequeño. Fue muy bueno, de los mejores en su categoría de Andalucía. Su toque maestro: la dejada, se la envidiaba todo el mundo.
La adolescencia y la juventud lo hicieron más callado, más reservado, menos risueño, pero ésto se ha traducido en una vida interior muy rica, (sólo hay que leer su blog para saber que es cierto lo que digo, aunque a mi como madre no me hace falta, sé perfectamente como es) llena de inquietudes de todo tipo, culturales, sociales...
Muy fiel a su familia, a sus amigos y sobre todo a Sara, su amor, su compañera de armario y cama, como él dice. Enamorado de la música, el cine, el deporte, la literatura... y los niños. Todavía es pronto para tener hijos, pero será un padre maravilloso. De momento practica con sus dos sobrinos a los que adora y es plenamente correspondido, porque tiene con ellos un toque de dulzura que los enamora. Será y sé que le falta poco, un maestro extraordinario porque ha estudiado la carrera por verdadera vocación. Ha sido el promotor y el que ha puesto en marcha este blog, que tanto me está sirviendo para expresar, contar y transmitir tantos sentimientos e historias que necesitaba sacar a la luz y que tanto bien me está haciendo.
No tendría papel, ni tinta, ni palabras suficientes en el mundo para expresar con absoluta fidelidad lo que mi hijo aporta a mi vida, a mi alma, a mi corazón, con sólo mirarlo: amor, ternura, alegría, orgullo, paz... Gracias Salvi por estar aquí. Feliz cumple a la "Nueva Jerga".

viernes, 1 de enero de 2010

El Cerro del Águila - Mi barrio

El Cerro me gustó. Mi padre me dijo que estábamos en lo más alto de Sevilla y que le decían del Aguila, porque hacía mucho, mucho tiempo, estos animales anidaban en la zona y siempre se divisaban volando en el cielo cuando se iba dejando atrás la ciudad.
Allí llegamos a punto de comenzar la inolvidable década de los 60. Del centro a la periferia, a un barrio dónde ni los taxis querían llegar.
Veníamos de un corral de vecinos muy cerquita de Santa Catalina que derribaron hace ya muchos años. Allí viví un tiempo que se pierde en la nebulosa de mi memoria, pero algunas lucecitas todavía se encienden para iluminar algún que otro recuerdo: un horno con olor a harina, levadura, leña y pan recien hecho. Unas canciones cantadas por mi padre, un pijama de franela calentándose en un brasero, el olor a "Maderas de Oriente" de mi madre, mi hermano a hombros por marcar el gol de la victoria en su equipo de fútbol, los vecinos cantando villacincos en Navidad, las tardes de domingos con sevillistas y béticos discutiendo en el corral, el olor del azahar, el primer nazareno que pasaba por mi puerta y el primer caramelo, el cine Rialto donde nos colaba el portero que era amigo de mi padre y las tiendas de juguetes de la calle Puente y Pellón. El tranvía, los coches, el trasiego de la vida...
En El Cerro no había tiendas de juguetes, ni pasaban los nazarenos en Semana Santa, ni coches, ni tranvías, ni equipos de fútbol, ni azahar... por no haber no había ni agua. Una fuente al ladito de el canal nos abastecía, siempre llena de gentes con cántaros,garrafas, búcaros. No había aceras, ni carreteras, ni luz alumbrando las calles, ni colegios importantes.
Pero...
Había una casa que olía a cal, con una cocina pequeñita con hornillos de carbón para guisar, sólo para nosotros, con un retrete en el patio que no teníamos que compartir con los vecinos y una habitación dónde cabía un baño de cinc que mi madre llenaba todos los sábados con agua caliente, para bañarnos y nuestro comedor con una mesa, cuatro sillas, y la repisa en la pared sujetando la radio. La panadería era preciosa (la nº 7) con su panera, su vitrina para los dulces y botes antiguos llenos de caramelos, peladillas y bombones. En el centro presidiendo el despacho un cuadro de la patrona de El Cerro, la Virgen de los Dolores.
Había enfrente una plazoleta que fue mi patio de recreo en el colegio, mi parque de atracciones, el campo de fútbol de mi hermano, el corro de mis amigas, la lima después de la lluvia, mi paseo y el teatro donde se representaban mis romances infantiles.
Había un canal a pocos metros, que le llamaban "Tamarguillo", mi playa en el verano, sin bañarme. Allí jugábamos a los tesoros escondidos, cazábamos zapateros, y fuimos Tarzán en la selva. No importaba el mal olor de sus aguas estancadas, ni los bichos o la suciedad, era nuestro paraiso. En invierno con las lluvias mediamos el nivel de sus aguas con cañas clavadas en su orilla que nos indicaba la crecida. Subíamos al puente de madera que lo cruzaba, frontera y linde con otras zonas, otras vidas, para ver correr veloces sus aguas turbias, marrones de lodos, arrastrando y engulliendo todo lo que desde arriba tirábamos: piedras, ramas, hojas...
Había un cine sin butacas, con asientos de madera que se llenaba de niños, todos los domingos a las tres de la tarde, dónde pataleábamos la tarima del suelo al trote de los caballos del séptimo de caballería, dónde imitábamos a pleno pulmón el grito de Tarzán cuando se columpiaba de liana en liana o silbábamos decepcionados cuando "el muchacho" iba a besar a "la muchacha" y la cinta se cortaba.
Y había casas con las puertas siempre abiertas por donde entrábamos y salíamos como en la nuestra, muchísimos niños en la calle, siempre llenas, los niños haciendo guerreas a pedradas con los rivales de otras calles, las niñas animando las batallas.
Veranos interminables de calor y juegos en los zagüanes: la taba, los cromos, las prendas. Carreras y escondites en la noche con el bocadillo de tortilla en la mano y palpando y casi adivinando las caras y los sitios la noche que no había luna. Terminábamos derrotados durmiendo en una manta en la calle al lado de los mayores,que charlaban en las puertas hasta altas horas de la noche, hasta que el fresco de la madrugada permitía entrar en las casas que eran hornos de calor.
Inviernos de lluvias, con los cubos en el comedor recogiendo las goteras de agua que caían del techo de uralita mal colocado. Calentándonos en la "copa de cisco y picón" escuchando "Matilde, Perico y Periquín". Escalones altos de ladrillos que todos los años cuando empezaba la época de lluvias, colocábamos en las entradas de las casas,para protegernos del agua que se colaba a la mínima que llovía por las crecidas del canal.
Personas y personajes de lo más pintoresco, que creo merecen capítulo aparte.
Y habia una "velá" en Septiembre que paseaba a la Virgen por sus calles, con una banda tocando y una multitud acorralando el palio para tocarlo. Las calles adornadas con cadenetas y banderitas de papel de colores, que hacíamos entre todos, grandes y pequeños. La gente bailaba con la música del "pikú" y los niños corriendo trás las niñas para levantarles las faldas y verles los "calzones".
Todo esto y mucho más era mi barrio. Era vida.
Allí jugué, crecí, sentí, me hice mujer, me enamoré del hombre que después de cuarenta años sigue siendo mi compañero y salí de él cuando me casé. También sufrí, lloré, tuve desengaños y muchas carencias, padecí la grave enfermedad de mi padre, las dificultades económicas y la lucha de mi madre por sacarnos adelante.
Hoy en día, paso alguna vez por el barrio, rodeando con el coche mi plazoleta, hoy ocupada por una central eléctrica de la Sevillana, circulo por encima del "Tamarguillo", soterrado y entro por mi calle, acerada y asfaltada, silenciosa, sin chiquillería. La fuente de colas interminables y el puesto de la Pepa, dónde compraba el "orosú" y las algarrobas han desaparecido y por todo no puedo evitar un pellizco de nostalgia, porque aún a sabiendas de que no siempre el tiempo pasado fue mejor y no he querido para mis hijos ni quiero para mis nietos aquella vida, sí hay una cosa que no debía haber cambiado y que yo he disfrutado, la libertad en una calle sin peligros, sin la absorvente vigilancia de los padres, sin el enganche de la tele ni de las maquinitas y la capacidad de nuestra generación para inventar e improvisar,porque no teníamos otra cosa.
Aquella vida fue la que a mí me tocó vivir, en un tiempo difícil del que guardo unas vivencias y un aprendizaje que sólo te da la experiencia de la vida sana en la calle, cosa que hoy desgraciadamente, sería practicamente imposible recuperar.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

LAYKA

Layka llegó a nuestras vidas a principios del mítico año 92. El año de la Expo y de las Olimpiadas de Barcelona y cuando mis hijos tenían 15, 12 y 10 años y mi casa estaba llena todavía de libros del cole, de cromos de fútbol, de balones y de raquetas de tenis.
Me la trajeron con los ojos cerrados todavía y temblando de frío y miedo por la falta del calor de su madre.
Era muy pequeña, apenas tenía 3 ó 4 días, de color canela y a pesar de que todos los cachorritos son bonitos (éste tambien lo era), ya dejaba entrever que no iba a ser un adulto demasiado "atractivo".
Cuando llegaron mis hijos del colegio, la sorpresa fue mayúscula, no se lo esperaban porque llevaban mucho tiempo pidiendo una "mascota" pero nunca les dimos el consentimiento y a fuerza de pedir y no recibir se fueron resignando a la idea de que no lo iban a conseguir. Algún día explicaré, porque es interesante, nuestro cambio de opinión.
Después de barajar cuarenta mil nombres, llegó el consenso: le pusieron Layka, creo, no estoy segura que por la canción de Mecano. La quisieron desde el primer momento los tres por igual, nosotros los tres mayores, no tanto, pero ellos la compensaban de sobra.
Siempre estaba en brazos de alguno con mi correspondiente enfando y protesta y como no, el de la abuela, que imaginaba y presentía terribles enfermedades que la "perra" podía trasmitirles y los martilleaba para que la soltaran y se lavaran inmediatamente las manos.
No había nada que hacer, nos cogían las vueltas y volvía a achucharla, mimarla, la metían en la cama, la besaban... llegó el momento en que los dejamos por imposible al ver que no hacían caso por mucho que amenazáramos.
No la recuerdo de hacer trastadas ni estropicios, parece como si el animal percibiera que no me hacía mucha gracia y quisiera pasar sin hacerse mucho notar.
Fue creciendo y convirtiéndose en la chuchita fea de mal pelaje y dientes torcidos, de ojos preciosos y expresivos, de saltos y carreras interminables. Era muy miedosa y a la vez un poquito agresiva cuando creía que le iban a hacer daño, era dulce y coscona, le encantaba que la acariciaran y lo agradecía regalándote una mirada asombrosa y si la caricia procedía de alguno de los mayores, se derretia porque le llegaban más de tarde en tarde.
Sé que ha sido el consuelo y el cobijo de muchos momentos dificiles de mis hijos así como el testigo cómplice y silencioso de sus alegrías y de sus ilusiones.
Aprendí a quererla porque era imposible no hacerlo, me seguía por la casa, nunca mejor dicho como un perrillo, cuando era ya viejita llegaba a alcanzarme cuando ya volvía yo para otro sitio y entonces daba la vuelta otra vez a descorrer lo andado, con su andar cansado y su mirada increible.
Por las noches, cuando ya la casa empezó a quedarse sola por la ausencia de mis hijos ya mayores, se acurrucaba a mi lado en el sofá y me buscaba la mano metiendo la cabeza bajo ella para que la acariciara. Entonces era yo la que la cogía en mi regazo y ella la que acompañaba mis momentos malos, buenos y regulares que la vida te va ofreciendo.
Se nos fue después de 14 años y aunque ha pasado ya algún tiempo, algunas noches me parece sentirla subiendo al sofá y arañando la tapicería, tal como hacía para acomodarse y dormir.
Se fue como llegó a esta casa, temblando y en mis brazos, pero con muchísimo más amor en nuestros corazones. Gracias Layka.