Cuando llegué a mi colegio tenía sólo 6 años, pero ya venía de uno de los mejores, en pleno centro de Sevilla, dónde por motivos de trabajo vivíamos.
Era un colegio de monjass de mucho renombre donde acudían las hijas de lo más "granado y selecto" de la sociedad sevillana y dónde a las niñas, como yo, de familias con poco y nulos recursos económicos, nos hacía un huequito, no sé si para acallar las fariseas conciencias de la época o para ejercer una más que dudosa caridad cristiana. Digo dudosa porque la caridad no tiene medias tintas, o se practica llegando a lo máximo con total generosidad o se corre el riesgo de que todo quede en una farsa esperpéntica que puede dañar más que aliviar y eso es lo que pasaba en este colegio y en todos los religiosos de mediados o finales de los años 50.
Las niñas como yo entrábamos por puertas distintas, no llevábamos uniformes elegantes y sombrerito como las "ricas" sino "babis" blancos, nos sentábamos en bancos que habilitaban las monjas detrás de los cómodos pupitres de las niñas "bien" y aprendíamos los primeros trazos con el cuadernos apoyado en nuestras faldas. No podíamos participar en las fiestas de fin de curso o en teatros y representaciones y en el recreo había una valla de separación.
Allí me sentí tan sola que lloraba por las mañanas porque no quería ir y cuando tocaba la campana para salir, corría a abrazarme fuerte a mi madre para sentir su calor, para sentirme querida.
Cuando llegué a mi nuevo barrio, barrio pobre y obrero, dónde todos éramos iguales, sentí que estaba en casa.
En mi "cole" nuevo todos llevábamos los mismos "babis" de cuadritos marrón y blanco y todos apurábamos los lápices hasta que ya casi no podíamos suetarlo y nos prestábamos la goma de borrar o los sacapuntas y lo mejor no había nadie que me mirara por encima del hombro y no quisiera jugar conmigo.
Era una casa más del barrio, que tres mujeres jóvenes estrenando sus carreras, con pocos medios y mucha ilusión, habilitaron como colegio. Una se encargó de los niños, porque según los cánones de la época no podía estar mezclados con las niñas, otra logicamente de las niñas y la tercera con los parvulitos en una clase preciosa con mesitas redondas de colores y muñecos y nubes pintadas en las paredes.
No había patio de recreo, salíamos a la calle, a nuestra plazoleta que aunque generalmente estaba ocupada: un circo, unos voladores, unas casetas de tiros, una tómbola... siempre quedaba terreno suficiente para nosotros y todas las mañanas a las 11´30 horas se llenaba de gritos, risas y juegos de los 40 - 50 niños que componían el colegio.
En los días cálidos de invierno, por la tarde, las niñas subíamos a la azotea y allí sentadas en sillitas con el sol calentando nuestros cuerpos, dábamos la clase de labores rodeando a nuestra señorita que aprovechaba entre puntada y puntada, hilos, agujas y tijeras, para hablarnos cada día de un tema distinto que después teníamos que redactar y comentar. Nos enseñaba canciones, nos contaba historias de las que siempre sacaba una moraleja y sobre todo nos inculcaba el afán por el estudio y la preparación como meta para mejorar en la vida.
En este colegio tan humilde, tan pequeñito, aprendí no sólo a leer y a escribir, me enseñaron cosas mucho más importantes, sin restar por supuesto ni un ápice a lo anterior: aprendí a escuchar, porque supieron engancharme con relatos interesantes; aprendí a compartir, porque todos éramos hijos de un barrio pobre y había que repartir; aprendí a esforzarme y estudiar porque me hicieron ver que en nuestra situación no te regalan nada, había que sudarlo y aprendí a redactar, competir, pensar y muchísimas otras cosa quizás más banales, pero siempre instructivas y divertidas: escribir con plumilla y tintero, tocar la pandereta y la zambomba, cantar villancicos, bailar el diávolo, recitar, hacer encajes de bolillos, bailar ...
Todo lo aprendí gracias a una mujer realmente estupenda que no se conformó con cumplir con su labor docente, sino que consciente de la poca preparación en el seno familiar de la mayoría de los que asistíamos al colegio, supo educarnos, prepararnos y despertarnos con ilusión y esperanza a un mundo mejorable dentro de una época muy difícil y en un entorno social y familiar bastante duro.
De allí salí con mi bachiller terminado (algo casi insólito en mi barrio) con unas vivencias maravillosas que pusieron los cimientos y la base de mi personalidad y un recuerdo imborrable y muy querido de ese colegio chiquito, cálido y cercano tan distinto de aquel otro grande, lujoso y frío dónde a pesar de mi corta edad, me sentí rechazada.
De nuevo precioso, con una foto tuya en blanco y negro con el baby blanco te habría quedado de matrícula de honor. A ver si cuando vaya para allá te enseño, es muy fácil.
ResponderEliminarBesitossss, y no te hagas tanto de rogar ¡¡¡ cinco dias llevaba esperándote, yo y varios mas
Gracias otra vez. !Que más quisiera que poder meterme más a menudo! pero me falta tiempo. El saber que te gusta lo que cuento me da mucho ánimo para seguir. Te quiero muuuucho.
ResponderEliminarmuy bonito mami, y lleva razón salvi, con fotitos la cosa mejoraría un montón. Y feliz cumpleeeeeee
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