sábado, 6 de abril de 2013

Mi héroe



Hace algún tiempo, una de esas noches en las que termino tarde en la cocina y tan  cansada, que sólo me apetece tunbarme en el sofá y entretenerme con la tele y  me puse a zapear  porque no encontraba nada que me gustara. Fui pasando canales hasta que me topé con una pelicula española ya empezada. Paré porque me gusta bastante el cine español y traté de enterarme de qué iba la peli. Cuando me disponía a pulsar el mando para que me informara del nombre y el tiempo que llevaba empezada, me detuve porque apareció en pantalla una actriz bastante conocida a la que he visto trabajar en otras cintas y a mi pobre parecer creo que es bastante buena y digo "pobre", porque no me considero para nada entendida en la materia, sólo sé cuando me llena una interpretación, cuando una escena me hace emocionar o la banda musical me transporta o me creo la historia a pie juntillas... eso es lo que yo entiendo de cine y el cine que me gusta es el que es capaz de remover mis sentimientos sea de la índole que sea:  risa, pena, dolor, felicidad, ternura, etc. Bien, pues dicha actriz me hizo vibrar en una película que habia visto hacia algún tiempo pero no era capaz de recordar su verdadero nombre. Me comía la cabeza, pensando, lo tenia en la punta de la lengua, pero nada, no había forma. Estuve unos minutos pensando sin prestar atención a lo que pasaba, hasta que no puedo explicar por qué una escena me bajo de las nubes para centrarme en ella. La susodicha actriz aparecía dando una clase de literatura para alumnos ya adolescentes. Con una tiza en la mano se dirigía al encerado a la vez que hacía la siguiente pregunta: 
 
- "¿Que es para tí un héroe?
- " Conoces o has conocido a alguién que merezca, según tu opinión, ser calificado como tal?
- "En caso cafirmativo, cuenta su historia"
 
Me quedé con la pregunta, parecía que me la hubieran hecho directamente a mí e inmediatamente mi cabeza se puso en funcionamiento tratando de encotrar aún en mis recuerdos más lejanos, a alguien que mereciera bajo mi punto de vista ser llamado así. Pero, no, pensé, lo primero será definir que tipo de  cualidades, hazañas, sacrificios, en resumen méritos debe tener una persona para catalogarla como héroe.

Si esta pregunta me la hubieran hecho en mi infancia,  la respuesta hubiera sido rápida y sin ningún género de duda:
- "El capitán Trueno" o "Tarzán" o "Supermán"
 
Pero a esta alturas de mi vida, la cosa no es tan sencilla.No me conformaba con el héroe que da o arriesga su vida para salvar la de otra persona en situación desesperada, que, sin menoscabar ni un ápice estas heróicas acciones, que indudablemente hay que subir a la categoría de héroes, para mi entender eran acciones puntuales que se presentan imprevistamente y las reacciones varian de unas personas a otras. Yo iba más lejos, para mi la heroicidad se prolongaba durante toda una vida, porque hay vidas, que bien por la época que les tocó vivir, bien por las circunstancias personales, son especialmente duras y difíciles y llegué a la conclcusión que un autentico héroe es aquel que después de recibir un golpe tras otros, penalidades, enfernedades, sufrimientos, muertes... no le faltan las fuerzas para levantarse cuantas veces sea necesario y seguir luchando con esperanza e ilusión hasta el final de sus días. Por lo tanto  esta reflexión me hizo llegar a la conclusión que todos los que por esta vida pasamos somos héroes,unos en menor y otros en mayor medida, pero héroes al fin.
 
Y, habiendo dado respuesta a la primera  de las preguntas, la segunda llegó sola, enseguida supe poner nombre y apellidos a la persona que encajaba perfectamente en lo que yo entendía era un auténtico héroe.
 
El tercer requerimiento de la profe de literatura de la película española que estaban echando por la tele,  estaba tirado:  - "Cuenta su historia" - porque su historia me la sé al dedillo. 

Así fue la vida de "MI HEROE" juzguen ustedes.


Continuará.

domingo, 31 de marzo de 2013

Y... nació MAYA!



La primavera estaba llegando a su fin para dar paso al verano que empujaba con fuerzas, cuando supimos que estaba en camino. La inesperada noticia, fue una explosión de alegría para todos los que estábamos reunidos en casa, aquella tarde del 6 de Junio del año pasado en la que celebrábamos el cumpleaños de mi hija. Recuerdo primero la cara de sorpresa que se nos quedó a todos y como a continuación como si hubierámos sido empujados por un resorte, nos levantamos llenos de alegría para abrazar y besar a los futuros papás, a los que dimos todo el ánimo y apoyo del mundo. Nos emocionamos, reimos y aplaudimos desde la mayor de la familia, nuestra bisi, a los más pequeños Marco y Emilio, a los que explicamos que un nuevo primito/a llegaría más adelante para aumentar la familia.

Y fueron pasando los meses 1, 2, 3, 4... siguiendo su ritmo normal, para la mamá las típicas fatigas matinales y no tan matinales, el sueño, la barriguita que va creciendo poquito a poco... y para todos "el será niño o  niña", ¿ a quien se parecerá?, ¿que día llegará? hasta que signo del zodíaco le tocará, en fin lo que decía, lo típico que se repite miles, millones de veces cada vez que una mujer queda embarazada.

Creo que al cuarto o quinto mes supimos por fin el sexo. Nueva explosión de alegría porque tanto los padres, como toda la familia por ambas partes, deseábamos una niña, había ya tres machotes que la precedían y ya tocaba !niña!. Bueno sólo uno de entre todos, creo que más bien por llevarnos la contraria, se emperraba en que fuera niño ¿Adivinais quién? Sí exactamente, Marquitos. Salvi y Sara eligieron el nombre después de barajar (como normalmente suele pasar) montones. Les encantó Maya, porque es un nombre corto, sonoro y que significa "ilusión" y decidieron que era el nombre apropiado para su hija. Yo, particularmente creo que no se ha podido elegir otro mejor, porque se ajusta perfectamente al sentimiento que me llenó desde que me enteré. Un sentimiento, una ilusión que ha ido suavizando los malos momentos, que nos ha dado fuerzas y nos ha unido a todos en la espera ansiosa e ilusionada de su llegada.

Así fue pasando el tiempo, hasta que llegó el día de su nacimiento. Tuvimos suerte, el parto empezó un sabado por la mañana, suerte porque me parece que el sábado es el día más bonito de la semana, porque  al menos a partir del mediodía se terminan las prisas, las carreras, el strecks y llega el momento de la calma, de descansar, de disfrutar... de olvidar el trabajo de la semana que termina. Ésto permitió como tantas veces habíamos hablado que nadie tuviera problemas, que todos estuviéramos allí excepto tres excepciones impuestas: la bisi por motivos de la edad y Marco y Emilio que ejercian de canguros al cuidado de Nuno y Emilito respectivamente.

Entre las 20 - 21 horas fuimos llegando al hospital. La sala de espera era un hervidero de personas, allí no había quien se entendiera. La gente lo ocupaba todo, los asientos, los pasillos, la puerta principal, la cafetería... pero, !que maravillosa sala de espera! es la única sala de espera de un hospital en la que se respira vida, alegría, ilusión. El "cachondeo" como decimos por aquí está presente, los "corrillos familiares", las voces, las risas, las carreras en estampida cuando la megafonía avisa, los ramos de flores, los enormes globos con ositos rosas o celestes, las caras de cansancio... Salvi nos informaba de la situación bien mediante móvil o haciendo rápidas escapaditas de las que no sé como no huía asustado cuando corríamos hacia él cuál fan que lleva el diablo.

Las horas fueron pasando y con ellas la sala se fue desalojando en tal medida que sobre las 24 h. de la noche, sólo quedábamos allí dos otres familias esperando. La nuestra la más numerosa, Al fin pudimos sentarnos todos juntos, arrimamos asientos en circulo para así formar una gran reunión en la que todos pudiéramos charlar con todos, cambiar impresiones y  esperar con todos. Una gran reunión de personas, pensaba yo, con un denominador común, con un deseo a flor de piel: que todo saliera bien, que a la mamá no le pasara nada y sufriera lo menos posible, que al papá no le pudiera el nerviosismo y la apoyara al máximo y de que Maya llegara a este mundo en perfectas condiciones y rodeada de un montón de personas deseosas de volcar todo el amor del mundo sobre su personita. Esta vez muy  al contrario que cuando nació Marco y Emilio (ya lo comenté en un post anterior) iba a haber allí mucha gente esperando su llegada a pesar de que tambien como ellos, nació de madrugada.

Y no me resisto a dar fe de los reunidos para que mi niña cuando sea grande sepa todo sobre ese precioso día:
Los abuelos: Vito, Maribel, Antonio y Ani.
Los titos: Fátima, Víctor, Carla, Tania, Iván y Rocío. 
Los primos: Marco el mayor, que aguantó como un tío con sus 7 añitos y además representando a Emilito y Nuno .
La tita Cristi, mi sobrina y la tita Rocio que llegó de la playa directamente. Aparte el goteo de amigos que durante toda la tarde pasaron por alli (Carlos, Gregui, Dani, Tiyo...)

En esa reunión y en esa espera hubo de todo: charlamos, hicimos apuesta, hablamos con Salvi, reimos... hasta que alrededor de la 11/2 h. o 2 h. Salvi corriendo vino a avisarnos que entraban en paritorio. Entonces sí que ya los nervios se desataron del todo. Maribel casi temblaba pensando en Sara, yo loca por fumar un cigarro y mi hija no me dejaba, Vito tuvo que salir a vomitar, Antonio cuidando de Marco que al final se había dormido sobre el asiento...en fin, cada uno mostraba el nerviosismo a su manera. Como anécdota muy graciosa no quiero dejar de mencionar lo que nos reimos, cuando al cuarto de hora aproximadamente de la entrada de Sara a paritorio, nos llamaron por megafonía. Pensamos que mi niña había nacido ya y saltamos todos en desbandada corriendo hacia el control. Era para vernos como corríamos, a Marco casi lo arrastramos medio dormido, a mi se me cayeron por el camino todas las cosas del bolso porque con las prisas lo cogi al revés, Carla se tiró al suelo conmigo para recogerlas lo antes posible, nos entró el "pavo" al vernos unos a otros y nos tronchamos de risa. No se quien llegó primero, pero todo el jaleo para nada, solo era para comunicarnos con bastante retraso, la entrada en paritorio. Había que ver nuestras caras,cuando volvimos nuevamente a nuestros asientos.

Al final nos comunicaron que podíamos pasar a las puertas de paritorio que Sara ya había dado a luz y estaba a punto de salir con Maya. Nunca se me olvidaran los ojos llenos de lágrimas y alegría de mi hijo en la puerta, ni la carita de alivio-felicidad-sorpresa de Sara al vernos alli a todos, ni los besos que todos le dimos a los dos, ni los abrazos que nos regalamos todos, unos a otros, ni las caras de felicidad... No pudimos conocer a Maya, estaba "cansaita" y se  la llevaron a recuperarla. Uff! que decepción! pero... bueno, no importaba, teníamos todo el tiempo del mundo para estar con ella, así que dejamos a los papás que estuvieran tranquilos y salimos a la calle, sabiendo que en pocas horas la tendríamos en nuestros brazos.

Hoy Maya va a cunmplir dentro de tres días dos mesesitos (nació el 3 de Febrero) y es la niña más bonita del mundo. Aparte de la pasión de abuela que muchos direis, y es verdad porque la tengo, estareis conmigo todos los que la conocen que es preciosa. Tiene la cabecita llenita de pelito negro y una piel morenita sonrosada que es una delicia,la naricita pequeñita, la boquita de labios muy bien perfilados y, ¿ los ojos?... los ojos grandes, oscuros y de lo más expresivo, habla con ellos cuando te mira y parece querer recoger con su mirada todo lo que a su alrededor ve y ya sonrie cuando se le habla o se la hacen cositas y cuando lo hace, un hoyito que dan ganas de comérselo, se le forma en su mejilla derecha igual que a su madre.

Y como no quiero dar la imagen de abuela pastelona o pesada (que seguro la habré dado), acabo este post, no sin antes dar las gracias a Dios por lo bien que me trata la vida, porque soy poseedora de lo más preciado que se puede tener,  una familia maravillosa que se quiere, en la que estamos juntos y unidos para afrontar sin miedo y con confianza lo que la vida nos vaya enviando y tres nietos (y si Dios quiere más que vendrán) que son la alegría de mi casa, la ilusión y la felicidad: MARCO, EMILIO y MAYA.




viernes, 29 de marzo de 2013

"Decíamos ayer"



Hace ahora un año que dejé de escribir en este blog. La verdad es que el tiempo ha pasado volando y parece que la última publicación "Libertad", la realicé hace pocos días. Esta no continuación, no se debe, desde luego, a falta de ganas, pérdida de ideas o ilusión, ni mucho menos, todo es mucho más simple, me ha faltado tiempo. El año 2012 ha sido un año muy duro, muy difícil, me atrevería a decir que para la gran mayoría de los españoles, y en mi caso, aunque gracias a Dios, no ha sido dramático, como tantos que se han producido (deshaucios, suicidios, grandes pérdidas...) sí que la situación nos ha quitado más de una vez el sueño. Por lo tanto, el poquito tiempo  que sacaba  para escribir lo he tenido que ocupar en otros menesteres, la verdad no tan agradables.

La crisis que estamos viviendo nos está apretando en tal medida que hay veces que parece terminaremos quedando sin resuello, pero cada vez tengo más claro que el ser humano tiene una enorme capacidad para sacar fuerzas cuando ya parece tenerlo todo perdido y vuelve a remontar. Quiero ser un poquito optimista y pensar que ya lo peor ha pasado y que aunque todavía falte tiempo para empezar a subir, al menos podamos mantenernos.

Y como hay que seguir y como signo de normalidad, me propongo continuar mi blog, porque a pesar de que me supone muchas veces un gran esfuerzo, también supone para mí una importante terapia personal de la que no quiero prescindir.

Independientemente de que alguna o algunas personas ajenas a mi familia (los míos, sí que leen mi blog) pueda leer mis escritos, que está claro que me gusta y anima a seguir, vuelvo a repetir que el motivo principal es mi propia satisfacción. Porque es realmente una gran terapia y una gran satisfacción escribir, sacar mis ideas, mis pensamientos, mis recuerdos y vivencias a la luz, fuera de ese complejo circuito cerrado que es mi cerebro. Es como si descargara y desahogara un disco duro, es como si de esa manera desclasificara montones y montones de sentimientos y emociones que están ahí ocupando un espacio que puede dar cabida a otras experiencias nuevas.

Llegó 2013 y... nació MAYA.

sábado, 25 de febrero de 2012

LIBERTAD


Nadie supo nunca cómo llegó al barrio. Unos decían que se había perdido, otros que fue abandonado, que se escapó de su casa... la realidad nunca la conoceremos, sólo él podía saber cómo habia sido su vida anterior y, obviamente nunca lo dijo, si había sido querido o maltratado, si había gozado o había sufrido. Sus ojos color avellana grandes y redondeados tenían un halo de tristeza y conformidad que, cuando se le miraba, era muy difícil no dejarse atrapar por la ternura y la compasión hacia él.

Poco a poco, día a día se fue convirtiendo en un elemento inconfundible e imprescindible del paisaje del barrio, sin el que parecía no estar completo. Se irguió en guardián de nuestro pequeño mundo cotidiano: por las mañanas paseaba orgulloso por la pasarela que limita con las pistas de tenis camino de la galería comercial, esquivando con gracia el agua de los múltiples aspersores que regaban los jardines. Por las tardes se le podía ver en el parquecito sentado junto a cualquier banco, como si de una mamá se tratara vigilando las carreras y los juegos de la chavalería, en verano se tumbaba bajo la sombra del árbol grande junto a las pistas, retozando en el cesped como un niño y en invierno se guarecía bajo los soportales, del frío y la lluvia, cuando ya chorreaba agua por los cuatro costados, porque su sentido del deber lo llevaban a no interrumpir su ronda alrededor del barrio, sus paradas en los comercios de la galería y sus carreras tras el dichoso mirlo negro, que picoteaba en sus aterrizajes sobre el asfalto y al que nunca llegaba a alcanzar, porque, pájaro al fin, inmediatamente remontaba el vuelo.

Y dormir... nunca supimos dónde pasaba sus noches, en que rinconcito se cobijaba, pero fuera donde fuera, descansaba bien porque antes del amanecer ya andurreaba por las calles, bien despierto y fuerte para correr y espantar cualquier cosa, persona o animal que considerara no ser de recibo.

Era conocido por toda la vecindad y él a su vez tenía un sexto sentido para distinguir entre los que pertenecían o no al barrio, a los que perseguía receloso y desconfiado. Nunca, jamás se vio a nadie intentar hacerle daño intencionadamente, era querido y pocas eran las personas que no le mostraban algun gesto de cariño o simpatía que él sabía agradecer, acudiendo rapido y contento a la primera que oía pronunciar su nombre.

Se podría contar de él miles de anécdotas porque estuvo entre nosotros bastantes años, pero creo que me extendería demasiado y podría llegar a cansar, pero no puedo evitar referirme a unas circunstancias muy especiales que pueden arrojar un poco de luz sobre él y sobre cómo, a veces, sin apenas darnos cuenta, aflora en el ser humano y a nuestro alrededor sentimientos tan nobles como son la caridad, la solidaridad, el amor, la generosidad de las personas, hoy que están tan desvalorizados y tan puestos en tela de juicio su existencia.

Fue atropellado por un coche al intentar cruzar la autovía siguiendo a una "amiga" que casualmente era mi hija, Tania, quedó tendido en el asfalto al parecer sin vida, pero no, un pequeño hilito le sujetaba a este mundo y le hacía aún respirar aunque con gran dificultad por una boca abierta, sangrante y en gran parte desdentada por donde se le escapaba la vida. La voz de alarma fue rápida y en pocos minutos un buen número de vecinos nos movilizamos para intentar salvarlo y lo conseguimos. Fue atendido y "parcheado" por todas partes en el centro sanitario y tras una larga operación volvió a vivir.

Las secuelas que le quedaron no le impidieron seguir haciendo su vida normal, quedo cojo, ciego de un ojo y su garganta hacía un ruido extraño, como un ronquido cuando respiraba, pero su orgullo de seguir siendo el guardián del barrio no lo perdió. La convalecencia fue difícil y lenta. Lo acogimos en la frutería de Antonio, por donde se podría decir que pasó casi todo el barrio a verlo, le llevaban comida, medicinas, se creó un bote para sufragar entre todos los gastos originados y los que se pudieran originar, hasta hubo quien le trajo un abrigo azul para que no pasara frío (que jamás permitió que se le pusiera) una manta y hasta un collar que eso sí, lució orgulloso hasta su muerte.

Pasados los primeros días en los que no fue capaz de abrir los ojos pues estaba más muerto que vivo, no fuimos capaces de sujetarlo allí dentro, a pesar de tenerlo más cuidado y mimado que un bebé, se escapaba a las primera de cambio y casi tambaleándose, hacía su eterna gira por la vecindad, de la que volvía con la lengua fuera y agotado hasta la extenuación.

Una vez curado no hubo manera de hacerlo dormir por las noches en la "frute". Volvió a su sitio cualquiera sabe dónde, pero a las cinco de la mañana, cuando mi marido llegaba del Merca, era el primero en llegar corriendo a recibirlo y ya no se separaba de su lado hasta que la claridad del nuevo día apagaba las sombras de la noche, era como si quisiera devolverle con su presencia, la protección que antes le dimos a él.

Un mal día, alguien ajeno al barrio, lo denunció al verse, según él acosado, un extraño que ni le conocía, ni lo supo comprender y vinieron a llevárselo. No lo consiguieron, la gente como ya lo había hecho antes, dió la cara por él. Se volvió a hacer una colecta, se pagó la multa, se le legalizó de cara a la sociedad, se le inscribió su nombre en el collar que llevaba sujeto al cuello y una familia entregó su datos censales como responsables de su cuidado, sus acciones, su alimentación así como su cobijo en el domicilio particular.

Allí le dieron todo el cariño del mundo y lo cuidaban como a un rey, pero él cuando llegaban las cinco de la mañana, despertaba a toda la familia con sus quejidos para que le abrieran la puerta y salía corriendo camino de la galería, del parque, a retozar en el cesped bajo el árbol grande, a rondar y vigilar su barrio... no sabía vivir encerrado, necesitaba su libertad.

Con el tiempo esta familia cambió de domicilio, se fueron lejos y con ellos, ya muy viejito, casi sin poder caminar y practicamente ciego, se lo llevaron. Pocos meses después, este vecino apareció por la frutería a comunicarnos que había muerto y que hasta el último día de su vida, lloraba cuando llegaban las cinco de la mañana, para que le abrieran la puerta.

Creo que para las personas que lean este relato y hayan vivido en Santa Aurelia, habrán imaginado de quién escribo, pero para los que no, ahí va su descripción:

Era un perrito, un chucho, como a veces despectivamente se califica al perro que no tiene raza o pedigrí, pero yo al menos no lo veo así, creo que los chuchos suelen ser los más listos, los más agradecidos, los más originales e incluso los más bonitos de su especie, porque su sangre tiene tantas mezclas, que la naturaleza, siempre sabia, sabe elegir lo mejor de ella y como resultado, son realmente únicos. Un chuchito de pelo corto color canela, hocico alargado, orejas gachas, rabito corto, algo zambo en sus patas traseras y unos ojos grandes de color avellana, por los que transmitían dulzura, confianza, algo de tristeza y una chispa inocente de orgullo y rebeldía.

Alguien, tampoco se sabe quién, le llamó "Mito" y cuando lo hizo, no sabía cuanto acierto tuvo al ponerle ese nombre, porque con el tiempo, aquí en mi barrio, haciendo honor a su nombre, es un auténtico mito.

Con su marcha el barrio perdió ese punto entrañable, cercano, que logró conseguir algo muy difícil: que la gente se uniera como una piña en defensa de un animal, que con su silenciosa compañía, nos demostró a todos, que lo más importante que tiene un ser es la libertad y que la libertad basada en los valores de respeto y amor a los demás es el bien más preciado que se puede tener.

Gracias "Mito", la gente de tu barrio, los que te conocimos y disfrutamos con tu presencia, nunca te olvidaremos.

sábado, 17 de septiembre de 2011

"El Lolo" final.

La necesidad, el rechazo, el hambre... la decidieron, pero por encima de todo, su hijo. No quería que el niño creciera siendo "el tonto del pueblo", porque una cosa era que realmente fuera tonto y otra que lo señalaran y se rieran de él. Nunca supo lo que en realidad tenía su hijo, nunca lo trató ningún médico, ni fue (porque en realidad no existían) a ningún centro o colegio especializado, ella lo crió y lo sacó palante como su instinto y amor de madre le indicaba. Hoy en día no se usa la palabra "tonto" salvo para insultar a alguien como sinónimo de persona muy corta o escasa de entendimiento, hoy, a estas personas se les denomina "deficientes mentales" aunque este término abarca un gran abanico de enfermedades de la mente que en muchas ocasiones apenas tienen que ver las unas con las otras, en aquellos tiempos simplemente se era tonto y el Lolo lo era.

Llegó a Sevilla en plena guerra civil, cuando ya su pelo había crecido y el niño rondaba el año de vida. Una prima lejana le abrió las puertas de su casa temporalmente hasta que encontrara trabajo, mientras, la ocupó en su propia casa como sirvienta a cambio de cobijo y comida.

Tuvo suerte, quizás la primera y última en su vida, pero consiguió entrar a servir en casa de una familia adinerada, franquista y católica que se apiadaron de ella y de su hijo, consintiendo que lo tuviera con ella y allí permaneció hasta su muerte. Pudo a fuerza de trabajar agotadoramente, sin descanso, reunir unas pesetillas y alquilar la habitación que arriba he mencionado y así llegó a nuestro barrio, cuando el niño ya era mayorcito.

Cuando junto a mis padres y hermano, llegué al barrio, ya había pasado lo peor, los oscuros años de la postguerra, el hambre por la falta de alimentos en los años cuarenta, el miedo a las represalias... y el Lolo era por entonces un tiarrón de más de 1,80 mts. con unos 24 o 25 años que campaba a sus anchas por la calle, mientras su madre trabajaba.

Su cara, su forma de andar y gesticular, su mirada, su habla, todo, delataban inmediatamente su gran deficiencia. Tenía una cara ancha, de piel morena en la que sus ojillos pequeños e inquietos bailaban algo desviados, en medio de un rostro algo asimétrico de facciones grandes, bastas, pero del que se desprendía tanta inocencia y bondad, que era difícil no sentirse atrapado por la ternura hacia él.

Creía ser detective privado, el vigilante de la calle, del barrio en general, pero su ingenuidad lo llevaba a vestirse llamativamente, todo lo contrario a lo que un detective que se precie, debe hacer. He aquí su ropa de servicio, como él decía: gabardina trás cuya solapa se enganchaba la identificación de todo polícia que se precie, en el caso de él consistía en una chapa roja con el logotipo de Coca-Cola y en el ojal, un bolígrafo con el que anotaba en una libretita mediante cuatro garabatos, las matrículas de los coches a los que multaba; del cuello le colgaba un silbato, para usar -según él- en los "tasos demegensia" (casos de emergencia), de los pantalones y enganchadas en el cinturón, las esposas de juguete que le echaron los Reyes Magos y cómo pincelada final a la falta de discreción, un casco blanco con las iniciales PM (policía militar) sobre su generosa cabeza, del que nunca pudimos saber como se lo agenció.

Su madre no le ponía cortapisas a sus andanzas, porque decía: "mi Lolo es feliz, no hace daño a nadie, si alguien se ríe de él, lo comprendo aunque no me gusta, pero si le quito su ilusión ¿en qué va a pasar mi niño su tiempo? así que se ría el que quiera, pero que me lo dejen tranquilo.

No era difícil verlo escondido trás una esquina acechando o persiguiendo a un posible "caco", o anotando en su libreta las matrículas de todos los coches aparcados, o abordando al primer transeunte que se le pusiera de frente para pedirle la documentación, no sin antes enseñar él la suya, levantando la solapa de su gabardina, o cuando le daba por pitar el silbato, parando a cualquier coche, carro o bicho viviente que por allí pasara.

A la vuelta siempre paraba en la panadería de mi padre, para contarle como había ido su día de servicio: "Zarbadó -decía- hoy he tetenío a un ladón te tería obá en una tasa y lo llevao a la tomisaría y aemá he puesto tinco murta (Salvador, hoy he detenido a un ladron que quería robar en una casa y lo he llevado a la comisaría y además he puesto cinco multas). Era incapaz de pronunciar la k o la q. Mi padre le daba carrete, le preguntaba, lo felicitaba por lo valiente que había sido y por lo contento que estaba todo el mundo con él y él se pavoneaba sonriendo con cara de pillín asintiendo con la cabeza.

Fueron bastantes años los que día a día repetía su actuación: el mismo vestuario, los mismos gestos, y su cara de felicidad creyéndose ser el mejor detective privado del mundo.

Pero todo tiene su fin y a él le llegó el día en que unos desalmados, gamberros sin corazón, ni sensibilidad, quisieron pasar un rato de "grasia" a su costa y lo abordaron cuando ya caía el sol en una calle solitaria, escondido trás una esquina vigilando cualquiera sabe a quién. Le quitaron el casco dónde se mearon, para volver a ponérselo en su cabeza y empapar su cara y parte del cuerpo de orines. Él asustado, temblando, incapaz de comprender nada, se arrrebujó en el suelo de la esquina llamando a su madre, le arrancaron las esposas del cinturón y le bajaron los pantalones y uno de ellos llegó a propinarle un golpe en la cabeza con el mismo casco que le abrió una brecha en la frente. La sangre se mezcló con los orines y las lágrimas de terror mientras las risas y los insultos crecían. Quiso la fortuna que ante el escándalo algunas personas se asomaran por la calle y el grupo al verse descubierto se diera a la fuga. Lo recogieron del suelo sucio, lleno de orines, lloroso y temblando como un perrillo asustado.

Lo llevaron a su casa con su madre, que nunca llegó a recuperarse del susto cuando lo vió. Los vecinos no dejaron de pasar por su casa en toda la noche para prestar cualquier ayuda que pudieran necesitar y a mi padre, aquella noche lo ví llorar.

Ya no volvió a ser el mismo, perdió su alegría, su ilusión, su razón de vivir. No quería salir sólo, estaba siempre asustado y pasaba los días sentadito en un sillón en la puerta de su casa, esperando que su madre llegara de trabajar.

Muy poco después enfermó, no sabría decir de qué. Recuerdo verlo recostado en una hamaca con la piel amarillenta y las piernas hinchadas. Su cara había perdido esa luz que trasmitía y la fealdad de sus rasgos se hacían ahora mucho más evidentes.

Murió una tarde de verano. El llanto de su madre se escucho por toda la calle y una gran cantidad de gente de todo el barrio pasó por su casa para velarlo toda la noche y darle el último adios.

Su madre le sobrevivió muy poco tiempo.

viernes, 16 de septiembre de 2011

"El Lolo" 1ª parte

Muy cerquita de mi casa, allá por los años sesenta, vivía "el Lolo".

"El Lolo" solamente tenía a su madre. Habitaban una habitación alquilada dos casas más abajo de la mía y cuya propietaria ocupaba el resto de la vivienda. Esta sala como por aquellos tiempos se denominaba, hacía la veces de comedor, dormitorio y cocina. Dos camas de "tubo" con colchones de borra en un extremo seguidas de un ropero pequeño, componía el dormitorio, sin olvidar el pie con la palangana blanca y la jarra de porcelana para el aseo cotidiano. La cocina para guisar era de petróleo y los pocos cacharros, platos y vasos se apilaban en una repisa colocada en la pared, por encima de una vieja mesa de madera; sobre ella, un baño servía de fregadero junto a un cántaro lleno de agua y abajo un cubo de aquellos de la época, de cinc, hacía las veces de desagüe. La mesa de camilla, las cuatro sillas, la radio Marconi, el retrato en la pared del padre muerto y poco más, completaban todo el ajuar. El baño, era lujo de ricos, y por aquella época y aquellos lares, teníamos que conformarnos con un retrete en el patio compartido por toda la vecindad, el baño tambien de cinc para el lavado semanal en la habitación y la escupidera de loza blanca para las emergencias de la noche.

Su madre, Dolores, era una mujer alta y "seca". Su cara a pesar de que no era muy mayor, estaba dibujada por un gran número de arrugas que parecían marcar una vida difícil y dura. Un tic nervioso le hacía cerrar y abrir los ojos compulsivamente y un rictus amargo acentuaba la dureza de su rostro en el que pocas veces aparecía la sonrisa.

Apenas les quedaban algunos parientes allá en el pueblo que los vio nacer, con los que casi no tenían contacto y sus vidas giraban alrededor del trabajo de ella en la casa dónde servía desde que llegó del pueblo cuando él era todavía un bebé y los vecinos de la calle que siempre estuvieron con ellos para ayudarlos.

Las historias de cada familia, en aquellos tiempos casi de postguerra, era conocida por los vecinos más cercanos, porque todos eran portadores de vivencias más o menos duras a causa de la guerra, el hambre, las enfermedades... y cierto es que el sufrimiento une, se comprende mejor cuando se ha vivido. Aún así, la de ellos, despertaba en todos una ternura, una piedad, especial por todas las calamidades que pasaron.

Dolores se enamoró en su pueblo de Manuel y se casaron. Manuel trabajaba el campo, era jornalero y como casi todo jornalero de la época se hizo comunista a fuerza de ser explotado de sol a sol por el terrateniente dueño de las tierras. Apenas el jornal les daba para vivir y su descontento crecía, estimulado por las proclamas y dictados en pro de los derechos sociales que en aquel momento se extendían por todos los campos, fábricas, pueblos y ciudades de España.

Con la llegada del golpe militar de Franco, tuvo la mala suerte de que su pueblo quedó en manos de los sublevados y rapidamente fue detenido por su activismo y sus ideas comunistas. Fue fusilado poco después del 18 de Julio de 1.936. Su mujer estaba embarazada del primer hijo y seis meses después, nació un niño al que pusieron su mismo nombre en recuerdo de él.

La fatalidad, la desgracia, que casi siempre se ceba con más intensidad en los más débiles, quiso que ese niño no naciera bien. Ella siempre decía que la causa, el motivo había sido el sufrimiento por la pérdida de su marido, el miedo, la verguenza cuando la pasearon rapada al cero por la calle principal por viuda de comunista, el hambre, la insolaridad..., decía que su niño al igual que ella también se había asustado dentro de su vientre y que por ello su cabecita quedó como congelada por el miedo. Sabe Dios que pudo ser, pero para ella estaba totalmente claro.

Nada más nacer, su abuela, que fue quien asistió a su hija en el parto, porque la matrona se negó a ir a su casa, al verle la carita sentenció: "este niño no ha nacío normal" le dijo a su hija y a ella se le vino el mundo encima. Tuvo que salir del pueblo porque la gente se reía cuando pasaba con el niño bajo la toquilla, murmuraba " es una maldición del Cielo, un castigo que la mandao Dios por su marido", no le daban trabajo en ningún sitio y sus padres, avergonzados también, vieron el cielo abierto, cuando forzada por el hambre y el sufrimiento, decidió emigrar a la capital.




domingo, 4 de septiembre de 2011

"El Mundo se paró". Final

Todos los días iba a ver a mi niña. Me llevaban en una silla de ruedas porque aún me era imposible mantenerme en pie. Allí, sentada en esa silla viendo como mi hija vivía, era la mujer más felíz del mundo.

Nunca, en ningún momento pasó por mi cabeza la sombra del miedo, creí que lo malo ya había pasadp, que si tuvo fuerzas para sobrevivir aquella noche horrible, esa "cosita" tan pequeña, tan preciosa, sólo necesitaba tiempo para adaptarse a este mundo, tiempo para que sus órganos crecieran y se hicieran fuertes para luchar con los peligros que acechan, tiempo para saborear una vida que empieza y que merece la pena vivirla y ella lo iba a conseguir·.

Las lágrimas ya corrían con fruición por su cara y yo no podía apartar mis ojos de ella y lo único que en ese momento anhelaba era consolarla con un abrazo y decirle que debía sentirse orgullosa de la decisión tomada porque siguió los mandatos de su corazón, pero las palabras no salían de mi garganta porque un nudo muy fuerte lo impedía.

"Hasta que llegó el día más triste de mi vida, el día en que mi mundo tan maaravilloso se paró, porque el dolor paaralizó mi vida, el día en que me sentí perdida, impotente, en el que no quise seguir viviendo porque ni quería, ni podía separarme de ella, el día en que pedí a Dios con todas mis fuerzas que cambiara su vida por la mía, que la dejara vivir a ella.

Como todas las mañanas me levanté con el ansia de siempre por bajar a verla, estaba felíz ya que el médico me había comunicado que el alta estaba al caer, quizás en uno o dos días, no así la niña que aún le quedaba un poquito. Ya me veía en mi casa durmiendo al lado de mi marido, con mis dos niños a nuestro lado, imaginaba como sería la carita de mi hija cuando ya sus rasgos fueran acentuándose y cómo mi niño la querría y cuidaría. No podía haber nadie más felíz que yo, todo el calvario vivido había merecido la pena con creces y !por fin" formábamos una familia tal y como yo había soñado. La vida nos sonreía.

Ese día bajé como todos los anteriores, pero cuando llegué a la sala de incubadoras me encontré con la puerta cerrada al paso de familiares. Había surgido un problema que por lógica imaginamos debía tratarse de un empeoramiento en alguno de los niños allí ingresados. Los nervios de todos los allí reunidos era patente, no sabíamos que estaba pasando trás la puerta cerrada y sobre todo a ¿que chiquitín le tocaba sufrir por sobrevivir?. Era mi hija, sufrió un infarto cerebral, uno de los riesgos más frecuentes a los que se enfretan los niños prematuros, especialmente los que apenas sobrepasan los seis meses de gestación. Supe, presentí rapidamente que me había tocado la desgracia. Cuando el médico salió no le dio tiempo a dirigirse a mí, fui yo la que me abalancé angustiada sobre él, todavía con la pequeñesíma esperanza de que mi presentimiento sólo fuera eso, un mal presentimiento. Pero no fue así, mi hija tenía vida pero se le escapaba como el agua entre las manos sin que se pudiera hacer nada por ella, los órganos principales de su pequenísimo cuerpo fallaban sin remisión.

Esta noticia fue un mazazo terrible para mi sistema nervioso, pero saqué fuerzas, no sé de dónde, para pedirle, suplicarle, exigirle incluso al médico que me dejara cogerla aunque fuera ya una sola vez en mis brazos. La cogí temblando entre mis manos (!era tan pequeña, que en los brazos se escapaba!) mientras mi cara se llenaba de lágrimas impidiéndome ver con claridad ese mínimo cuerpecito, que a pesar de todo aún seguía luchando por vivir. Una enfermera enjugó mis lágrimas y me ayudó a que la colocara pegadita a mi pecho, todavía conectada a los cables que partían mediante ventosas de casi todas la zonas de su cuerpo y que la mantenían con vida.

Me olvidé de todo, del mundo, de mi marido, hasta de mi otro hijo. Todo giraba a su alrededor, era mi sol y yo su planeta sin el que era imposible vivir. Murió muy poquito después, acurrucada en mis senos sintiendo mi calor".

Terminó derrumbándose y yo terminé abrazándola sin que fuera capaz de expresar todo el sentimiento y consuelo que le quería trasmitir. Poco a poco se fue calmando agarrada a mis manos. Se limpió las lágrimas y me miró yo casi diría que como avergonzada por lo que yo pudiera pensar de la situación que ambas estábamos viviendo. REcuerdo que lo primero que le dije fue que para mí hasta ese día era una profesional estupenda, pero ahora a eso le sumaba una gran admiración como persona y que me había parecido muy hermoso que me hubiera hecho partícipe de esta "historia" tan cargada de sentimientos, con el fin de ayudarme ante la situación tan difícil por la que mi hija pasaba en esos momentos.

Me contestó ya más calmada de que a pesar de que casi habían pasado dos años, todavía no superaba la angustia y el stres por el que su cuerpo pasaba cuando rememoraba esos días, y que aunque aparentemente llevaba una vida plena en cuanto a trabajo, familia, etc. ella, nunca sería la misma y el recuerdo de su hija siempre estaba presente.

Sólo tuve que hacerle una pregunta, porque había algo que yo no comprendía ¿de verdad hubieras preferido morir tú, no pensaste que privabas de esta manera a tu hijo de tan corta edad de su madre, siendo como sabes, que eres su mayor referente y lo que te necesita? ¿ y la niña, como habría crecido sin el calor de una madre? ¿ y tu marido, tus padres...? Me contestó muy rapidamente, parecía estar esperando la pregunta, porque seguro que yo no habia sido la primera en hacérsela. " Te juro por lo que más quiero que lo dije y lo sigo diciendo. Yo he vivido ya 35 años de una vida a la que puedo catalogar de bastante buena. He sido felíz, crecí rodeada de cariño por unos padre y hermanos maravillosos. Pude estudiar la carrera que me gustaba y en consecuencia tengo un trabajo que me apasiona y no me va nada mal, sino todo lo contrario, muchas veces he cedido casos a otros compañeros, por falta material de tiempo. Me casé con el hombre del que me enamoré en la Universidad y hasta el momento, llevamos ya diez años juntos y dentro de los altibajos normales de toda pareja, nos queremos y respetamos mutuamente. él también triunfa en su trabajo. Tengo una casa bonita en un sitio privilegiado y lo más importante he sido madre de un niño que es maravilloso y el espejo dónde me miro todos los días. Sí, es duro perder todo esto, pero yo habría vivido una vida corta pero feliz y fructifera, pero mi niña no ha conocido nada , no ha tenido oportunidad de corres, reir, llorar, querer, sentir... y aún sin haber experimentado todo luchó durante un mes por conseguirlo, incluso minutos antes de morir se agarraba con fuerza a mi dedo con su manita. No, mi hija no quería morir y yo veía y veo más justo que hubiera sido ella la se quedara aquí. Con respecto a mi hijo, mi hija, mi marido, mis padres... claro, claro que hubiera sido un golpe tremendo, pero la vida se encarga de ir suavizando el dolor y estoy completamente segura de que mis hijos crecerían totalmente llenos de amor, protección, atenciones de todos y aunque sí echarían de vez en cuando la falta de una madre, serían felices, y se apoyarían el uno en el otro y mi hija viviría su vida.

Ahora fui yo la que no pude evitar que las lágrimas salieran de mis ojos y que aún pudiendo no estar de acuerdo con su planteamiento, esa mujer estaba dando con su testimonio una gran lección de vida, de generosidad, de amor.

La voz chillona de un niño trás la puerta cerrada del despacho, nos sobresaltó. Era su hijo que llegaba del cole. Se levantó rápida, se limpió los ojos mirándose en uno de los cristales de una vitrina y sonrió, no quería que el niño la viera en ese estado. Yo me levanté también, cogí el bolso y me quedé de pie mirándola. El mundo volvió a ponerse en marcha para las dos, nos dimos un abrazo, me susurró las gracias por comprenderla y ya con la firmeza de siempre, volvió a darme el consejo para mi hija que al principio de su relato expresó: "si ese pequeño embrión no está preparado, se irá, no haced una tragedia de ello. La naturaleza es sabia y desecha lo que no va a poder sobrevivir, no hay que chantajearla para evitarlo porque al final termina ocurriendo lo que no queríamo que ocurriera y nos negábamos a ver".

DEspués de ésto he seguido teniendo contacto con ella hasta hace pocos meses en que por fin se resolvio favorablemente mi litigio sobre el accidente. Nunca más volvimos a hablar del tema, pero sí es cierto que al menos yo y creo que ella también, le tengo un cariño especial y una grandísima admiración. Siempre la recordaré como lo que es: una gran mujer.

Nota: El médico alegó que no pudo asistirla porque fue invitado a un Congreso Médico en Alemania y no podía dejarlo pasar puesto que se trataba de las nuevas técnicas desarrolladas sobre el padecimiento que ella presentaba. Bajo mi punto de vista, totalmente inmoral, no se puede abandonar a una paciente de altísimo riesgo ni por todos los Congresos del mundo y menos sin avisar. Ella no quiso entrar en terrenos jurídicos, era demasiado doloroso y optó por intentar olvidar que había sido engañada.

sábado, 20 de noviembre de 2010

El mundo se paró III

Estaba totalmente desubicada, desorientada, no recordab a nada. Mis ojos no reconocían el sitio dónde me encontraba y mi cerebro pese a mis esfuerzos era incapaz de darme alguna señal coherente. Me encontraba en un hospital, era obvio, el suero bajaba gota a gota buscando mi vena, el monótono sonido pi - pi - pi de un aparato en la cabecera de mi cama marcaba mis pulsaciones y tensión arterial y el olor, ese olor inconfundible de los hospitales, así me lo indicaban, luego, estaba hospitalizada.

De pronto, como una tormenta de verano que se presenta de improviso, estallaron en mi cerebro los últimos momentos vividos antes de caer en la inconsciencia y salté literalmente en la cama, levantando la manta que me cubría, angustiada, temerosa de revivir ese momento insoportable de dolor y de la sangre resbalando con fuerza por mis piernas. Grité aterrorizada cuando ví que mi barriga ya no abultaba y comprendí que mi niña, evidentemente, ya no estaba conmigo.

Una enfermera se acercó presurosa y me sujetó con fuerza para que no me tirara de la cama a la vez que intentaba tranquilizarme con palabras que me era imposible comprender. Llamaron a mi marido y me administraron un tranquilizante para que amortiguara la ansiedad que me devoraba.

Supe que aquella noche pudo haber sido la última de mi vida si no llega a ser porque milagrosamente mi marido contrariamente a lo previsto, suspendió su reunión de trabajo debido a la enfermedad repentina de uno de los asistentes y llegó a casa con una hora de antelación, eso me salvó la vida. Supe que cuando llegó me encontró desmayada en el sofá, llena de sangre, con los brazos rodeando mi vientre, temió lo peor porque mi respiración era casi imperceptible y supo intuir que un minuto podía ser decisivo y como pudo con la misma manta empapada de sangre me bajó al garaje y me subió al coche. Supe que aún no se explica como mantuvo la sangre fría para, a pesar de que el cuerpo le temblaba de la cabeza a los pies y el corazón amenazaba con salírsele del pecho, pudo poner el coche en marcha y llamar al móvil del urgencias del médico que me trataba para que le indicara que hacer y adónde dirigirse.

Fue imposible contactar con él, la tranquila y monótona voz de la operadora, repetía continuamente "el móvil al que Vd. llama, está apagado o fuera de cobertura". No se lo podía creer ¿no se suponía que era un móvil médico de urgencias? ¿no se suponía, según nos dijo, que él estaría a cualquier hora disponible, para una eventual emergencia? Eran las doce de la noche y el terror y la desesperación se apoderaron de él. Pero según me contó, el instinto de supervivencia, de protección a tus seres queridos puede ser más fuerte que el pánico, y la cabeza trabaja con una efectividad podríamos decir que del 100 por 100 y la luz se encendió, recordó que una amiga común trabajaba de enfermera en el Hospital del Valme y marcó su número, pidiendo a Dios que lo cogiera y !Dios! no sólo lo cogió sino que en esos momentos estaba de guardia. Llorando y entrecortadamente le contó lo que estaba pasando "no te pares ni un segundo, sáltate los semáforos y vente para acá, te estaremos esperando en la puerta de urgencias" Así me salvaron la vida, una camilla con dos médicos esperaban nuestra llegada. Una vez en manos de ellos con un soplo aún de vida, mi marido cayó al suelo derrumbado: nuestro hijo se encontraba sólo durmiendo en casa ajeno a todo y nuestra hija y yo nos debatíamos entre la vida y la muerte.

Supe que los médicos además de magníficos médicos, fueron ángeles de la guarda, porque salvaron la vida de las dos. Mi niña a la que mi marido, contrariamente a lo acordado, le puso el nombre de nuestra amiga, tenía ya una semana de vida y a pesar de lo pequeñita que era, sólo alcanzaba el medio kilo, luchaba en la incubadora por vivir y yo sali del pozo en el que me moría, creo y siento que porque mi hija me llamaba.

Supe que esa noche nuestra amiga se encargó de todo. A mi marido le suministraron un sedante y ella llamó a mi familia informándoles, haciendo hincapié en la preocupación por el niño que se encontraba solo en casa. Intentó durante toda la noche contactar con el prestigioso y carísimo médico sin resultado y estuvo permanentemente en contacto con los médicos que me atendían. No habrá suficientes minutos en mi vida para agradecer todo lo que esta amiga hizo por nosotros, nunca lo podré olvidar.

En ningún momento dudé de las palabras de mi marido, le conozco bien y sabía que no me estaba mintiendo piadosamente, el brillo de sus ojos, la felicidad en su cara y el calor de sus manos acariciándome, me lo confirmaban.

lunes, 11 de octubre de 2010

El mundo se paró (2ª parte)

Pasaron algunos años y por casualidad en una reunión de amigos, me enteré de que una conocida de uno de ellos, con un problema muy similar al mío, había dado a luz felizmente, por segunda vez, gracias a un ginecólogo especializado en este tipo de problemas, que investigando y estudiando, había encontrado un método que rebajaba el riesgo a un porcentaje muy inferior.

Fue suficiente, fue la mecha que incendió de golpe mi corazón. No me podía quitar de la cabeza el nombre del médico y la esperanza ardió con fuerza dentro de mí.

En contra de toda la familia, concerté una cita con ese doctor del que me habían hablado y que se había convertido para mí en una especie de ginecólogo-mago, capaz de solucionar un problema que nadie hasta el momento había solucionado. Me convenció, o mejor dicho quise que me convenciera rapidamente. no voy a entrar en detalles, pero con una pequeña intervención con anestesia local se corregía el problema y los embarazos llegaban a buen fin en un alto porcentaje. Las medidas preventivas iban a ser practicamente iguales a las del embarazo anterior, pero las posibilidades de culminar con éxito eran elevadísimas.

Nuevamente en contra de todos impuse mi deseo, era mi cuerpo, era yo la que iba a sufrir en mis carnes y en mi espiritu la carga física y emocional que ya conocía, pero no me importaba, estaba tan ciega, tan ilusionada, que no veía ni un punto en contra, nunca se me ocurrió pensar que podía no salir bien, que me estaba jugando la vida, que mi familia, mi hijo, me necesitaban. Ahora reconozco lo que en aquel momento, fui incapaz de comprender, fui egoista, sólo pensaba en satisfacer mi ansia de volver a ser madre, sin importarme las graves repercusiones que todo podía tener y el daño que con mi insolidaridad estaba haciendo a mis seres queridos".

A medida que su relato avanzaba, la emoción iba creciendo, la expresión de dolor en su cara tensa, el brillo en sus ojos, la voz por momentos acongojada, por momentos llena de rabia o reproche, las manos inquietas que parecían hablarme, me tenían embelesada, no perdía ni un detalle de sus gestos, ni una palabra porque todo en mí era pura atención, expectación porque intuía que iba a vivir un impacto emocional fuerte cuando conociera el desenlace final de esa historia que por momentos me conmovía.

"Me sometí a todo lo que hizo falta, sufrí las molestias derivadas de un tratamiento quirúrgico desagradable y doloroso, volvía a repartir mis "casos" entre los compañeros y me preparé emocionalmente para llevar adelante una inactividad, una postración, que en este caso era mucho peor que el anterior porque tenía un hijo de cuatro años que agravaba considerablemente la situación. Quedé rapidamente embarazada y comenzó mi calvario, era muy duro, se me hacía muy cuesta arriba prescindir de tantas y tantas cosas: el sol sobre mi piel, el color del cielo, el olor de la primavera, la lluvia, pasear por el parque de la mano de mi marido, ver jugar a mi hijo, bañarlo todas las noches, llevarlo al colegio, montar en mi moto, ponerme la toga..., pero en esos momentos de bajón, el solo pensamiento de que había engendrado una nueva vida, un ser al que ya quería, disipaba rapidamente la añoranza de una vida a la que podía denominar de feliz.

Supimos que era niña y nos volvimos locos, los meses pasaban, los controles médicos eran muy alentadores porque todo se desarrollaba con normalidad. Cumplí la sexta falta y ya me permitía el médico levantarmee un poquito para reclinarme en el sofá, ver la tele, cenar junto a mi marido y mi hijo, hablar, reir o escuchar a mi niño contarme sus andanzas en el cole...

Nada hacía presagiar lo que se avecinaba, porque yo cada vez me sentía mejor y mi niña crecía fuerte y sana en mi vientre, dónde no paraba de moverse.

Esa noche, mi marido telefoneó para decirme que llegaría más tarde ya que le había surgido un imprevisto en el trabajo y que la chica que nos cuidaba se quedara en casa hasta que él llegara. Cené con el niño y la chica se encargó de acostarlo y dejarlo todo en orden, dispuesta a quedarse hasta que él llegara, pero yo no lo creí oportuno, él podría tardar mucho y me sabía mal que se fuera tan tarde para su casa, a pesar de su insistencia la obligué a irse y me quedé sola en el salón, echada en el sofá con una manta por encima hasta que él llegara.

No recuerdo mucho de lo que pasó, solo sé que de pronto, una punzada aguda, intensa, casi insoportable de dolor, estalló en mi vientre a la vez que me sentí mojada por un líquido caliente. Cuando levanté la manta asustada, la sangre resbalaba con fuerza sobre mis piernas. Cuando volví a abrir los ojos había pasado una semana.

Continuará.

domingo, 10 de octubre de 2010

El mundo se paró

En la vida hay momentos que, bien por su impacto emocional, o por la enseñanza que te aporta o simplemente porque te cala especialmente, quedan grabados en tu alma con tanta fuerza, que nunca se pueden olvidar y por mucho tiempo que pase, al rememorarlos te sigue dando ese latigazo sentimental que llega a estremecer nuevamente todo tu ser.

Seguro que todo el mundo comprenderá lo que quiero decir, porque creo que dificilmente pueda existir persona que no haya experimentado ese escalofrío que te recorre física y espiritualmente, ante un relato, una historia, un libro o una vivencia escuchada en labios de alguien que te habla mirándote con sinceridad a los ojos y abriendo su corazón ante tí.

Han sido muchos los momentos en mi vida, que me han hecho sentir profundamente esa punzada de comprensión, solidaridad, gozo, sufrimiento, miedo... pero éste que más abajo relataré, me emocionó especialmente porque quien me lo contó tuvo la virtud de hacer que el mundo se parase a mi alrededor porque aquella persona supo transmitirme con tanta autenticidad sus sentimientos, que me hizo sentir como mío su dolor.

Hace ya casi tres años que mi marido y yo tuvimos un accidente de coche viniendo de Madrid. Nada grave, pero a mi particularmente me dejó las cervicales fastidiadas, el esternón dañado y un miedo a la carretera y a aproximarme al coche que va delante, que aún no puedo superar. Me hablaron de una abogada bastante buena, muy experta en este tipo de accidentes para que defendiera mis intereses frente a la compañía de seguros, que como es norma habitual racaneaba indecentemente el pago a que tenía derecho por las lesiones ocasionadas.

Era, mejor dicho, es una mujer guapa a la que calculo unos 35 o 36 años, desenvuelta, que derrocha una energía y vitalidad increibles, con un don de gente que al menos a mí me cautivó. La ví como una persona fuerte, con carácter, capaz de enfrentarse a Dios que bajara del cielo, para defender el asunto que llevara entre manos, que parecía no achicarse por nada y con una seguridad en sí misma tan fuerte que parecía capaz de comerse el mundo. Para mí que me tengo por una persona indecisa, poco segura, que evita por todos los medios enfrentarse a otra, me admiró su forma de ser y actuar e inmediatamente consideré que no podría haber elegido otro abogado que lo pudiera hacer mejor.

Como ya sabemos las cosas de palacio van despacio, y en las que interviene la justicia, no diría que despacio, más bien a cámara lenta, porque la burocracia es gigantesca y avanzar un paso significa meses de espera y pérdidas de tiempo para alimentarla porque engulle y engulle documentación sin que parezca que alguna vez quedará satisfecha y lleguemos al final. Quiero decir con esto, que mi abogada me llamaba a su despacho con frecuencia para aportar datos, firmar algún documento o simplemente comentarme cómo iba todo.

Me impresionó el despacho ubicado dentro de su propia vivenda, en una de las zonas más bonitas del centro de Sevilla. Llamó mi atención su luz, su amplitud, la pulcritud en los muebles, el suelo de un parquet claro precioso y un toque muy personal en detalles, cuadros, decoración... que lo hacía cálido y acogedor a la vez que práctico y cómodo para el trabajo de una persona que se podía intuir, pasaba allí muchas horas del día. Nuestras entrevistas generalmente eran breves, no porque ella me metiera presión, al contrario, más bien era por mí misma, me preocupaba entretenerla más de lo debido consciente de lo valioso de su tiempo y de la cantidad de trabajo que llevaba entre manos, conclusión a la que llegué no sólo viendo el montón de carpetas sobre su mesa de trabajo sino por pura obviedad, el teléfono sonaba casi continuamente interrumpiendo a cada momento nuestra conversación y haciéndola levantar, mientras hablaba dando explicaciones sobre lo que yo consideraba juicios en curso, para buscar información y recabar datos en archivos, anotaciones y dossieres.

Aquel día empezó como otro más de los varios que ya había pasado por el despacho, ese día era yo la que quería terminar pronto, esta vez no por ella, sino por mi hija que pasaba por momentos muy delicados. Estaba embarazada y corría un riesgo muy elevado de aborto, por lo que guardaba por recomendación médica, un reposo absoluto a fin de intentar sujetar ese pequeño embrión que mostraba signos de malograrse. Supongo que notó mi estado de ánimo, porque directamente me preguntó si me ocurría algo, a lo que contesté, sincerándome, lo que estaba pasando con mi hija. Recuerdo que en ese momento se encontraba de pie ante su mesa, con mi informe médico en una mano y el teléfono en la otra y despacio se sentó en su sillón indicándome que yo también lo hiciese. Empezó a hablar, sus palabras salían a borbotones de su boca, pausadamente pero sin descanso. Durante un tiempo, que soy incapaz de calcular porque lo mismo pudo haber sido un segundo que toda una vida, el mundo se paró a nuestro alrededor. Ni el teléfono sonando, ni el zumbido del porterillo de la calle, ni el fax que no paraba de escupir un documento tras otro, fue capaz de interrumpir este monólogo que con tanto sentimiento me contó, porque en esos momentos a las 12 de la mañana, todo se apagó, solo existiamos ella, yo y las vivencias de un tiempo no muy lejano que hacían aflorar un dolor tan hondo que sé con seguridad siempre tendrá presente.

Y dijo así:

" Dile a tu hija que se cuide y que luche por ese ser que lleva dentro, pero que no fuerce la situación, que no se presione, que si por desgracia lo pierde, sería porque así tenía que ser, que aún sonando a tópico, la naturaleza es sabia y rechaza lo que es imposible pueda sobrevivir. Tiempo tendrá para tener otros si no hay otros problemas, pero si éstos existieran, que no se obsesione, que hay otras opciones, pero que nunca quiera chantajear a la naturaleza, que no quiera encontrar agua en el desierto, aunque le parezca haber visto un oasis, porque puede ser un espejismo y entonces la decepción y la angustia es mucho más fuerte y seguro que le pasará factura machacándola, te lo digo por propia experiencia.

Mira, - me dijo, cogiendo en sus manos una foto enmarcada dónde aparecía la carita de un niño que podría tener 6 o 7 años, llena de pequitas, con unos ojitos pícaros y vivarachos, cómplices de su sonrisa y la nota de color la daba una cabeza cubierta de pelo pelirrojo en cuya frente un remolino levantaba con ahínco su gracioso flequillo - éste es mi hijo, el único que tengo, la razón de mi vida y mi orgullo porque es maravilloso, sé que dirás"pasión de madre", pero tú también lo eres y lo comprenderás sin que pueda parecerte pedante, es guapo como ves, pero además es inteligente, bueno, cariñoso y está sano, es un regalo que Dios me ha enviado y daría la avida por él, pero aún así, no soy completamente feliz y te explico.

Cuando quedé embarazada ya desde el principio tuve problemas con alto riesgo de aborto. Se descubrió el motivo, mi útero estaba dividido en tres cavidades imposibles de comunicarse entre sí, el embrión había anidado en uno de ellos, por suerte el más grande, pero aún así el riesgo aumentaba conforme iba creciendo porque no se sabía hasta cuando habría espacio para cobijarlo y el aborto o parto se podía producir en cualquier momento. Me agarré a un mínimo porcentaje de supervivencia que me dieron e hice a rajatablas todo lo que el médico me indicaba. Me llevé siete meses tumbada boca arriba en la cama, de dónde salía una vez a la semana para ducharme, el aseo diario, mis necesidades, la comida, todo lo hacía en esa misma posición. Mi madre se instaló en mi casa para cuidarme y me embadurnaba de crema el cuerpo después de lavarme para que no se me llagara, cerré mi despacho repartiendo los casos pendientes a compañeros de confianza y aunque a veces la desesperación me invadía porque el tiempo parecía no correr, cuando cada mañana abría los ojos a un nuevo día, daba gracias a Dios porque mi niño/a tenía un día más de vida y seguía dentro de mí, calentito y a gusto en mi vientre.

Nos gastamos un dineral en médico y tratamiento porque todo (revisiones, ecografia...) me lo hacían en casa (gracias a Dios pudimos permitirnos economicamente sostener la situación) y cada falta que cumplía era una fiesta, una celebración. Cuando llegué al séptimo mes de embarazo casi respiré tranquila, sabía que si el parto se presentaba, mi niño casi seguro que sobreviviría.

Nació sietemesino, sin complicaciones para él, aunque sí para mí que se llegó a temer por mi vida. el médico fue claro y rotundo, dificilmente podría tener otro, pero en el hipotético caso de que así fuera, mi vida corría un grave peligro. El golpe de esa noticia quedó en segundo plano cuando pude ver a mi hijo en la incubadora y como pataleaba y berreaba reclamando su alimento.

La vida continuó para mí, retomé mi trabajo, me volqué y disfruté a tope de la crianza de mi hijo y tanto mi marido como yo, nos sentiamos los padres más afortunados del mundo. Intenté olvidar que era casi imposible tener otro hijo a pesar de que una parte de mí se resistía a aceptar que me estaba vetada una nueva maternidad.

Continuará