sábado, 17 de septiembre de 2011

"El Lolo" final.

La necesidad, el rechazo, el hambre... la decidieron, pero por encima de todo, su hijo. No quería que el niño creciera siendo "el tonto del pueblo", porque una cosa era que realmente fuera tonto y otra que lo señalaran y se rieran de él. Nunca supo lo que en realidad tenía su hijo, nunca lo trató ningún médico, ni fue (porque en realidad no existían) a ningún centro o colegio especializado, ella lo crió y lo sacó palante como su instinto y amor de madre le indicaba. Hoy en día no se usa la palabra "tonto" salvo para insultar a alguien como sinónimo de persona muy corta o escasa de entendimiento, hoy, a estas personas se les denomina "deficientes mentales" aunque este término abarca un gran abanico de enfermedades de la mente que en muchas ocasiones apenas tienen que ver las unas con las otras, en aquellos tiempos simplemente se era tonto y el Lolo lo era.

Llegó a Sevilla en plena guerra civil, cuando ya su pelo había crecido y el niño rondaba el año de vida. Una prima lejana le abrió las puertas de su casa temporalmente hasta que encontrara trabajo, mientras, la ocupó en su propia casa como sirvienta a cambio de cobijo y comida.

Tuvo suerte, quizás la primera y última en su vida, pero consiguió entrar a servir en casa de una familia adinerada, franquista y católica que se apiadaron de ella y de su hijo, consintiendo que lo tuviera con ella y allí permaneció hasta su muerte. Pudo a fuerza de trabajar agotadoramente, sin descanso, reunir unas pesetillas y alquilar la habitación que arriba he mencionado y así llegó a nuestro barrio, cuando el niño ya era mayorcito.

Cuando junto a mis padres y hermano, llegué al barrio, ya había pasado lo peor, los oscuros años de la postguerra, el hambre por la falta de alimentos en los años cuarenta, el miedo a las represalias... y el Lolo era por entonces un tiarrón de más de 1,80 mts. con unos 24 o 25 años que campaba a sus anchas por la calle, mientras su madre trabajaba.

Su cara, su forma de andar y gesticular, su mirada, su habla, todo, delataban inmediatamente su gran deficiencia. Tenía una cara ancha, de piel morena en la que sus ojillos pequeños e inquietos bailaban algo desviados, en medio de un rostro algo asimétrico de facciones grandes, bastas, pero del que se desprendía tanta inocencia y bondad, que era difícil no sentirse atrapado por la ternura hacia él.

Creía ser detective privado, el vigilante de la calle, del barrio en general, pero su ingenuidad lo llevaba a vestirse llamativamente, todo lo contrario a lo que un detective que se precie, debe hacer. He aquí su ropa de servicio, como él decía: gabardina trás cuya solapa se enganchaba la identificación de todo polícia que se precie, en el caso de él consistía en una chapa roja con el logotipo de Coca-Cola y en el ojal, un bolígrafo con el que anotaba en una libretita mediante cuatro garabatos, las matrículas de los coches a los que multaba; del cuello le colgaba un silbato, para usar -según él- en los "tasos demegensia" (casos de emergencia), de los pantalones y enganchadas en el cinturón, las esposas de juguete que le echaron los Reyes Magos y cómo pincelada final a la falta de discreción, un casco blanco con las iniciales PM (policía militar) sobre su generosa cabeza, del que nunca pudimos saber como se lo agenció.

Su madre no le ponía cortapisas a sus andanzas, porque decía: "mi Lolo es feliz, no hace daño a nadie, si alguien se ríe de él, lo comprendo aunque no me gusta, pero si le quito su ilusión ¿en qué va a pasar mi niño su tiempo? así que se ría el que quiera, pero que me lo dejen tranquilo.

No era difícil verlo escondido trás una esquina acechando o persiguiendo a un posible "caco", o anotando en su libreta las matrículas de todos los coches aparcados, o abordando al primer transeunte que se le pusiera de frente para pedirle la documentación, no sin antes enseñar él la suya, levantando la solapa de su gabardina, o cuando le daba por pitar el silbato, parando a cualquier coche, carro o bicho viviente que por allí pasara.

A la vuelta siempre paraba en la panadería de mi padre, para contarle como había ido su día de servicio: "Zarbadó -decía- hoy he tetenío a un ladón te tería obá en una tasa y lo llevao a la tomisaría y aemá he puesto tinco murta (Salvador, hoy he detenido a un ladron que quería robar en una casa y lo he llevado a la comisaría y además he puesto cinco multas). Era incapaz de pronunciar la k o la q. Mi padre le daba carrete, le preguntaba, lo felicitaba por lo valiente que había sido y por lo contento que estaba todo el mundo con él y él se pavoneaba sonriendo con cara de pillín asintiendo con la cabeza.

Fueron bastantes años los que día a día repetía su actuación: el mismo vestuario, los mismos gestos, y su cara de felicidad creyéndose ser el mejor detective privado del mundo.

Pero todo tiene su fin y a él le llegó el día en que unos desalmados, gamberros sin corazón, ni sensibilidad, quisieron pasar un rato de "grasia" a su costa y lo abordaron cuando ya caía el sol en una calle solitaria, escondido trás una esquina vigilando cualquiera sabe a quién. Le quitaron el casco dónde se mearon, para volver a ponérselo en su cabeza y empapar su cara y parte del cuerpo de orines. Él asustado, temblando, incapaz de comprender nada, se arrrebujó en el suelo de la esquina llamando a su madre, le arrancaron las esposas del cinturón y le bajaron los pantalones y uno de ellos llegó a propinarle un golpe en la cabeza con el mismo casco que le abrió una brecha en la frente. La sangre se mezcló con los orines y las lágrimas de terror mientras las risas y los insultos crecían. Quiso la fortuna que ante el escándalo algunas personas se asomaran por la calle y el grupo al verse descubierto se diera a la fuga. Lo recogieron del suelo sucio, lleno de orines, lloroso y temblando como un perrillo asustado.

Lo llevaron a su casa con su madre, que nunca llegó a recuperarse del susto cuando lo vió. Los vecinos no dejaron de pasar por su casa en toda la noche para prestar cualquier ayuda que pudieran necesitar y a mi padre, aquella noche lo ví llorar.

Ya no volvió a ser el mismo, perdió su alegría, su ilusión, su razón de vivir. No quería salir sólo, estaba siempre asustado y pasaba los días sentadito en un sillón en la puerta de su casa, esperando que su madre llegara de trabajar.

Muy poco después enfermó, no sabría decir de qué. Recuerdo verlo recostado en una hamaca con la piel amarillenta y las piernas hinchadas. Su cara había perdido esa luz que trasmitía y la fealdad de sus rasgos se hacían ahora mucho más evidentes.

Murió una tarde de verano. El llanto de su madre se escucho por toda la calle y una gran cantidad de gente de todo el barrio pasó por su casa para velarlo toda la noche y darle el último adios.

Su madre le sobrevivió muy poco tiempo.

viernes, 16 de septiembre de 2011

"El Lolo" 1ª parte

Muy cerquita de mi casa, allá por los años sesenta, vivía "el Lolo".

"El Lolo" solamente tenía a su madre. Habitaban una habitación alquilada dos casas más abajo de la mía y cuya propietaria ocupaba el resto de la vivienda. Esta sala como por aquellos tiempos se denominaba, hacía la veces de comedor, dormitorio y cocina. Dos camas de "tubo" con colchones de borra en un extremo seguidas de un ropero pequeño, componía el dormitorio, sin olvidar el pie con la palangana blanca y la jarra de porcelana para el aseo cotidiano. La cocina para guisar era de petróleo y los pocos cacharros, platos y vasos se apilaban en una repisa colocada en la pared, por encima de una vieja mesa de madera; sobre ella, un baño servía de fregadero junto a un cántaro lleno de agua y abajo un cubo de aquellos de la época, de cinc, hacía las veces de desagüe. La mesa de camilla, las cuatro sillas, la radio Marconi, el retrato en la pared del padre muerto y poco más, completaban todo el ajuar. El baño, era lujo de ricos, y por aquella época y aquellos lares, teníamos que conformarnos con un retrete en el patio compartido por toda la vecindad, el baño tambien de cinc para el lavado semanal en la habitación y la escupidera de loza blanca para las emergencias de la noche.

Su madre, Dolores, era una mujer alta y "seca". Su cara a pesar de que no era muy mayor, estaba dibujada por un gran número de arrugas que parecían marcar una vida difícil y dura. Un tic nervioso le hacía cerrar y abrir los ojos compulsivamente y un rictus amargo acentuaba la dureza de su rostro en el que pocas veces aparecía la sonrisa.

Apenas les quedaban algunos parientes allá en el pueblo que los vio nacer, con los que casi no tenían contacto y sus vidas giraban alrededor del trabajo de ella en la casa dónde servía desde que llegó del pueblo cuando él era todavía un bebé y los vecinos de la calle que siempre estuvieron con ellos para ayudarlos.

Las historias de cada familia, en aquellos tiempos casi de postguerra, era conocida por los vecinos más cercanos, porque todos eran portadores de vivencias más o menos duras a causa de la guerra, el hambre, las enfermedades... y cierto es que el sufrimiento une, se comprende mejor cuando se ha vivido. Aún así, la de ellos, despertaba en todos una ternura, una piedad, especial por todas las calamidades que pasaron.

Dolores se enamoró en su pueblo de Manuel y se casaron. Manuel trabajaba el campo, era jornalero y como casi todo jornalero de la época se hizo comunista a fuerza de ser explotado de sol a sol por el terrateniente dueño de las tierras. Apenas el jornal les daba para vivir y su descontento crecía, estimulado por las proclamas y dictados en pro de los derechos sociales que en aquel momento se extendían por todos los campos, fábricas, pueblos y ciudades de España.

Con la llegada del golpe militar de Franco, tuvo la mala suerte de que su pueblo quedó en manos de los sublevados y rapidamente fue detenido por su activismo y sus ideas comunistas. Fue fusilado poco después del 18 de Julio de 1.936. Su mujer estaba embarazada del primer hijo y seis meses después, nació un niño al que pusieron su mismo nombre en recuerdo de él.

La fatalidad, la desgracia, que casi siempre se ceba con más intensidad en los más débiles, quiso que ese niño no naciera bien. Ella siempre decía que la causa, el motivo había sido el sufrimiento por la pérdida de su marido, el miedo, la verguenza cuando la pasearon rapada al cero por la calle principal por viuda de comunista, el hambre, la insolaridad..., decía que su niño al igual que ella también se había asustado dentro de su vientre y que por ello su cabecita quedó como congelada por el miedo. Sabe Dios que pudo ser, pero para ella estaba totalmente claro.

Nada más nacer, su abuela, que fue quien asistió a su hija en el parto, porque la matrona se negó a ir a su casa, al verle la carita sentenció: "este niño no ha nacío normal" le dijo a su hija y a ella se le vino el mundo encima. Tuvo que salir del pueblo porque la gente se reía cuando pasaba con el niño bajo la toquilla, murmuraba " es una maldición del Cielo, un castigo que la mandao Dios por su marido", no le daban trabajo en ningún sitio y sus padres, avergonzados también, vieron el cielo abierto, cuando forzada por el hambre y el sufrimiento, decidió emigrar a la capital.




domingo, 4 de septiembre de 2011

"El Mundo se paró". Final

Todos los días iba a ver a mi niña. Me llevaban en una silla de ruedas porque aún me era imposible mantenerme en pie. Allí, sentada en esa silla viendo como mi hija vivía, era la mujer más felíz del mundo.

Nunca, en ningún momento pasó por mi cabeza la sombra del miedo, creí que lo malo ya había pasadp, que si tuvo fuerzas para sobrevivir aquella noche horrible, esa "cosita" tan pequeña, tan preciosa, sólo necesitaba tiempo para adaptarse a este mundo, tiempo para que sus órganos crecieran y se hicieran fuertes para luchar con los peligros que acechan, tiempo para saborear una vida que empieza y que merece la pena vivirla y ella lo iba a conseguir·.

Las lágrimas ya corrían con fruición por su cara y yo no podía apartar mis ojos de ella y lo único que en ese momento anhelaba era consolarla con un abrazo y decirle que debía sentirse orgullosa de la decisión tomada porque siguió los mandatos de su corazón, pero las palabras no salían de mi garganta porque un nudo muy fuerte lo impedía.

"Hasta que llegó el día más triste de mi vida, el día en que mi mundo tan maaravilloso se paró, porque el dolor paaralizó mi vida, el día en que me sentí perdida, impotente, en el que no quise seguir viviendo porque ni quería, ni podía separarme de ella, el día en que pedí a Dios con todas mis fuerzas que cambiara su vida por la mía, que la dejara vivir a ella.

Como todas las mañanas me levanté con el ansia de siempre por bajar a verla, estaba felíz ya que el médico me había comunicado que el alta estaba al caer, quizás en uno o dos días, no así la niña que aún le quedaba un poquito. Ya me veía en mi casa durmiendo al lado de mi marido, con mis dos niños a nuestro lado, imaginaba como sería la carita de mi hija cuando ya sus rasgos fueran acentuándose y cómo mi niño la querría y cuidaría. No podía haber nadie más felíz que yo, todo el calvario vivido había merecido la pena con creces y !por fin" formábamos una familia tal y como yo había soñado. La vida nos sonreía.

Ese día bajé como todos los anteriores, pero cuando llegué a la sala de incubadoras me encontré con la puerta cerrada al paso de familiares. Había surgido un problema que por lógica imaginamos debía tratarse de un empeoramiento en alguno de los niños allí ingresados. Los nervios de todos los allí reunidos era patente, no sabíamos que estaba pasando trás la puerta cerrada y sobre todo a ¿que chiquitín le tocaba sufrir por sobrevivir?. Era mi hija, sufrió un infarto cerebral, uno de los riesgos más frecuentes a los que se enfretan los niños prematuros, especialmente los que apenas sobrepasan los seis meses de gestación. Supe, presentí rapidamente que me había tocado la desgracia. Cuando el médico salió no le dio tiempo a dirigirse a mí, fui yo la que me abalancé angustiada sobre él, todavía con la pequeñesíma esperanza de que mi presentimiento sólo fuera eso, un mal presentimiento. Pero no fue así, mi hija tenía vida pero se le escapaba como el agua entre las manos sin que se pudiera hacer nada por ella, los órganos principales de su pequenísimo cuerpo fallaban sin remisión.

Esta noticia fue un mazazo terrible para mi sistema nervioso, pero saqué fuerzas, no sé de dónde, para pedirle, suplicarle, exigirle incluso al médico que me dejara cogerla aunque fuera ya una sola vez en mis brazos. La cogí temblando entre mis manos (!era tan pequeña, que en los brazos se escapaba!) mientras mi cara se llenaba de lágrimas impidiéndome ver con claridad ese mínimo cuerpecito, que a pesar de todo aún seguía luchando por vivir. Una enfermera enjugó mis lágrimas y me ayudó a que la colocara pegadita a mi pecho, todavía conectada a los cables que partían mediante ventosas de casi todas la zonas de su cuerpo y que la mantenían con vida.

Me olvidé de todo, del mundo, de mi marido, hasta de mi otro hijo. Todo giraba a su alrededor, era mi sol y yo su planeta sin el que era imposible vivir. Murió muy poquito después, acurrucada en mis senos sintiendo mi calor".

Terminó derrumbándose y yo terminé abrazándola sin que fuera capaz de expresar todo el sentimiento y consuelo que le quería trasmitir. Poco a poco se fue calmando agarrada a mis manos. Se limpió las lágrimas y me miró yo casi diría que como avergonzada por lo que yo pudiera pensar de la situación que ambas estábamos viviendo. REcuerdo que lo primero que le dije fue que para mí hasta ese día era una profesional estupenda, pero ahora a eso le sumaba una gran admiración como persona y que me había parecido muy hermoso que me hubiera hecho partícipe de esta "historia" tan cargada de sentimientos, con el fin de ayudarme ante la situación tan difícil por la que mi hija pasaba en esos momentos.

Me contestó ya más calmada de que a pesar de que casi habían pasado dos años, todavía no superaba la angustia y el stres por el que su cuerpo pasaba cuando rememoraba esos días, y que aunque aparentemente llevaba una vida plena en cuanto a trabajo, familia, etc. ella, nunca sería la misma y el recuerdo de su hija siempre estaba presente.

Sólo tuve que hacerle una pregunta, porque había algo que yo no comprendía ¿de verdad hubieras preferido morir tú, no pensaste que privabas de esta manera a tu hijo de tan corta edad de su madre, siendo como sabes, que eres su mayor referente y lo que te necesita? ¿ y la niña, como habría crecido sin el calor de una madre? ¿ y tu marido, tus padres...? Me contestó muy rapidamente, parecía estar esperando la pregunta, porque seguro que yo no habia sido la primera en hacérsela. " Te juro por lo que más quiero que lo dije y lo sigo diciendo. Yo he vivido ya 35 años de una vida a la que puedo catalogar de bastante buena. He sido felíz, crecí rodeada de cariño por unos padre y hermanos maravillosos. Pude estudiar la carrera que me gustaba y en consecuencia tengo un trabajo que me apasiona y no me va nada mal, sino todo lo contrario, muchas veces he cedido casos a otros compañeros, por falta material de tiempo. Me casé con el hombre del que me enamoré en la Universidad y hasta el momento, llevamos ya diez años juntos y dentro de los altibajos normales de toda pareja, nos queremos y respetamos mutuamente. él también triunfa en su trabajo. Tengo una casa bonita en un sitio privilegiado y lo más importante he sido madre de un niño que es maravilloso y el espejo dónde me miro todos los días. Sí, es duro perder todo esto, pero yo habría vivido una vida corta pero feliz y fructifera, pero mi niña no ha conocido nada , no ha tenido oportunidad de corres, reir, llorar, querer, sentir... y aún sin haber experimentado todo luchó durante un mes por conseguirlo, incluso minutos antes de morir se agarraba con fuerza a mi dedo con su manita. No, mi hija no quería morir y yo veía y veo más justo que hubiera sido ella la se quedara aquí. Con respecto a mi hijo, mi hija, mi marido, mis padres... claro, claro que hubiera sido un golpe tremendo, pero la vida se encarga de ir suavizando el dolor y estoy completamente segura de que mis hijos crecerían totalmente llenos de amor, protección, atenciones de todos y aunque sí echarían de vez en cuando la falta de una madre, serían felices, y se apoyarían el uno en el otro y mi hija viviría su vida.

Ahora fui yo la que no pude evitar que las lágrimas salieran de mis ojos y que aún pudiendo no estar de acuerdo con su planteamiento, esa mujer estaba dando con su testimonio una gran lección de vida, de generosidad, de amor.

La voz chillona de un niño trás la puerta cerrada del despacho, nos sobresaltó. Era su hijo que llegaba del cole. Se levantó rápida, se limpió los ojos mirándose en uno de los cristales de una vitrina y sonrió, no quería que el niño la viera en ese estado. Yo me levanté también, cogí el bolso y me quedé de pie mirándola. El mundo volvió a ponerse en marcha para las dos, nos dimos un abrazo, me susurró las gracias por comprenderla y ya con la firmeza de siempre, volvió a darme el consejo para mi hija que al principio de su relato expresó: "si ese pequeño embrión no está preparado, se irá, no haced una tragedia de ello. La naturaleza es sabia y desecha lo que no va a poder sobrevivir, no hay que chantajearla para evitarlo porque al final termina ocurriendo lo que no queríamo que ocurriera y nos negábamos a ver".

DEspués de ésto he seguido teniendo contacto con ella hasta hace pocos meses en que por fin se resolvio favorablemente mi litigio sobre el accidente. Nunca más volvimos a hablar del tema, pero sí es cierto que al menos yo y creo que ella también, le tengo un cariño especial y una grandísima admiración. Siempre la recordaré como lo que es: una gran mujer.

Nota: El médico alegó que no pudo asistirla porque fue invitado a un Congreso Médico en Alemania y no podía dejarlo pasar puesto que se trataba de las nuevas técnicas desarrolladas sobre el padecimiento que ella presentaba. Bajo mi punto de vista, totalmente inmoral, no se puede abandonar a una paciente de altísimo riesgo ni por todos los Congresos del mundo y menos sin avisar. Ella no quiso entrar en terrenos jurídicos, era demasiado doloroso y optó por intentar olvidar que había sido engañada.

sábado, 20 de noviembre de 2010

El mundo se paró III

Estaba totalmente desubicada, desorientada, no recordab a nada. Mis ojos no reconocían el sitio dónde me encontraba y mi cerebro pese a mis esfuerzos era incapaz de darme alguna señal coherente. Me encontraba en un hospital, era obvio, el suero bajaba gota a gota buscando mi vena, el monótono sonido pi - pi - pi de un aparato en la cabecera de mi cama marcaba mis pulsaciones y tensión arterial y el olor, ese olor inconfundible de los hospitales, así me lo indicaban, luego, estaba hospitalizada.

De pronto, como una tormenta de verano que se presenta de improviso, estallaron en mi cerebro los últimos momentos vividos antes de caer en la inconsciencia y salté literalmente en la cama, levantando la manta que me cubría, angustiada, temerosa de revivir ese momento insoportable de dolor y de la sangre resbalando con fuerza por mis piernas. Grité aterrorizada cuando ví que mi barriga ya no abultaba y comprendí que mi niña, evidentemente, ya no estaba conmigo.

Una enfermera se acercó presurosa y me sujetó con fuerza para que no me tirara de la cama a la vez que intentaba tranquilizarme con palabras que me era imposible comprender. Llamaron a mi marido y me administraron un tranquilizante para que amortiguara la ansiedad que me devoraba.

Supe que aquella noche pudo haber sido la última de mi vida si no llega a ser porque milagrosamente mi marido contrariamente a lo previsto, suspendió su reunión de trabajo debido a la enfermedad repentina de uno de los asistentes y llegó a casa con una hora de antelación, eso me salvó la vida. Supe que cuando llegó me encontró desmayada en el sofá, llena de sangre, con los brazos rodeando mi vientre, temió lo peor porque mi respiración era casi imperceptible y supo intuir que un minuto podía ser decisivo y como pudo con la misma manta empapada de sangre me bajó al garaje y me subió al coche. Supe que aún no se explica como mantuvo la sangre fría para, a pesar de que el cuerpo le temblaba de la cabeza a los pies y el corazón amenazaba con salírsele del pecho, pudo poner el coche en marcha y llamar al móvil del urgencias del médico que me trataba para que le indicara que hacer y adónde dirigirse.

Fue imposible contactar con él, la tranquila y monótona voz de la operadora, repetía continuamente "el móvil al que Vd. llama, está apagado o fuera de cobertura". No se lo podía creer ¿no se suponía que era un móvil médico de urgencias? ¿no se suponía, según nos dijo, que él estaría a cualquier hora disponible, para una eventual emergencia? Eran las doce de la noche y el terror y la desesperación se apoderaron de él. Pero según me contó, el instinto de supervivencia, de protección a tus seres queridos puede ser más fuerte que el pánico, y la cabeza trabaja con una efectividad podríamos decir que del 100 por 100 y la luz se encendió, recordó que una amiga común trabajaba de enfermera en el Hospital del Valme y marcó su número, pidiendo a Dios que lo cogiera y !Dios! no sólo lo cogió sino que en esos momentos estaba de guardia. Llorando y entrecortadamente le contó lo que estaba pasando "no te pares ni un segundo, sáltate los semáforos y vente para acá, te estaremos esperando en la puerta de urgencias" Así me salvaron la vida, una camilla con dos médicos esperaban nuestra llegada. Una vez en manos de ellos con un soplo aún de vida, mi marido cayó al suelo derrumbado: nuestro hijo se encontraba sólo durmiendo en casa ajeno a todo y nuestra hija y yo nos debatíamos entre la vida y la muerte.

Supe que los médicos además de magníficos médicos, fueron ángeles de la guarda, porque salvaron la vida de las dos. Mi niña a la que mi marido, contrariamente a lo acordado, le puso el nombre de nuestra amiga, tenía ya una semana de vida y a pesar de lo pequeñita que era, sólo alcanzaba el medio kilo, luchaba en la incubadora por vivir y yo sali del pozo en el que me moría, creo y siento que porque mi hija me llamaba.

Supe que esa noche nuestra amiga se encargó de todo. A mi marido le suministraron un sedante y ella llamó a mi familia informándoles, haciendo hincapié en la preocupación por el niño que se encontraba solo en casa. Intentó durante toda la noche contactar con el prestigioso y carísimo médico sin resultado y estuvo permanentemente en contacto con los médicos que me atendían. No habrá suficientes minutos en mi vida para agradecer todo lo que esta amiga hizo por nosotros, nunca lo podré olvidar.

En ningún momento dudé de las palabras de mi marido, le conozco bien y sabía que no me estaba mintiendo piadosamente, el brillo de sus ojos, la felicidad en su cara y el calor de sus manos acariciándome, me lo confirmaban.

lunes, 11 de octubre de 2010

El mundo se paró (2ª parte)

Pasaron algunos años y por casualidad en una reunión de amigos, me enteré de que una conocida de uno de ellos, con un problema muy similar al mío, había dado a luz felizmente, por segunda vez, gracias a un ginecólogo especializado en este tipo de problemas, que investigando y estudiando, había encontrado un método que rebajaba el riesgo a un porcentaje muy inferior.

Fue suficiente, fue la mecha que incendió de golpe mi corazón. No me podía quitar de la cabeza el nombre del médico y la esperanza ardió con fuerza dentro de mí.

En contra de toda la familia, concerté una cita con ese doctor del que me habían hablado y que se había convertido para mí en una especie de ginecólogo-mago, capaz de solucionar un problema que nadie hasta el momento había solucionado. Me convenció, o mejor dicho quise que me convenciera rapidamente. no voy a entrar en detalles, pero con una pequeña intervención con anestesia local se corregía el problema y los embarazos llegaban a buen fin en un alto porcentaje. Las medidas preventivas iban a ser practicamente iguales a las del embarazo anterior, pero las posibilidades de culminar con éxito eran elevadísimas.

Nuevamente en contra de todos impuse mi deseo, era mi cuerpo, era yo la que iba a sufrir en mis carnes y en mi espiritu la carga física y emocional que ya conocía, pero no me importaba, estaba tan ciega, tan ilusionada, que no veía ni un punto en contra, nunca se me ocurrió pensar que podía no salir bien, que me estaba jugando la vida, que mi familia, mi hijo, me necesitaban. Ahora reconozco lo que en aquel momento, fui incapaz de comprender, fui egoista, sólo pensaba en satisfacer mi ansia de volver a ser madre, sin importarme las graves repercusiones que todo podía tener y el daño que con mi insolidaridad estaba haciendo a mis seres queridos".

A medida que su relato avanzaba, la emoción iba creciendo, la expresión de dolor en su cara tensa, el brillo en sus ojos, la voz por momentos acongojada, por momentos llena de rabia o reproche, las manos inquietas que parecían hablarme, me tenían embelesada, no perdía ni un detalle de sus gestos, ni una palabra porque todo en mí era pura atención, expectación porque intuía que iba a vivir un impacto emocional fuerte cuando conociera el desenlace final de esa historia que por momentos me conmovía.

"Me sometí a todo lo que hizo falta, sufrí las molestias derivadas de un tratamiento quirúrgico desagradable y doloroso, volvía a repartir mis "casos" entre los compañeros y me preparé emocionalmente para llevar adelante una inactividad, una postración, que en este caso era mucho peor que el anterior porque tenía un hijo de cuatro años que agravaba considerablemente la situación. Quedé rapidamente embarazada y comenzó mi calvario, era muy duro, se me hacía muy cuesta arriba prescindir de tantas y tantas cosas: el sol sobre mi piel, el color del cielo, el olor de la primavera, la lluvia, pasear por el parque de la mano de mi marido, ver jugar a mi hijo, bañarlo todas las noches, llevarlo al colegio, montar en mi moto, ponerme la toga..., pero en esos momentos de bajón, el solo pensamiento de que había engendrado una nueva vida, un ser al que ya quería, disipaba rapidamente la añoranza de una vida a la que podía denominar de feliz.

Supimos que era niña y nos volvimos locos, los meses pasaban, los controles médicos eran muy alentadores porque todo se desarrollaba con normalidad. Cumplí la sexta falta y ya me permitía el médico levantarmee un poquito para reclinarme en el sofá, ver la tele, cenar junto a mi marido y mi hijo, hablar, reir o escuchar a mi niño contarme sus andanzas en el cole...

Nada hacía presagiar lo que se avecinaba, porque yo cada vez me sentía mejor y mi niña crecía fuerte y sana en mi vientre, dónde no paraba de moverse.

Esa noche, mi marido telefoneó para decirme que llegaría más tarde ya que le había surgido un imprevisto en el trabajo y que la chica que nos cuidaba se quedara en casa hasta que él llegara. Cené con el niño y la chica se encargó de acostarlo y dejarlo todo en orden, dispuesta a quedarse hasta que él llegara, pero yo no lo creí oportuno, él podría tardar mucho y me sabía mal que se fuera tan tarde para su casa, a pesar de su insistencia la obligué a irse y me quedé sola en el salón, echada en el sofá con una manta por encima hasta que él llegara.

No recuerdo mucho de lo que pasó, solo sé que de pronto, una punzada aguda, intensa, casi insoportable de dolor, estalló en mi vientre a la vez que me sentí mojada por un líquido caliente. Cuando levanté la manta asustada, la sangre resbalaba con fuerza sobre mis piernas. Cuando volví a abrir los ojos había pasado una semana.

Continuará.

domingo, 10 de octubre de 2010

El mundo se paró

En la vida hay momentos que, bien por su impacto emocional, o por la enseñanza que te aporta o simplemente porque te cala especialmente, quedan grabados en tu alma con tanta fuerza, que nunca se pueden olvidar y por mucho tiempo que pase, al rememorarlos te sigue dando ese latigazo sentimental que llega a estremecer nuevamente todo tu ser.

Seguro que todo el mundo comprenderá lo que quiero decir, porque creo que dificilmente pueda existir persona que no haya experimentado ese escalofrío que te recorre física y espiritualmente, ante un relato, una historia, un libro o una vivencia escuchada en labios de alguien que te habla mirándote con sinceridad a los ojos y abriendo su corazón ante tí.

Han sido muchos los momentos en mi vida, que me han hecho sentir profundamente esa punzada de comprensión, solidaridad, gozo, sufrimiento, miedo... pero éste que más abajo relataré, me emocionó especialmente porque quien me lo contó tuvo la virtud de hacer que el mundo se parase a mi alrededor porque aquella persona supo transmitirme con tanta autenticidad sus sentimientos, que me hizo sentir como mío su dolor.

Hace ya casi tres años que mi marido y yo tuvimos un accidente de coche viniendo de Madrid. Nada grave, pero a mi particularmente me dejó las cervicales fastidiadas, el esternón dañado y un miedo a la carretera y a aproximarme al coche que va delante, que aún no puedo superar. Me hablaron de una abogada bastante buena, muy experta en este tipo de accidentes para que defendiera mis intereses frente a la compañía de seguros, que como es norma habitual racaneaba indecentemente el pago a que tenía derecho por las lesiones ocasionadas.

Era, mejor dicho, es una mujer guapa a la que calculo unos 35 o 36 años, desenvuelta, que derrocha una energía y vitalidad increibles, con un don de gente que al menos a mí me cautivó. La ví como una persona fuerte, con carácter, capaz de enfrentarse a Dios que bajara del cielo, para defender el asunto que llevara entre manos, que parecía no achicarse por nada y con una seguridad en sí misma tan fuerte que parecía capaz de comerse el mundo. Para mí que me tengo por una persona indecisa, poco segura, que evita por todos los medios enfrentarse a otra, me admiró su forma de ser y actuar e inmediatamente consideré que no podría haber elegido otro abogado que lo pudiera hacer mejor.

Como ya sabemos las cosas de palacio van despacio, y en las que interviene la justicia, no diría que despacio, más bien a cámara lenta, porque la burocracia es gigantesca y avanzar un paso significa meses de espera y pérdidas de tiempo para alimentarla porque engulle y engulle documentación sin que parezca que alguna vez quedará satisfecha y lleguemos al final. Quiero decir con esto, que mi abogada me llamaba a su despacho con frecuencia para aportar datos, firmar algún documento o simplemente comentarme cómo iba todo.

Me impresionó el despacho ubicado dentro de su propia vivenda, en una de las zonas más bonitas del centro de Sevilla. Llamó mi atención su luz, su amplitud, la pulcritud en los muebles, el suelo de un parquet claro precioso y un toque muy personal en detalles, cuadros, decoración... que lo hacía cálido y acogedor a la vez que práctico y cómodo para el trabajo de una persona que se podía intuir, pasaba allí muchas horas del día. Nuestras entrevistas generalmente eran breves, no porque ella me metiera presión, al contrario, más bien era por mí misma, me preocupaba entretenerla más de lo debido consciente de lo valioso de su tiempo y de la cantidad de trabajo que llevaba entre manos, conclusión a la que llegué no sólo viendo el montón de carpetas sobre su mesa de trabajo sino por pura obviedad, el teléfono sonaba casi continuamente interrumpiendo a cada momento nuestra conversación y haciéndola levantar, mientras hablaba dando explicaciones sobre lo que yo consideraba juicios en curso, para buscar información y recabar datos en archivos, anotaciones y dossieres.

Aquel día empezó como otro más de los varios que ya había pasado por el despacho, ese día era yo la que quería terminar pronto, esta vez no por ella, sino por mi hija que pasaba por momentos muy delicados. Estaba embarazada y corría un riesgo muy elevado de aborto, por lo que guardaba por recomendación médica, un reposo absoluto a fin de intentar sujetar ese pequeño embrión que mostraba signos de malograrse. Supongo que notó mi estado de ánimo, porque directamente me preguntó si me ocurría algo, a lo que contesté, sincerándome, lo que estaba pasando con mi hija. Recuerdo que en ese momento se encontraba de pie ante su mesa, con mi informe médico en una mano y el teléfono en la otra y despacio se sentó en su sillón indicándome que yo también lo hiciese. Empezó a hablar, sus palabras salían a borbotones de su boca, pausadamente pero sin descanso. Durante un tiempo, que soy incapaz de calcular porque lo mismo pudo haber sido un segundo que toda una vida, el mundo se paró a nuestro alrededor. Ni el teléfono sonando, ni el zumbido del porterillo de la calle, ni el fax que no paraba de escupir un documento tras otro, fue capaz de interrumpir este monólogo que con tanto sentimiento me contó, porque en esos momentos a las 12 de la mañana, todo se apagó, solo existiamos ella, yo y las vivencias de un tiempo no muy lejano que hacían aflorar un dolor tan hondo que sé con seguridad siempre tendrá presente.

Y dijo así:

" Dile a tu hija que se cuide y que luche por ese ser que lleva dentro, pero que no fuerce la situación, que no se presione, que si por desgracia lo pierde, sería porque así tenía que ser, que aún sonando a tópico, la naturaleza es sabia y rechaza lo que es imposible pueda sobrevivir. Tiempo tendrá para tener otros si no hay otros problemas, pero si éstos existieran, que no se obsesione, que hay otras opciones, pero que nunca quiera chantajear a la naturaleza, que no quiera encontrar agua en el desierto, aunque le parezca haber visto un oasis, porque puede ser un espejismo y entonces la decepción y la angustia es mucho más fuerte y seguro que le pasará factura machacándola, te lo digo por propia experiencia.

Mira, - me dijo, cogiendo en sus manos una foto enmarcada dónde aparecía la carita de un niño que podría tener 6 o 7 años, llena de pequitas, con unos ojitos pícaros y vivarachos, cómplices de su sonrisa y la nota de color la daba una cabeza cubierta de pelo pelirrojo en cuya frente un remolino levantaba con ahínco su gracioso flequillo - éste es mi hijo, el único que tengo, la razón de mi vida y mi orgullo porque es maravilloso, sé que dirás"pasión de madre", pero tú también lo eres y lo comprenderás sin que pueda parecerte pedante, es guapo como ves, pero además es inteligente, bueno, cariñoso y está sano, es un regalo que Dios me ha enviado y daría la avida por él, pero aún así, no soy completamente feliz y te explico.

Cuando quedé embarazada ya desde el principio tuve problemas con alto riesgo de aborto. Se descubrió el motivo, mi útero estaba dividido en tres cavidades imposibles de comunicarse entre sí, el embrión había anidado en uno de ellos, por suerte el más grande, pero aún así el riesgo aumentaba conforme iba creciendo porque no se sabía hasta cuando habría espacio para cobijarlo y el aborto o parto se podía producir en cualquier momento. Me agarré a un mínimo porcentaje de supervivencia que me dieron e hice a rajatablas todo lo que el médico me indicaba. Me llevé siete meses tumbada boca arriba en la cama, de dónde salía una vez a la semana para ducharme, el aseo diario, mis necesidades, la comida, todo lo hacía en esa misma posición. Mi madre se instaló en mi casa para cuidarme y me embadurnaba de crema el cuerpo después de lavarme para que no se me llagara, cerré mi despacho repartiendo los casos pendientes a compañeros de confianza y aunque a veces la desesperación me invadía porque el tiempo parecía no correr, cuando cada mañana abría los ojos a un nuevo día, daba gracias a Dios porque mi niño/a tenía un día más de vida y seguía dentro de mí, calentito y a gusto en mi vientre.

Nos gastamos un dineral en médico y tratamiento porque todo (revisiones, ecografia...) me lo hacían en casa (gracias a Dios pudimos permitirnos economicamente sostener la situación) y cada falta que cumplía era una fiesta, una celebración. Cuando llegué al séptimo mes de embarazo casi respiré tranquila, sabía que si el parto se presentaba, mi niño casi seguro que sobreviviría.

Nació sietemesino, sin complicaciones para él, aunque sí para mí que se llegó a temer por mi vida. el médico fue claro y rotundo, dificilmente podría tener otro, pero en el hipotético caso de que así fuera, mi vida corría un grave peligro. El golpe de esa noticia quedó en segundo plano cuando pude ver a mi hijo en la incubadora y como pataleaba y berreaba reclamando su alimento.

La vida continuó para mí, retomé mi trabajo, me volqué y disfruté a tope de la crianza de mi hijo y tanto mi marido como yo, nos sentiamos los padres más afortunados del mundo. Intenté olvidar que era casi imposible tener otro hijo a pesar de que una parte de mí se resistía a aceptar que me estaba vetada una nueva maternidad.

Continuará

sábado, 4 de septiembre de 2010

Un día cualquiera en "Las Tres Piedras"

Desde el pequeño jardín de mi casa de la playa en una noche de verano, se ve un cielo que me recuerda al de mi niñez, cuando jugaba en la plazoleta oscura de mi barrio, tenue y plateadamente iluminada por el resplandor de imnumerables estrellas que salpicaban un cielo negro e inmenso, reino infinito de una luna blanca y brillante que parecía mirarme sonriendo como si de una Giaconda espacial se tratara, vigilando estática y enigmaticamente mis movimientos.

Desde el pequeño jardín de mi casa, se puede oir el silencio de la noche, interrumpido de vez en cuando por el canto de los grillos o el lejano ladrido de un perro y como música de fondo y casi imperceptible el suave murmullo de las olas al romper, entregadas a la belleza de nuestra playa.

Y también se respira una leve brisa marina que se mezcla con el aroma de la dama de noche, cuyas flores se abren con fuerza a la caida de la tarde, para perfumar el ambiente. Sentir en los pies descalzos el cosquilleo de la mullida rigidez del fresco césped recien regado o secuestrar con los ojos la belleza de las humildes flores amarillas y rojas de la "rebolera" y los capullos dormidos, cerrados, de color salmón y rojo de los "pacíficos" que despiertan por la mañana abriéndose a un cielo limpio y azul y a un sol de justicia y al limonero junto al olivo que lo separa de un naranjito todavía enclenque, pero que seguro terminará arrancando y la enredadera que aún no cubre la reja que nos separa de mis vecinos de "Villa Tabla", llamada así en honor a las cuatro tablas y algunos ladrillos con lo que los dueños han equipado la parcela para pasar sus veranos. Allí viven practicamente bajo un sombrajo, pero son la gente más felíz del mundo, catetos cien por cien (y no lo digo peyorativamente, sino todo lo contrario) con esa autenticidad y simpleza que ya sólo va quedando en algunos pueblos y que nos hacen reir a cada momento con sus ocurrencias. Y en el lado opuesto, lindando con la casa de Antonio Casanueva (abuelo de Marta del Castillo) mi árbol de coral, que plantamos creyéndolo enredadera y que se ha convertido en ese árbol que después de 12 años se alza ya orgulloso al cielo, mostrando sus ramajes cubiertos de frondosos ramilletes de hojas pequeñitas y verdes entre los que se abren las hermosas campanillas de color coral, aportando sombra y color por igual a un lado y otro de la reja que separa una casa y otra, como si quisiera simbolizar con su presencia la unión y el cariño que une a las dos familias.

En una noche de verano en mi casa de la playa, pocas veces vemos la tele, porque cenamos todos juntos en el césped, al fresquito de la noche y charlamos, reimos con las "gracias" de mi nieto Emilio con su media lengua, porque está empezando a hablar y corre trás "Pampa" la perrita de Iván para cogerla del rabo y recordamos anécdotas, comentamos películas... y nos dan las dos y las tres de la madrugada jugando a las cartas de la familia con mi nieto Marco que es también nuestro lector de preguntas del "Party" o el "TRivial" porque con sus cinco añitos ya sabe leer y dice que es mayor para acostarse temprano. Y cuando me acuesto veo por la ventana un trocito de cielo iluminado por el resplandor de la luna, oigo los ruidos del que entra en la cocina o el cuarto de baño, la voz de Marco hablando con su padre y alguien mandándolo a callar y !por fin! la luz del pasillo que se apaga y de repente el silencio y la oscuridad impregnan el aire y el sueño que se apodera de mis ojos, no sin antes dar gracias por lo que tengo.

Por la mañana, muy temprano, Antonio es el primero que se levanta y me baja la persiana para que el sol no me despierte. Coge la lista de la compra: leche, frutas, pescado, refrescos... los periódicos y que no falte las estampas de fútbol para el albúm de Marco. Al rato, la risa de Emilio me hace saltar de la cama para llenarlo de besos y aquí empieza la vida en mi casa.

Poco a poco, mi familia va despertando y como un goteo incesante ( somos en total once, "Pampa", el canario, la ninfa y una tortugita a la que Marco ha bautizado con el nombre de Capel) van llegando por la cocina a darme un beso y los buenos días y !como no! reclamar los desayunos de molletes tostados en una parrilla y untados de mantequilla o foi-gras, y el café o el Cola Cao o el "migao" de galletas y leche que tanto le gusta a Salvi. El andador de la "bisi" (mi madre, la bisabuela) me avisa que ya está despierta y ahora soy yo la que sale a su encuentro para darle el beso de los buenos días.

La casa se llena de vida y de carreras, de juegos de mis chicos, del trajín doméstico cada uno por un lado para dejar la casa en orden, la comida, la lavadora, subir a la azotea desde dónde se ve un trocito de mar, para tender la ropa... mientras la "bisi" da su paseito por el jardín cerquita de Antonio que riega las flores y cuida las jaulas de los pájaros que no paran de cantar y... nunca antes de las 12´30 h. salimos camino de la playa.

Mi playa es amplia, extensa y no se le ve el fin. Tiene una arena fina y lisa por dónde mi Emilito corre embalado camino de la orilla persiguiendo su sombra y levantando los bracitos como si fuera un pajarito que empieza a querer volar. Sobre ella Marquito juega al fútbol con su padre o a las paletas con su tita Tania o corre trás su tito Salvi para bañarse o jugar con Emilio en la orillita a perseguir las olas. En ella nos tumbamos a secarnos después del baño o leemos los periódicos bajo la sombrilla. Tiene unas aguas cálidas y transparentes muy ricas en sal y yodo que doran la piel rapidamente cuando nos bañamos con los niños y jugamos con ellos saltando con las olas y una orilla por donde paseamos camino de "las tres piedras" que con la marea baja, no son tres, sino una colonia de rocas que dejan ver un paisaje lleno de belleza, allí mostramos a los niños los camarones, cangrejitos y otras especies que por ellas habitan.

Y a la vuelta los manguerazos para quitarnos la arena y los gritos de los niños jugando en la piscinita que mi marido dejó llena para que el agua se ponga calentita. La comida en familia, las sardinas, los churrascos, los choricitos al infierno, la paella que nos hace Salvi, las jarras llenas de hielo con el tinto de verano que Antonio prepara de maravilla y la sandia fresquita cortada a trocitos. La irrenunciable siesta bajo el run run de los ventiladores... y por la tarde, los atardeceres en la playa, bañándonos bajo los rayos de un sol que se aleja despacito camino del horizonte.

Y el regreso hacia la casa dónde nos espera la "bisi" sentada en el porche charlando con mi marido que dedica muchas tardes a pintar la fachada (que por cierto, le ha quedado muy bonita) y la Pampa que corre como loca en nuestra busca... y otra vez el trasiego de las duchas, de los niños, de la cena, para terminar y comenzar de nuevo nuestras charlas, nuestras risas y nuestros juegos bajo un cielo estrellado, una suave brisa marina y el olor algo embriagador de la dama de noche.

Y así un día y otro hasta completar los veinte que allí hemos estado. No hemos echado de menos las salidas nocturnas al pueblo, o las comidas en el chiringuito, todo nos ha sobrado porque hemos vivido días felices, intensos, lejos de las preocupaciones y el stres y nos han servido para acercarnos aún más, compartir juntos la tranquilidad y sencillez de una vida al aire libre, llena de sol, playa y noches incomparables. ¿Se puede pedir más?

lunes, 30 de agosto de 2010

Mi casa de "Las Tres Piedras"

Prólogo.-

A finales del 98 compramos mi casa de la playa, la de"Las Tres Piedras" muy cerquita de Chipiona. Es una zona practicamente rural, que a mi me recuerda sobremanera mi antiguo barrio de la niñez, aquel en el que me crié rodeada de vecinos con las puertas de sus casas siempre abiertas, en el que no había luces alumbrando la noche, ni agua en las casas y en invierno las calles eran un lodazal de fango y en verano el polvo y la tierra seca se tragaba, haciendo aún más asfixiante los veranos, dónde la gente intentaba paliar esa sequedad regando con cubos de agua, la zona que lindaba con la puerta de tu casa.

En "Las Tres Piedras" tambien regamos la calle por las tardes, también cogemos agua de una fuente porque en las casas el agua de pozo no es potable, también los vecinos tienen sus puertas abiertas y se escuchan los sonidos de los quehaceres domésticos en la casa de al lado y las voces y risas en las tertulias de las noches. Noches como las de mi niñez, de cielo inmenso plagados de estrellas y por similitudes hasta hay un canal parecido al Tamarguillo, que cruzamos a través (!oh, coincidencia!) de un endeble puente de madera para llegar a la playa y dónde se escucha el croar de las ranas en unas aguas estancadas, que se consumen devoradas por la sequía y los yerbajos que crecen en ella.

A veces no sé explicarme por qué la compramos, porque aunque la playa ciertamente es estupenda, el entorno como anteriormente describo echaba hacia atrás y la casa a pesar de tener una buena estructura por fuera y amplitud, estaba sin terminar por dentro, excepto los tabiques y el cuarto de baño, carecía de todo lo demás: techos rasos, solería, puertas, ventanas... todo. Creo que unido a lo que nos pareció un módico precio, se unió o influyó mi enfermedad que en aquel momento hacia estragos y creí que en esa zona tranquila, cerca del mar, podía estar mi curación. Logicamente me equivoqué.

En esta casa he vivido como todo el mundo, malos y buenos momentos y toda ella está impregnada de esas vivencias, esos recuerdos que hacen que la consideres tu casa, que la sientas parte de tí, porque sus paredes han sido testigos del paso de una vida con su altos y sus bajos y no hay habitación, objeto, árbol, planta o trocito de césped que no te toquen esa fibra sentimental que todos llevamos dentro, entendiendo por sentimientos, todos, tanto los que enternecen y llenan de amor, como los que te enfurecen hasta llegar incluso a maldecir haberla comprado.

Este verano ha sido para mí especial, el mejor de los doce que llevamos vividos allí porque nos ha reunido a todos más que nunca y hemos pasado momentos realmente hermosos. Por ello, a pesar de que en un futuro no sé si la podré seguir conservando (la crisis ataca fuerte), aunque la pierda, siempre seguirá siendo mi casa de la playa, la que atesora en sus muros y flota en su ambiente la vida de mis veranos y los de mi familia y como en todo en la vida termina, sería un ciclo, una etapa que se cierra dando paso a otra nueva, que seguro nos traera nuevas sorpresas, ilusiones, frustraciones... la vida que no para de dar vueltas.

A continuación, arriesgándome quizás a cansar un poco (pido perdón por ello) pero es lo que me sale, no puedo abstraerme a contar la vida en la casa de un día cualquiera de los veinte que allí hemos estado, todos practicamente iguales, pero cada uno con su "puntito" que a la vez lo hacían ser un día diferente.

Continuará.

Saludos

!Hola! y saludos a mis seguidores y a todos lo que entran a leer estos "retales de vida" que poquito a poco voy plasmando con mayor o menor acierto en este blog.

Debo disculparme, porque ni siquiera escribí unas líneas de despedida a la entrada del verano, pero no tenía ánimos para meterme por diversas circunstancias que no vienen al caso. Pero pasadas las vacaciones y superados malos momentos, vuelvo con las pilas bien cargadas para volver a teclear en el ordenador y contar sentimientos, vivencias, historias... la vida tal y como la voy viendo y viviendo.

Gracias a todos por leerme, a los conocidos y a los que no conozco, pero que considero ya amigos. Para mí es un gran incentivo ver que trás la publicación de un post, el contador de visitas aumenta, porque aparte del placer que para mí representa sentarme a escribir, éste aumenta considerablemente cuando sé que mi escrito puede llegar a otras personas que serán partícipes durante unos momentos, de lo que cuento y siento.

Gracias especialmente a mis tres hijos, nueras y yerno que siempre me animan y apoyan y esperan con ilusión un nuevo post. Besos.

sábado, 19 de junio de 2010

Banda sonora de una Transición
















































Estos temas son un pequeña muestra de un gran número de cantautores y temas que nos hicieron vibrar con sus reivindicaciones, protestas, denuncias y ansias de libertad. Gente comprometida con la situación que vivíamos en aquellos momentos y que fueron en gran medida artífices del cambio que se estaba produciendo en nuestro país.

Fueron el lazo de unión entre la gente del pueblo que se veía plenamente identificada con sus canciones, con ellas sentimos, vibramos y nos emocionamos hasta las lágrimas. Por ello tengo que dar las gracias a esos hombre y mujeres que con su música y su poesía nos llevaron en volandas hacia la libertad.