sábado, 20 de noviembre de 2010

El mundo se paró III

Estaba totalmente desubicada, desorientada, no recordab a nada. Mis ojos no reconocían el sitio dónde me encontraba y mi cerebro pese a mis esfuerzos era incapaz de darme alguna señal coherente. Me encontraba en un hospital, era obvio, el suero bajaba gota a gota buscando mi vena, el monótono sonido pi - pi - pi de un aparato en la cabecera de mi cama marcaba mis pulsaciones y tensión arterial y el olor, ese olor inconfundible de los hospitales, así me lo indicaban, luego, estaba hospitalizada.

De pronto, como una tormenta de verano que se presenta de improviso, estallaron en mi cerebro los últimos momentos vividos antes de caer en la inconsciencia y salté literalmente en la cama, levantando la manta que me cubría, angustiada, temerosa de revivir ese momento insoportable de dolor y de la sangre resbalando con fuerza por mis piernas. Grité aterrorizada cuando ví que mi barriga ya no abultaba y comprendí que mi niña, evidentemente, ya no estaba conmigo.

Una enfermera se acercó presurosa y me sujetó con fuerza para que no me tirara de la cama a la vez que intentaba tranquilizarme con palabras que me era imposible comprender. Llamaron a mi marido y me administraron un tranquilizante para que amortiguara la ansiedad que me devoraba.

Supe que aquella noche pudo haber sido la última de mi vida si no llega a ser porque milagrosamente mi marido contrariamente a lo previsto, suspendió su reunión de trabajo debido a la enfermedad repentina de uno de los asistentes y llegó a casa con una hora de antelación, eso me salvó la vida. Supe que cuando llegó me encontró desmayada en el sofá, llena de sangre, con los brazos rodeando mi vientre, temió lo peor porque mi respiración era casi imperceptible y supo intuir que un minuto podía ser decisivo y como pudo con la misma manta empapada de sangre me bajó al garaje y me subió al coche. Supe que aún no se explica como mantuvo la sangre fría para, a pesar de que el cuerpo le temblaba de la cabeza a los pies y el corazón amenazaba con salírsele del pecho, pudo poner el coche en marcha y llamar al móvil del urgencias del médico que me trataba para que le indicara que hacer y adónde dirigirse.

Fue imposible contactar con él, la tranquila y monótona voz de la operadora, repetía continuamente "el móvil al que Vd. llama, está apagado o fuera de cobertura". No se lo podía creer ¿no se suponía que era un móvil médico de urgencias? ¿no se suponía, según nos dijo, que él estaría a cualquier hora disponible, para una eventual emergencia? Eran las doce de la noche y el terror y la desesperación se apoderaron de él. Pero según me contó, el instinto de supervivencia, de protección a tus seres queridos puede ser más fuerte que el pánico, y la cabeza trabaja con una efectividad podríamos decir que del 100 por 100 y la luz se encendió, recordó que una amiga común trabajaba de enfermera en el Hospital del Valme y marcó su número, pidiendo a Dios que lo cogiera y !Dios! no sólo lo cogió sino que en esos momentos estaba de guardia. Llorando y entrecortadamente le contó lo que estaba pasando "no te pares ni un segundo, sáltate los semáforos y vente para acá, te estaremos esperando en la puerta de urgencias" Así me salvaron la vida, una camilla con dos médicos esperaban nuestra llegada. Una vez en manos de ellos con un soplo aún de vida, mi marido cayó al suelo derrumbado: nuestro hijo se encontraba sólo durmiendo en casa ajeno a todo y nuestra hija y yo nos debatíamos entre la vida y la muerte.

Supe que los médicos además de magníficos médicos, fueron ángeles de la guarda, porque salvaron la vida de las dos. Mi niña a la que mi marido, contrariamente a lo acordado, le puso el nombre de nuestra amiga, tenía ya una semana de vida y a pesar de lo pequeñita que era, sólo alcanzaba el medio kilo, luchaba en la incubadora por vivir y yo sali del pozo en el que me moría, creo y siento que porque mi hija me llamaba.

Supe que esa noche nuestra amiga se encargó de todo. A mi marido le suministraron un sedante y ella llamó a mi familia informándoles, haciendo hincapié en la preocupación por el niño que se encontraba solo en casa. Intentó durante toda la noche contactar con el prestigioso y carísimo médico sin resultado y estuvo permanentemente en contacto con los médicos que me atendían. No habrá suficientes minutos en mi vida para agradecer todo lo que esta amiga hizo por nosotros, nunca lo podré olvidar.

En ningún momento dudé de las palabras de mi marido, le conozco bien y sabía que no me estaba mintiendo piadosamente, el brillo de sus ojos, la felicidad en su cara y el calor de sus manos acariciándome, me lo confirmaban.

lunes, 11 de octubre de 2010

El mundo se paró (2ª parte)

Pasaron algunos años y por casualidad en una reunión de amigos, me enteré de que una conocida de uno de ellos, con un problema muy similar al mío, había dado a luz felizmente, por segunda vez, gracias a un ginecólogo especializado en este tipo de problemas, que investigando y estudiando, había encontrado un método que rebajaba el riesgo a un porcentaje muy inferior.

Fue suficiente, fue la mecha que incendió de golpe mi corazón. No me podía quitar de la cabeza el nombre del médico y la esperanza ardió con fuerza dentro de mí.

En contra de toda la familia, concerté una cita con ese doctor del que me habían hablado y que se había convertido para mí en una especie de ginecólogo-mago, capaz de solucionar un problema que nadie hasta el momento había solucionado. Me convenció, o mejor dicho quise que me convenciera rapidamente. no voy a entrar en detalles, pero con una pequeña intervención con anestesia local se corregía el problema y los embarazos llegaban a buen fin en un alto porcentaje. Las medidas preventivas iban a ser practicamente iguales a las del embarazo anterior, pero las posibilidades de culminar con éxito eran elevadísimas.

Nuevamente en contra de todos impuse mi deseo, era mi cuerpo, era yo la que iba a sufrir en mis carnes y en mi espiritu la carga física y emocional que ya conocía, pero no me importaba, estaba tan ciega, tan ilusionada, que no veía ni un punto en contra, nunca se me ocurrió pensar que podía no salir bien, que me estaba jugando la vida, que mi familia, mi hijo, me necesitaban. Ahora reconozco lo que en aquel momento, fui incapaz de comprender, fui egoista, sólo pensaba en satisfacer mi ansia de volver a ser madre, sin importarme las graves repercusiones que todo podía tener y el daño que con mi insolidaridad estaba haciendo a mis seres queridos".

A medida que su relato avanzaba, la emoción iba creciendo, la expresión de dolor en su cara tensa, el brillo en sus ojos, la voz por momentos acongojada, por momentos llena de rabia o reproche, las manos inquietas que parecían hablarme, me tenían embelesada, no perdía ni un detalle de sus gestos, ni una palabra porque todo en mí era pura atención, expectación porque intuía que iba a vivir un impacto emocional fuerte cuando conociera el desenlace final de esa historia que por momentos me conmovía.

"Me sometí a todo lo que hizo falta, sufrí las molestias derivadas de un tratamiento quirúrgico desagradable y doloroso, volvía a repartir mis "casos" entre los compañeros y me preparé emocionalmente para llevar adelante una inactividad, una postración, que en este caso era mucho peor que el anterior porque tenía un hijo de cuatro años que agravaba considerablemente la situación. Quedé rapidamente embarazada y comenzó mi calvario, era muy duro, se me hacía muy cuesta arriba prescindir de tantas y tantas cosas: el sol sobre mi piel, el color del cielo, el olor de la primavera, la lluvia, pasear por el parque de la mano de mi marido, ver jugar a mi hijo, bañarlo todas las noches, llevarlo al colegio, montar en mi moto, ponerme la toga..., pero en esos momentos de bajón, el solo pensamiento de que había engendrado una nueva vida, un ser al que ya quería, disipaba rapidamente la añoranza de una vida a la que podía denominar de feliz.

Supimos que era niña y nos volvimos locos, los meses pasaban, los controles médicos eran muy alentadores porque todo se desarrollaba con normalidad. Cumplí la sexta falta y ya me permitía el médico levantarmee un poquito para reclinarme en el sofá, ver la tele, cenar junto a mi marido y mi hijo, hablar, reir o escuchar a mi niño contarme sus andanzas en el cole...

Nada hacía presagiar lo que se avecinaba, porque yo cada vez me sentía mejor y mi niña crecía fuerte y sana en mi vientre, dónde no paraba de moverse.

Esa noche, mi marido telefoneó para decirme que llegaría más tarde ya que le había surgido un imprevisto en el trabajo y que la chica que nos cuidaba se quedara en casa hasta que él llegara. Cené con el niño y la chica se encargó de acostarlo y dejarlo todo en orden, dispuesta a quedarse hasta que él llegara, pero yo no lo creí oportuno, él podría tardar mucho y me sabía mal que se fuera tan tarde para su casa, a pesar de su insistencia la obligué a irse y me quedé sola en el salón, echada en el sofá con una manta por encima hasta que él llegara.

No recuerdo mucho de lo que pasó, solo sé que de pronto, una punzada aguda, intensa, casi insoportable de dolor, estalló en mi vientre a la vez que me sentí mojada por un líquido caliente. Cuando levanté la manta asustada, la sangre resbalaba con fuerza sobre mis piernas. Cuando volví a abrir los ojos había pasado una semana.

Continuará.

domingo, 10 de octubre de 2010

El mundo se paró

En la vida hay momentos que, bien por su impacto emocional, o por la enseñanza que te aporta o simplemente porque te cala especialmente, quedan grabados en tu alma con tanta fuerza, que nunca se pueden olvidar y por mucho tiempo que pase, al rememorarlos te sigue dando ese latigazo sentimental que llega a estremecer nuevamente todo tu ser.

Seguro que todo el mundo comprenderá lo que quiero decir, porque creo que dificilmente pueda existir persona que no haya experimentado ese escalofrío que te recorre física y espiritualmente, ante un relato, una historia, un libro o una vivencia escuchada en labios de alguien que te habla mirándote con sinceridad a los ojos y abriendo su corazón ante tí.

Han sido muchos los momentos en mi vida, que me han hecho sentir profundamente esa punzada de comprensión, solidaridad, gozo, sufrimiento, miedo... pero éste que más abajo relataré, me emocionó especialmente porque quien me lo contó tuvo la virtud de hacer que el mundo se parase a mi alrededor porque aquella persona supo transmitirme con tanta autenticidad sus sentimientos, que me hizo sentir como mío su dolor.

Hace ya casi tres años que mi marido y yo tuvimos un accidente de coche viniendo de Madrid. Nada grave, pero a mi particularmente me dejó las cervicales fastidiadas, el esternón dañado y un miedo a la carretera y a aproximarme al coche que va delante, que aún no puedo superar. Me hablaron de una abogada bastante buena, muy experta en este tipo de accidentes para que defendiera mis intereses frente a la compañía de seguros, que como es norma habitual racaneaba indecentemente el pago a que tenía derecho por las lesiones ocasionadas.

Era, mejor dicho, es una mujer guapa a la que calculo unos 35 o 36 años, desenvuelta, que derrocha una energía y vitalidad increibles, con un don de gente que al menos a mí me cautivó. La ví como una persona fuerte, con carácter, capaz de enfrentarse a Dios que bajara del cielo, para defender el asunto que llevara entre manos, que parecía no achicarse por nada y con una seguridad en sí misma tan fuerte que parecía capaz de comerse el mundo. Para mí que me tengo por una persona indecisa, poco segura, que evita por todos los medios enfrentarse a otra, me admiró su forma de ser y actuar e inmediatamente consideré que no podría haber elegido otro abogado que lo pudiera hacer mejor.

Como ya sabemos las cosas de palacio van despacio, y en las que interviene la justicia, no diría que despacio, más bien a cámara lenta, porque la burocracia es gigantesca y avanzar un paso significa meses de espera y pérdidas de tiempo para alimentarla porque engulle y engulle documentación sin que parezca que alguna vez quedará satisfecha y lleguemos al final. Quiero decir con esto, que mi abogada me llamaba a su despacho con frecuencia para aportar datos, firmar algún documento o simplemente comentarme cómo iba todo.

Me impresionó el despacho ubicado dentro de su propia vivenda, en una de las zonas más bonitas del centro de Sevilla. Llamó mi atención su luz, su amplitud, la pulcritud en los muebles, el suelo de un parquet claro precioso y un toque muy personal en detalles, cuadros, decoración... que lo hacía cálido y acogedor a la vez que práctico y cómodo para el trabajo de una persona que se podía intuir, pasaba allí muchas horas del día. Nuestras entrevistas generalmente eran breves, no porque ella me metiera presión, al contrario, más bien era por mí misma, me preocupaba entretenerla más de lo debido consciente de lo valioso de su tiempo y de la cantidad de trabajo que llevaba entre manos, conclusión a la que llegué no sólo viendo el montón de carpetas sobre su mesa de trabajo sino por pura obviedad, el teléfono sonaba casi continuamente interrumpiendo a cada momento nuestra conversación y haciéndola levantar, mientras hablaba dando explicaciones sobre lo que yo consideraba juicios en curso, para buscar información y recabar datos en archivos, anotaciones y dossieres.

Aquel día empezó como otro más de los varios que ya había pasado por el despacho, ese día era yo la que quería terminar pronto, esta vez no por ella, sino por mi hija que pasaba por momentos muy delicados. Estaba embarazada y corría un riesgo muy elevado de aborto, por lo que guardaba por recomendación médica, un reposo absoluto a fin de intentar sujetar ese pequeño embrión que mostraba signos de malograrse. Supongo que notó mi estado de ánimo, porque directamente me preguntó si me ocurría algo, a lo que contesté, sincerándome, lo que estaba pasando con mi hija. Recuerdo que en ese momento se encontraba de pie ante su mesa, con mi informe médico en una mano y el teléfono en la otra y despacio se sentó en su sillón indicándome que yo también lo hiciese. Empezó a hablar, sus palabras salían a borbotones de su boca, pausadamente pero sin descanso. Durante un tiempo, que soy incapaz de calcular porque lo mismo pudo haber sido un segundo que toda una vida, el mundo se paró a nuestro alrededor. Ni el teléfono sonando, ni el zumbido del porterillo de la calle, ni el fax que no paraba de escupir un documento tras otro, fue capaz de interrumpir este monólogo que con tanto sentimiento me contó, porque en esos momentos a las 12 de la mañana, todo se apagó, solo existiamos ella, yo y las vivencias de un tiempo no muy lejano que hacían aflorar un dolor tan hondo que sé con seguridad siempre tendrá presente.

Y dijo así:

" Dile a tu hija que se cuide y que luche por ese ser que lleva dentro, pero que no fuerce la situación, que no se presione, que si por desgracia lo pierde, sería porque así tenía que ser, que aún sonando a tópico, la naturaleza es sabia y rechaza lo que es imposible pueda sobrevivir. Tiempo tendrá para tener otros si no hay otros problemas, pero si éstos existieran, que no se obsesione, que hay otras opciones, pero que nunca quiera chantajear a la naturaleza, que no quiera encontrar agua en el desierto, aunque le parezca haber visto un oasis, porque puede ser un espejismo y entonces la decepción y la angustia es mucho más fuerte y seguro que le pasará factura machacándola, te lo digo por propia experiencia.

Mira, - me dijo, cogiendo en sus manos una foto enmarcada dónde aparecía la carita de un niño que podría tener 6 o 7 años, llena de pequitas, con unos ojitos pícaros y vivarachos, cómplices de su sonrisa y la nota de color la daba una cabeza cubierta de pelo pelirrojo en cuya frente un remolino levantaba con ahínco su gracioso flequillo - éste es mi hijo, el único que tengo, la razón de mi vida y mi orgullo porque es maravilloso, sé que dirás"pasión de madre", pero tú también lo eres y lo comprenderás sin que pueda parecerte pedante, es guapo como ves, pero además es inteligente, bueno, cariñoso y está sano, es un regalo que Dios me ha enviado y daría la avida por él, pero aún así, no soy completamente feliz y te explico.

Cuando quedé embarazada ya desde el principio tuve problemas con alto riesgo de aborto. Se descubrió el motivo, mi útero estaba dividido en tres cavidades imposibles de comunicarse entre sí, el embrión había anidado en uno de ellos, por suerte el más grande, pero aún así el riesgo aumentaba conforme iba creciendo porque no se sabía hasta cuando habría espacio para cobijarlo y el aborto o parto se podía producir en cualquier momento. Me agarré a un mínimo porcentaje de supervivencia que me dieron e hice a rajatablas todo lo que el médico me indicaba. Me llevé siete meses tumbada boca arriba en la cama, de dónde salía una vez a la semana para ducharme, el aseo diario, mis necesidades, la comida, todo lo hacía en esa misma posición. Mi madre se instaló en mi casa para cuidarme y me embadurnaba de crema el cuerpo después de lavarme para que no se me llagara, cerré mi despacho repartiendo los casos pendientes a compañeros de confianza y aunque a veces la desesperación me invadía porque el tiempo parecía no correr, cuando cada mañana abría los ojos a un nuevo día, daba gracias a Dios porque mi niño/a tenía un día más de vida y seguía dentro de mí, calentito y a gusto en mi vientre.

Nos gastamos un dineral en médico y tratamiento porque todo (revisiones, ecografia...) me lo hacían en casa (gracias a Dios pudimos permitirnos economicamente sostener la situación) y cada falta que cumplía era una fiesta, una celebración. Cuando llegué al séptimo mes de embarazo casi respiré tranquila, sabía que si el parto se presentaba, mi niño casi seguro que sobreviviría.

Nació sietemesino, sin complicaciones para él, aunque sí para mí que se llegó a temer por mi vida. el médico fue claro y rotundo, dificilmente podría tener otro, pero en el hipotético caso de que así fuera, mi vida corría un grave peligro. El golpe de esa noticia quedó en segundo plano cuando pude ver a mi hijo en la incubadora y como pataleaba y berreaba reclamando su alimento.

La vida continuó para mí, retomé mi trabajo, me volqué y disfruté a tope de la crianza de mi hijo y tanto mi marido como yo, nos sentiamos los padres más afortunados del mundo. Intenté olvidar que era casi imposible tener otro hijo a pesar de que una parte de mí se resistía a aceptar que me estaba vetada una nueva maternidad.

Continuará

sábado, 4 de septiembre de 2010

Un día cualquiera en "Las Tres Piedras"

Desde el pequeño jardín de mi casa de la playa en una noche de verano, se ve un cielo que me recuerda al de mi niñez, cuando jugaba en la plazoleta oscura de mi barrio, tenue y plateadamente iluminada por el resplandor de imnumerables estrellas que salpicaban un cielo negro e inmenso, reino infinito de una luna blanca y brillante que parecía mirarme sonriendo como si de una Giaconda espacial se tratara, vigilando estática y enigmaticamente mis movimientos.

Desde el pequeño jardín de mi casa, se puede oir el silencio de la noche, interrumpido de vez en cuando por el canto de los grillos o el lejano ladrido de un perro y como música de fondo y casi imperceptible el suave murmullo de las olas al romper, entregadas a la belleza de nuestra playa.

Y también se respira una leve brisa marina que se mezcla con el aroma de la dama de noche, cuyas flores se abren con fuerza a la caida de la tarde, para perfumar el ambiente. Sentir en los pies descalzos el cosquilleo de la mullida rigidez del fresco césped recien regado o secuestrar con los ojos la belleza de las humildes flores amarillas y rojas de la "rebolera" y los capullos dormidos, cerrados, de color salmón y rojo de los "pacíficos" que despiertan por la mañana abriéndose a un cielo limpio y azul y a un sol de justicia y al limonero junto al olivo que lo separa de un naranjito todavía enclenque, pero que seguro terminará arrancando y la enredadera que aún no cubre la reja que nos separa de mis vecinos de "Villa Tabla", llamada así en honor a las cuatro tablas y algunos ladrillos con lo que los dueños han equipado la parcela para pasar sus veranos. Allí viven practicamente bajo un sombrajo, pero son la gente más felíz del mundo, catetos cien por cien (y no lo digo peyorativamente, sino todo lo contrario) con esa autenticidad y simpleza que ya sólo va quedando en algunos pueblos y que nos hacen reir a cada momento con sus ocurrencias. Y en el lado opuesto, lindando con la casa de Antonio Casanueva (abuelo de Marta del Castillo) mi árbol de coral, que plantamos creyéndolo enredadera y que se ha convertido en ese árbol que después de 12 años se alza ya orgulloso al cielo, mostrando sus ramajes cubiertos de frondosos ramilletes de hojas pequeñitas y verdes entre los que se abren las hermosas campanillas de color coral, aportando sombra y color por igual a un lado y otro de la reja que separa una casa y otra, como si quisiera simbolizar con su presencia la unión y el cariño que une a las dos familias.

En una noche de verano en mi casa de la playa, pocas veces vemos la tele, porque cenamos todos juntos en el césped, al fresquito de la noche y charlamos, reimos con las "gracias" de mi nieto Emilio con su media lengua, porque está empezando a hablar y corre trás "Pampa" la perrita de Iván para cogerla del rabo y recordamos anécdotas, comentamos películas... y nos dan las dos y las tres de la madrugada jugando a las cartas de la familia con mi nieto Marco que es también nuestro lector de preguntas del "Party" o el "TRivial" porque con sus cinco añitos ya sabe leer y dice que es mayor para acostarse temprano. Y cuando me acuesto veo por la ventana un trocito de cielo iluminado por el resplandor de la luna, oigo los ruidos del que entra en la cocina o el cuarto de baño, la voz de Marco hablando con su padre y alguien mandándolo a callar y !por fin! la luz del pasillo que se apaga y de repente el silencio y la oscuridad impregnan el aire y el sueño que se apodera de mis ojos, no sin antes dar gracias por lo que tengo.

Por la mañana, muy temprano, Antonio es el primero que se levanta y me baja la persiana para que el sol no me despierte. Coge la lista de la compra: leche, frutas, pescado, refrescos... los periódicos y que no falte las estampas de fútbol para el albúm de Marco. Al rato, la risa de Emilio me hace saltar de la cama para llenarlo de besos y aquí empieza la vida en mi casa.

Poco a poco, mi familia va despertando y como un goteo incesante ( somos en total once, "Pampa", el canario, la ninfa y una tortugita a la que Marco ha bautizado con el nombre de Capel) van llegando por la cocina a darme un beso y los buenos días y !como no! reclamar los desayunos de molletes tostados en una parrilla y untados de mantequilla o foi-gras, y el café o el Cola Cao o el "migao" de galletas y leche que tanto le gusta a Salvi. El andador de la "bisi" (mi madre, la bisabuela) me avisa que ya está despierta y ahora soy yo la que sale a su encuentro para darle el beso de los buenos días.

La casa se llena de vida y de carreras, de juegos de mis chicos, del trajín doméstico cada uno por un lado para dejar la casa en orden, la comida, la lavadora, subir a la azotea desde dónde se ve un trocito de mar, para tender la ropa... mientras la "bisi" da su paseito por el jardín cerquita de Antonio que riega las flores y cuida las jaulas de los pájaros que no paran de cantar y... nunca antes de las 12´30 h. salimos camino de la playa.

Mi playa es amplia, extensa y no se le ve el fin. Tiene una arena fina y lisa por dónde mi Emilito corre embalado camino de la orilla persiguiendo su sombra y levantando los bracitos como si fuera un pajarito que empieza a querer volar. Sobre ella Marquito juega al fútbol con su padre o a las paletas con su tita Tania o corre trás su tito Salvi para bañarse o jugar con Emilio en la orillita a perseguir las olas. En ella nos tumbamos a secarnos después del baño o leemos los periódicos bajo la sombrilla. Tiene unas aguas cálidas y transparentes muy ricas en sal y yodo que doran la piel rapidamente cuando nos bañamos con los niños y jugamos con ellos saltando con las olas y una orilla por donde paseamos camino de "las tres piedras" que con la marea baja, no son tres, sino una colonia de rocas que dejan ver un paisaje lleno de belleza, allí mostramos a los niños los camarones, cangrejitos y otras especies que por ellas habitan.

Y a la vuelta los manguerazos para quitarnos la arena y los gritos de los niños jugando en la piscinita que mi marido dejó llena para que el agua se ponga calentita. La comida en familia, las sardinas, los churrascos, los choricitos al infierno, la paella que nos hace Salvi, las jarras llenas de hielo con el tinto de verano que Antonio prepara de maravilla y la sandia fresquita cortada a trocitos. La irrenunciable siesta bajo el run run de los ventiladores... y por la tarde, los atardeceres en la playa, bañándonos bajo los rayos de un sol que se aleja despacito camino del horizonte.

Y el regreso hacia la casa dónde nos espera la "bisi" sentada en el porche charlando con mi marido que dedica muchas tardes a pintar la fachada (que por cierto, le ha quedado muy bonita) y la Pampa que corre como loca en nuestra busca... y otra vez el trasiego de las duchas, de los niños, de la cena, para terminar y comenzar de nuevo nuestras charlas, nuestras risas y nuestros juegos bajo un cielo estrellado, una suave brisa marina y el olor algo embriagador de la dama de noche.

Y así un día y otro hasta completar los veinte que allí hemos estado. No hemos echado de menos las salidas nocturnas al pueblo, o las comidas en el chiringuito, todo nos ha sobrado porque hemos vivido días felices, intensos, lejos de las preocupaciones y el stres y nos han servido para acercarnos aún más, compartir juntos la tranquilidad y sencillez de una vida al aire libre, llena de sol, playa y noches incomparables. ¿Se puede pedir más?

lunes, 30 de agosto de 2010

Mi casa de "Las Tres Piedras"

Prólogo.-

A finales del 98 compramos mi casa de la playa, la de"Las Tres Piedras" muy cerquita de Chipiona. Es una zona practicamente rural, que a mi me recuerda sobremanera mi antiguo barrio de la niñez, aquel en el que me crié rodeada de vecinos con las puertas de sus casas siempre abiertas, en el que no había luces alumbrando la noche, ni agua en las casas y en invierno las calles eran un lodazal de fango y en verano el polvo y la tierra seca se tragaba, haciendo aún más asfixiante los veranos, dónde la gente intentaba paliar esa sequedad regando con cubos de agua, la zona que lindaba con la puerta de tu casa.

En "Las Tres Piedras" tambien regamos la calle por las tardes, también cogemos agua de una fuente porque en las casas el agua de pozo no es potable, también los vecinos tienen sus puertas abiertas y se escuchan los sonidos de los quehaceres domésticos en la casa de al lado y las voces y risas en las tertulias de las noches. Noches como las de mi niñez, de cielo inmenso plagados de estrellas y por similitudes hasta hay un canal parecido al Tamarguillo, que cruzamos a través (!oh, coincidencia!) de un endeble puente de madera para llegar a la playa y dónde se escucha el croar de las ranas en unas aguas estancadas, que se consumen devoradas por la sequía y los yerbajos que crecen en ella.

A veces no sé explicarme por qué la compramos, porque aunque la playa ciertamente es estupenda, el entorno como anteriormente describo echaba hacia atrás y la casa a pesar de tener una buena estructura por fuera y amplitud, estaba sin terminar por dentro, excepto los tabiques y el cuarto de baño, carecía de todo lo demás: techos rasos, solería, puertas, ventanas... todo. Creo que unido a lo que nos pareció un módico precio, se unió o influyó mi enfermedad que en aquel momento hacia estragos y creí que en esa zona tranquila, cerca del mar, podía estar mi curación. Logicamente me equivoqué.

En esta casa he vivido como todo el mundo, malos y buenos momentos y toda ella está impregnada de esas vivencias, esos recuerdos que hacen que la consideres tu casa, que la sientas parte de tí, porque sus paredes han sido testigos del paso de una vida con su altos y sus bajos y no hay habitación, objeto, árbol, planta o trocito de césped que no te toquen esa fibra sentimental que todos llevamos dentro, entendiendo por sentimientos, todos, tanto los que enternecen y llenan de amor, como los que te enfurecen hasta llegar incluso a maldecir haberla comprado.

Este verano ha sido para mí especial, el mejor de los doce que llevamos vividos allí porque nos ha reunido a todos más que nunca y hemos pasado momentos realmente hermosos. Por ello, a pesar de que en un futuro no sé si la podré seguir conservando (la crisis ataca fuerte), aunque la pierda, siempre seguirá siendo mi casa de la playa, la que atesora en sus muros y flota en su ambiente la vida de mis veranos y los de mi familia y como en todo en la vida termina, sería un ciclo, una etapa que se cierra dando paso a otra nueva, que seguro nos traera nuevas sorpresas, ilusiones, frustraciones... la vida que no para de dar vueltas.

A continuación, arriesgándome quizás a cansar un poco (pido perdón por ello) pero es lo que me sale, no puedo abstraerme a contar la vida en la casa de un día cualquiera de los veinte que allí hemos estado, todos practicamente iguales, pero cada uno con su "puntito" que a la vez lo hacían ser un día diferente.

Continuará.

Saludos

!Hola! y saludos a mis seguidores y a todos lo que entran a leer estos "retales de vida" que poquito a poco voy plasmando con mayor o menor acierto en este blog.

Debo disculparme, porque ni siquiera escribí unas líneas de despedida a la entrada del verano, pero no tenía ánimos para meterme por diversas circunstancias que no vienen al caso. Pero pasadas las vacaciones y superados malos momentos, vuelvo con las pilas bien cargadas para volver a teclear en el ordenador y contar sentimientos, vivencias, historias... la vida tal y como la voy viendo y viviendo.

Gracias a todos por leerme, a los conocidos y a los que no conozco, pero que considero ya amigos. Para mí es un gran incentivo ver que trás la publicación de un post, el contador de visitas aumenta, porque aparte del placer que para mí representa sentarme a escribir, éste aumenta considerablemente cuando sé que mi escrito puede llegar a otras personas que serán partícipes durante unos momentos, de lo que cuento y siento.

Gracias especialmente a mis tres hijos, nueras y yerno que siempre me animan y apoyan y esperan con ilusión un nuevo post. Besos.

sábado, 19 de junio de 2010

Banda sonora de una Transición
















































Estos temas son un pequeña muestra de un gran número de cantautores y temas que nos hicieron vibrar con sus reivindicaciones, protestas, denuncias y ansias de libertad. Gente comprometida con la situación que vivíamos en aquellos momentos y que fueron en gran medida artífices del cambio que se estaba produciendo en nuestro país.

Fueron el lazo de unión entre la gente del pueblo que se veía plenamente identificada con sus canciones, con ellas sentimos, vibramos y nos emocionamos hasta las lágrimas. Por ello tengo que dar las gracias a esos hombre y mujeres que con su música y su poesía nos llevaron en volandas hacia la libertad.

La Transición (Epílogo)

El día 15 de Junio, fui a votar a mi colegio electoral con mi hija en brazos, porque para mí, mi niña era como el símbolo,la figura, el cuerpecito y la cara de esa democracia que se había gestado y había nacido al mismo tiempo que ella. Las dos llegaban, superando un gran número de problemas, sufrimiento y riesgo, pero demostrando que venían con mucha fuerza, con muchas ganas de vivir y de luchar.

El día amaneció esplendido, con el cielo azul, inmenso, irrepetible en ningún otro lugar del mundo por su belleza y su luz tan especial, acompañado del calor sofocante de un verano que llegaba empujando con fuerza. Salimos del hospital el día anterior porque mi convalecencia después del parto se complicó y tuve que pasar allí más días de lo esperado, pero al fin ese día tan deseado amanecimos las dos en casa.

Mi niña era preciosa y estaba sana y fuerte. El nombre elegido casi a última hora, encajaba perfectamente con los momentos que vivíamos: era nuevo, diferente, rompía con las normas tradicionales, tenía un poquito de reminiscencia "roja" porque era de origen ruso y encima sonaba muy bien. Mi marido a la hora de inscribirla en el Registro, ante la negativa a admitirlo, por considerarlo pagano (todavía viviamos sumergidos en las costumbres, normas y leyes franquistas) solicitó un permiso especial al Juez de Guardia para que lo aceptara, y !oh! sorpresa, éste lo autorizó en un documento que grapó a la solicitud, dando su permiso, eso sí, no sin antes hacerle prometer que la niña sería bautizada. Bueno, ya se empezaba a notar el cambio, aunque fuese tan sólo en esos pequeños detalles. Mi hija se llamaba Tania, a secas, sin el María que antes obligaban a poner.

La vestí de corto, contrariamente a la tradición del batón largo con lazo y puntillitas de encajes, le puse una ranita y un vestidito azul estampado de tirantas, que dejaban sus bracitos al aire. Mi niña tenía que ser diferente, porque la vida empezaba a ser diferente. Me la llevé a la calle para que respirara ese aire nuevo que flotaba en el ambiente y junto con mi madre, su abuela, después de votar, fuimos a que la conocieran sus bisabuelos, el "abuelo del bastón y el sombrero" como ella más tarde lo conocería por fotos, mi abuelo, aquél que luchó en la guerra, que estuvo condenado a muerte y después exilado, el que padeció con furia la represión franquista, y a su mujer, Dolores, que lo acompañó silenciosa y sacrificadamente en su vida. Ahora, ese día, vivían doble ilusión: volver a vivir en democracia cuando ya no lo esperaban y conocer a la que hacía el número seis de sus biznietos.

Y después con un calor agobiante y los pechos reventándome de leche, fuimos a buscar a su papá, que voluntariamente estaba de interventor por el PCE, en un colegio electoral. Allí en una esquina, sentada en una silla desde dónde divisaba todo: las mesas, las urnas, la gente votando, las cabinas con las papeletas electorales, las largas colas, el ambiente festivo... y a mi marido "vigilando" que todo se desarrollara con normalidad, amamanté a mi hija, que se agarraba a mi pecho con avidez, como si quisiera no sólo alimentarse, sino también llenarse de esos momentos únicos que las dos estábamos viviendo.

Despúes de tantas vivencias, emociones, ilusiones... cuando hoy, en la actualidad me topo con tanta corrupción, tantos intereses creados, tanta falta de valores, me pregunto ¿dónde están aquellos ideales?, ¿qué ha sido del sacrificio, la entrega, la lucha, de tanta gente?, ¿mereció la pena? Sí, por supuesto que mereció la pena, porque a pesar de todo vivimos en una sociedad libre, dónde nadie nos impone cómo tenemos que vivir, qúe tenemos que pensar, en quién tenemos que creer o con quién nos tenemos que relacionar y porque dentro de los fallos que los hay y los habrá, vivimos en un sistema democrático y en libertad.

A los que tuvimos el privilegio de vivir aquellos momentos trascendentales, tan llenos de tensión, lucha, riesgo, ilusión... nunca se nos podrá olvidar, siempre los llevaremos en nuestro corazón.

viernes, 18 de junio de 2010

La Transición V (... y un parto feliz)

Pasados los primeros meses en los que todo fue un camino de rosas y coincidiendo con la entrada del nuevo año, mi embarazo dio un giro importante. Muy al contrario con lo que generalmente suele ocurrir, me sentí peor, aunque no había problemas y el feto se iba desarrollando con total normalidad, empezaron a aparecer molestias , engordé más de la cuenta, comía con verdadera ansia, cogí una anemia severa que me producía un cansancio permanente y un sueño contínuo, me dormía en cualquier sitio, la ciática empezó a darme la lata y las piernas comenzaron a hincharse de forma alarmante a pesar de que estaba solamente de cinco meses.

Al mismo tiempo, el ambiente político se enrarecía azotado con virulencia por la estrema derecha de un lado y el terrorismo de otro. A ninguno de los dos extremos le interesaba el giro que tomaba el Gobierno de Suárez, allanando y preparando el camino a la democracia. Los intentos por desetabilizar el proceso se acentuaron y entramos en una espiral de atentados, terrorismo y secuestros casi continuados que nos hicieron temer lo peor, porque la sombra del golpe militar nos acechaba. Puede decirse que los meses comprendidos entre Enero y Junio de 1.977 fueron los más difíciles y conflictivos de la Transición, pero felizmente y gracias a la lucha de la gran mayoría de la sociedad, partidos y especialmente el gobierno y la monarquía, pudimos superar, sorteando con verdadera maestría, cada uno de los obstáculos que continuamente se cruzaban en el camino emprendido.

El mes de Enero fue especialmente trágico y sangriento: el 24 sobreviene la matanza de Atocha, en la que elementos de Fuerza Nueva, grupo fascista, seguidores de Franco, acaban con la vida de cinco abogados laboralistas del Partido Comunista, en su propio despacho. El GRAPO, grupo maoísta, secuestran al Teniente General Villaescusa y al Presidente del Consejo de Estado, Antonio Oriol y ETA asesina a tres policias.

Las revueltas en las calles, las protestas por los acontecimientos, los enfrentamientos entre fascistas y demócratas no cesan. Las provocaciones de la extrema derecha en la calles, son consentidas por una policia dirigida todavía por mandos fascistas y los militares conspiran para un golpe que pudo ser abortado a tiempo, gracias a la intervención del Vicepresidente del Gobierno, General Gutierrez Mellado. Santiago Carrillo deja el exilio y entra clandestinamente en España, dejándose ver en la capilla ardiente de los abogados asesinados y se queda aquí, dónde empieza sus contactos con jefes de otros partidos, sindicatos e incluso se reune en secreto con Suárez. En medio del caos, se promulga el decreto de aministía para los presos políticos y el 9 de Abril, coincidiendo con la Semana Santa y aprovechando este momento vacacional, el Gobierno legaliza el Partido Comunista de España en el llamado desde entonces Sábado Santo Rojo. El 28 se legalizan los sindicatos y finalmente el 13 de Mayo, llega de la URSS, Dolores Ibarruri, La Pasionaria.







Esta legalización junto con la desaparición del símbolo falangista del "yugo y las flechas" en la Secretaría General del Movimiento, fue otro gran varapalo para los franquistas, que nuevamente, tambaleó fuertemente el proceso de la Transición.


A pesar de todo, la gestación hacia la democracia siguió su curso. Cuando todos creíamos que se malograba estrangulada por esa cadena de acontecimientos que se repetían uno tras otro, contra viento y marea y pasito a paso se superaban problemas y nos acercábamos al final. Las primeras elecciones libre, las que nos traería una democracia acorde con los nuevos tiempos y con la vieja Europa se celebrarían el 15 de Junio de ese histórico y ya mítico año 1.977.

Viviendo con intensidad esos duros y difíciles momentos, avanzaba en mi embarazo y avanzaba en mi formación política. Cumplí lo siete meses con una barriga enorme y las piernas hinchadas como botas, cojeaba ostensiblemente por el peso que mi cuerpo sostenía de cerca de 20 kgs. más sobre el que tenía y por una ciática que me machacaba, los ardores me obligaban a comer continuamente regaliz para aliviarlos y mi niño/a (en aquella época, todavía no se podía saber el sexo) se movía sin parar ocasionándome fuertes molestias al presionarme las costillas. Empezamos a comprar ropita, chupetes, biberones...y a elegir nombres: Iván, fijo si fuera niño; Patricia, Almudena, Amanda, Claudia... si fuera niña.

Con todo a cuesta, embarazo, más doble peso, más piernas hinchadas... empecé a incrementar las salidas a reuniones informativas, mítines, manifestaciones y conciertos. No me importaba, olvidaba el malestar o mejor dicho, lo aparcaba. Creo que llegué a hacer un pacto con mi niño/a o creo que a mi niño/a, también le iba la marcha o mejor, le llegaban las buenas vibraciones que su mamá vivía en esos momentos, y esos golpes y movimientos bruscos que me "regalaba" casi a todas horas, se suavizaban con las charlas sosegadas, ilusionantes al lado de los amigos o al son de la música y las canciones reivindicativas de una gran lista de cantautores que supieron transmitirnos con sus letras, sentimientos, esperanza, ilusión en la lucha por una vida mejor. Gocé y viví intensamente aquellos momentos irrepetibles, me los bebí con avidez exprimiéndolos hasta la última gota. Me sentía protagonista de lo que acontecía: emocionándome con un mechero encendido en la mano, escuchando en el "Lope de Vega" a Carlos Cano cantando "La morralla" o "El Salustiano" o "Verde y blanca". Con el puño en alto y la barriga hasta la boca coreando "El pueblo unido, jamás será vencido" al son de Kilapayún en la Plaza de España o aguantando las tres horas de pie, sujetada a la cintura de mi marido y las piernas a punto de estallar, escuchando en un patio de Instituto, al uruguayo Quintín Cabrera, cuando cantaba sobre su pais, machacado por la dictadura, aquello de " Que vida tan diferente, la mía y la suya, Sr.Presidente".

Las calles se empapelaron de carteles con imágenes por doquier, de Felipe, de Suáres, de Carrillo.., el puño y la rosa, la hoz y el martillo, el yugo y las flechas... los mítines, las fiestas de los partidos, la banda sonora de "Libertad sin ira, libertad", los descamisados, las barbas de los progres, los fachas repeinados, la lluvia de las octavillas lanzadas al aire, los consejos en la tele, la alegría, la solidaridad, el respeto... Todos participamos en esa explosión arrolladora de vida, de expectación, de lucha y nadie nos podía ya arrrebatar esa democracia que estaba a punto de nacer.

Y en ese ambiente festivo de calles empapeladas y mítines políticos, un domingo casi despuntando el día un dolor sordo me despertó. Los dolores de parto acababan de empezar. Iván o Patricia, Almudena, Amanda... !no! por fin decidimos su nombre, si era niña, se llamaría Tania, llamaba a la puerta.

Después de muchas horas de sufrimiento, de un parto difícil, el lunes 6 de Junio, llegó al mundo mi hija, Tania, nueve días antes de la fecha en que se celebrarían las primeras elecciones deemocráticas en nuestro país. Nacía con la democracia y empezaba a vivir de la mano de ella y a la par que ella. Se cumplía mi sueño, mi hija tendría la dicha de crecer en un país libre.