martes, 18 de junio de 2013

"Mi héroe" "El paseo"

"Mi madre durmio feliz aquella primera noche de la dominación del pueblo por los nacionales. Estaba tranquila desde que esa misma mañana, habló con su hermano Florencio y le garantizó que las tropas no iban a tomar represalías graves contra los campesinos, no querían ni venian a sembrar el terror, sólo iban a poner las cosas en su sitio, como habían estado toda la vida, el orden, la disciplina, el dueño de las tierras con sus tierras y los campesinos con su trabajo, con sus jornales, como siempre había sido, porque desde que el mundo era mundo, siempre habían existido los ricos y los pobres y así tenía que seguir siendo, porque además que sabían ellos de como tenían que hacer y organizar las labores en el campo, ni estaban preparados, ni falta que les hacía estarlo, para eso estaba el patrón para velar por ellos y sus familias y dirigir lo que  sus tierras necesitaban y principalmente porque eran suyas heredadas generación tras generación y nadie era quién para quedárselas, ni para arrendarlas, ni para nada. Eran suyas y podía hacer con ellas lo que les diera la gana.

Mi padre preparó sus aperos como hacía todas las noches antes de acostarse, al día siguiente tocaba ya trabajar. Su seriedad innata se envolvía en un halo de tristeza y decepción, la euforia, la alegría y la ilusión de semanas anteriores se habían esfumado en pocas  horas, pero al menos le quedaban ánimos para seguir, estaba junto a su familia y su hijo, soldado de los rebeldes, se hallaba a bastantes kilómetros de distancia y según contaba en su cartas la zona era  tranquila. Pensó que todo no se podía tener, y se conformaba con seguir como hasta ahora, pasando fatiga y necesidades, pero al lado de los suyos. Aparentemente la tranquilidad reinaba en el pueblo y no parecía que fuera a pasar nada grave, se alegró aún más de no haber huido y lamentó la fuga de tantos hombres, amigos, parientes  que habían  huido temiendo las duras represalias que llegarían, y creyó que se habían  precipitado en su marcha ante este temor. 

Pasaron dos días más de aparente calma, los pocos campesinos que habían aguantado en el pueblo empezaron sus labores en el campo. Todo volvió a la tranquilidad, a lo mismo de siempre,  los patrones mandando, tiranizando y los campesinos aguantando, nada había cambiado ni cambiaría jamás.

Aquella noche de mediados de Agosto, yo dormía profundamente, mi madre como siempre agarraba el brazo de mi padre, porque  no podía dormir sin sentir el contacto con su cuerpo,  le daba paz y tranquilidad y mi padre hacía ya mucho rato que roncaba profundamente absorvido por sus sueños. Era una noche calurosa como todas las del mes de Agosto y la pequeña ventana del dormitorio estaba abierta de par en par, con la esperanza  de que nos entrara algo de brisa y poder conciliar el sueño que se resistía en llegar, agobiados por un calor insoportable. Desde mi pequeña cama a los pies del ventanuco, me entretenia todas las noches mirando las estrellas, me gustaba buscar en ese infinito y oscuro manto, salpicado, repleto de pequeños puntos de luz que brillaban con luz propia, la osa mayor y la menor, como mi abuela me había enseñado y el carro y el dragón y la estrella polar que era la más grande e iluminaba con más fuerza que las demás y así, mirando el cielo, se me iban de la cabeza, todos los miedos que durante el día me acechaban, pensaba que nada malo podía pasarnos porque ellas nos protegían. Me ilusionaba pensar que mi hermano, aficcionado como yo a mirar el cielo, quizás, en ese mismo momento buscaba sus estrellas favoritas y por qué no, a lo mejor las encontrábamos al mismo tiempo, y, de alguna manera ellas nos unían., y así los ojos se me cerraban poco a poco, rebosantes de luz y el sueño me poseía. De repente, en el silencio de la noche, el ruido de un camión, voces ásperas, desagradables, golpes en las puertas de las casas, gritos, súplicas, llantos de niños... me despertó. Me mantuve callada, expectante, muerta de miedo, abrazada a la almohada, sin saber que estaba pasando, aunque presentía que no era nada bueno, quise pensar aunque sin convicción,  que lo que fuera no iba con nosotros, que en un momento volvería a escuchar el ruido del motor del camión alejándose y volvería a reinar la calma y el silencio. Mis padres tampoco decían nada, aunque yo sabía que estaban como yo, expectantes y asustados, su largo y excesivo silencio, la ausencia de ronquidos y respiraciones acompasadas, me hizo comprender que fingían un sueño que había sido interrumpido al mismo tiempo que el mío, y supe  que su silencio era una forma de aparentar una calma, que estaba muy lejos de la realidad, con el propósito de que yo no me asustara  y por ello,  quise corresponderles de la misma manera, yo también fingí mi sueño, no quería que se preocuparan por mí. De pronto, un golpe en la puerta, una voz pronunciando el nombre de mi padre y una orden destemplada para que saliera, originó el resorte que me hizo saltar de la cama aterrorizada, con el corazón golpeándome con fuerza  el pecho, amenazando estallar y corrí a buscar cobijo en los brazos de mi padre.

Lo vimos salir de la casa con calma, ajustándose el cinto de los pantalones, mientras mi madre y yo intentábamos ilusamente detenerlo, suplicando que no saliera, que no se fuera con esos que pronunciaban su nombre con desprecio. El camión cargaba ya con un gran número de hombres, de amigos, de vecinos que al igual que mi padre, intentaban tranquilizar a sus mujeres a sus hijos, a sus padres...  que se agarraban a las barandas del camión llorando y suplicando a los soldados y al grupo de  falangistas del pueblo que dirigían la redada, que no se los llevaran, que no habían hecho nada malo en sus vidas, que sólo habían pedido y luchado por mejorar sus condiciones de vida, pero todo era inútil. ruegos, súplicas, gritos, llantos, se perdieron en la oscuridad de la noche, y todo pareció volverse más oscuro y silencioso, la luna se escondió y las estrellas ya no brillaban como antes, y, hasta el canto de los grillos enmudeció. Una vez el camión cargado, cumplido su objetivo, arrancó y se puso en marcha, corrimos tras él con la desesperación como aliada, mi padre iba sentado de los últimos, nos hacía señales de calma, calma que él intentaba aparentar sonriéndonos y llevándose las manos a los labios, nos envió un rosario de besos que nos traspasó el corazón. Lo vimos alejarse, sus brazos alzados pidiendonos calma, el nombre de mi hermano en sus labios y la fingida sonrisa en su rostro, se fue borrando con la distancia y allí nos quedamos mi madre y yo abrazadas, derrumbadas al igual que las familias restantes sin saber que hacer ni a dónde ir. Y ya no lo vimos más, su cuerpo, su alma, su cariño, sus besos... todo desapareció de nuestras vidas en un instante. !Como cambia la vida, en un momento estás con tu ser querido, hablas, ries, comes con él, te acuestas, escuchas sus respiración durmiendo y de pronto, en otro momento, se lo llevan y ya no vuelves a verlo más, todo se acabó, te lo roban de tu vida sin saber por qué. En mis recuerdos, en mis pensamientos, en mis sueños, siempre aparece ese último momento en el que nos decía adios, agitando los brazos, mientras el camión se perdía en la oscuridad de la noche.

Lloramos abrazadas tumbadas en la cama matrimonial, aún caliente por su cuerpo, impregnada de su olor, hasta  que las estrellas se fueron para darle su sitio al sol que  empezaba a despertar, sus rayos comenzaban timidamente a iluminar los campos, las veredas, las aguas del arroyo, las plazas y las calles del pueblo. El cielo se fue desprendiendo de su manto negro poquito a poco, como si quisiera mostrarnos sus colores más preciados, morado intenso, rosa y nácar por el horizonte, violeta y   azul  cuando el sol ya bien plantado, lanzaba con fuerza sus poderosos rayos por el Este. Salimos a la calle en silencio, con sigilo, los ojos hinchados, el  corazón palpitante y las huellas del dolor en la cara y en el cuerpo. Agarradas del brazo, temblorosas y sin más lágrimas que derramar, empezamos a andar. Al igual que nosotras, vecinas, conocidas, asomaban, niños pequeños en los brazos, ancianas enlutadas, zagales con rabia contenida... éramos como aútomatas, siguiendonos unas a otras, sin saber adonde íbamos o sabiéndolo, pero sin quererlo saber, ya había pasado en pueblos colindantes pero nadie se atrevía a decir lo que todas pensábamos que "el paseo" sinónimo de asesinato y muerte también había llegado al pueblo, pero todas, como si una fuerza nos arrastrara, nos dirigiera como marionetas, nos encajamos  las puertas del cementerio.

Las puertas estaban abiertas y el sepulturero al lado de ellas, no se atrevía a levantar la cabeza y mirarnos, no quería ser testigo ya lo había sido bastante en la madrugada, de lo que se nos avecinaba, y así con la cabeza gacha nos permitía el paso. Una vez dentro, los pasos se aceleraron dentro del mismo silencio, era como si quisiéramos acabar con la agonía que nos traspasaba, con la duda, con el temor, con la posible esperanza, y llorar desconsoladamente por una muerte ingrata, o respirar tranquilas si tu ser querido no estaba. Al final, muy cerca de la tapia, una hilera de sangre y muerte nos esperaba, nos avalanzamos hacía allí y comenzó el mayor calvario que se pueda imaginar: cuarenta o quizás cincuenta  cadáveres, yacían inertes boca abajo, muchos con las manos entrelazadas, y todos con el horror en sus caras. Hubo quien aún sin verle la cara, supo por la ropa, o por el pelo, o por los zapatos que su marido o su padre o su hijo, estaba muerto, hubo quien se arrodillaba gritando al ver la cara de muerte de quien buscaba y allí se fueron quedando junto a su muerto, para velarlo y llorarlo. Nosotras seguiamos andando, temblando, agarradas, la una a la otra, apoyándonos para continuar la macabra búsqueda y así, pasábamos de cuerpo en cuerpo, con alivio y gratitud a cada obstáculo salvado. Cuando llegamos al último fusilado, un suspiro nos salió desde muy dentro, mi padre no estaba entre los muertos, esa noche al parecer se había salvado, pero, ¿dónde estaba?."
 

lunes, 10 de junio de 2013

Mi héroe" La carta

Finalizaba el mes de Septiembre del 36 cuando, una vez asentado el ejército franquista en la provincia de Sevilla, Granada y Córdoba, se restablecen las comunicaciones entre dichas ciudades. De esta manera, el correo se normaliza y empiezan a llegar cartas y más cartas a su destino. Se empieza a conocer la situación de dichas provincias, y las familias separadas contastan por fin con los familiares ausentes.

El protagonista de esta historia comienza a recibir noticias de su familia en el pueblo y viceversa. Las primeras cartas le inquietan, porque en ellas,  su padre, con su letra recien estrenada, pues estaba aprendiendo a escribir,  le informa de la situación que se está viviendo, la revolución de los campesinos, la confiscación de las tierras, el toque de queda, los enfrentamientos con los falangistas, la violencia, la enemistad entre los habitantes por las respectivas ideologias, el miedo, la alegría por el triunfo de los más desprotegidos, la defensa del pueblo ante la inminente llegada de los "fascistas"... Todo ello le envuelve en un cúmulo de sentimientos encontrados, que lo desasosiega quitándole el sueño y la tranquilidad: impotencia por no poder estar al lado de los suyos, satisfacción por lo que se está consiguiendo, miedo por la llegada de tropas nacionales que a la vez son las tropas que a él le obligan a defender, alivio porque podía haber sido uno más de los soldados que intentaran conquistar la zona, terror al sopesar las muchas posibilidades de conquista y las durisimas represalias que sabía se llevarían a cabo y contínuos pensamientos que lo mismo saltaban del pesimismo más cerrado a la esperanza de conseguir vencer a los rebeldes, rebeldes entre los que él  se encontraba contra su voluntad y al final la clarísisma percepción de que él, muy a su pesar, estaba en un bando y sus padres y hermana, en otro y ¿que consecuencias acarrearía esta situación cuando alguno de ellos alcanzara la victoria?

Después de la avalancha de cartas recibidas los primeros días, y leidas y releidas decenas de veces, empezó a escribir, sabía que a ellos también le estarían llegando las suyas, que estarían  felices de saberlo en buen estado y no quería dejar pasar ni un solo día sin escribir, quería que estuvieran tranquilos en todo lo que a él acontecía, les animaba, les aconsejaba, les intentaba transmitir tranquilidad y por supuesto omitía intencionadamente los difíciles momentos que estaba viviendo y la enorme peligrosidad de su misión en la sierra.

Después de ésto un largo silencio, las cartas dejaron de llegar, y a pesar de que sus compañeros lo animaban intentando quitar importancia a la falta de noticias, alegando cuarenta mil motivos (pérdida de la saca de correo, sabotaje al tren de Sevilla que las traía, falta de enlace con el  avión.. en fin lo primero que se les ocurría) él no podía vivir, temía e intuía que algo grave estaba pasando para que no le escribieran y los treinta días de silencio, para él fueron como treinta años de angustia, zozobra y temor machacándolo cada minuto del día y de la noche. Adelgazó y un cigarro encendia otro y otro y otro,era lo único que parecía calmarle un poco y se volvio adicto al tabaco, le costaba enormemente no tener un cigarro en la mano y esa adicción  ya no pudo superarla durante el resto de su vida, se convirtío para siempre en un toxicómano de la nicotina y como todo enganchado a cualquier tipo de adicción, le pasó factura con los años. Al fin, pasado este tiempo, cuando ya la nieve cubría la montaña y las noches se convirtieron en un calvario de frío, sufrmiento y miedo, llegó la carta que nunca hubiera querido tener entre sus manos.

La carta  esta vez la escribía su hermana Rosarito, lo supo nada más coger el sobre con sus manos temblorosas de emoción, porque conocía  su letra, esa  letra temblorosa, redonda, con palabras y palabras enlazadas unas a otras, llenas de faltas de ortografía, frases que casi había que descifrar para entenderlas y l borrones de tinta, borrones que  aparecían corridos, corridos por sus lágrimas -se dijo- y no se equivocó. Decía más o menos así, al dictado en esta ocasión de su madre:

Querido hijo:
     Espero que a la presente te encuentres bien. Como verás no podemos decirte como siempre: nosotros bien a Dios gracias, porque, y siento tener que decirtelo, no estamos bien, y  no vamos a dar la gracias a nadie y menos a Dios, que parece se hubiera olvidado de nosotras. 
      Con todo mi pesar con toda mi pena, sabiendo que al comunicarte esta noticia, te voy a producir el mayor dolor que en tu vida hayas podido padecer, te diré que tu padre ha muerto. No puedo por carta darte detalles de como ha ocurrido, cuando nos veamos te lo explicaré todo. Te diré que Rosarito no tiene consuelo porque sabes lo unida que estaba a  él y yo, lucho hasta lo imposible para seguir hacia adelante, aunque sin tenerlo a mi lado nada es igual, ni lo podrá ser, pero sigo andando porque tengo dos estrellas que me alumbran y me dan fuerza, luz y valor para vivir, ya sabes que me refiero a tu hermana y a tí.
       Ya  sé  el daño tan tremendo que esta carta te está produciendo y el dolor y el sufrimiento que estás pasando y te queda por pasar, pero quiero que te sobrepongas, que no te dejes vencer, por dura que es la noticia, que la vida nos muestra con demasiada frecuencia su cara más fea, pero al mismo tiempo  tambien sabe regalarnos cosas hermosas y solo por eso merece la pena seguir, porque por muy mal que se porte, siempre hay o habrá motivos para querer vivirla, y ahí radica su belleza y su sentido, en el amor a los tuyos, a los que aquí se quedan, a los que te necesitan, a los que puedes volver a hacer felices con tu cariño y para  recordar y llevar siempre en el corazón al ser tan querido que se ha ido y en los momentos vividos junto a él. Por eso y muchísimo más, hay que mirarla cara a cara y decirle: aqui estoy para lo que mandes, que yo aunque a veces no te entienda, quiero seguir contigo.
         Por nosotras no sufras, la familia nos ayuda hasta que las cosas se tranquilicen y pueda buscar un trabajo con el que podamos vivir y yo estoy segura de que lo encontraré, porque sé que desde arriba, él vela por nosotros. 
            Sin más se despide de ti, tu madre y tu hermana que te quieren y nunca te olvidan.

"Mi hermano lloró amargamente durante días y días, no se lo podía creer, le parecía que todo lo que estaba pasando no era verdad, que se trataba de un larguísimo sueño cuyo final sería el despetar, un despetar que lo devolvería a la realidad cotidiana, feliz, de los último días vividos en el pueblo junto a nosotros, de sus paseos por sus calles agarrando mi mano, riendo por cualquier tontería, de sus charlas con nuestro padre, de la alegría eterna de nuestra madre, de la tienda que le había visto hacerse hombre junto a D.Froilan y Dña. Encarna, de sus proyectos para el futuro todos juntos... pero no, al momento se daba cuenta que estaba divagando y que la realidad era la que era, la de la guerra, la del sufrimiento y la de la muerte de su padre, y que ese despertar no se iba a producir porque lo que estaba pasando no era un sueño.

Leía y releía la carta intentando detectar alguna clave oculta, alguna palabra no leida, que le diera un poco de luz para interpretar la causa de su muerte y el  por qué de ese fin  tan prematuro, tan inesperado. Sabía que no había sido por enfermedad o accidente, lo supuso porque si así hubiera sido, se lo habrían dicho, no había motivos para no hacerlo, por lo tanto tenía claro que la verdadera causa había sido la guerra, el enfrentamiento, su apoyo a las reivindicaciones de sus compañeros... y que por motivos de seguridad no se atrevían a comunicárselo por carta. Llegado a esta conclusión supo que esa era la peor de todas, la más dañina, la más ingrata, la más injusta porque perder la vida a los 47 años con mujer y dos hijos, rebosante de salud e ilusión, sin haber hecho jamas daños a nadie, sólo luchar para mejorar su vida y la de los suyos, era lo peor que podía haber pasado y no, no era justo, y para colmo se añadía su situación, pelear y defender a costa de su propia vida, a ese maldito bando, el bando fascista que presentía y creía no equivocarse, había acabado con la vida de su padre.

Empezó poco a poco a levantar cabeza, empezó a pensar en nosotras en el pueblo, ¿sería verdad que estabamos bien?, ¿sería verdad que nos estaban ayudando? o por el contrario ¿estaríamos pasando necesidades, hambre o lo peor, y no quería ni pensarlo, ¿represalias?.

El coraje, el miedo al daño que nos pudieran estar haciendo, el recuerdo de  las últimas palabras de nuestro padre aquella  noche en el pueblo, que como una fatídica premonición, le pidió que cuando él faltara velara por nosotras, fueron los detonantes para que con más fuerza que nunca, le plantara cara a la vida, como  madre le pedía en la carta y le dijera: aquí estoy para lo que haga falta, que yo no me rindo y voy a seguir a tu lado todo el tiempo que Dios quiera, porque sé que alguna vez tendré que ver tu cara más bonita." 

 


domingo, 2 de junio de 2013

"Mi héroe" Sierra Nevada

Mientras todos los acontecimientos descritos se desarrollaban en el pueblo, mi héroe se desesperaba porque no conseguía tener noticias de los suyos, sus cartas eran retenidas por la caótica situación que en él se vivía, ocurriendo lo mismo al contrario.

Su regimiento era ya consciente del golpe militar porque ellos precisamente habían quedado bajo el mando de los "nacionales", los altos responsables militares de la provincia de Granada, se adhirieron sin dudarlo al ejército rebelde y él ahora era un soldado que luchaba según los dictados de dichos mandos. Digamos que de golpe se convirtió en un "nacional", un "rebelde" al Gobierno legalmente constituido por los deseos del pueblo, o en un "facha" como se les conocía a los defensores de los ideales fascistas, como ya ocurría en Alemania e Italia.

Se sentía como un muñeco de feria, manejado por manos desleales, por ideas que no entendía, por mandos que ordenaban sin dar explicaciones, que disponían de tu vida sin contemplaciones y para los que tu muerte no importaba, no eras una vida eras un número de un batallón y tu posible muerte, una baja anotada en un papel. No se les informaba de nada, de cómo estaba la situación, qué pasaba en otras provincias españolas, que pasaba en Sevilla, de que bando era... 

Supo entender que no había que perder tiempo pensando, que las calamidades cuando vienen hay que afrontarlas con todo el valor de que pueda uno ser capaz, que las lamentaciones no sirven para nada y que lo que tenía que hacer es luchar en esa guerra de la mejor manera posible, porque en ello se jugaba la vida con sólo 21 años, tenía una vida por delante y una familia a la que quería con adoración, tenía que sobrevivir. Se encontraba en plena Sierra Nevada, un campo de batalla inmenso, plena naturaleza, piedras, riscos, arboleda y cuando empezara el invierno si aún seguían allí, nieve, temperaturas bajo cero, incomunicación y un enemigo conociendo como la palma de la mano la zona, sabiendo como atacarles y dónde esconderse, porque se trataba de guerrillas  compuestas de milicianos es decir, el ejército del pueblo, en este caso hombres que luchaban por recuperar sus tierras, sus casas, sus vidas en los pueblos que salpicaban la montaña.

La misión de ellos era no solo mantener las posiciones, sino además avanzar en zonas ocupadas por los milicianos, destruir o crear conexiones eléctricas según su conveniencia, y mediante señales ópticas por el método morse, comunicarse con los suyos al otro lado de la montaña mandándoles información de todo lo que acontecía durante el día. Estas comunicaciones se hacían siempre de noche por motivos obvios, de día con el brillo y la luz solar era imposible, y era él uno de los mejores en esta misión, por lo que pocas eran las noches que pasaba en los barracones. Los primeros días, antes de llegar el invierno, fueron teribles, el miedo lo paralizaba y las manos tenía que controlarlas porque le temblaban y sabía que el temblor era el mayor enemigo de un emisor, porque a causa del mismo, las señales no sólo podían llegar defectuosas a su destino, sino lo peor que fueran detectadas por el enemigo y entonces sí que podía decir uno aquí se acabó todo, el ruido de las metralletas disparando, las explosiones de las bombas de mano, podían alcanzarlo sin mucha dificultad, dada la cercanía de los milicianos, y terminar allí mismo su corta vida. Después con el tiempo se fue sosegando, tranquilizando, consiguiendo una gran pericia en sus transmisiones y con ello una confianza muy importante en lo que hacía.

" No salí, o mejor dicho no salimos de la Sierra durante los tres años que duró la Guerra Civil, mi destacamento, apenas se componía de 60 soldados, al mando de un sargento y un  capitán de los que recibíamos las órdenes, pero con el paso del tiempo, allí ni había capitán, ni había sargento, nos habíamos convertido en una familia. Una gran familia, luchando por sobrevivir, ayudándonos los unos a los otros, sufriendo en nuestras propias carnes el sufrimiento de cualquiera de nosotros, y celebrando como si fuera nuestra cualquier buena noticia que algún compañero recibiera. Sólo teníamos dos medios de contacto con el mundo exterior, como así denominábamos todo lo que no fuera la sierra: la aviación por la que recibiamos quincenalmente nuestros alimentos junto con el correo; la otra era mucho más cercana, más humana, se trataba de un guía de la sierra que se jugaba la vida una vez al mes, visitandonos de noche. Se llamaba Antonio y había pasado sus cincuenta largos años de vida en el monte. Su padre al igual que él vivió desde que nació en una cabaña instalada en una de las zonas más altas del monte, cabaña que heredó de él, puesto que fue el único de los ocho hijos que tuvo, que no quiso abandonarla a su muerte, aprendió a fuerza de acompañar a su progenitor todas las rutas, caminos, senderos, rios, que pudiera haber y no concebía su vida fuera de allí porque adoraba la montaña. Heredó no solo la cabaña sino tambien el puesto de guia oficial que el Gobierno desde muchos años atrás concedió a su abuelo a cambio de un pequeño sueldo que les permitía vivir. Antonio vivía solo, de vez en cuando bajaba a Granada y pasaba allí unos días de asueto, pero enseguida regresaba, no sabía vivir en la ciudad. Cuando era más joven,bajaba con mucha más frecuencia, porque joven al fin, necesitaba relacionarse con gente de su edad, le gustaba ir de fiestas y sobre todo salir con mujeres, quería casarse, tener hijos que continuara con la tradición familiar, pero no lo consiguió, cuando explicaba a cualquier novia que tuviera, dónde estaría su hogar, huían despavoridas. Así que pasada ya la treintena,comprendió que su lucha era estéril, y terminó aceptando que nunca se casaría y que con él se daba fin a esa peculiar forma de vida. El por qué ayudaba a los nacionales nunca lo supimos, a lo sumo llegó a decirnos que era un adicto a la disciplina, porque sin disciplina nada se consigue, si no fijaros -decía- en la naturaleza, todo está reglado, el sol siempre nace y muere por el mismo sitio, las flores, el celo de los animales para procrear siempre es en primavera, la nieve, el viento,, el frío.. todo tiene su momento, todos los elementos que componen la vida se rigen por unos parámetros fijos y eternos y por  eso la vida sigue y sigue siempre acatando las leyes. Esa misma rigurosa disciplina tenía que regir igual entre los hombres y los últimos años todo había sido un caos, cada uno y cada cual tirando para su lado y así no podía ser. Pensaba que el regimen militar era el apropiado para conseguirlo y por eso ayudaba a la causa y si lo cogían, algo poco probable, dado su conocimiento de rutas y caminos desconocidos, pues mala suerte.

Esperábamos la llegada de Antonio con ansiedad, él nos informaba de como se iba desarrollando todo, nos traía los encargos que cada uno de nosostros le hacía, la prensa aunque fuera atrasada se la quitábamos de las manos, pero sobre todo era como un bocanada de aire que nos traía ilusión, la ilusión que no debíamos perder para seguir sobreviviendo en esos parajes aislados del mundo.

Padecimos de todo, enfermedades, dolores, hambre cuando por motivos meteorológicos no llegaban los alimentos, los piojos... pero sobre todo el frío, el frío en invierno era aterrador, nada nos hacía entrar en calor, dormíamos vestidos pegados en las camas unos a otros, la nieve era nuestra perpetua compañera y nos pasábamos días y semanas con la ropa mojada, las noches transmtiendo señales eran eternas, hubo momentos que creí que no llegaría vivo al amanecer, saltaba, me frotaba piernas y brazos para que no se congelaran y los dedos me los liaba con papel de periódico. Las muertes de compañeros con los que habías estado compartiendolo todo, era trágico y traumatizante, sobre todo cuando los veíamos subir cubiertos por mantas hacia el helicoptero que los llevaba de regreso a casa, un regreso lleno de sollozos y lágrimas.

Las bajas eran cubiertas por nuevos soldados, subía un muerto y bajaba un vivo, llegamos a llamar al helicoptero el tio vivo, un tio vivo macabro que nos hacía pensar que quizás el siguiente en subir en él, sería uno mismo. Pero aún y con todo hubo algo que me marcó para siempre y que recordaré hasta mi muerte, lo más doloroso que viví en aquella maldita sierra:

 La guerra tocaba a su fin, las noticias que nos llegaban era que estábamos a punto de alcanzar la victoria, sólo quedaban Madrid, Barcelona y poco más por conquistar, pero el triunfo era ya seguro, parte del Gobierno de la República había huido, se había exiliado y sólo iban quedando los últimos, los que preferían morir luchando antes que huir. Nos enteramos, cómo multitudes de personas, mujeres, ancianos, niños, casi con lo puesto, con pequeños hatillos se dirigián hacía la frontera francesa buscando asilo y refugio, abandonando lo que había sido su pueblo, su ciudad, en resumen sus vidas en un país destrozado no solo por la guerra, destrozado animicamente, humillado y vencido. De todas formas por la sierra, la guerrilla seguía actuando, aunque ya se notaba que iban quedando pocos y nosotros empezamos a soñar con volver, ahora eramos conscientes de que lo peor ya había pasado. El invierno había superado ya su ecuador, cuando llegaron cinco reclutas nuevos, su misión principalmente era la de  ayudarnos en las reparaciones de cables y tendidos eléctricos. Eran todos muy jóvenes, procedentes de lo que se llamó la quinta del biberón, chavales reclutados con quince o dieciseis años, porque las pérdidas humanas habían sido tan enormes que tuvieron que echar mano de quintas casi infantiles. Entre ellos se encontraba Leoncio.

Leoncio era cordobés, vivía en un pequeño pueblecito junto a su madre viuda y a una hermana algo más pequeña que él,  tenía dieciseis años, era moreno, espigado y apenas empezaba a  salirle la barba, unos pelillos bajo la nariz y en la barbilla era todo su arsenal varonil, arsenal que él afeitaba con esmero día sí, día también, con la ilusión de que para el próximo afeitado tendría algunos más. Reíamos mucho con él, le gastábamos bromas como si ya había llegado al pelo número diez, pero él no se enfadaba, reía con nosotros, era la inocencia en persona Por las noches lloraba acordándose de su madre y hermana. Tenía mucho miedo, cualquier cosa lo asustaba y corría despavorido buscando refugio. Sabe Dios por qué motivo se pegó a mi como una lapa, no me dejaba ni un segundo, comía y dormía a mi lado y las noches que me tocaba transmisión era incapaz de quedarse sin mí en el barracón y se venía conmigo a pesar del peligro y el frío casi insoportable. Empecé a tomarle afecto enseguida porque era imposible no hacerlo, era como un perrillo a mi lado moviendo la cola continuamente, pidiendote un poquito de cariño y yo se lo dí, como hubiera hecho cualquier ser humano con corazón. Le contó a su madre que era mi amigo, que yo me portaba muy bien con él y que ya estaba superando el miedo gracias a mí. Su madre me escribió dándome las gracias por lo que me preocupaba por él y decía que  nunca podría pagarme lo que estaba haciendo con su hijo. Y llegó la noche que nunca olvidaré, como siempre se vino conmigo para hacer la guardia, además de estar a mi lado, le encantaba ver como manejaba los cristales y continuamente me rogaba que le enseñara, lo más que hice fue que durante el día, en los periodos de descanso en el barracón, fue introducirle un poco en el sistema "morse" y la verdad es que aprendía rápido, para él aquello era casi magia y le fascinaba. Aquella noche había luna llena, el cielo estaba completamente despejado, el resplandor de la luna iluminaba la zona con mucha mayor intensidad que la mayoría de las veces. Transmití mi mensaje pronto, y seguí un poco más "hablando" con ellos de cosas banales, nos habíamos relajado hasta tal punto que ya no veíamos el peligro. Acabé, guardé los espejos en la mochila y nos abrimos unas latas de sardina en aceite que teniamos para cenar, una vez hubimos  acabado fumamos un cigarro mientras hablábamos  del futuro, yo volvería a mi ciudad y tendría que luchar fuerte y él a su pueblo de Córdoba a trabajar la poquita tierra que su padre le había dejado y volvería a ver a la niña que lo traía por la calle de la amargura. Al rato empecé a sentirme mal, quizás -pensé- el cigarro que me he  fumado después de las sardinas me ha sentado mal y el estómago amenazaba con salirse por la boca. Salí corriendo, alejándome para vomitar y otras cosas porque el cuerpo se me descompuso entero, le advertí como siempre que lo dejaba solo, que no se le ocurriera coger los espejos, pero esta vez no me hizo caso, había pasado poco tiempo cuando sentí la explosión, el cuerpo se me heló aún más de lo que ya estaba. Corrí ahogándome de miedo, presentí lo peor, pero yo mismo me daba ánimos en la carrera pensando que no podía haber pasado nada, pero desgraciadamente mis peores augurios se confirmaron, una granada lanzada por la guerrilla explotó de pleno en el sitio en que Leoncio se encontraba. La imagen era dantesca, sangre y visceras esparcidas y el cuerpo de mi amigo desmembrado, en su brazo separado del cuerpo, en su mano aún se encontraba el espejo con el que se puso a hacer señales. Creí morir, pensé que todo era una terrible pesadilla, en segundos pasaron por mi cabeza cuarenta mil cosas ¿ por que lo dejaría solo? por que desobedecio mis ordenes?,  ¿ por que me comeria las sardinas? por qué y más por qué sin respuestas, y su madre cuando se enterara... su dolor lo veía  reflejado en la mía, si hubiera sido yo, y ese pensamiento era insoportable, hubiera dado mi vida por poder retroceder en el tiempo, por volver a escuchar su voz, sentir su miedo, oir su risa y hasta sus ronquidos durmiendo a mi lado, por los que tanto protestaba. Me hinque de rodillas rodeado de sangre y lloré, lloré hasta quedarme sin lágrimas.

La vida me castigaba una vez más, pero a pesar del inmenso dolor que sacudía mi cuerpo, en ese momento juré que no me iba a dejar vencer".

lunes, 27 de mayo de 2013

"Mi héroe" Desesperación

Mientras mi héroe, queda acuartelado en su regimiento, en su pueblo se empieza a librar una lucha que intentaré redactar siguiendo el dictado de una persona muy allegada a él, muy querida por él, que fue la que me dio, gran parte de los detalles acontecidos esos amargos días de Julio del 36. Me estoy  refieriendo a Rosarito, su hermana, que vivió en sus carnes y en primera persona dichos acontecimientos.

Como ya expliqué en relatos anteriores, las condiciones de vida del campesinado eran teriblemente precarias, los jornales apenas llegaban para comer, no tenían médico, los niños perecían de tifus y enfermedades en un porcentaje elevadísimo, pocos eran los que asistían a la escuela porque desde muy pequeñitos ayudaban en el campo y las viviendas carecian de agua corriente y luz. Los hombres trabajaban desde el amanecer hasta que se ponía el sol, se helaban de frío en invierno y en verano el sol de la campiña, achicharraba hasta sus gargantas. La mujeres criaban a los hijos con mil fatigas, sufrían su pérdida demasiado a menudo, administraban el jornal del marido aprovechando hasta la última migaja de pan mientras que la carencia de agua, las obligaba para proveerse de ella, a cargar con cántaros, cubos, búcaros... hasta la fuente al pie del arroyo.

Poco o nada, les faltaba a estos hombres para rebelarse ante tanta injusticia,  pero carecian de lo más importante, carecían de  valor, el valor para enfrentarse al terrateniente y exigir todos a una, una mejora en sus condiciones de trabajo y de sus jornales, tenían miedo a las represalias, a quedar sin trabajo para alimentar a sus familias, miedo a tener que huir del pueblo que los vio nacer, por lo que año tras años a través de todos los tiempos callaban y apretaban los dientes temiendo, a que en algún momento de desesperación, pudiera salir por su boca lo que les decía su corazón. Pero ultimamente las cosas estaban cambiando, ya había quien se atrevía a levantar un poco la voz, quien, venidos de la capital o de otros pueblos mayores, reivindicaban lo que tanto estaban  necesitando, ya se atrevían a escuchar dichas proclamas y a soñar con una vida un poquito mejor, en la que los hijos pudieran al menos comer y cenar todos los días. No caía en saco roto las charlas, los consejos de gente preparada venidas de la capital y la llamita de la esperanza iba creciendo poco a poco, amenazando  convertirse en  hoguera, una hoguera avivada por aires nuevos, frescos, que podría llegar a arrasar y quemar  todo lo que se le pusiera por delante.
A esto se refería el padre de nuestro protagonista cuando le hablaba a su hijo del nacimiento de una fuerza que podría traer lo mismo dicha que desventura, dependiendo del desenlace final, pero lo cierto es que ya él comprendió con anticipación que el momento había llegado, que el silencio se había terminado y que esa fuerza era imparable, que había que jugársela y que el juego era muy peligroso. Aún así él, hombre realista, con los pies bien plantados en el suelo, no se permitía dejarse llevar por la ilusión, por la fantasía, por lo que él creía una  utopía, y sus recelos aumentaban conformen los días pasaban y el ambiente se enrarecía cada vez más. Y llegó un día, cuando Julio se estrenaba con una "caló" insoportable, con un sol que a fuerza de apretar, agrietaba la tierra que se abría reseca pidiendo agua, dónde hasta los pájaros temiendo a sus rayos se guarecían bajo los chaparros sin osar levantar el vuelo, y los hombres, sudaban por sus poros hasta la última gota de su cuerpo.  Fue entonces cuando alguien dijo: " !Basta ya! o ahora o nunca, ya hay fincas en Extremadura ocupadas por jornaleros, se harán cooperativas, nosotros podemos hacer lo mismo, trabajaremos la tierra con nuestras manos, pero esta vez será para que vivamos dignamente. La Ley de Reforma Agraria aún  no está aprobada, pero el Gobierno consciente de nuestros problemas, esta de nuestro lado, tenemos todas las de ganar y no pasará nada, así que ¿ a qué esperamos?, ! a por todas!, " la tierra es para quien la trabaja". Y esa fue la coletilla, "la tierra pá quien la trabaja" y de esa manera,  todos,  con las azadas, con las hoces en las manos, con las mulas portando aperos y canastos de comida y búcaros de agua y ... sobre todo,  con la esperanza y la fuerza brotando de montones de corazones latiendo en la misma sintonía, sabiendo que el poder era de ellos, que la unión hace la fuerza, se encaminaron al pueblo arrastrando con ellos a mujeres, niños, viejos que se unían a ellos con alegría, hasta los perros parecían entender lo que pasaba y corrían  ladrando y moviendo sus colas como queriendo  mostrar así la alegría.
Lo consiguieron, la Guardia Civil los dejó según órdenes de sus superiores,  reivindicar sus necesidades  y en horas y a las puertas del Ayuntamiento, se leyó un decreto por el que se notificaba que hasta nuevo aviso, las tierras que rodeaban al pueblo quedaban confiscada en beneficio de dicho pueblo y que para evitar enfrentamientos entre las diferentes clases sociales, se instauraba el toque de queda desde las ocho de la tarde hasta las 6 de la mañana. A los terratenientes se les prometío seguridad hacia sus personas y familias y el pago por el "alquiler" de sus tierras, que quedaba pendiente estipular por las autoridades competentes, cuando llegaran de Sevilla.
Entre todo ese gentío, contagiado de la euforia de amigos y compañeros, al padre de mi protagonista, se le esfumó el escepticismo que le había acompañado anteriormente y vivio plenamente esa jornada histórica, abrazado a su mujer y de la mano de su Rosarito, que disfrutaba de lo lindo de lo que para ella era una verdadera fiesta del pueblo. El día terminó en la plaza, frente al Ayuntamiento, con la banda de música tocando a pesar de no ser domingo, y la gente bailando en una verdadera noche de felicidad como nunca habían sentido.
Poco les duró la alegría, quince o veinte días a lo sumo, el 18 de ese mes, llegó la noticia del golpe militar encabezado desde Africa por los generales Mola y Francisco Franco. Las noticias que llegaban al pueblo por parte del Gobierno Central eran que efectivamente había surgido una pequeña insurrección  militar que había tenido poco seguimiento a nivel nacional y que la mayoría de provincias españolas estaban en poder del Gobierno legalmente constituido desde Febrero, gracias a la voluntad del pueblo, y sin lugar a dudas en pocos dias se acabaría la situación con la derrota y a la vez destitución de los rebeldes, que se hacían llamar "nacionales". 


Pero no fue así, se pecó de confianza y la rebelión se fue afianzando en las pocas provincias conquistadas. Entre ellas y una de las más importante, se encontraba Sevilla capital y parte de su provincia. Eso no amilanó a la gente del pueblo que estaba con la República, en este caso la clase campesina, los desprotegidos, los pobres que eran la mayoría y  se equiparon para defender al pueblo y  la Constitución  ante la amenaza de la llegada de los nacionales, que cada vez estaban más cerca. Al final, el 30 de Julio, sin que nadie pudiera evitarlo, las tropas franquistas entraron en el pueblo. Una gran mayoría de campesinos, temiendo a las represalias, se dio a la fuga, abandonaron sus casas, su pueblo, sus mujeres e hijos, se fueron huyendo con lo puesto, sin dinero, a lo más con un poco de pan, un poco de queso o morcilla o lo que pudieron rebañar de  sus casas, una cantimplora llena de agua y un miedo en el cuerpo que los lanzaba campo a través con el anhelo de alcanzar  los montes que los separaban de Málaga,  todavía zona "legal" o como ya era denominada por los nacionales: zona roja.


No lo hizo así el padre de mi héroe, se negó a irse a pesar de la insistencia de amigos, familiares e incluso de su propia mujer e hija. Decía que se estaban sacando las cosas de quicio, que no iba a pasar nada, que a lo sumo se volvería al sometimiento que durante toda la vida, exceptuando las últimas semanas habían tenido al terrateniente y a las clases privilegiadas, que seguro que dicho sometimiento sería aún más duro, pero que más duro para él era abandonar su hogar, vivir lejos de su campiña, de su pueblo, no ver a su mujer, a sus hijos, dejarlas desprotegidas, sin medios para vivir, ¿quien llevaría el  pan a su casa? ¿quien cuidaría de las dos, ahora que su hijo se encontraba en Granada haciendo el Servicio Militar?, en fin... argumentos y más argumentos que rebatía a todo el que le pedía que escapara con él, hasta su hermano, el menor, Antoñito, intentó convencerlo sin  resultado y allí se quedó junto a su mujer y a su hija.

Después todo se desarrolló con gran rapidez. Así lo contaba su hija: El día 31 de Julio, mi padre cumplía 43 años, mi madre tenía 40 y yo me encaminaba a los 13. En aquellos tiempos al menos en mi pueblo y especialmente en nuestra clase no acostumbrábamos a celebrar los aniversarios, como ocurre en estos tiempos, había años que incluso pasaba desapercibidos para la familia, pero yo me acordaba siempre de las fechas de los nacimientos de mis padres y hermano, así que ese día salté de la cama corriendo, preguntando por él, era como si presintiera que algo malo iba a pasar y sólo necesitaba estar a su lado y darle mil besos. Salí a la calle y me entró miedo, estaba desierta, las puertas de las casas cerradas y un silencio forzado, vigilante flotaba en el ambiente, ni los perros ladraban, ni los gallos cantaban, era como un pueblo fantasma, muerto en vida. El pánico se apoderó de mi cuerpo y volví a entrar rapidamente en la casa, mis padres no estaban, pensé que habrían ido a la fuente a por agua y esperé acurrucada en la cama pensando que pronto llegarían o que lo que estaba pasando era sólo un aterrible pesadilla de la que pronto despertaría.

Pasado un tiempo que a mí me pareció eterno, llegó mi padre efectivamente cargado con los cántaros de la fuente, venía sonriente lo cual me tranquilizó, me comentó que mi madre había salido a casa de una vecina que estaba enferma para ayudarla con sus hijos. La realidad era otra, después de mucho meditarlo durante toda la noche, decidió, con muchísimo esfuerzo visitar a su hermano, que era el que ella creía podía ayudarles en el caso de que las cosas se complicaran. Este hermano, su único hermano varón, había sido el más querido para ella porque desde pequeñitos y dada la poca diferencia de edad entre ellos, habían compartido juegos, travesuras, trabajo y principalmente su gran aficción a la música, fue él quien la enseñó a tocar el acordeón y tambien el que  le enseño todas las canciones que sabía, el que la acompañaba tocando en cualquier fiesta o reunión cuando se arrancaba en el cante y el que subía al tablado junto a ella en las fiestas patronales cuando la gente reclamaban su presencia para escucharla, el que le daba la mano para contagiarle su ánimo y su calor ante su miedo en el escenario y el que la abrazaba cuando el público en pie aplaudía enfervorizado por su actuación. Tenía otra hermana más pequeña, Conchita, que siempre quedaba relegada ante ella por él, porque lo adoraba, no concibía que alguna vez tuviera que llegar el momento en que cada uno cogería su camino, por ley de vida, se casarían y esa relación tan estrecha tendría que dejar paso a otra, con el mismo cariño entre ambos, pero más distante. Se prometieron de niños que siempre estarían juntos y que no se casarían, porque no había nada mejor que ese cariño de hermanos compartiendo juntos tantas cosas bonitas.

El tiempo como es natural, los fue madurando y el amor apareció en sus vidas. Ella se prendó de ese campesino guapo, alto y serio que la miraba cuando de regreso del campo pasaba por delante de su puerta, el que vivía en lo más alto del pueblo, el hijo del desgraciado guarda forestal, que murió poco después que sus dos hijos gemelos, de pena y remordimiento. Nunca se perdonó no haber descargado la escopeta cuando llegó de trabajar del monte, esa escopeta culpable, asesina, con la que uno de ellos, jugando al conejo y al cazador, disparó sobre el otro, creyéndola descargada. Cuando llegó tembloroso al lado de su hermano y lo encontró con la cabeza destrozada y el cuerpo bañado en sangre, fue tal la impresión, la pena, la desesperación, que su corazón no pudo aguantarlo y allí mismo a su lado se derrumbó, muriendo con las manos sobre la cabeza destrozada de su hermano, y ella supo desde el primer momento que lo vio, que era al único que podría querer, al que le podría transmitir un poquito de esa alegría suya, de ese optimismo ante la vida, después de una infancia y juventud tan desgraciada. Se hicieron novios contra la voluntad de su hermano, que pensaba que no era el hombre apropiado para ella. Ella, la moza más alegre del pueblo, la de la voz maravillosa, la que gustaba divertirse, cantar, hablar con todo el mundo, no podía encanjar con ese hombre tan serio, tan huraño, que arrastraba desde hacía años una tragedia tan tremenda, tan difícil de superar, que tendría que trabajar de sol a sol para medio alimentarla a ella y a los hijos que tuvieran y las penalidades y estrecheces que su hermana  tendría  que vivir a su lado, porque sin venir ellos de  una familia rica ni mucho menos, vivian bien sin que les faltara nunca lo necesario. Así empezó a fracturarse esa idílica relación fraternal, a ella no le importaba nada de lo que él le aconsejaba, sólo quería vivir al lado de ese hombre, daba igual las condiciones, ella lo quería por encima de todo y no iba a renunciar a casarse con él y así lo hizo y su hermano no pudo impedirlo.

Florencio no asistió a la boda, su ataque de celos, de frustación, de soberbia se lo impidió y ella no le podía perdonar que el día más bonito de su vida, estuviera ensombrecido por su ausencia. Después él entabló relación con una de las hijas del mayor terrateniente de la comarca que se opuso a la relación, pero ante el empecinamiento de la novia por casarse a costa de lo que fuera, el dueño y señor de las tierras, dio su consentimiento para celebrar la boda.
De esa manera, Florencio pasó de ser uno más del pueblo, hijo de un tendero de la calle Mayor, a señorito, a mirar la vida  desde el lado de los ricos, a luchar por sus privilegios a costa de mancillar si hacía falta a los que en un tiempo fueron amigos y a tratar a los trabajadores del campo con el mismo desprecio y altivez que  su suegro. Entre ellos a su propio cuñado, al que ni siquiera osaba mirar a la cara. Se hizo conservador, de derechas y se afilió a ese partido tan elegante portadores de camisa azul, llamado Falange Española que también se acoplaba a sus nuevos ideales. Tanto se involucró, que a partir de las últimas votaciones de Febrero y ante lo que Falange intuyó se le avecinaba por parte del campesinado, lo nombraron por votación unánime Jefe del Partido Falangista de la comarca, los miembros de dicho partido, comprendieron que no podía haber candidato mejor que él, tenía la fuerza y la  suficiente sangre fría para controlar la posible rebelión.

Llegó feliz a su casa, disimulando ante su marido la emoción que la embargaba para que no sospechara dónde había ido en realidad y los frutos de su temida visita. Su hermano la recibió con los brazos abiertos, la llenó de besos, se abrazaron y lloraron juntos recordando los buenos tiempos pasados y el tiempo perdido por la tozudez de ambos. Ante su petición él le prometió que nunca permitiría que nada les pasara, porque en realidad nada iba a pasar, lo único que harían sería restituir la calma en el pueblo y alentar a la gente a que siguieran con su vida normal, con sus trabajos, con sus quehaceres cotidianos y nada más. Ella se encargó de alentar a vecinos y amigos para que salieran del pozo de temor y angustia en que se encontraban, prometiéndoles que no pasaría nada y que la situación estaba completamente controlada, lo sabía de muy buena tinta y les rogó tuvieran confianza.

Nada más lejos de la verdad, esa misma madrugada, las patrullas de soldados nacionales y falagistas del pueblo, se encargaron casa por casa de detener a toda persona  que semanas anteriores tuvieron la osadía de arrebatar las tierras a los dueños que, generación tras generación habían ido heredando  de sus antepasados. 

Uno de los noventa o cien detenidos, era su marido. Y la desesperación la envolvio. 


domingo, 19 de mayo de 2013

"Mi héroe" Guerra y muerte

Quiero dejar constancia antes de continuar con esta historia, que de  esta etapa en la vida de mi héroe,  la que ésto escribe, conoció los acontecimientos personales de su vida, por personas muy cercanas al protagonista, pero nunca por sus propias palabras, sólo me contó lo más relevante, lo que no podía ocultar por razones que más adelante comprendereis, pero sus sentimientos, sus sufrimientos, sus angustias... nunca me las transmitio personalmente, ni yo en aquella época pregunté, pero que conociendo su manera de ser y de sentir, imagino por lo que tuvo que pasar y sufrir y que su negativa a dar detalles y a contar lo que él sentía, sólo era debido al dolor tan inmenso y al daño que le producia rememorar tan tremendos acontecimientos. Él, como excelente narrador que era, era capaz de dirigir y engancharte con la historia, saltándose hechos que le eran muy amargos sacar afuera. Ahora me pesa como una losa el no haber sabido en aquellos momentos  darme cuenta  de la historia tran tremenda de la que era partícipe  y no haber insistido un poco en los detalles, detalles importatísimos que después he conocido.

Avanzaba el mes de Mayo, cuando fue llamado a filas. Por sorteo le tocó incoporarse al Ejército de Tierra, división de Ingenieros y dentro del mísmo, al Centro de Transmisiones (RRMP) es decir, Red Radio Telegráfica Militar Permanente. Lo mejor, quedaba en la misma capital, ya que de las pocas divisiones existentes de esta sección, una de las más importantes se encontraba en Sevilla. La suerte hasta el momento le acompañaba, quitando el periodo de instrucción y asesoramiento que tendría que efectuarlo en la provincia de Granada durante tres meses, el resto hasta el año y medio de servicio, lo llevaría a cabo en su ciudad, e incluso según testimonios de veteranos a punto de licenciarse, se disponía de las tardes libres, a excepción de los días que le correspondia hacer guardia.

Llegó a la tienda del Sr. Froilán como loco para dar la noticia, se incoporaba dentro de un par de semanas y preveía que para mediados de Agosto ya estaría de vuelta para comenzar a hacer casi su vida normal. Trabajaría por las tardes en la tienda, podría limpiar, arreglar, reponer a la hora del cierre, dormir en su habitación-almacén y de ese modo facilitaría extraordinariamente el trabajo para el día siguiente al dueño, que ya contaba con un mozo para ejecutar las labores más pesadas. Todos se congratularon con la feliz noticia y lo celebraron con un almuerzo en el que la Sra. Encarna guisó un pollo como sólo la noche de Nochebuena saboreaban. Escribió a sus padres comunicando la buena noticia y ya todo su deseo se centró en que pasaran rapidamente los días para incoporarse a filas, vivir una experiencia nueva, visitar Granada que todo el mundo que la conocía hablaba maravillas de ella y volver pronto, cuanto antes, no veía el momento de poder traerse a la familia y vivir junto a ella el día a día, que ya casi ni recordaba: dormir sintiendo la respiración de ellos, levantarse al amanecer con sigilo para no despertarles, almorzar los guisos de su madre mientras hablaban y regresar ya avanzada la noche a un verdadero hogar, con una mesa esperándole, una sopa caliente, un arroz con leche de postre, unas risas, unas charlas, un cigarro en compañía de su padre en un patio lleno de flores escuchando de fondo los sonidos, las voces, la música, de la vida, en una casa de vecinos.

Llegó el día esperado, abrazó al que había sido su tutor durante tantos años, a su esposa que incluso se le escaparon algunas lagrimitas, que secó disimuladamente con el pico de su delantal, prometió escribir todas las semanas y después de rogarles una y otra vez que se cuidaran mucho, partio para el cuartel con cinco pesetas en el bolsillo y un pequeño hatillo depositario de un pañuelo, una muda, un retrato de su madre y la última carta recibida, escrita todo sea dicho, desastrosamente por Rosarito, que no acababa de aprender a pesar de que ya tenía doce años e iba todos los días a la escuela. Según decía su padre era bastante  dura de sesera  no había manera de que aprendiera a escribir sin cometer una falta de ortografía palabra sí, palabra no, iba siempre a contracorriente, las uves eran bes, las haches no existian, las jotas y las ges las intercambiaba caprichosamente y los puntos y  las comas, borrados del mapa, si alguien hubiera querido leer sus cartas atendiendo a las leyes gramaticales, hubiera muerto por asifixia porque no daba resuello, y lo más llamativo, no separaba las palabras que aparecian unidas unas con otras, durante renglones y renglones, solo de vez en cuando se permitia un respiro, comenzando en el siguiente renglón y volver a las andadas. Ella decía que eso no importaba, que las letras como todo en la vida debía estar enlazado y no sería ella quien empezara a separar, porque las separaciones, todo el mundo lo decía, eran odiosas y que el mundo marcharía mejor si todos y todo estuvieramos juntitos, y  nunca rectificó su forma de escribir, siempre hasta su muerte, sus cartas eran verdaderos jeroglificos para el que las recibia. 

Lo tallaron, lo pelaron al rape, le echaron polvos desinfectantes por el cuerpo y lo vistieron de soldado. Cuando se pudo mirar a un espejo no se reconoció, lo mejor que según él tenía, era su pelo, negro azabache y ondulado, que peinaba hacia atrás marcando las ondas, esa forma de peinarse le daban (según su fieles clientas) una gran apostura a su cara, despejando su frente de cejas rectas enmarcando unos ojos oscuros llenos de vida, además compensaba  un poco su baja estatura, herencia de su madre," bajita pero mu bien formá", según escuchó a su padre decir un día. A él le traía sin cuidado no tener la altura de su padre, la naturaleza era así, y le había tocado ser bajito, era consciente de que su atractivo, no radicaba en su presencia física, que sin ser feo, tampoco era un "Car Cable" (Gart Gable, su héroe de tantas películas, cuyo nombre traducía al pie de la letra), su atractivo radicaba en su simpatía, en la alegría de su mirada, en su sonrisa, en la forma de contar las cosas, en  su desparpajo o como por aquí decimos en su "gracejo".

Allí en plena Sierra de Granada, en un destacamento que se ocupaba de la instalación y reparación de líneas telegráficas y de radio, le enseñaron lo que a todos los reclutas en cualquier punto o cuartel: a desfilar, a cuadrarse ante un superior, a distinguir las insignias, los galones, las graduaciones de los mandos, a manejar un mosquetón, a disparar, a aguantar sin que los ojos se le cerraran las interminables noches de guardia, a pasar hambre, a comer con gusto, esos ranchos acuosos y malolientes de coles y nabos..., en fin como se decía por entonces a hacerse un hombre, pero además y a pesar de todo eso, aprendió con rapidez, porque le encantaba y puso todos su sentidos en ello, el sistema morse de comunicación: raya, punto, raya... tanto por telegrafía, como por sistema óptico, sistema del que llegó a ser un verdadero maestro emitiendo señales mediante el mencionado sistema morse utilizando espejos. Fue un orgullo para él, un chico de pueblo, casi casi analfabeto, que fue capaz de aprender un método tan complicado y  nunca en toda su vida se le olvidó cómo cada letra,  cada palabra se formaba a base de esos puntos y rayas y como se emitía y se recibian las señales.

Mientras tanto, la situación en España, empeoraba por momentos:
- A consecuencia de una serie de atentados de Falange Española, se detiene a su jefe Jose Antonio Primo de Rivera, que es encarcelado, con la consiguiente disconformidad no solo de sus seguidores sino tambien de todas las fuerzas de derecha y monárquica, acarreando con ello una gran ola de nuevos atentados y violencia.
- La ruptura o escisión   del PSOE que queda dividido en dos alas, una más conservadora dirigida por Indalecio Prieto, decidido a refrenar los excesos revolucionarios de comunistas y anarquistas, temiendo al fantasma más que posible de la rebelión militar y la otra por  Largo Caballero que aglutina a los líderes más radicales de la izquierda, dispuestos a continuar con las reformas y revoluciones que se están llevando a cabo.
- Los militares que conspiran descaradamente con aristócratas, terrratenientes, obispos, financieros, alta burguesía... para terminar con lo que ellos consideran la entrada en desbandada del comunismo. Todo ello dirigido principalmente por el General Mola, Sanjurjo, Franco, Queipo de eLlano...

El detonante que hace que la conspiración y los contactos con representantes de las clases sociales antes mencionadas, se unifique llegando a un acuerdo para llevar a cabo el golpe con unas garantías de triunfo medianamente satisfactorias, se produce con la muerte del diputado monárquico Calvo Sotelo a manos de Falange, hecho que consideran intolerable y les da el impulso y la fuerza que estaban esperando.

De esta manera, el 18 de Julio de 1936 estalla el golpe militar y con él contra todo pronóstico una Guerra cruenta, vergonzante, en el que los dos bandos se enfrascan en una lucha fraticida, que duró tres años y causó mas de un millón de muertos.

La Guerra había comenzado mientras nuestro protagonista estaba a punto de finalizar su periodo de instrucción. Su destacamento quedó acuartelado sin perspectivas de regreso y ante ellos se presentaba un futuro de destrucción y miedo como nunca se había vivido.


sábado, 11 de mayo de 2013

"Mi héroe" "Ya eres un hombre"



No quiso comunicar por carta a sus padres las magnificas noticias, quería estar con ellos cuando se enteraran, ver la cara de orgullo de su madre, la satisfacción del deber cumplido de su padre y los ojitos negros brillantes y risueños de su hermana, palmoteando de alegría. Le parecía que el tiempo no pasaba, que el reloj se había quedado parado en la hora de la feliz noticia y como consecuencia  las horas se le hacían días y los días semanas, pues no veía llegar el momento de subir a la camioneta (!que lejos iba quedando ya la carreta del cosario) que le llevaría al pueblo. 

Mientras tanto, él estaba totalmente ajeno a los nubarrones que poco a poco iban apareciendo por el horizonte de la vida social y política de esa España de 1936, de esa pobre España en la que  era imposible poner de acuerdo a las clases, para intentar llevar al pais a la modernidad, al equiparamiento y la integridad en una Europa  moderna que hacía años había despegado y que nos llevaba años luz en todos los aspectos.

 En Enero el presidente de la Republica, Alcala Zamora disuelve las Cortes y convoca elecciones para el 15 de Febrero. Comieza una campaña vertiginosa por parte de todos los partidos en su lucha por obtener el triunfo en la que prevalecen, las amenazas, la violencia y la discordia. Los republicanos, socialistas, comunistas, anarquistas.. es decir las fuerzas de izquierda conscientes de que cada uno por su lado no conseguirian nada, se alian creando el Frente Popular, no ocurre igual con las derechas, que disuelven la Ceda y no llegan a  ningun acuerdo con monárquicos y falangistas y se presenta cada uno por separado. Co mo era de preveer, ante esta situación ganan las fuerzas aliadas del Frente Popular que se apresura a tomar ese mismo día la decisión de decretar el toque de queda a partir del dia siguiente, intentando de esta manera evitar enfrentamientos y violencia por el descontento de las organizaciones de derechas, sobre todo y en gran medida temiendo las represalias de Falange que ya había anunciado con antelación  que si salia victorioso el Frente Popular no lo reconocerían.

Ante todos estos acontecimientos, el miedo en las calles, las amenazas, los rumores de un posible golpe militar... a él  en su ignorancia política, no llegaba a alcanzar el tremendo drama que poco a poco iba rodeando a todas las estructuras del Estado, y que los nubarrones que parecían amenazar su cielo, en poco tiempo, serían barridos por los rayos de un sol brillante y protector. Solo tenia cabeza y corazón para vivir con fuerza su ilusión, sus sueños, que estaban a punto de realizarse y por ello en su entendimiento no podía tener cabida  que lo que estaba sucediendo pudiera llegar a quebrar un vida que se le presentaba !por fin!despejada y bonita.

Y llegó la época del año que más anhelaba, la Semana Santa, y no porque le gustaran especialmente las procesiones, que todo sea dicho de paso, le emocionaban, pero era mucho más fuerte el hecho de que desde el Jueves Santo hasta el Domingo de Resurrección no trabajaba y podía pasar con su familia !cuatro dias! para él unas vacaciones en toda regla. Eran éstos,  los únicos días del año en que los dueños de la tienda se daban un respiro y cerraban, para, de esa manera poder disfrutar con toda intensidad de momentos plenos  de recogimiento, de ver pasar las cofradías, de  vivir la madrugá, de saborear las excelentes torrijas que Dª Encarna elaboraba como nadie, de visitar los templos y  sagrarios dónde rezaban al pie de los pasos de Virgenes y Cristos preparados con todo su esplendor, de emocionarse con el  desfile de los "·armaos" con sus maravillosas plumas en los cascos, mientras pasaban bajo el balcón de su casa, adornado por una gran palma bendecida que colocaban el Domingo de Ramos... y todas las costumbres y tradiciones acumuladas y repetidas a través de los años.  El Sr. Froilan y esposa lo vivian con gran fervor religioso y por nada del mundo hubieran abierto las puertas de su negocio esos dias en los que se conmemoraba la muerte de Jesucristo.

El mismo Jueves Santo de mañana, muy temprano, con una pequeña maleta y su traje bien planchado, cogia la camioneta que lo llevaría a su pueblo, al pueblo en el que nació y dónde le esperaba su familia, lo más preciado para él.

" Iba llegando al pueblo y la sequía del año había hecho sus estragos en el campo, el paisaje otras veces en ese tiempo, verde, salpicado de amapolas y margaritas, de cosechas brotando de una tierra oscura palpitante de vida, del arroyo abriéndose paso a través de árboles y olivos en flor, ahora aparecía amarillento con una tierra reseca llena de peñascos que parecian pedir a gritos el agua que no llegaba, y un arroyo casi estancado en el que la poca agua de su caudal, se veía verdosa, como pegada a una tierra que no quisiera dejarla avanzar. Parecía como si hasta la naturaleza estuviera confabulada con la situación y mostrara de esta manera su descontento,
Cuando bajé de la camioneta todo se evaporó, ese momento de inquietud vivido horas antes, durante el viaje, dio paso nuevamente a mi optimismo, a no querer pensar en nada que pudiera estropear mi momento, y cuando sentí los abrazos, apretones y besos que mis padres y hermana descargaban sobre mi, pensé que no podía haber nada en el mundo que me hiciera daño. Fueron cuatro días que nunca podré olvidar, hablábamos los cuatro hasta la madrugada, hacíamos planes de futuro, paseábamos por la calle Real durante el atardecer con familiares y amigos, volví con el alba al tajo con mi padre, a comer bajo un olivo el tocino y la morcilla con la rebanada de pan acompañados de buenos tragos de vino, visité las tumbas de mis abuelos ya fallecidos, jugué y me rei a pleno pulmón con las cosas de mi Rosarito, que seguía sin saber llorar y volví a escuchar embelesado la voz de mi madre cantando aquellas canciones antiguas que me emocionaban. !Cuanto se puede llegar a sentir, cuanta salud para el alma y que poco se necesita cuando está uno al lado de los que te quieren!

Sólo una sombra de preocupación  me atenazaba de vez en cuando, era mi padre, a veces lo encontraba pensativo, algo apagado, él intentaba disimular cuando me sorprendía observándolo, pero yo tenía la sensación de que algo pasaba por su cabeza, lo encontré prematuramente envejecido, su cara estaba ya excesivamente curtida y las primeras arrugas se marcaban con fuerza, el sol, el viento y las heladas en el campo daban sus frutos y algunas canas aparecían en sus sienes, y hasta me parecía notar que habia menguado, no me parecía tan alto, pensé que nadie de la capital podría creer si lo vieran que sólo tenía cuarenta y tres años. La noche antes de volver a Sevilla mientras cenábamos, me comentó que cuando terminaramos y por ser la última noche que pasaríamos juntos, quería que saliéramos sólos, sin las mujeres de la casa, porque quería pasar conmigo un rato y charlar de hombre a hombre, de cosas de hombres, insistió, cuando mi hermana se quejó de lo que a ella le parecía una injusticia, ya no habló más hasta que salimos de la casa.

"Hijo - me dijo - a la vez que abría su petaca y me ofrecía un cigarro, ya tienes edad de fumar delante de tu padre, porque ya te considero y sé que eres un hombre cabal". Cogí el cigarro con las manos temblorosas por la emoción, nunca en toda mi vida me había sentido tan cerca de mi padre y a la vez tan valorado. Empezamos a andar sin rumbo fijo, callados saboreando el humo del cigarro y perseguidos por una luna que parecía iba a explotar de luz y grandeza. Así llegamos a las afueras del pueblo y allí sentados en un pequeño montículo al pie del camino, empezó a hablar. " Las cosas andan mal por el pueblo, la gente está alborotada, demasiado a mi parecer, se rumorea que el gobierno ha empezado la revolución agraria y ya hay muchas tierras que están siendo ocupadas por los jornaleros, con el beneplácito del gobierno, aquí ya se habla de hacer lo mismo, vienen gente preparada de otros pueblos dando información, instigando a la gente a que esta situación hay que cambiarla, que no es justo que las tierras estén en manos de terratenientes que se llevan todos los beneficios mientras los campesinos apenas si pueden sobrevivir, que la tierra tiene que ser de quien la trabaja y que nuestras condiciones de vida tienen que cambiar. Y yo pienso que así debe de ser, que no está bien que uno se lo lleve todo y otros nos arañemos las tripas comiendo al día un poco de pan duro con tocino, que nuestros hijos ni siquiera puedan ir a la escuela y nuestras mujeres se hagan prematuramente viejas a base de sufrir necesidades y calamidades, pero por otro lado pienso que los señores no se van a quedar de brazos cruzados y eso me da miedo, porque esta vida está hecha así, para que haya ricos y pobres y para que los ricos estrujen a los pobres y por eso creo que esto no va a traer nada bueno, digan lo que digan, por eso, hijo, he querido hablar contigo antes de que te vayas, quiero que sepas que te quiero y que mi meta ha sido, como sabes, sacarte de este infierno, y ahora sé aun con más seguridad que hice lo que tenía que hacer. Y ahora te pido solo una cosa que quiero que cumplas: que si por alguna circunstancias me pasara algo, tu quedas como el cabeza de familia y a ti corresponde cuidar de tu madre y hermana, no las dejes nuncas, lucha todo lo que tengas que luchar por su bienestar, cuidalas y dale todo el cariño del mundo"

Quede paralizado, primero una ola de calor agobiante me recorrió el cuerpo y después un miedo irracional se apoderó de mi, ¿que quería decir mi padre? ¿que podía pasar algo terrible?. Me agarré a sus manos y le miré atemorizado, nunca había pasado por mi cabeza que pudiera faltarme antes de que hubiera vivido una vida más tranquila y una vejez rodeado de nietos, y casi sin que me saliera la voz de una garganta que me ahogaba, le dije que no iba a pasar nada, que dentro de un años cuando volviera de la "mili" y si todo salía como pensaba, nos iriamos  a Sevilla y viviriamos felices, pero que si él creia que las cosas estaban tan mal que se vinieran ya a la ciudad, que ya me encargaría yo de buscar una habitación para ellos y seguro que el Sr. Froilan le encontraba algun trabajo. Empezó a reir como yo nunca lo había visto, porque a serio no había quien le ganara, me abrazó: "Vamos, hijo, que ya eres un hombre, no actues como un niño, claro que lo más seguro es que no pase nada y las aguas se calmen, y ya habrá tiempo de pensar el día de mañana nuestro traslado, pero hay que hablar de todo entre hombres y tienes que estar enterado de la situación que hay en el pueblo. Es casi una excusa para decirte que cuando yo falte sea cuando sea, veles por ellas". Se lo prometí dándole un abrazo, quedé más tranquilo al escuchar su risa y ver el brillo de sus ojos en la oscuridad de la noche, volvimos a casa con su brazo sobre mis hombros y me sentí el hijo más querido del mundo.

A la mañana siguiente, cogí la camioneta de vuelta a Sevilla, mientras se alejaba, veía a los tres diciendome adios con la mano, rompí a llorar sin que nadie se diera cuenta. No podía imaginar ni en la peor de las pesadillas, que ésta había sido la última vez que mis pies habían pisado las calles, el paseo, el campo, la casa de mis padres de mi pueblo".

martes, 23 de abril de 2013

"Mi héroe" 3ª parte





irme con la manita de mi hermana entre mis manos. Pero, era evidente que aquello no era un mal sueño, era la realidad, la que mi padre había elegido para mi, pensando que de esa manera viviría una vida mejor que la suya, ya que en el pueblo el único futuro estaba en el campo. Quería que conociera mundos distintos, que aprendiera a hablar como la gente de ciudad, que aprendiera bien el oficio y me pudiera valer por mí mismo. Ahora casi en el final de mi vida pienso muchas veces que se equivocó, que mi felicidad estaba en el pueblo al lado de ellos, pero por otro, pienso también que acertó de pleno, pues  la vida es tan imprevisible, da tanta vueltas que nunca se sabe lo que puede  pasar y en aquel tiempo nadie, ni por asomo, podía sospechar lo que se nos avecinaba, una guerra fraticida que si me hubiera cogido en el pueblo, ahora sería poco probable que estuviera aquí.

Por fin el carro paró y me vi de pie en la carretera, frente a una tienda preciosa, grande, como jamás creí que existieran, !que diferencia con la de Manolita, del pueblo! Una puerta con dos alas mitad madera y en la parte superior cristal, por ellos se podía entrever un gran mostrador flanqueado por dos balanzas blancas y al fondo, hileras de estanterias que llegaban hasta el techo cargadas de latas apiladas de conservas, botellas de vino y licores, cajas de infusiones, cafe de Colombia.. A un lado de la puerta de entrada un gran ventanal, desde dónde podía verse una gran cantidad de ultramarinos, todos colocados con gran maestría: sacos blancos rebosantes, de lentejas, de garbanzos y chicharos, tinajitas de  miel, quesos manchegos, morcillas y tocinos, huesos del puchero, latas de melocotones en almibar y conservas de caballa, de atún... y en una esquina una enorme pata de jamón. Eso -le dije al cosario- no es una ventana al uso, las ventanas del pueblo están adornadas de macetas con flores de colores o helechos o jazmines. El cosario me aclaró que a "eso" se le llamaba en la capital escaparate y que servía para que la gente que pasaba por la calle pudiera admirar la variedad y calidad de productos que se podía comprar en esa tienda, pues al resultar tan apetecibles a la vista !cuanto no sería al paladar! apremiaba a la gente a comprarlas. Cosas de la ciudad -decía- es que lo sevillanos, para esto de los negocios son "mu avispaos". Me mareé, todo me daba vueltas y el estomago me subía hasta la garganta pidiendo su ración, !había tantas cosas para comer! y casi nada de lo expuesto era conocido por mi paladar, pero seguro que todo debía estar buenísimo.

Casi desfallecido el cosario me introdujo en la tienda, alli conocí al Sr. Florian, el dueño, un señor ya mayor, que me sentó sobre un saco de patatas pues no me mantenía en pie, y a la Sr. Encarna su esposa, que viendo el estado en el que me encontraba, tardo poco en traerme un tazón de caldo que me supo a gloria. Ya algo repuesto y sin apenas atreverme a levantar la cabeza, el amo me explico que ellos vivian en el piso de arriba, pero  yo tendría que dormir abajo, en la trastienda, pues en su casa no disponian de sitio para mi. Que tendría que levantarme todos los días a las 6 de la mañana para limpiar la tienda antes de que la clientela empezara a llegar, que tendría que ocuparme de preparar y llevar a los domicilios en un carrillo los emcargos, empaquetar, hacer cartuchos, mantener las balanzas brillantes, descargar de los carromatos la mercancia y colocarla, etc., etc. y por supuesto encargarme de mi aseo personal, lavar y planchar mi ropa además de llevar siempre colocado  el babi marron que me había comprado como uniforme de trabajo.Terminó diciendóme que mi padre le habia hablado bien de mí y esperaba que no le desfraudara, que estuviera siempre atento y dispuesto para aprender y hacer las cosas bien. Sin más abrió la puerta que comunicaba con la trastienda y se despidió hasta el día siguiente.

Corrí hacia la puerta de la calle en cuanto me ví solo, con un poco de suerte podría llegar a tiempo para ver cómo el carromato que me había traido de mi pueblo se alejaba por aquella calle estrecha y oscura, se iba el único lazo que me unía a los mios y no pude evitar que las lágrimas corrieran por mis mejillas manchando a la vez el cristal de la puerta porque mi cara no quería despegarse de ella. Al cabo de un tiempo que no pude calcular si fue grande o pequeño, me volví temblando de miedo hacia la trastienda, el lugar que de ahora en adelante sería mi casa. En ella se atiborraba la mercancia: sacos apilados, botellas, latas, tinajas de aceitunas... del techo colgaban jamones, resumiendo aceite y chorizos y morcillas y un bacalao seco, y más quesos y especias de todas clase en saquitos: pimienta, orégano, tomillo, comino... el olor de toda esa variedad de productos era intenso y me molestaba, pero con  el tiempo me fui acostumbrando a él, a ese olor característico  de las tiendas de ultramarinos de la época. En un rinconcito debajo de una ventanita casi al ras del techo, habían colocado mi cama que más que una cama era  un camastro que carecia de almohada, con un colchón de "borra", las sábanas y una manta. Una caja de madera, hacía las veces de ropero y en la tapa de la misma, una vela sujeta en el gollete de una botella de vino me alumbraría por las noches, porque a pesar de que había luz electrica y una bombilla colgaba del techo, no me estaba permitida encenderla para ahorrar consumo. Una palangana blanca y una jarra de porcelana junto a un pequeño espejito en la pared servirían para mi aseo y justo al lado una puerta comunicaba con un pequeño patio cargado de macetas llenas de flores, 3 o 4 jaula de pajaritos, una pila para lavar la ropa, y al final un pequeño cuartito con un retrete, un cubo de cinc para echar agua, y un gancho que atravesaba hojas de papel de periodico. Ese iba a ser en adelante el sitio en el que viviría, lejos de los mios, de mi querido pueblo, de mi  campiña y mi arroyo."

Fue todo muy duro para él , porque a pesar de que  los dueños lo trataban bien, estaba bien alimentado,  fue probando alimentos que hasta entonces le eran desconocidos, le encantaba el bullicio de la calle,el trasiego de la gente, la chavalería jugando en la calle...,  le faltaba el cariño de sus padres, los juegos con Rosarito, las carreras por la calle Mayor tras las zagalillas, las siestas bajo un árbol en la campiña cuando a veces su padre se lo llevaba con él, la risa,  la alegría, las canciones de su madre, la banda de música los domingos en la plazuela, los baños en el arroyo mientras las mujeres lavaban la ropa, la libertad... Pero a todo se termina acostumbrando el ser humano, y él no iba a ser menos, a pesar de la añoranza, de la tristeza por lo que había dejado atrás, supo sacar lo bueno de esta situación a pesar de su corta edad. Saltaba de la cama pensando que tenía que aprender mucho, porque en el futuro cuando se hiciera mayor, soñaba con tener una tienda como aquella y de esa manera se podría traer a su familia a Sevilla, quitar a su padre del trabajo del campo y a su madre de las incomodidades y penalidades que padecía, soñaba con  conseguir que su hermana se hiciera una señorita de capital, con visitar todos juntos el pueblo en las fiestas de la patrona, y reunirse con toda la parentela. Ese era su sueño y eso le daba fuerzas para empezar cada día con fuerza su jornada de trabajo, jornada que se alargaba desde las 6 de la mañana hasta la 10 de la noche, hora en que una vez cerrada la tienda la  preparaba y ordenaba para el día siguiente.  Así todos los día de la semana incluido el domingo, solo ese día por la tarde de 4 a 8 tenía libre para salir y a sus padres los visitaba tres  veces al año, un par de días cada vez , días que apuraba hasta el último segundo en el que tenía que volver otra vez a la capital.

Así fueron pasando los dias, los meses, los años, ocho en total y se hizo un hombre, tenía el mismo caracter alegre, bromista, abierto y risueño que su madre, un magnífico don de gente y un arte para el mostrador que atraía a la gente. Aprendió el oficio a la perfección y se ganó el cariño y la  confianza de su tutor en Sevilla, el Sr, Florian, que terminó casi delegando la tienda en él por motivos de salud y la carencia de hijos. Se aficciono al cine y no había actor o actriz de la época que no conociese, ni película que no hubiera visto, entraba en las sesiones "continuadas" y agotaba el tiempo libre de los domingos viendo películas. Se hizo aficcionado del Betis, porque en la tienda desde que llegó había colgado un escudo del equipo y él que en su vida había ido a un partido de fútbol se hizo bético y hasta su muerte defendió sus colores. Intentaba todos los meses ahorrar un poco del jornal que desde hacía dos años el Sr.Florián le pagaba y comprar regalos para sus padres y "chucherias" y "abalorios" para su hermana que poquito a poco se estaba haciendo mayor. Los años de tristeza, de lucha, de soledad... iban quedando atrás y !por fin! parecía que la vida empezaba a sonreirle.

Finalizaba el año 1935. Tenía 20 años.

Continuará

domingo, 14 de abril de 2013

  • Mi  héroe nació en un pequeño pueblecito de La Campiña sevillana  en los albores del siglo xx.
Su pueblo en aquellos tiempos aparecía  como perdido en el centro de esa gran llanura que es la Campiña, casi totalmente incomunicado. Ni coches, ni  teléfonos, ni telégrafo, sólo  el carromato y la  mula como medio de transporte. Tierras pintadas de ocre, del trigo y de los girasoles, y de la  aridez de las tierras desaprovechadas,  improductivas, muertas., sólo, a lo lejos,  el paisaje se suavizaba con  la banda verde, frondosa de la  arboleda a las orillas del único río que atravesaba la zona frenando   su bajada de  la Sierra gaditana, sierra que aparecia a lo lejos como una  muralla de separación entre ambas provincias.Deslizando la vista  por el horizonte las tierras malagueñas. Pero a pesar de ser un pueblecito con una estupenda situación estratégica por la cercanía de ambas provincias, éste parecía abandonado a su suerte en medio de esa vasta llanura.
.

 Vio la luz por primera vez,  en un periodo de la historia en la que el mundo se volvio loco. Los hombres se mataban unos a otros, las mujeres, niños y ancianos morían como chinches o sobrevivian padeciendo todo tipo de calamidades. Era el tiempo de la 1ª Guerra Mundial, de la Gran Guerra, en la que un gran número de paises entraron en lucha por  intereses comerciales y territoriales. España se mantuvo neutral, bastante teníamos con lo que teniamos: no había dinero, el déficit presupuestario subía como la espuma, escaso o nulo desarrollo industrial y del comercio, una situación militar anticuada y precaria, mucha hambre en el pueblo, millones de analfabetos... todo esto unido a una clase política autoritaria y corrupta (despues de casi cien años, seguimos igual) y una monarquía que no se enteraba de nada o no quería enterarse y el nulo interés de ambas clases por poner remedio, nos  llevó a lo de siempre, a una  neutralidad (yo diria que desgana) en parte obligada, pero fundamentalmente deseada.. Es decir hablando en plata, que les importaban  un pito lo que pasaba fuera de nuestras fronteras (!ay que ignorancia!)  de lo que también pasaba dentro mientras ellos siguieran teniendo los mismos privilegios, es decir,  que el mundo se mataba y aqui en España,  como si no fuera con nosotros, e inevitablemente seguiamos anclados en la Edad Media y dirigidos por señores feudales.

El 15 de Agosto de 1915, en una casucha de las muchas existentes  casi en las afueras del pueblo, nació mi héroe, !pobre niño! !que mala época para nacer y para vivir!, sobre todo si se nace donde él  nació, en el seno de una familia pobre, dedicada a trabajar el campo. Un padre campesino, trabajando bajo la  dictadura, la explotación, la avaricia de cualquiera de los tres terratenientes que acaparaban bajo su propiedad todas las tierras. A cambio,  un jornal de miseria con el que no tenian apenas ni para comer.

Aun así me contaba:

-" !Que feliz fue mi niñez". Mi madre era la mujer más alegre del mundo, reía por todo, me tuvo siendo muy joven porque en aquellos tiempos, la gente en el pueblo se casaba cuando apenas tenia 15 o 16 años. !Como recuerdo todavía despues de tantos años, su voz! cantaba y tocaba el acordeón como los angeles y cualquier fiesta, celebración o reunión familiar era buena excusa para dar rienda suelta a su pasión. Recuerdo tanto el cariño de mis padres!, las voces de los ambulantes que llegaban de la serranía de Ronda, cargados de cacharros y pregonando: tinajas y lebriños malagueñoooooos", cuando corría al atardecer a la entrada del pueblo a esperar a mi padre que volvía del campo, la escuela donde fui  y pude aprender a leer y escribir, las noches al calor del hogar escuchando la historias que mi padre me contaba de sitios lejanos y mi Rosarito, mi hermanita que nunca lloraba porque reia siempre como mi madre y los despertares en la oscuridad del cuarto cuando el sol todavía dormía, escuchando a mi padre coger los aperos del campo, entonces me volvía dormir, soñando que ya no faltaba tanto para levantarme yo también, salir en su compañía y volver casi de noche para ponerle a mi madre mi jornal en la mano... y sentirme ya todo un hombre."

Esos primeros años fueron los más felices de su vida, a pesar de que se acostaba y se levantaba con las tripas sonando por el hambre,  a pesar del frío que entraba por el techo de caña y paja de la casa en invierno, de los mosquitos, del calor agobiante del verano, de la falta de agua corriente  y lo que tenían que andar para cogerla del arroyo, de las enfermedades y lo poco que faltó para que una mala pulmonía se lo llevara para adelante porque no había dinero para medicinas, y... muchas penalidades. A pesar de todo su vida estaba llena, quería hacerse un hombre al  lado de sus padres y hermana y más tarde encontrar una mocita que le diera hijos y trabajar para ellos, en su pueblo, cerca de todo lo que para él significaba  la paz, el sosiego, la felicidad.

Pero no fue así;
"Un día mis padres me anunciaron que tenian que ir a la capital para solucionar un asunto importante. Me volví loco de alegría, quería ir con ellos, comprobar con mis propios ojossi era verdad todo lo que de la capital se contaba: los jardines preciosos, las tiendas repletas de artículos de todas clases, el rio inmenso, la Giralda que llegaba hasta el cielo, las fuentes que echaban agua a chorros, las casas con agua, los coches de vez en cuando... pero no, no pudo ser, el viaje era largo y costoso. Había que pagar al cosario que llevaba dos mulas y el dinero no daba para todos. Así que me conforme como pude, aunque lloré de rabia. Más adelante derramé muchas más lágrimas pero por todo lo contrario, por volver a mi querido pueblo junto a los míos.

De vuelta de la capital, esa misma noche, mi padre me llamó a su lado, una vez dormida mi hermana y con la seriedad característica en él, me indicó que me sentara a su lado, que teníamos que hablar. Mi madre nerviosa salio de casa con la excusa de visitar a una vecina.Y allí quedamos los dos solos, frente a frente y mirándome a los ojos, me diijo: con la seriedad con la que siempre me hablaba,  "Salvador, hijo, sé que te estarás preguntando ¿que ocurre, que he hecho mal, por que mi madre no esta aquí? Así que como  entiendo que vas dejando de ser un niño y eres capaz de comprender la situación en que vivimos y lo que nos preocupamos por los dos, entenderas perfectamente la decisión que tanto tu madre como yo hemos tomado, siempre pensando en tu mejora y en tu futuro, así que para no dar mas vueltas...  y  me explicó  que se sentía muy orgulloso porque había podido enviarme a la escuela para que me enseñaran  las cuatro reglas y a leer y a escribir porque de esa manera me podría defender en la vida sin que nadie me engañara, que no  quería que cuando tuviera 30 años aparentara 50, porque el sol del campo en verano,  achicharra la cara y resquebraja la piel arrugándola antes de tiempo, y los ojos se encogen, se achican incapaces de absorver tanta luz solar y la garganta se tprna áspera por la sequedad que se traga de la tierra, que  en invierno, el frío del amanecer cala hasta los huesos y  se vuelven frágiles prematuramente  de absorver tanta humedad y duelen, las manos y la nariz apenas se sienten de puro frío y la pulmonía te acecha continuamente y solo sueñas en que la jornada termine pronto y puedas llegar a tu casa y arrimarte al calor del carbón. Y yo y tu madre hijo, no queremos eso para tí. Buscamos otra cosa, una vida mejor que la nuestra, que no tengas que vivir tantas calamidades, tanto sufrimiento, que tengas un trabajo lejos de la dureza de la tierra y que te permita vivir mas dignamente y para eso, par conseguir nuestro propósito tienes que salir de aquí. Aquí en el pueblo no hay otro camino, pero en Sevilla, sí,allí, como capital hay muchas y variadas perspectivas que te abrirán las puertas a una vida distinta y por supuesto mejor. Así que, creo que ya ha llegado el momento de actuar. Por mediación de un amigo que tiene un  pariente en la capital, hemos conseguido que esta familia te acoja en su casa para que aprendas un oficio. Ellos son los dueños de una estupenda tienda de ultramarinos y vas a vivir con ellos, allí irás aprendiendo a ser tendero, a tratar a una clientela, a cortar un jamón, a conocer los tipos de queso, a envolver las legumbres, a lustrar el mostrador, a medir el aceite...todo a
 cambio de tu manuntención y educación. Tendrás que obedecer a todo lo que ellos te exijan, no olvides que en esta vida hay que ser humilde y que todo siempre hay que empezarlo desde abajo con tesón y esfuerzo para llegar a una buena meta, tendrás que hacer recados, barrer, limpiar, cuidar del orden del almacén y fijarte, fijarte mucho en como tu mentor hace las cosas y atender con ahínco a lo que él considere oportuno. De esa forma llegaras adonde  queremos que llegues. Y, por último exigirte que yo nunca tenga que sentir la vergüenza de una queja."

Lloró y lloró, rogó, suplicó, él no quería, no podía separarse de sus padres, ¿quien llevaria a Rosarito montada a "cabritos" al arroyo? ¿quien iría a recibir a su padre al atardecer en su vuelta del trabajo? ¿como  podría pasar sin escuchar las canciones de su madre? ¿como iba a poder dormir lejos de su casa? ¿quien le contaría una y ottra vez las historias de sitios lejanos? ... Argumentó cuarenta mil motivos que le impedían irse, que no le importaba que se le estropeara la cara, que nunca tendría frio trabajando, prometíó que jamas se quejaría de nada... pero todo fue en vano. Sus sueños, sus ideales, se derrumbaron, ya nunca podría entregar a su madre su primer jornal del campo y la mocita de sus sueños se desvaneció de un manotazo.

Diez dias después, vestido ya con pantalón largo, camisón blanco y alpargatas nuevas, se montaba en el carromato del cosario. En una pequeña maletita, su madre le había puesto la "muda" nueva  y otro camisón  igual al que llevaba puesto, y en una talega, una hogaza de pan y un buen trozo de morcilla de asadura para que la comiera durante el pesado viaje. El cosario se encargaría de llevarlo hasta lo que de ahora en adelante iba a ser su nuevo hogar.

Las lágrimas apenas le dejaban ver las caras afligidas y tristes de su madre y hermana y la seriedad del rostro de su padre. Creía que el mundo se le caía encima y no iba a ser capaz de poder vivir lejos de todo lo que hasta ese momento había sido su vida. El nudo de su garganta amenazaba con ahogarlo, tragó saliva, se limpio las lágrimas, suspiró  hondo y miró a su padre. De repente lo comprendió, ya no era un niño, su pantalón largo era la prueba de ello, se había hecho un hombre y como tal debía comportarse. De un manotazo se limpio las lágrimas que amenzaban con deslizarse por sus mejillas y esbozó una forzada sonrisa, que más bien parecía una mueca extraña imposible de interpretar.

Corría el año 1927, tenía 12 años.

Continuará.




.