Allí llegamos a punto de comenzar la inolvidable década de los 60. Del centro a la periferia, a un barrio dónde ni los taxis querían llegar.
Veníamos de un corral de vecinos muy cerquita de Santa Catalina que derribaron hace ya muchos años. Allí viví un tiempo que se pierde en la nebulosa de mi memoria, pero algunas lucecitas todavía se encienden para iluminar algún que otro recuerdo: un horno con olor a harina, levadura, leña y pan recien hecho. Unas canciones cantadas por mi padre, un pijama de franela calentándose en un brasero, el olor a "Maderas de Oriente" de mi madre, mi hermano a hombros por marcar el gol de la victoria en su equipo de fútbol, los vecinos cantando villacincos en Navidad, las tardes de domingos con sevillistas y béticos discutiendo en el corral, el olor del azahar, el primer nazareno que pasaba por mi puerta y el primer caramelo, el cine Rialto donde nos colaba el portero que era amigo de mi padre y las tiendas de juguetes de la calle Puente y Pellón. El tranvía, los coches, el trasiego de la vida...
En El Cerro no había tiendas de juguetes, ni pasaban los nazarenos en Semana Santa, ni coches, ni tranvías, ni equipos de fútbol, ni azahar... por no haber no había ni agua. Una fuente al ladito de el canal nos abastecía, siempre llena de gentes con cántaros,garrafas, búcaros. No había aceras, ni carreteras, ni luz alumbrando las calles, ni colegios importantes.
Pero...
Había una casa que olía a cal, con una cocina pequeñita con hornillos de carbón para guisar, sólo para nosotros, con un retrete en el patio que no teníamos que compartir con los vecinos y una habitación dónde cabía un baño de cinc que mi madre llenaba todos los sábados con agua caliente, para bañarnos y nuestro comedor con una mesa, cuatro sillas, y la repisa en la pared sujetando la radio. La panadería era preciosa (la nº 7) con su panera, su vitrina para los dulces y botes antiguos llenos de caramelos, peladillas y bombones. En el centro presidiendo el despacho un cuadro de la patrona de El Cerro, la Virgen de los Dolores.
Había enfrente una plazoleta que fue mi patio de recreo en el colegio, mi parque de atracciones, el campo de fútbol de mi hermano, el corro de mis amigas, la lima después de la lluvia, mi paseo y el teatro donde se representaban mis romances infantiles.
Había un canal a pocos metros, que le llamaban "Tamarguillo", mi playa en el verano, sin bañarme. Allí jugábamos a los tesoros escondidos, cazábamos zapateros, y fuimos Tarzán en la selva. No importaba el mal olor de sus aguas estancadas, ni los bichos o la suciedad, era nuestro paraiso. En invierno con las lluvias mediamos el nivel de sus aguas con cañas clavadas en su orilla que nos indicaba la crecida. Subíamos al puente de madera que lo cruzaba, frontera y linde con otras zonas, otras vidas, para ver correr veloces sus aguas turbias, marrones de lodos, arrastrando y engulliendo todo lo que desde arriba tirábamos: piedras, ramas, hojas...
Había un cine sin butacas, con asientos de madera que se llenaba de niños, todos los domingos a las tres de la tarde, dónde pataleábamos la tarima del suelo al trote de los caballos del séptimo de caballería, dónde imitábamos a pleno pulmón el grito de Tarzán cuando se columpiaba de liana en liana o silbábamos decepcionados cuando "el muchacho" iba a besar a "la muchacha" y la cinta se cortaba.
Y había casas con las puertas siempre abiertas por donde entrábamos y salíamos como en la nuestra, muchísimos niños en la calle, siempre llenas, los niños haciendo guerreas a pedradas con los rivales de otras calles, las niñas animando las batallas.
Veranos interminables de calor y juegos en los zagüanes: la taba, los cromos, las prendas. Carreras y escondites en la noche con el bocadillo de tortilla en la mano y palpando y casi adivinando las caras y los sitios la noche que no había luna. Terminábamos derrotados durmiendo en una manta en la calle al lado de los mayores,que charlaban en las puertas hasta altas horas de la noche, hasta que el fresco de la madrugada permitía entrar en las casas que eran hornos de calor.
Inviernos de lluvias, con los cubos en el comedor recogiendo las goteras de agua que caían del techo de uralita mal colocado. Calentándonos en la "copa de cisco y picón" escuchando "Matilde, Perico y Periquín". Escalones altos de ladrillos que todos los años cuando empezaba la época de lluvias, colocábamos en las entradas de las casas,para protegernos del agua que se colaba a la mínima que llovía por las crecidas del canal.
Personas y personajes de lo más pintoresco, que creo merecen capítulo aparte.
Y habia una "velá" en Septiembre que paseaba a la Virgen por sus calles, con una banda tocando y una multitud acorralando el palio para tocarlo. Las calles adornadas con cadenetas y banderitas de papel de colores, que hacíamos entre todos, grandes y pequeños. La gente bailaba con la música del "pikú" y los niños corriendo trás las niñas para levantarles las faldas y verles los "calzones".
Todo esto y mucho más era mi barrio. Era vida.
Allí jugué, crecí, sentí, me hice mujer, me enamoré del hombre que después de cuarenta años sigue siendo mi compañero y salí de él cuando me casé. También sufrí, lloré, tuve desengaños y muchas carencias, padecí la grave enfermedad de mi padre, las dificultades económicas y la lucha de mi madre por sacarnos adelante.
Hoy en día, paso alguna vez por el barrio, rodeando con el coche mi plazoleta, hoy ocupada por una central eléctrica de la Sevillana, circulo por encima del "Tamarguillo", soterrado y entro por mi calle, acerada y asfaltada, silenciosa, sin chiquillería. La fuente de colas interminables y el puesto de la Pepa, dónde compraba el "orosú" y las algarrobas han desaparecido y por todo no puedo evitar un pellizco de nostalgia, porque aún a sabiendas de que no siempre el tiempo pasado fue mejor y no he querido para mis hijos ni quiero para mis nietos aquella vida, sí hay una cosa que no debía haber cambiado y que yo he disfrutado, la libertad en una calle sin peligros, sin la absorvente vigilancia de los padres, sin el enganche de la tele ni de las maquinitas y la capacidad de nuestra generación para inventar e improvisar,porque no teníamos otra cosa.
Aquella vida fue la que a mí me tocó vivir, en un tiempo difícil del que guardo unas vivencias y un aprendizaje que sólo te da la experiencia de la vida sana en la calle, cosa que hoy desgraciadamente, sería practicamente imposible recuperar.
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