domingo, 22 de septiembre de 2013

"Mi héroe" La bendita post-guerra

" A la tía Conchita le faltó tiempo para enviar a buscar a mi madre y a mi hermana. Bendita tía Conchita, querida tía Conchita, la bienhechora, la que no dudó ni un momento en abrir los brazos y las puertas de su casa para cobijar a su hermana y sobrina.

Para mi era casi desconocida, pero con el tiempo aprendí a quererla como a una madre, hubiera sido imposible no hacerlo. Fueron varios factores los que se rodearon para que así fuera, por un lado, al ser la más pequeña de los hijos de mis abuelos maternos y el haber estado  un tanto relegada por mi madre en sus preferencias, porque que sólo tenía "ojitos" para su hermano Florencio y la diferencia de edad entre ambas (9 0 10 años), junto a mi salida del pueblo siendo todavía casi un niño, hicieron que mi trato con ella fuera escaso, no podía imaginar en aquellos tiempos de bonanza y tranquilidad, que aquella tía con cara de bonachona, que parecía estar siempre en las nubes, poco agraciada, que nació con un ojo "seco", que lo único que heredó de la familia, fue la risa casi perpetua y la simpatía, porque ni tenía el hermoso  pelo rizado, ni los enormes ojos negros, ni la nariz pequeña que era el común denominador de los demás miembros de la familia, llegaría a ser una pieza tan importante en nuestras vidas. Conforme fue creciendo su falta de atractivo físico se fue haciendo más y más evidente, pero a la vez inversamente proporcional a ésto, en su interior crecía lleno de luz,  un corazón repleto de amor a los demás y fue casi con toda seguridad esa belleza interior, junto a su eterna alegría, la que, en contra de lo que todos pensaban, enamoró al hombre que se convirtió en poco tiempo en su marido ante el asombro de propios y extraños.

El no era oriundo del pueblo, pertenecía a una familia de Alcala de Guadaira dedicada a la industria aceitunera, era dueño de una  de las muchas  pequeñas fábricas que en aquellos tiempos se prodigaban en dicho pueblo. Con ésto pretendo decir, que sin ser rico, si que vivía con comodidad y holgura. Allí vivió los primeros años como una reina, porque a él todo le parecía poco para ella y cuando quedó embarazada y alumbró un varón fuerte y grande como el padre y con los ojos y el pelo negro y rizado como la familia de la madre, la felicidad fue inmensa,era el primo Juanito  que heredó como casi toda la familia, la alegría, el buen  humor y la risa como rasgo más destacado de su personalidad.

Cuando estalló la guerra civil, su marido también fue llamado a las filas nacionales, y como muchos tuvo que partir en contra de su voluntad y  de sus ideas  políticas. Marchó con la tranquilidad de que la pequeña empresa seguiría regentada por su  hermano hasta su regreso y que a su mujer e hijo, no le faltaría para vivir mientras él estuviera fuera. Pero no volvió, una bala perdida lo mató en plena batalla, cuando quedaba ya poco para que terminara la guerra y con él se fue la felicidad de mi tía Conchita.

No volvió a mirar a ningún otro hombre, hasta su muerte siguió enamorada de él, de su Juan del hombre que supo mirar más allá de su físico, que la quiso, la cuidó, la colmo de todo cuanto una mujer pudiera necesitar y le dio un hijo tan apuesto como él. Las dos hermanas y los dos primos vivieron la tragedia juntos y creo que  no hay nada que una más a las personas que el sufrimiento común,  porque los cuatro primero a los que yo me sumé después, supimos todos juntos afrontar la situación, superar la pena, volver a vivir con ilusión y ser felices formando una verdadera familia en la que el apoyo mutuo y el cariño, prevalecían por encima de todo.

La fábrica de aceitunas, con la muerte del tío Juan, quedó integramente en manos de su hermano y como suele pasar, desgraciadamente, los intereses económicos prevalecen casi siempre, por encima del amor y la honradez, por lo tanto a lo más que pudo aspirar la viuda que se negó rotundamente a pleitear, fue a una pequeña pensión económica, que mensualmente le aportaba su cuñado a regañadientes y con la que dificilmente se mantenían ella y su Juanito. De esta manera, con ese pequeño "regalo" no alcanzaba para alimentar cuatro bocas, así que la gerencia de la empresa, tuvo la "gentileza" de dar trabajo a mi madre y hermana, de esta manera se alimentaban todos y Juanito podía seguir estudiando, que era lo que su padre hubiera querido  para él."

Si a este capítulo he titulado "Bendita Post-guerra" es porque fueron años benditos para el protagonista y familia, años de bonanza, de felicidad, de prosperidad, en contra de lo que en grado superlativo, se estaba viviendo en la sociedad española en esos terribles años cuarenta, denominados como sabemos, "los años del hambre".

Cuando se enteró de las terribles circunstancias sobre la muerte y desaparición de su padre,  su rechazo a volver al pueblo era tan notorio, que comprendió que en aquellos momentos, no podía seguir con la búsqueda del cuerpo, no estaba preparado para ello y optó por derrochar toda su energía en volver a vivir normalmente, a trabajar, a cuidar y mantener a la familia. Creyó que era lo prioritario, sabía que aún regresando al pueblo y haciendo gestiones, indagando, nunca, al menos de momento, llegaría a saber dónde estaba, porque eran años de miedo, años en los que las "purgas, acusaciones gratuitas, difamaciones... estaban a la orden del día, y no se podía arriesgar a que lo acusaran de "rojo" porque entonces, la cárcel era lo que lo esperaba por muchos años y era consciente de lo mucho que la familia lo necesitaba. Aparte de todos estos argumentos de gran peso, estaba  su tío Florencio que seguía siendo Jefe de Falange en el pueblo y a la vista de lo sucedido, del poder acumulado en los años de guerra, no podía fiarse de su reacción y de las consecuencias que ésta, podrían tener sobre él, así que se resignó de momento a dar la búsqueda por finalizada, siempre, desde luego, prometiéndose a sí mismo, que llegaría el día en que lo encontraría y sus restos descansarían, !por fin! en paz, al lado de los de sus abuelos, en el cementerio del pueblo que lo había visto nacer.

 Iba y venía del pueblo a la capital, siempre esperanzado, siempre pensando  que ese sería el día en que encontraría un trabajo. Un trabajo con el que podría alquilar una habitación y traerse a Sevilla a su madre y a su Rosarito. Se le partía el alma cuando miraba las manos de ellas, enrojecidas, peladas, con las uñas enfermas y negras por el trabajo con las aceitunas, trabajo que las obligaba a tenerlas continuamente en contacto con el agua y la sosa caústica. La impaciencia lo consumía cuando las veía llegar con los pies hinchados, agotadas después de 10 y 12 horas de trabajo continuado, sin apenas tiempo para comer un bocadillo, cuando miraba a su hermana ya casi una mujer, sin tiempo para hacer amigas, para salir por el paseo y empezar a presumir.

Pero quiso Dios, o la suerte, o la casualidad, o su fe... bueno, vosotros, los que leeis este relato, podeis adjudicar el calificativo que mejor se adapte a vuestras creencias lo cierto es que después de un tiempo considerable, encontró lo que estaba buscando, de forma algo "particular" y me refuerzo en lo antes dicho, porque yo pienso que las casualidades no existen, que las cosas pasan por algo. Algo, una señal, un encuentro fortuito, una corazonada... y !zas! encuentras la punta del hilo de la madeja y una vez encontrada lo siguiente es muy sencillo, sólo hay que tirar de él y llegar al punto que estabas buscando, pues algo parecido le pasó.

"El primer día fui a buscar a mi tutor  a la persona que me enseño el oficio y me educó desde que era un niño, la persona que me prometió dejar el negocio en mis manos, a cambio de cariño y protección en su vejez, porque para él, al no tener hijos, no había nadie mejor  para continuar. No fue este el motivo de mi preocupación, mi preocupación era por encima de todo, la falta de noticias de ellos, durante los dos últimos años de la guerra, me temía lo peor, y ante este temor y el cariño que albergaba hacía ellos, mi preocupación era, simplemente, saber como se encontraban, lo demás hacía ya tiempo que lo había descartado. Al entrar en la calle, se me removió por dentro un cúmulo de sentimientos que hicieron tambalearme, las manos y las piernas me temblaban y el corazón palpitaba a una gran velocidad, !quedaba todo tan lejano! ¿fue todo tan bonito como ahora mismo lo recordaba? ¿o era la nostalgia que siempre nos hace ver los tiempos pasados, mejor de lo que fueron en su momento? muchas preguntas y pocas respuestas, lo que sí sabía, porque así lo sentía, es que aquellos años, aún estando lejos del pueblo, fueron si no del todo felices, sí  tranquilos y sobre todo llenos de ilusión por conseguir una vida mejor para mi y los míos.

Cuando entré por las puertas de la tienda, que continuaba abierta, se me cayó el mundo a los pies, !aquella no era mi tienda! estaba sucia, las balanzas que en su día brillaban, aparecían llenas de polvo, las estanterias  medio vacias  y mal colocadas, los botes de caramelos y bombones, tan bonitos, habían desaparecido y el mostrador de madera noble, que era el orgullo de D. Froilan y Dª Encarna, estaba ajado, resquebrajado, tosco y sin brillo. Detrás del mísmo, un hombre de mediana edad con cara de pocos amigos, atendía a una clienta. Me dí a conocer, porque nunca nos habíamos visto, le conté, le trasmití mi deseo de saber de los antiguos dueños, mi preocupación por lo que pudiera haberles ocurrido, me contestó, sin muchas ganas, que él era su sobrino político, que su tía murió mediado la guerra y ante la pena y depresión del tío, él tuvo que hacerse cargo del negocio, que su tío al año de quedar viudo, enfermó y ante la imposibilidad de atenderle como requería, lo ingresaron en el asilo de las Hermanas de la Caridad. Por imperativos del trabajo, hacía tiempo que no sabía nada de su estado, pero aunque le preocupaba, no podía hacer nada más. Salí de allí con lágrimas en los ojos, !que injusta e ingrata es a veces la vida! toda una vida de trabajo, de sacrificios para conseguir su sueño, para asegurarse una vejez digna, en paz, desahogada... y terminar sus días en un asilo de caridad, desaraigado de su casa, de su tienda, sólo, sin su compañera de toda la vida y sin nadie que lo quisiera y se preocupara por él... !maldita guerra! !Cuantas vidas destrozadas, cuantas injusticias, cuantas muertes....! ¿y... para qué y por qué?

Fui inmediatamente a visitarlo y nos abrazamos, lloramos juntos, recordamos tiempos mejores, unimos nuestras manos durante todo el  tiempo que duró la visita, no queríamos dejar de sentir el contacto mutuo. Me contó su sufrimiento por la muerte de Encarna, su sufrimiento por haberlo perdido todo en la vida, su sufrimiento por el rechazo del sobrino y por seguir viviendo sin vivir. No dejé de ir a verlo, al menos dos o tres veces al mes, siempre le llevaba alguna "chuchería" de las que le gustaban y cuando llegaba la Semana Santa, su gran pasión, me empapaba de las novedades cofradieras, de la Virgen que estrenaba manto, de las "potencias" nuevas que tal Señor de tal Hermandad llevaba etc, para después contárselas a él, le detallaba mi paso por las Iglesias el Domingo de Ramos, el olor de azahar que inundaba Sevilla, el recogimiento de la gente y la "piel de gallina" al paso del Gran Poder en la "madrugá"... y así pasábamos la tarde entera, siempre con las manos agarradas, atadas por lazos invisibles de cariño y agradecimiento mutuos. Las visitas, las charlas, las emociones, las risas, las lágrimas, el cariño... se prolongó hasta su muerte acaecida un par de años después. En una de esas visitas, ya de las últimas, el Sr, Froilan me dió un retrato antiguo, por la fecha sellada en el reverso, pude saber que se hizo en el año 32, la fotografía se veía un tanto amarillenta, estropeada, más bien se podía decir que manoseada, a saber la de veces que la cogería, la miraría y hasta la besaría, quiso que me la quedara en recuerdo de los años que pasé al lado de ellos. En ella, se podía ver al matrimonio,  los dos sonriendo tras el mostrador de la tienda, él con su baby beige, el lápiz descansando en la oreja y su brazo rodeando los hombros de su mujer, ella, dejándose abrazar con un delantal inmaculadamente blanco, su mano sobre los botes de caramelos de los que estaba tan orgullosa, y, casi fuera de la imagen, como escapando del objetivo de la cámara, un mozo de no más de 16 0 17 años, con un mandil atado a la cintura, reía como avergonzado y divertido por la situación. Ahí estaba yo, con mi cabeza todavía por entonces, cubierta de pelo, sacándole al momento que vivía, la "chispa" cómica, que tanto me gustaba. Lo guardé en mi cartera como una reliquia, el día que tuviera hijos,    pensé, les enseñaré como era su padre de mozuelo, y las personas que me enseñaron el oficio de tendero. Poco después el Sr. Froilán, falleció en el asilo.  Poca gente le acompañó en su último viaje, el sobrino, algunas clientas ya mayores y yo acompañado de mi madre y hermana. Cuando el sepulturero colocó la losa de mármol que sellaba el nicho, que en su día compró, al menos tuve la satisfacción de que nadie podría arrebatarle, aún estando muerto, el lugar dónde descansaba en paz junto a su querida mujer.

Y llegó el día que tuvo a mi lado a la suerte, o a la casualidad, o a la mano divina, según se mire. Siempre pasaba por las plazas de abastos, por las pequeñas tiendas que salpicaban el centro de la capital, por los grandes ultramarinos en busca de un puesto de dependiente, repetía el circuito, una y otra vez y lo agrandaba saliendo a extraradios, y vuelta a empezar... hasta que ese día, llegó, de la manera más rocambolesca e impensable y encontré el ansiado trabajo. Pasaba por las puertas de la plaza de abastos de la calle Feria, no era mi intención entrar porque el día anterior ya lo había hecho, pero cuando ya casi pasaba de largo, alguien gritó mi nombre y me volví, al pronto no lo reconocí, pero después pude darme cuenta, mientras alguien me  abrazaba efusivamente, que era uno de los muchos representantes de quesos y jamones que iban a la tienda de D. Froilan a ofrecer sus productos y con el que hice cierta amistad en aquella época, intercambiábamos bromas, chistes y discusiones de fútbol. Gracias a él, entré en el mercado, me encontraba tan a gusto charlando de lo que ambos habíamos vivido durante la guerra, que sin apenas darme cuenta, me encontré cargando jamones a su lado, jamones, cuyo destino final era la mejor charcutería que en mi vida había visto y de la que estaba enamorado desde la primera vez que puse los pies en la plaza de abastos. Hacía esquina a dos calles de la plaza, y aparecía cargada de los mejores productos del ramo: jamones colgados, quesos apilados de todo tipo, tiernos, duros, frescos, mantecosos, viejos, manchegos, de oveja, de cabra, salchichones, chorizos... en fin el sueño de un auténtico charcutero. El dueño cuando me vio aparecer, pues ya me conocía de sobra debido a las vueltas que por allí me daba, se apresuró a decirme que no tenia necesidad de emplear a nadie. Mi amigo el representante, me echó un cable, le comentó que el día que necesitara a alguien, que contara conmigo, que me conocía desde hacía años y casi había echado los dientes rodeado de quesos y teniendo por maestro a uno de los mejores tenderos que conocía, que me acogió de aprendiz cuando era un mozalbete llegado del pueblo. Quizás por quedar bien, quizás por interés, quizás porque tenía que pasar, quien sabe,  lo cierto es que me pidio le diera su nombre y dirección por si en un momento dado me necesitaba. Saqué la cartera, y al ver el retrato de mi  "jefe" que siempre la llevaba en ella, no perdí la ocasión de enseñársela  con el fin de que pudiera comprobar la veracidad de las palabras del representante y al mismo tiempo, pudiera ver en la medida que la fotografía permitiera, pues era pequeña y como dije antes, mal conservada, la tienda tan bonita de la que me sentía tan orgulloso El charcutero tomó el retrato en sus manos, la verdad con algo de desgana, comprendí que estaba algo cansado del tema y al momento algo avergonzado de mi proceder, extendí el brazo para que me la devolviera, pero cuando por pura cortesía clavo sus ojos en ella, y la miró detenidamente, quedó como paralizado, era como si por un momento, que tanto a mi amigo como a mí nos pareció eterno, se hubiera olvidado de lo que le rodeaba. Al mismo tiempo, su cara cambió de color, parecía un muerto mientras las manos que sujetaban el retrato, temblaban. Cuando levantó la mirada, clavó sus ojos en mí, diciéndome: Si quieres, mañana te espero aquí a las 7´00 h. empiezas a trabajar conmigo. No me lo podía creer, ¿que había pasado? ¿por qué ese cambio repentino?. Al día siguiente conocí la respuesta.




        

domingo, 8 de septiembre de 2013

Agradecimiento

!Hola! Antes de nada quiero agradecer a todos los que leeis este blog, en el que como sabeis intento plasmar mis recuerdos, vivencias, anécdotas..., vuestro seguimiento y me atrevería a decir también, vuestro  interés por lo que escribo. Gracias otra vez por el ánimo, por las palabras de apoyo y sobre todo y lo que más me llena, gracias por hacerme llegar que en algún momento de la lectura, os habeis emocionado con la historia, no hay nada mejor para el que escribe  que saber que los sentimientos que intentas trasmitir, de alguna manera, le llegan al lector.

Dicho ésto y después del paréntesis vacacional, comienzo, podríamos decir la segunda parte de "Mi héroe", que abarca desde el capítulo que a continuación podreis leer, titulado "Juntos" hasta la muerte del protagonista en el año 1.980.

Espero que esta segunda parte, os guste, en ella voy a intentar poner todo el sentimiento que la historia me produce, algo no muy difícil, porque es gran parte de mi vida y por ello inevitablemente al rememorarla, dichos sentimientos afloran con fuerza desde dentro de mi corazón.

Mi héroe - "Juntos"


" Después de vivir tres años  al borde del precipicio, sin futuro, sin proyectos, sin ilusiones... sólo vivir para sobrevivir dentro de una guerra sin sentido, de un medio hostil, lleno de sinsabores, regresar a la vida normal aunque parezca un sin sentido  es muy duro,  tienes que adaptar de golpe tu vida, tu cuerpo y tu alma a la nueva situación  con todo lo que ello implica. Vivir, trabajar,  luchar, pensar en un futuro, trasmitir sentimientos y recibirlos, no pensar en el pasado, en los amigos que dejas  atrás, en los que dejaron sus vidas.. y cuesta, cuesta muchísimo.

De golpe la vida da un giro de 360º y es difícil sujetarse a ella, corres el riesgo de dejarte arrastrar y terminar o aterrizar donde no debías y hay que sujetarse con toda la fuerza de que se disponga, con el corazón y con la cabeza para seguir en el camino correcto, para que en uno de sus vaivenes no pierdas el control.

Me enteré con todo detalle de la tragedia de mi padre y volví a hundirme, a llorar. a rebelarme ante tanta injusticia, a sentir unido a mi dolor la rabia y la impotencia que te corroe por dentro, que te hiere, que te mata, que te convierte en un ser sin ser, en un muñeco que se mueve por inercia y que actúa con despecho y odio, que te hace en cierta medida irracional... hasta que, si has sido fuerte, si te has agarrado bien a ese giro violento de la vida, sales triunfante. Ocurre como cuando subes a una noria, conforme vas subiendo, eres consciente de lo que se avecina y te vas preparando, te sujetas bien, te acomodas en el asiento, ríes de puro nervio... hasta que llegas al punto más alto, y, de repente, el bajón en el vacío y entonces todo se tambalea, las manos parecen convertirse en lapas pegadas a los barrotes, no ves nada, sólo sientes, sientes el vértigo que te arrastra, el cuerpo que se tensa, el corazón que te ahoga, la garganta que se seca incapaz de reprimir el grito de miedo que origina el aire contenido en los pulmones... pero llegas abajo, fin del trayecto y bajas del "cacharrito" tambaleándote, mareado, por unos momentos te cuesta adaptarte a tener los pies en el suelo y caminar, te parece que aún te balanceas, pero el pánico ha pasado, estás relajado, ríes e incluso te gustaría repetir la experiencia, has descargado en ese recorrido tanta adrenalina que te parece volar, pues más o menos algo parecido pasa cuando tu vida gira de forma tan violenta. Lo pasas muy mal, pero conforme el tiempo corre,  poco a poco, toda la rabia, el dolor, el odio  y la impotencia la vas dejando por el camino y de pronto un día te encuentras de nuevo riendo, con ganas de comerte el mundo, , haciendo planes y te sientes victorioso porque has llegado al final sin perder la batalla, te has sabido mantener aunque hubiera momentos en los que temiste lo peor y empiezas de esa manera, otra clase de vida adaptada a las nuevas circunstancias y  ya de antemano sabes o mejor deseas saber, que lo peor ya ha pasado".

De esta manera, mi héroe, me contaba su salida del oscuro túnel de esos tres años de su vida que siempre vivieron con él, porque las cicatrices que le quedaron ya no dolían, pero estaban ahí y con sus recuerdos, con su relato, era como sentirlas, como acariciarlas porque ni podía ni quería olvidarlas.

No pudo volver a pisar las calles de su pueblo, no pudo volver a oler la tierra que su padre trabajó, ni beber el agua fresca del arroyo, ni escuchar el silencio del castillo de las Aguzaderas, ni  charlar con los amigos de infancia, ni llevar flores a las tumbas de sus abuelos, ni bailar en la plaza con las mocitas, ni tantas y tantas cosas que antaño le hicieron vibrar de emoción y de alegría. Al principio, se lo impedía el odio, el odio hacia todo lo que había hecho posible el trágico desenlace, odiaba las cosas, la gente que volvió la espalda, la familia que no hizo nada pudiéndolo hacer, la falta de ayuda y caridad a su madre y hermana, solas ante el dolor y el hambre... Después, el odio se fue, dando paso al miedo, miedo a que los hermosos recuerdos de su vida se transformasen en rechazo y cambiara su perspectivas de ellos y no quería olvidar porque esos recuerdos eran su vida y al final cuando esos dos perniciosos sentimientos se alejaron, comprendió que en su pueblo ya no había nada que le atrajera,  nadie que lo llamara o que lo necesitara y prefirió guardar en su corazón como el mayor tesoro, los dorados recuerdos de su infancia.

"Cuando sentí los brazos de mi hermano rodeando mi cuerpo, acariciando mi pelo, sus ojos frente a los míos, sentí que desde ese momento ya nunca más volvería a sentirme sola, porque con su sola presencia llenaba el vacío de mi alma, era como si mi padre se fundiera con él para sellar  hasta el más pequeño rinconcito de soledad y de pena que me inundaba, y lloré riendo de felicidad mientras mis brazos también lo abrazaban.

Caminamos por las calles de Alcalá camino de la que había sido nuestra casa desde que la tía Conchita, nos acogió hacía casi tres años. Íbamos andando, mi hermano en el centro, orgulloso, cariñoso, un brazo sobre mis hombros, el otro sobre los de mi madre, nosotras agarrando con fuerza su cintura. Nos mirábamos y reíamos, nos acariciábamos... no salían las palabras, bastaba con sentir, sentir que estábamos juntos y que nunca nadie nos iba a volver a separar.

Y ya en el patio de la casa, sentados bajo la sombra de la parra, comimos juntos, allí delante de la mesa, nos reunimos lo que quedaba, mejor dicho lo que era mi familia, porque familiares habíamos dejado atrás muchos, pero a veces la sangre aún siendo la misma, no es sinónimo de amor o de ayuda, y se muestra esquiva e incluso diría que despiadada, y así lo demostraron, pero ya ni nos importaba, quedábamos pocos pero queriéndonos y ayudándonos sin límites. Mi tía Conchita y su hijo, el primo Juanito, tres años menos que yo,- su padre el marido de mi tía murió también en la guerra - y nosotros tres, pero fue un almuerzo inolvidable. Comimos un buen "sopeao" acompañado de un gran plato de  aceitunas "aliñás" que nos regalaban a los que trabajábamos en la fábrica, no hubo más, el dinero apenas daba, pero nos supo a gloria y allí sentados permanecimos hasta que el sol se fue poniendo. Hablamos y hablamos nos contamos todo lo que tuvimos que pasar en esos tres interminables años, lloramos juntos, nos abrazamos, y hasta reímos y así de la noche a la mañana, recuperé o recuperamos la risa, ese don tan preciado que Dios nos regaló. Y después de contar todo lo acontecido a mi padre, llegó el momento de explicar como sobrevivimos mi madre y yo. 


Mi madre se llevó días y días esperando la aparición de su hermano Florencio, su querídisimo hermano, aquel que tocaba el acordeón como los ángeles acompañando su voz, pero no apareció, quiero pensar que fue por vergüenza o remordimiento o miedo a la mirada, a la tristeza, a las palabras de ella, porque no entra en mi cabeza que se pueda llegar a ser tan cruel como para no ayudar a una hermana y sobrina deliberadamente, pero fuera lo que fuera, nunca apareció por las puertas. En cuanto a la familia paterna, a la que no culpo de nada, puede ser que el miedo a represalias al verlos con nosotras, los paralizaran unido además a que nunca hubo una relación familiar demasiado estrecha, y entre amigos y vecinos, la mayoría pasaban las mismas penurias que ellas y tiraban p'alante con mil fatigas.

Nunca nadie nos molestó, creo que fueron órdenes del tío Florencio, pero tampoco nadie nos ayudó y el vacío y la soledad que se siente parece ahogarte de dolor. Salíamos todos los días casi con el amanecer, sin una perra gorda en el bolsillo y provistas de una talega con un par de hogazas de pan y un trozo de tocino, últimos resquicios de la matanza del único cerdo que habíamos criado, enlutadas de los pies a la cabeza y andábamos por los caminos, camino de los pueblos cercanos, buscando, preguntando, informándonos de todo lo que pudiera darnos alguna luz, alguna señal, del paradero de mi padre, de las posibles fosas de enterramiento. Entrábamos en los cementerios en busca de señales, preguntábamos a los sepultureros, pero terminaba el día y volvíamos a recorrer los senderos de vuelta agotadas, con el corazón vacío y las esperanzas rotas. Así un día y otro y otro, hasta que llegó el momento en que no teníamos ningún sitio nuevo dónde ir, los pies destrozados, el cuerpo famélico y el espíritu apagado y sin ni siquiera comentarlo, una mañana no  nos levantamos, no podíamos hacer más y dimos la búsqueda por finalizada.

Cuando se acabaron las pocas provisiones que teníamos en la casa, fuimos verdaderamente conscientes de que no teníamos ni para comer y pasamos hambre, mucha hambre. Nos íbamos al campo a buscar algo que llevarnos a la boca: una raíz comestible, un palmito, algún higo chumbo de las chumberas de los caminos cuyas espinas se clavaban en los dedos y en las manos ensangrentándolas, con suerte alguna tagasnina o unos espárragos silvestres... era lo único a lo que podíamos acceder, porque todo nos estaba vetado. Mi madre recorrió todo el pueblo en busca de algún trabajo: limpiar, planchar, cocinar, salir al campo, pero no consiguió nada, parecía una maldición del cielo, o de los hombres mejor, pero nadie se atrevía a echarnos una mano, el miedo lo impedía y mi madre se negaba a pedir ayuda a su hermano, decía que antes prefería morir de hambre y ni un pedazo de pan duro que viniera de sus manos lo aceptaría.

Viendo que la situación empeoraba con el paso de los días, que la piel sobre los huesos era lo que nos iba quedando, que yo era incapaz ya de levantarme de la cama y a ella se le agotaban las fuerzas para salir a buscar alimentos, supo que tenía que hacer algo sin demora, para salir de la tremenda situación y escribió a su hermana Conchita, que vivía en Alcalá, contándole la situación y suplicándole ayuda.

La contestación no se hizo esperar.

   




domingo, 21 de julio de 2013

"Mi héroe" La guerra ha terminado.

" En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. LA GUERRA HA TERMINADO. Día 1 de Abril de 1.939."

Mi héroe volvió de la guerra, tenía 24 años y aparentaba más de treinta. Su pelo negro ensortijado, que no necesitaba brillantina, del que presumía conocedor de su atractivo, lo perdió en gran parte, su rostro aparecía curtido por el sol de la montaña y las lineas en su cara estaban ya, demasiado marcadas para su edad, sus pulmones empezaban ya a acusar un gran debilitamiento, fue mucho el tiempo que pasó con el uniforme mojado pegado al cuerpo, muchas las noches aterido de frío, los resfriados y las bronquitis eran el pan nuestro de cada día,  y muchos los cigarrillos encendidos en cadena para paliar la ansiedad y el miedo. Ironías de la vida, su padre no quiso para él el trabajo en el campo, porque era duro, porque  se sufría demasiado, en verano el calor que quemaba, el sudor que empapaba, la sequedad insaciable en la garganta y en invierno, el frío que helaba, el viento que arañaba la piel y la lluvia que embarraba la tierra y los pies y las piernas enfermaban... el cuerpo padecía a la intemperie las fuerzas de la naturaleza y el día a día era duro, sacrificado y con el paso de los años, la piel envejecía prematuramente, los huesos se debilitaban y las enfermedades y la vejez llegaban con demasiada antelación. Todas estas penurias quiso evitar a su hijo, y no sabía que por capricho de los hombres, a su hijo le tocaría padecer todo eso  y en peores condiciones. Luchar en una guerra cruenta y a merced de una naturaleza que le iba a ser completamente hostil para terminar aquejado de todos los males que le quiso evitar.

El sufrimiento, la lucha, la desesperación, la pena, la incertidumbre...habían hecho mella en él y aunque su capacidad de reacción ante tanta adversidad era rápida y positiva, las marcas iban quedando, eran como cicatrices que se instalan para toda la vida, cada una de ellas dejando constancia de lo vivido y de lo que nunca podría llegar a olvidar.

Llegó a Sevilla con un gran declive físico, con el poco dinero que el ejército "regalaba" a los que habían "luchado por el bien de la Patria" para que de esa manera empezaran una vida nueva, pero... ¿que vida nueva? en su caso, no tenía estudios, ni trabajo, tenía que hacerse cargo, como cabeza de familia que era, de su madre y hermana y la situación laboral y económica después de tres largos años de guerra, era desalentadora. Sólo contaba con su oficio de tendero muy bien aprendido desde la niñez, pero para su desgracia, en este sector, las cosas se complicaban todavía más, la falta de recursos económicos en el 90 por ciento de la población, las cartillas de racionamiento, el estraperlo... estaban hundiendo la mayoría de tiendas de comestibles y los puestos de las plazas de abastos y difícil sería que le dieran trabajo. Ni siquiera podía pensar en conseguir un traspaso, un alquiler o una compra de algunos de esos negocios, cuyos dueños agobiados por las deudas y la escasez de ventas, vendían o traspasaban a precios irrisorios, porque sólo contaba el poco dinero que el Estado le abonó por los "servicios" prestados, y que, según sus cálculos sólo le daría para sobrevivir un par de meses.

Pero contaba con algo muy importante, más si cabe que ninguna otra cosa, su fuerza para luchar, sus ganas de conseguir una vida digna para su familia, su ilusión por llegar a tener su propio negocio y las últimas palabras premonitorias de su padre, grabadas en su mente aquella noche de primavera, fumando un cigarro al pie del camino con el cielo cuajado de estrellas: " Cuida siempre de tu madre y hermana, cuando yo no esté, que no les falte nunca de comer, lucha con todo tu corazón, que si así lo haces, lo conseguirás" y a él le sobraba corazón para eso y para más, para hacerlas feliz, para que volvieran a reir como en el pasado y estaba seguro de que lo conseguiría.

"Viví intensamente la guerra, el sufrimiento de las noches en vela, aterido de frío y miedo, viví lo mucho que se puede querer a unos compañeros que poco tiempo antes, ni siquiera sabía que existían y lloré como si fueran mis hermanos, cada muerte y cada herida, viví con desesperación rallando la locura la  noticia de la desaparición de mi padre y la incertidumbre y el miedo de lo que podía estar pasándoles a mi hermana y a mi madre... pero a cada hachazo que me daba la vida, aún en contra de mis sentimientos, me sobreponía, tenía que seguir adelante porque mis seres queridos me necesitaban y porque las palabras de mi madre en su fatídica carta así me lo pedía: " la vida a pesar de todo merece ser vivida".

Así que cuando llegué a Sevilla, casi calvo, con la piel curtida y los bronquios dañados, con "cuatro perras en el bolsillo" y sin saber que iba a ser de mi vida, me juré que lo conseguiría, que la sonrisa , la ilusión, el optimismo, tenían  que ser mi seña de identidad para el futuro, que sólo tenia veinticuatro años y toda la vida por delante y me marqué antes que nada dos objetivos primordiales: abrazar a mi familia enseguida, enterarme con detalle de todo lo ocurrido y obrar en consecuencia y después visitar a mi querido tutor y maestro, D.Froilán, saber de él y de su esposa de los que hacía casi dos años no tenía noticias, se interrumpieron sus cartas y me temía que algo muy importante tenía que haber pasado.

Supe mediante carta, que mi madre y hermana habían abandonado el pueblo y que mi tía Conchita, la hermana menor de mi madre, las acogió en su casa de un pueblo muy cercano a Sevilla y ese iba a ser de momento mi primer y principal destino. No veía el momento de abrazarlas y estar a su lado.

Pasé la primera noche en una pensión cercana a la estación de autobuses en el Prado de San Sebastián, porque al día siguiente cogería en esa estación, la camioneta que me llevaría al pueblo dónde vivía mi tía. Una vez instalado  en la pensión, salí a la calle, estaba hambriento de libertad, de andar sin temor, sin tenerme que arrastrar, de cruzarme con gente como yo. Era primavera y nunca jamás en la vida he sentido y he vivido en sólo una mañana, una primavera con aquella plenitud, con aquel ansia, con aquellas ganas de sol y de vida. Anduve sin rumbo por el Prado, por La Pasarela, por el parque, dejándome llevar, sintiendo el sol calentando mis helados huesos, viviendo el trasiego de los coches por la carretera, el caminar de la gente de un lado para otro, los árboles majestuosos cobijando con su sombra, el cielo de Sevilla azul brillante cruzado de vez en cuando, por alguna que otra paloma blanca, rezagada, alejada de su nido en la Plaza de América. Me paré a mirar como un cateto que llega por primera vez a la ciudad, las gesticulaciones del guardia dirigiendo el tráfico, con su casco blanco, ( la escupidera lo llamábamos los sevillanos, porque cierto es que lo parecían), ahora de espaldas, ahora de frente, brazo derecho arriba, el izquierdo horizontal , de lado, pito de silbato, parón de los coches... y todo me llenaba de alegría, di gracia a Dios por estar allí, por disfrutar de ese sol, de ese cielo, del olor del azahar y de los jazmines. Me inundé de frescor y de silencio cuando pasee por el Parque Mª Luisa, escuché como si fuera la primera vez con sorpresa y emoción el trinar de los pájaros, el murmullo del agua cayendo en cascada por el monte gurugú, respiré con fruición el aire puro cargado  del oxigeno, que las plantas, las flores, los árboles despedían, y que tan bien le venían a mis maltrechos pulmones, pasé, arrastré, acaricié con mis manos  cada banco,  cada fuente, cada flor, y saboreé el agua fresca de las fuentes jugando con ella como si fuera un niño de cinco años, salpiqué, mojé de agua mi cabeza, mi cara, mi uniforme de soldado que aún llevaba puesto y reí sólo ante la "travesura" y, algo cansado, me senté en un banco rodeado de flores para ver bañarse a los patos. Todo era maravilloso, el misterio de la vida en plenitud y yo me sentí afortunado, mimado y querido por ella, merecía la pena vivir aunque el futuro al menos de momento, no se me presentaba nada halagüeño.

miércoles, 3 de julio de 2013

La Leyenda

Con los corazones palpitantes, rebosantes de esperanza, salieron del cementerio, dejaban atrás la muerte, el llanto, la desdicha y la desolación, todavía había esperanzas de encontrarlo con vida, de tocarlo, abrazarlo, mirar a sus ojos y oir sus palabras y agarradas del brazo, apretándose la una con la otra, sin mediar palabra, porque todo estaba dicho, encaminaron sus pasos al centro del pueblo.

Tenían que saber y no sabían cómo, a quién preguntar, adonde dirigirse, no querían levantar sospechas, porque si por algún motivo había escapado o se encontraba escondido en alguna parte, ¿quién les aseguraba que no irían en su busca?. El sol había llegado a su punto más álgido y su fuerza se traducía en un calor sofocante que achicharraba y nublaba hasta la razón y a ellas empezaba a hacerles mella la noche en vela, los nervios, el llanto y la ansiedad, pero siguieron avanzando por la calle Real camino del Ayuntamiento, fue el primer sitio que se les ocurrió, allí estaban los nuevos dirigentes, los reponsables de todo.

Una vez en la plaza, frente a la Casa Consistorial, se pararon atemorizadas. Las puertas estaban abiertas y un pequeño grupo de personas se agolpaba junto a ellas, con la misma indecisión. Parecían estar esperando alguna información, una noticia, una llamada..., se acercaron con los nervios a flor de piel y las piernas temblando y se unieron a ese corrillo de personas, que estaban esperandocon las que tenían un denominador común que los unía, eran gente como ellas, muchos conocidos, vecinos, pobres y trabajadores del campo, mujeres y niños con la ansiedad reflejadas en su rostro, gente que buscaban lo mismo que ellas, saber que había pasado con su ser querido.

"Durante el camino recorrido desde el cementerio a las puertas del Ayuntamiento, agarrada del brazo de mi madre, casi arrastrada por ella, mi mente pasaba intermitentemente, de un pensamiento a otro, parecía que hacia años que habíamos estado cenando en casa. Como todos los días, era el momento de la charla, el momento en que mi padre olvidaba sus desgracias y tormentos y reía con nuestras risas, con nuestras ocurrencias y mi madre  viéndolo feliz, se hinchaba ella tambien  de esa misma felicidad y exageraba aún más sus chistes y sus anécdotas. Recordábamos siempre a mi hermano ausente y escribíamos juntos la carta diaria que a la mañana siguiente me encargaba yo de echar al buzón, y... !sólo habían pasado horas, ni siquiera un día! y ahora nos encontrábamos sólas, sin saber que había pasado con mi padre, sin saber que iba a  pasar con nosotras, y en ese momento, me acordé de mi tío, ese tío Florencio  al que apenas conocía, y al que mi madre quería intensamente y sentí la necesidad de estar a su  lado, necesitaba de una fuerza masculina con la que me sintiera protegida y defendida, que, de momento,  nos acompañara y consolara y me daba igual que apenas lo conociera, pero -pensé- que yo  llevaba su sangre, la misma que mi madre y no dudé ni un momento que nos ayudaría.  Echaba intensamente de menos a mi hermano, allá en aquella sierra maldita, que lo tenía aprisionado, si él estuviera aquí, nos daría fuerzas y se encargaría de traer de vuelta a nuestro padre a casa para volver a estar los cuatro juntos. Me asaltaban las imágenes vistas en el cementerio, imágenes que nunca creí pudiera llegar a presenciar: sangre, muerte y horror... y entonces apretaba con fuerza la mano de mi madre y la miraba de reojo tratando de descifrar sus pensamientos, sus miedos y sus intenciones, ¿iríamos a ver al tio Florencio?. Su cuerpo menudo, se movía con agilidad por la calle y su pecho voluminoso apretaba el vestido como si le fuera a estallar con su movimiento, el pelo negro como el azabache recogido en un moño sobre la nuca, parecía presagiar un luto inesperado y sus ojos siempre risueños, aparecían rojos, hinchados y llenos de tristeza. No, esa mujer, que me llevaba casi a rastras por esas calles empedradas, no se parecía a mi madre, salvo en su firmeza, no era la madre alegre, la que cantaba lavando en el arroyo, la que me peinaba todas las mañanas los rizos rebeldes de mi pelo, igual de negro que el de ella, la que me besaba todas las noches, la que reía por nada...

Al llegar al Ayuntamiento, la gente murmuraba en sus puertas, no había hombres, porque estaban huidos, presos o asesinados, salvo algún mozo poco mayor que yo y algún que otro viejo tembloroso. Había quien lloraba, sabedora ya del fatídico final y esperaba órdenes para el entierro, había quien tenía noticias de que allí se encontraban presos algunos de los que detuvieron, esperando cualquiera sabe su destino, había quien como nosotras no sabía si estaba muerto o vivo, preso o escapado y cada uno sujetando su cruz, esperamos una hora y dos y el tiempo se alargaba más y más. No se en realidad lo que duró la espera, pero cuando ya creíamos desfallecer de calor y de agotamiento, apareció un falangista con un papel en la mano, con su camisa azul muy bien planchada, con su correaje sujetando la pistola enfundada y con ese gesto de triunfo, de superioridad del que saborea la victoria.

Ignorando al grupo  de personas que allí nos encontrábamos con la mirada fija en él, con el temor y la ansiedad reflejadas en los rostros, esperando saber o según qué, no saber, se ocupó con parsimonia en pegar una gran hoja de papel en la puerta, en la que se podía observar una gran hilera de letras, letras picudas, inclinadas, que supusimos eran los nombres de cada uno de los detenidos la noche anterior. Una vez terminada la operación, con gesto adusto y sin mirarnos, con la mirada perdida en el fondo de la plaza, nos habló, nos soltó un discurso enardecido, recalcando con ímpetu y odio, que en aquel papel estaban anotados los nombres y apellidos  de los traidores a la Patria, de los "rojos" responsables de querer acabar con la vida serena y pacífica en España, quebrantando las normas establecidas, apoderándose de lo ajeno, creando la anarquía y el desconcierto y que por ello y para evitar males mayores, habían sido detenidos, juzgados y muchos aniquilados esa misma noche por sus actos, era esa la manera de dar ejemplo de lo que no se podía hacer y de asentar  nuevamente las leyes que restablecían el orden y la paz que habían osado ignorar y cambiar en sus propios beneficios. Por último, nos hizo la observación de que los que aparecían con una cruz roja al lado, habían sido juzgados y ejecutados y en breve, se dictaria la orden para que el familiar correspondiente, pudiera libremente disponer del cuerpo para su enterramiento. Los que no tenían la señal de la cruz, se encontraban detenidos en los calabozos habilitados en ese mismo ayuntamiento a la espera de ser juzgados, a los cuales de momento estaba prohibido visitar. Sin más se dio la vuelta y nos dejó a todos allí, mudos, sin atrevernos a pronunciar ni una palabra, con la rabia contenida dentro del cuerpo y un miedo paralizante que nos impedía acercarnos para mirar el destino de los que faltaban. Por fin una mujer joven que tiraba de un niño canijito, desarrapado, con el cogote al cero y dos inmensos ojos que miraban sin comprender qué estaba pasando, se acercó al papel que colgaba de la puerta y volviéndose hacia los demás con un hilillo de voz que apenas le salia de su garganta  quebrada por la emoción, pidió a los que allí nos encontrábamos, que su marido se llamaba Francisco...  que ella no sabía leer, y quería saber que había pasado con él. Ella fue la primera, la valiente, la que rompió la barrera que a todos nos contenía y casi a tropel, como el hambriento se acerca a un pedazo de pan, nos agolpamos para mirar. Mi madre agarrándome fuerte, me miró a la cara y me dijo: - Rosarito, ya sabes que yo tampoco  se leer, así, que tienes que ser tú la que se acerque y lea, esta madrugada te has hecho mujer de golpe y como mujer tienes que actuar, fijate bien, no te equivoques y mira si la cruz roja aparece a su lado, no lo permita Dios-. Me giré sin mediar palabra, sabiendo que allí en esa hoja escrita, estaba la clave de lo que sería nuestras vidas en adelante y nuevamente el pulso se me aceleró  y los golpes en mi pecho eran tan fuertes que me dolia el corazón, aunque dicen por ahí  que el corazón no duele. A mí puedo asegurar que me dolía.

Sí, allí, de los primeros, aparecía el nombre de mi padre con una cruz roja pegadita, unida a la última letra de su último apellido y creí morir o deseé morir. No podía ser, mi padre según se podía leer, estaba muerto y yo no era capaz de asimilar esa tremenda noticia. Me quedé parada, con los ojos clavados en su nombre, en esas letras picudas que anunciaban la peor de las noticias. Tenía que haber un error, mi padre no estaba en el cementerio, de eso estaba segura, por lo tanto, no podía estar muerto. Seguí leyendo, repasando al milímetro nombre por nombre, quizás hubiera alguien con nombre parecido, quizás volvía a aparecer más abajo sin la señal por un fatídico error del escribiente, quizás y quizás... pero no, por haber no había nadie más que tuviera ni siquiera su nombre de pila, ni alguno de sus apellidos, no había repetición y entonces desesperada me volví para buscar a mi madre. Nuestro ojos se encontraron y ella enseguida supo que su marido, el padre de sus dos hijos, su compañero, el único hombre al que había amado, estaba muerto y llevándose las manos a la cara se derrrumbó."

Nunca más lo volvieron a ver, ni vivo, ni muerto, ni supieron dónde estaba su cuerpo. No tuvieron un entierro, no las dejaron vivir el sagrado ritual de lavarlo con esmero, de limpiar su sangre reseca, una sangre que manaría a borbotones por su cuerpo como rios espesos y rojos en busca de un mar inexistente, nunca le pondrían su traje nuevo de boda, ni los zapatos negros que no volvió a usar desde aquel  día, ni le juntarían las manos sobre su pecho, ni lo llenarían de besos, ni siquiera una flor lo acompañaría en su tránsito con la muerte, ni lo llorarían de cuerpo presente, ni lo velarían... era como un no acabar, un no saber, era como si no hubiera existido, como si no hubiera nacido, era no tener un sitio dónde descansara en paz y dónde llevarle flores.

Como pudieron tirando una de la otra, emprendieron el camino de vuelta, las lágrimas les nublaban la visión, andaban como autómatas sin saber adonde iban, les daba miedo llegar a la casa, el vacío y la soledad serían insoportables, ver su ropa, sus aperos del trabajo preparados la noche anterior, su cama aún deshecha, que casi podía marcar las huellas de su cuerpo... ¿como podrían soportarlo? y lo peor es que por mucho que se retrasara la llegada, sabían que esa noche dormirían allí, porque no tenían otro sitio donde ir. Rosario, la madre, atormentada, repasaba mentalmente la familia, los amigos a los que podía acudir, pero le sobraban contando los dedos de una mano. Por parte de su marido, Antonio el hermano menor huyó en su momento y no se tenían noticias de él, si vivía o no, si había podido pasar a Málaga, si estaba preso..., con su cuñada Mercedes y la única hermana que quedaba viva y en el pueblo, apenas tenían relación, aunque tendría que comunicarle lo que estaba pasando, y, por su familia, estaba Conchita su hermana pequeña que se casó y se fue a vivir al pueblo de su marido, más cercano  de la capital y con la que se comunicaban de tarde en tarde por carta y ya sólo quedaba Florencio, su querido hermano Florencio, al que quiso tanto, al que estaba tan unida, pero aquello se rompió en su momento y cuando creyó que las cosas habían mejorado y podían volver a ser lo que en parte fueron, él la engañó, le hizo creer que no pasaría nada, que durmiera tranquila que su marido estaba a salvo y fue mentira, ella sabía que como Jefe de Falange, había tenido que dar la orden de detención y ejecución y eso nunca en la vida podría perdonárselo, pero ¿por qué? ¿porque tanta maldad?, era verdad, entonces que el dinero cambia a las personas, que se olvidadan del amor, de la caridad, de la comprensión, de la benevolencia, de la piedad... Todos los buenos sentimientos que un ser humano puede poseer, son relegados, mancillados, olvidados y sustituidos por la avaricia, el poder y la soberbia.

No quiso verlo, deseaba y esperaba que fuera él quien se acercara a verla y le diera explicaciones de lo acontecido, pero estaba equivocada, ni él, ni la familia del marido, ni los amigos, aunque la mayoría de ellos, pasaban por las mismas circunstancias que ellas, nadie pasó por su casa durante la primera semana de duelo, unos por temor, otros por orgullo y otros por soberbia.

Después de días de luto sin muerto, sin entierro, sin nadie que se apiadara de ellas, Rosario supo que tenía que seguir, no se podía dejar vencer,  tenía una hija que había perdido su risa y su eterna sonrisa y también había aprendido a llorar con una amargura muy difícil de aliviar, y un hijo en el frente ignorante de todo luchando en una guerra cruel, y decidió coger las riendas  y ser ella la que de momento tirara de sus vidas. 

Lo primero buscar, hablar, investigar qué había pasado con su marido y después sobrevivir como fuera, trabajar, buscarse su pan y el de su  hija, hasta que su hijo volviera. Fue a visitar a su hermano, quería pedir explicaciones, saber, intentaría ser fuerte, no derramar ni una lágrima delante de él, pero si llegado el momento, tuviera que rogar, suplicar, hincarse de rodillas ante él, lo haría, todo con tal de enterarse que había sido del hombre al que nunca podría olvidar. No derramó una lágrima cuando estuvo frenta a él, pero sí suplicó, sí rogó, sí pidió en nombre del recuerdo, de la gloria de sus padres, que le dijera dónde estaba para poder enterrarlo como era debido. Todo fue inútil, tuvo que soportar el sermón que en su momento, cuando era una novia enamorada e ilusionada, le largó: "que ese hombre no es para tí, que es un amargado, que es un muerto de hambre, que vas a ser una desgraciada... ahora ya no hablaba en presente sino en pasado: "te lo dije, que no era lo que tu merecías, que te iba a dar mala vida, que era un comunista reaccionario y así ha sido. Mira ahora como te ves, sóla y desamparada y en parte, lo tienes merecido, pero además da gracias a Dios y a tu hermano, que no se han tomado ningún tipo de represalias contigo, como ha ocurrido con otras. Por lo que sé y no hay lugar a dudas, fue juzgado esa misma noche y condenado a muerte por su actos y yo no pude evitarlo, su cuerpo no puedo decirte dónde está porque no lo sé, sé que a algunos lo cargaron en un camión y se lo llevaron hacia el pueblo vecino para completar la carga con los allí ajusticiados y no se en que fosa ha sido sepultado". Mentira, todo mentira, salvo su muerte, !pues claro que sabía dónde estaba! y ¿qué era eso de que no había podido evitarlo? ¿cómo que no, si él daba las órdenes?
Juró con gran amargura que nunca más volvería a mirarlo, que para ella, estaba igual de muerto que el padre de sus hijos.

Habló, indagó, fue al pueblo de al lado, preguntó, pero nadie supo darle razón de nada, era como si la tierra se lo hubiese tragado y nunca mejor dicho, porque así era, pero ¿dónde estaba esa tierra asesina, que alojaba en sus entrañas, tanto muerto? ¿ni siquiera merecían los allí enterrados una simple cruz de madera anunciando el lugar sagrado?¿o es que querían ocultar los cuerpos para que no se supiera a cuantos habían asesinado?

Meses después empezó a correr por el pueblo la versión de su muerte, de la muerte de su hombre. Primero eran cuchicheos secretos entre algunos vecinos, después se convirtió en un secreto a voces que sabía todo el pueblo y al final esa versión se convirtió en una letanía de lengua en lengua, se volvió  leyenda, una leyenda que corría de boca en boca y que llegó hasta ellas y el dolor inmenso que sentían se hizo ya insoportable, hubera sido mejor no saber, pensar que murió junto a los demás de un tiro o de dos o de tres incluso, pero sin agonía.

Y ésta es la leyenda que todavía hoy cuentan los más viejos del pueblo, los pocos que ya van quedando, la que a mi me contó mi héroe, lo único que me contó sobre la muerte de su padre:

"Aquella terrible noche, cincuenta o sesenta hombres, junto a las tapias del final del cementerio, sabiendo que las tumbas, relucientes por los rayos de una luna inmensa, por el brillo de la infinidad de estrellas que saturaban el cielo, con el pelotón  frente a ellos, con los fúsiles apuntándoles, era lo último que sus ojos iban a ver en esta vida, intentaban prepararse para morir. Con el corazón desbocado y el pánico  atenazándoles el cuerpo, se buscaban unos a otros, con los ojos y con las manos, se apretaban y se consolaban,   porque el ser humano hasta para morir, necesita estar cerca del prójimo, inequívoca señal de que somos eslabones de una misma cadena. Cada uno con sus recuerdos, con el nombre de sus hijos, de sus mujeres en los labios, incluso algunos rezando, fueron cayendo, inertes, boca abajo... pero uno de ellos, el hijo del guarda forestal, el que murió de tristeza por la muerte de sus dos chiquillos por una asesina escopeta, no quiso morir de igual modo que  sus hermanos y cayó, pero  no muerto, quedó malherido, tan malherido que creyeron que así era. Cuando los soldados se alejaron, la sangre empapaba su costado, tuvo fuerzas y ganas de vivir y arrancándose la camisa, y a forma de tapón, obstruyó el agujero por dónde la sangre escapaba llevándose  la vida y arrastrándose como pudo salió por un hueco de la tapia del cementerio a campo abierto y, entonces, creyó en su salvación. A veces caminaba dando tumbos, otras se arrastraba, pero no paraba, no podía desfallecer, porque el desfallecimiento traía la muerte y así, llegó a una casita de labranza por la que salía luz, golpeó la puerta con toda la fuerza que su cuerpo medio moribundo le permitía y  por su boca reseca pidió auxilio y compasión antes de caer desmayado.

El labriego que habitaba la pequeña casa junto a su mujer  y una hija, al escuchar ruidos, despertó y lo encontró  tirado al lado de la puerta. Lo recogieron arrastrándolo como pudieron al interior, no sabían que hacer con él, que seguía inconsciente, aunque el labrador enseguida lo reconoció, supo que se trataba del  hijo del guarda forestal, e imaginando que nada bueno tenía que haber pasado, optaron entre los tres no dar aviso a nadie de lo que estaba ocurriendo. Acordaron mantenerlo en secreto hasta que pudieran enterarse a la mañana siguiente en el pueblo, de algún suceso, riña, enfrentamiento de bandos políticos etc. que les diera un poco de luz sobre lo acontecido, por lo tanto, ni autoridades, ni médico, ni cura  que le administrara la extremaunción, porque creyeron que ese hombre no llegaría al amanecer. La mujer ayudada por su hija se ocupó en limpiar la herida, y a falta de alcohol, un chorreón de vinagre hizo las veces de desinfectante, el cuál arrancó del moribundo un desquiciado aullido de dolor que supusieron era la última expresión de vida que mostraba. Quedó en silencio nuevamente, cuando observaron que seguía respirando, cortaron un trzo de sábana, y a modo de faja, le taparon la herida, le mojaron los labios secos con paños empapados en agua y lo velaron toda la noche, porque la fiebre, el delirio y el dolor amenzaban con llevárselo de un momento a otro a la otra vida. Pero resistió la madrugada y a la salida del alba, la fiebre comenzó a ceder y pensaron que si no había muerto esa noche, su cuerpo volvería a la vida.

A la mañana siguiente mujer e hija, dejando al enfermo al cuidado del marido, bajaron al pueblo, para comprar alimentos y de camino e intentando no levantar sospechas, enterarse de lo que hubiera podido pasar. No tardaron mucho en comprenderlo todo, en el pueblo no se hablaba de otra cosa, la tristeza y el dolor eran palpables, las calles estaban vacias y en los puestos de la plaza, otrora llenos de vida, de voces pregonando lo mejor de la huerta, de charlas llanas y risas y regateos con los vendedores, estaba en silencio, nadie quería hablar si no era para maldecir la guerra y  la desgracia que se vivía, y los pocos compradores deambulaban de un lado para otro, como si buscaran algo que nunca más volverían a encontar. Supieron que cincuenta o sesenta hombres habían sido fusilados en la clandestinidad de la noche y el rompecabezas quedó rapidamente terminado, el hombre que tenían en su casa debatiéndose entre la vida y la muerte, había escapado herido y casi milagrosamente consiguió llegar a las puertas de su casa.

Compraron  y volvieron rapidamente por el camino de vuelta, a paso ligero, asustadas, creyéndose continuamente perseguidas y vigiladas, les pesaba enormemente haberse despertado esa madrugada, haber auxiliado a un condenado, haberlo alojado en su casa, porque si lo descubrían, ellos tambien, estaban seguros, serían condenados. Una vez en la casa decidieron denunciar la situación, pero la hija se negó en redondo, echándoles en cara a sus padres la poca caridad que mostraban, la cobardía, la insolaridad hacia una persona que estaba en su misma sintonía y que su único pecado haía sido, no comulgar con los ideales de los vencedores y luchar por mejorar su vida. Después de minutos de silencio, el padre consintió en esperar unos días teniendo mucha precaución, pero desde el momento en que el herido recuperara algo de fuerza y pudiera mantenerse en pie, debería abandonar la casa, pero debía quedar claro que en el momento en el que se sintieran observados, vigilados o notaran algún peligro o riesgo, tendría que denunciar, aún en contra de su voluntad, porque se trataba de sus vidas o la de él. 

Lo que pasó en ese periodo comprendido entre el día de la ejecución y el de su muerte real, no está muy claro. Se comentaba que se recuperó bastante, que su agradecimiento hacía sus bienhechores no tenía límites, que empezó a planear su huida y escribió una carta a su mujer dándole detalles de lo ocurrido e incluso citándola en alguna parte, carta de la que nunca se supo o al menos durante esos años de la guerra. Se decía que se sentían vigilados, desde el primer momento y que cuando los falangistas fueron conscientes del fallo cometido al reseñar su muerte sin  advertir que quedó con vida  en el cementerio,  empezó la búsqueda, se rastreaban los campos, el arroyo, las casas sospechosas, las rutas que llevaban al monte, se interrogaba a los campesinos, guardas, labradores, mujeres y hasta a los niños y... no pudieron resistir esa presión, el miedo los acobardó y uno de los tres, se creía que la mujer, dio parte a la autoridad militar. Alegó que lo habían encontrado en la huerta, medio muerto a la sombra de una   higuera, que por caridad cristiana lo auxiliaron en su casa, pero cuando se percataron de que era el  hombre que buscaban, un "rojo" escapado, consideraron que su deber era entregarlo y que las autoridades lo juzgaran.  Según cuenta, y ese fue su mayor tormento, fue que a ella misma la obligaron a  acompañar al pelotón de ejecución hasta su casa y junto a su familia, presenciar el fatal desenlace. Llegaron a la casa, aquella casa que había sido el cielo para el fugado, el cielo que le había devuelto la vida y la esperanza en volver a ver a su mujer y a sus hijos, y esa casa se transformó en infierno, un infierno cruel cuando, sin esperarlo y por sorpresa, lo sacaron a empujones y culatazos, cuando escuchó como le decían que ya hacía un mes que estaba muerto y muerto tenía que seguir y cuando pudo comprobar las miradas de odio de los asaltantes. Dicen que lo pusieron de espaldas a ellos con el sol y los hortelanos como testigo, con la huerta frenta a sus ojos, rebosante de tomates, coles, acelgas, naranjos y limones, higueras... frutos de la tierra, vida de la tierra y entonces sí supo que el final había llegado y que esa tierra rica de vida, tambien tenia cabida, para, por un momento impregnarse de muerte. Escuchó tres detonaciones, cerró los ojos con fuerza, después dolor y oscuridad eterna.

Dicen que cuando lo giraron para cargarlo y llevárselo, las lágrimas corrían por su cara, dicen que se lo llevaron camino de los montes cercanos, para que nadie supiera donde lo enterraban, dicen que Florencio en el último momento intentó detener la ejecución pero llegó tarde, dicen que el labrador lleno de remordimientos y pena, contó la historia a un fiel amigo, que este fiel amigo se lo contó a otro fiel amigo... y así, de boca en boca, como en la antiguedad se contaban las hazañas guerreras, las conquistas, los amores desgraciados... así se enteró todo el pueblo y los alrededores, y con el paso del tiempo, la historia, como dije al principio, se convirtió en leyenda.

 
    




martes, 18 de junio de 2013

"Mi héroe" "El paseo"

"Mi madre durmio feliz aquella primera noche de la dominación del pueblo por los nacionales. Estaba tranquila desde que esa misma mañana, habló con su hermano Florencio y le garantizó que las tropas no iban a tomar represalías graves contra los campesinos, no querían ni venian a sembrar el terror, sólo iban a poner las cosas en su sitio, como habían estado toda la vida, el orden, la disciplina, el dueño de las tierras con sus tierras y los campesinos con su trabajo, con sus jornales, como siempre había sido, porque desde que el mundo era mundo, siempre habían existido los ricos y los pobres y así tenía que seguir siendo, porque además que sabían ellos de como tenían que hacer y organizar las labores en el campo, ni estaban preparados, ni falta que les hacía estarlo, para eso estaba el patrón para velar por ellos y sus familias y dirigir lo que  sus tierras necesitaban y principalmente porque eran suyas heredadas generación tras generación y nadie era quién para quedárselas, ni para arrendarlas, ni para nada. Eran suyas y podía hacer con ellas lo que les diera la gana.

Mi padre preparó sus aperos como hacía todas las noches antes de acostarse, al día siguiente tocaba ya trabajar. Su seriedad innata se envolvía en un halo de tristeza y decepción, la euforia, la alegría y la ilusión de semanas anteriores se habían esfumado en pocas  horas, pero al menos le quedaban ánimos para seguir, estaba junto a su familia y su hijo, soldado de los rebeldes, se hallaba a bastantes kilómetros de distancia y según contaba en su cartas la zona era  tranquila. Pensó que todo no se podía tener, y se conformaba con seguir como hasta ahora, pasando fatiga y necesidades, pero al lado de los suyos. Aparentemente la tranquilidad reinaba en el pueblo y no parecía que fuera a pasar nada grave, se alegró aún más de no haber huido y lamentó la fuga de tantos hombres, amigos, parientes  que habían  huido temiendo las duras represalias que llegarían, y creyó que se habían  precipitado en su marcha ante este temor. 

Pasaron dos días más de aparente calma, los pocos campesinos que habían aguantado en el pueblo empezaron sus labores en el campo. Todo volvió a la tranquilidad, a lo mismo de siempre,  los patrones mandando, tiranizando y los campesinos aguantando, nada había cambiado ni cambiaría jamás.

Aquella noche de mediados de Agosto, yo dormía profundamente, mi madre como siempre agarraba el brazo de mi padre, porque  no podía dormir sin sentir el contacto con su cuerpo,  le daba paz y tranquilidad y mi padre hacía ya mucho rato que roncaba profundamente absorvido por sus sueños. Era una noche calurosa como todas las del mes de Agosto y la pequeña ventana del dormitorio estaba abierta de par en par, con la esperanza  de que nos entrara algo de brisa y poder conciliar el sueño que se resistía en llegar, agobiados por un calor insoportable. Desde mi pequeña cama a los pies del ventanuco, me entretenia todas las noches mirando las estrellas, me gustaba buscar en ese infinito y oscuro manto, salpicado, repleto de pequeños puntos de luz que brillaban con luz propia, la osa mayor y la menor, como mi abuela me había enseñado y el carro y el dragón y la estrella polar que era la más grande e iluminaba con más fuerza que las demás y así, mirando el cielo, se me iban de la cabeza, todos los miedos que durante el día me acechaban, pensaba que nada malo podía pasarnos porque ellas nos protegían. Me ilusionaba pensar que mi hermano, aficcionado como yo a mirar el cielo, quizás, en ese mismo momento buscaba sus estrellas favoritas y por qué no, a lo mejor las encontrábamos al mismo tiempo, y, de alguna manera ellas nos unían., y así los ojos se me cerraban poco a poco, rebosantes de luz y el sueño me poseía. De repente, en el silencio de la noche, el ruido de un camión, voces ásperas, desagradables, golpes en las puertas de las casas, gritos, súplicas, llantos de niños... me despertó. Me mantuve callada, expectante, muerta de miedo, abrazada a la almohada, sin saber que estaba pasando, aunque presentía que no era nada bueno, quise pensar aunque sin convicción,  que lo que fuera no iba con nosotros, que en un momento volvería a escuchar el ruido del motor del camión alejándose y volvería a reinar la calma y el silencio. Mis padres tampoco decían nada, aunque yo sabía que estaban como yo, expectantes y asustados, su largo y excesivo silencio, la ausencia de ronquidos y respiraciones acompasadas, me hizo comprender que fingían un sueño que había sido interrumpido al mismo tiempo que el mío, y supe  que su silencio era una forma de aparentar una calma, que estaba muy lejos de la realidad, con el propósito de que yo no me asustara  y por ello,  quise corresponderles de la misma manera, yo también fingí mi sueño, no quería que se preocuparan por mí. De pronto, un golpe en la puerta, una voz pronunciando el nombre de mi padre y una orden destemplada para que saliera, originó el resorte que me hizo saltar de la cama aterrorizada, con el corazón golpeándome con fuerza  el pecho, amenazando estallar y corrí a buscar cobijo en los brazos de mi padre.

Lo vimos salir de la casa con calma, ajustándose el cinto de los pantalones, mientras mi madre y yo intentábamos ilusamente detenerlo, suplicando que no saliera, que no se fuera con esos que pronunciaban su nombre con desprecio. El camión cargaba ya con un gran número de hombres, de amigos, de vecinos que al igual que mi padre, intentaban tranquilizar a sus mujeres a sus hijos, a sus padres...  que se agarraban a las barandas del camión llorando y suplicando a los soldados y al grupo de  falangistas del pueblo que dirigían la redada, que no se los llevaran, que no habían hecho nada malo en sus vidas, que sólo habían pedido y luchado por mejorar sus condiciones de vida, pero todo era inútil. ruegos, súplicas, gritos, llantos, se perdieron en la oscuridad de la noche, y todo pareció volverse más oscuro y silencioso, la luna se escondió y las estrellas ya no brillaban como antes, y, hasta el canto de los grillos enmudeció. Una vez el camión cargado, cumplido su objetivo, arrancó y se puso en marcha, corrimos tras él con la desesperación como aliada, mi padre iba sentado de los últimos, nos hacía señales de calma, calma que él intentaba aparentar sonriéndonos y llevándose las manos a los labios, nos envió un rosario de besos que nos traspasó el corazón. Lo vimos alejarse, sus brazos alzados pidiendonos calma, el nombre de mi hermano en sus labios y la fingida sonrisa en su rostro, se fue borrando con la distancia y allí nos quedamos mi madre y yo abrazadas, derrumbadas al igual que las familias restantes sin saber que hacer ni a dónde ir. Y ya no lo vimos más, su cuerpo, su alma, su cariño, sus besos... todo desapareció de nuestras vidas en un instante. !Como cambia la vida, en un momento estás con tu ser querido, hablas, ries, comes con él, te acuestas, escuchas sus respiración durmiendo y de pronto, en otro momento, se lo llevan y ya no vuelves a verlo más, todo se acabó, te lo roban de tu vida sin saber por qué. En mis recuerdos, en mis pensamientos, en mis sueños, siempre aparece ese último momento en el que nos decía adios, agitando los brazos, mientras el camión se perdía en la oscuridad de la noche.

Lloramos abrazadas tumbadas en la cama matrimonial, aún caliente por su cuerpo, impregnada de su olor, hasta  que las estrellas se fueron para darle su sitio al sol que  empezaba a despertar, sus rayos comenzaban timidamente a iluminar los campos, las veredas, las aguas del arroyo, las plazas y las calles del pueblo. El cielo se fue desprendiendo de su manto negro poquito a poco, como si quisiera mostrarnos sus colores más preciados, morado intenso, rosa y nácar por el horizonte, violeta y   azul  cuando el sol ya bien plantado, lanzaba con fuerza sus poderosos rayos por el Este. Salimos a la calle en silencio, con sigilo, los ojos hinchados, el  corazón palpitante y las huellas del dolor en la cara y en el cuerpo. Agarradas del brazo, temblorosas y sin más lágrimas que derramar, empezamos a andar. Al igual que nosotras, vecinas, conocidas, asomaban, niños pequeños en los brazos, ancianas enlutadas, zagales con rabia contenida... éramos como aútomatas, siguiendonos unas a otras, sin saber adonde íbamos o sabiéndolo, pero sin quererlo saber, ya había pasado en pueblos colindantes pero nadie se atrevía a decir lo que todas pensábamos que "el paseo" sinónimo de asesinato y muerte también había llegado al pueblo, pero todas, como si una fuerza nos arrastrara, nos dirigiera como marionetas, nos encajamos  las puertas del cementerio.

Las puertas estaban abiertas y el sepulturero al lado de ellas, no se atrevía a levantar la cabeza y mirarnos, no quería ser testigo ya lo había sido bastante en la madrugada, de lo que se nos avecinaba, y así con la cabeza gacha nos permitía el paso. Una vez dentro, los pasos se aceleraron dentro del mismo silencio, era como si quisiéramos acabar con la agonía que nos traspasaba, con la duda, con el temor, con la posible esperanza, y llorar desconsoladamente por una muerte ingrata, o respirar tranquilas si tu ser querido no estaba. Al final, muy cerca de la tapia, una hilera de sangre y muerte nos esperaba, nos avalanzamos hacía allí y comenzó el mayor calvario que se pueda imaginar: cuarenta o quizás cincuenta  cadáveres, yacían inertes boca abajo, muchos con las manos entrelazadas, y todos con el horror en sus caras. Hubo quien aún sin verle la cara, supo por la ropa, o por el pelo, o por los zapatos que su marido o su padre o su hijo, estaba muerto, hubo quien se arrodillaba gritando al ver la cara de muerte de quien buscaba y allí se fueron quedando junto a su muerto, para velarlo y llorarlo. Nosotras seguiamos andando, temblando, agarradas, la una a la otra, apoyándonos para continuar la macabra búsqueda y así, pasábamos de cuerpo en cuerpo, con alivio y gratitud a cada obstáculo salvado. Cuando llegamos al último fusilado, un suspiro nos salió desde muy dentro, mi padre no estaba entre los muertos, esa noche al parecer se había salvado, pero, ¿dónde estaba?."
 

lunes, 10 de junio de 2013

Mi héroe" La carta

Finalizaba el mes de Septiembre del 36 cuando, una vez asentado el ejército franquista en la provincia de Sevilla, Granada y Córdoba, se restablecen las comunicaciones entre dichas ciudades. De esta manera, el correo se normaliza y empiezan a llegar cartas y más cartas a su destino. Se empieza a conocer la situación de dichas provincias, y las familias separadas contastan por fin con los familiares ausentes.

El protagonista de esta historia comienza a recibir noticias de su familia en el pueblo y viceversa. Las primeras cartas le inquietan, porque en ellas,  su padre, con su letra recien estrenada, pues estaba aprendiendo a escribir,  le informa de la situación que se está viviendo, la revolución de los campesinos, la confiscación de las tierras, el toque de queda, los enfrentamientos con los falangistas, la violencia, la enemistad entre los habitantes por las respectivas ideologias, el miedo, la alegría por el triunfo de los más desprotegidos, la defensa del pueblo ante la inminente llegada de los "fascistas"... Todo ello le envuelve en un cúmulo de sentimientos encontrados, que lo desasosiega quitándole el sueño y la tranquilidad: impotencia por no poder estar al lado de los suyos, satisfacción por lo que se está consiguiendo, miedo por la llegada de tropas nacionales que a la vez son las tropas que a él le obligan a defender, alivio porque podía haber sido uno más de los soldados que intentaran conquistar la zona, terror al sopesar las muchas posibilidades de conquista y las durisimas represalias que sabía se llevarían a cabo y contínuos pensamientos que lo mismo saltaban del pesimismo más cerrado a la esperanza de conseguir vencer a los rebeldes, rebeldes entre los que él  se encontraba contra su voluntad y al final la clarísisma percepción de que él, muy a su pesar, estaba en un bando y sus padres y hermana, en otro y ¿que consecuencias acarrearía esta situación cuando alguno de ellos alcanzara la victoria?

Después de la avalancha de cartas recibidas los primeros días, y leidas y releidas decenas de veces, empezó a escribir, sabía que a ellos también le estarían llegando las suyas, que estarían  felices de saberlo en buen estado y no quería dejar pasar ni un solo día sin escribir, quería que estuvieran tranquilos en todo lo que a él acontecía, les animaba, les aconsejaba, les intentaba transmitir tranquilidad y por supuesto omitía intencionadamente los difíciles momentos que estaba viviendo y la enorme peligrosidad de su misión en la sierra.

Después de ésto un largo silencio, las cartas dejaron de llegar, y a pesar de que sus compañeros lo animaban intentando quitar importancia a la falta de noticias, alegando cuarenta mil motivos (pérdida de la saca de correo, sabotaje al tren de Sevilla que las traía, falta de enlace con el  avión.. en fin lo primero que se les ocurría) él no podía vivir, temía e intuía que algo grave estaba pasando para que no le escribieran y los treinta días de silencio, para él fueron como treinta años de angustia, zozobra y temor machacándolo cada minuto del día y de la noche. Adelgazó y un cigarro encendia otro y otro y otro,era lo único que parecía calmarle un poco y se volvio adicto al tabaco, le costaba enormemente no tener un cigarro en la mano y esa adicción  ya no pudo superarla durante el resto de su vida, se convirtío para siempre en un toxicómano de la nicotina y como todo enganchado a cualquier tipo de adicción, le pasó factura con los años. Al fin, pasado este tiempo, cuando ya la nieve cubría la montaña y las noches se convirtieron en un calvario de frío, sufrmiento y miedo, llegó la carta que nunca hubiera querido tener entre sus manos.

La carta  esta vez la escribía su hermana Rosarito, lo supo nada más coger el sobre con sus manos temblorosas de emoción, porque conocía  su letra, esa  letra temblorosa, redonda, con palabras y palabras enlazadas unas a otras, llenas de faltas de ortografía, frases que casi había que descifrar para entenderlas y l borrones de tinta, borrones que  aparecían corridos, corridos por sus lágrimas -se dijo- y no se equivocó. Decía más o menos así, al dictado en esta ocasión de su madre:

Querido hijo:
     Espero que a la presente te encuentres bien. Como verás no podemos decirte como siempre: nosotros bien a Dios gracias, porque, y siento tener que decirtelo, no estamos bien, y  no vamos a dar la gracias a nadie y menos a Dios, que parece se hubiera olvidado de nosotras. 
      Con todo mi pesar con toda mi pena, sabiendo que al comunicarte esta noticia, te voy a producir el mayor dolor que en tu vida hayas podido padecer, te diré que tu padre ha muerto. No puedo por carta darte detalles de como ha ocurrido, cuando nos veamos te lo explicaré todo. Te diré que Rosarito no tiene consuelo porque sabes lo unida que estaba a  él y yo, lucho hasta lo imposible para seguir hacia adelante, aunque sin tenerlo a mi lado nada es igual, ni lo podrá ser, pero sigo andando porque tengo dos estrellas que me alumbran y me dan fuerza, luz y valor para vivir, ya sabes que me refiero a tu hermana y a tí.
       Ya  sé  el daño tan tremendo que esta carta te está produciendo y el dolor y el sufrimiento que estás pasando y te queda por pasar, pero quiero que te sobrepongas, que no te dejes vencer, por dura que es la noticia, que la vida nos muestra con demasiada frecuencia su cara más fea, pero al mismo tiempo  tambien sabe regalarnos cosas hermosas y solo por eso merece la pena seguir, porque por muy mal que se porte, siempre hay o habrá motivos para querer vivirla, y ahí radica su belleza y su sentido, en el amor a los tuyos, a los que aquí se quedan, a los que te necesitan, a los que puedes volver a hacer felices con tu cariño y para  recordar y llevar siempre en el corazón al ser tan querido que se ha ido y en los momentos vividos junto a él. Por eso y muchísimo más, hay que mirarla cara a cara y decirle: aqui estoy para lo que mandes, que yo aunque a veces no te entienda, quiero seguir contigo.
         Por nosotras no sufras, la familia nos ayuda hasta que las cosas se tranquilicen y pueda buscar un trabajo con el que podamos vivir y yo estoy segura de que lo encontraré, porque sé que desde arriba, él vela por nosotros. 
            Sin más se despide de ti, tu madre y tu hermana que te quieren y nunca te olvidan.

"Mi hermano lloró amargamente durante días y días, no se lo podía creer, le parecía que todo lo que estaba pasando no era verdad, que se trataba de un larguísimo sueño cuyo final sería el despetar, un despetar que lo devolvería a la realidad cotidiana, feliz, de los último días vividos en el pueblo junto a nosotros, de sus paseos por sus calles agarrando mi mano, riendo por cualquier tontería, de sus charlas con nuestro padre, de la alegría eterna de nuestra madre, de la tienda que le había visto hacerse hombre junto a D.Froilan y Dña. Encarna, de sus proyectos para el futuro todos juntos... pero no, al momento se daba cuenta que estaba divagando y que la realidad era la que era, la de la guerra, la del sufrimiento y la de la muerte de su padre, y que ese despertar no se iba a producir porque lo que estaba pasando no era un sueño.

Leía y releía la carta intentando detectar alguna clave oculta, alguna palabra no leida, que le diera un poco de luz para interpretar la causa de su muerte y el  por qué de ese fin  tan prematuro, tan inesperado. Sabía que no había sido por enfermedad o accidente, lo supuso porque si así hubiera sido, se lo habrían dicho, no había motivos para no hacerlo, por lo tanto tenía claro que la verdadera causa había sido la guerra, el enfrentamiento, su apoyo a las reivindicaciones de sus compañeros... y que por motivos de seguridad no se atrevían a comunicárselo por carta. Llegado a esta conclusión supo que esa era la peor de todas, la más dañina, la más ingrata, la más injusta porque perder la vida a los 47 años con mujer y dos hijos, rebosante de salud e ilusión, sin haber hecho jamas daños a nadie, sólo luchar para mejorar su vida y la de los suyos, era lo peor que podía haber pasado y no, no era justo, y para colmo se añadía su situación, pelear y defender a costa de su propia vida, a ese maldito bando, el bando fascista que presentía y creía no equivocarse, había acabado con la vida de su padre.

Empezó poco a poco a levantar cabeza, empezó a pensar en nosotras en el pueblo, ¿sería verdad que estabamos bien?, ¿sería verdad que nos estaban ayudando? o por el contrario ¿estaríamos pasando necesidades, hambre o lo peor, y no quería ni pensarlo, ¿represalias?.

El coraje, el miedo al daño que nos pudieran estar haciendo, el recuerdo de  las últimas palabras de nuestro padre aquella  noche en el pueblo, que como una fatídica premonición, le pidió que cuando él faltara velara por nosotras, fueron los detonantes para que con más fuerza que nunca, le plantara cara a la vida, como  madre le pedía en la carta y le dijera: aquí estoy para lo que haga falta, que yo no me rindo y voy a seguir a tu lado todo el tiempo que Dios quiera, porque sé que alguna vez tendré que ver tu cara más bonita." 

 


domingo, 2 de junio de 2013

"Mi héroe" Sierra Nevada

Mientras todos los acontecimientos descritos se desarrollaban en el pueblo, mi héroe se desesperaba porque no conseguía tener noticias de los suyos, sus cartas eran retenidas por la caótica situación que en él se vivía, ocurriendo lo mismo al contrario.

Su regimiento era ya consciente del golpe militar porque ellos precisamente habían quedado bajo el mando de los "nacionales", los altos responsables militares de la provincia de Granada, se adhirieron sin dudarlo al ejército rebelde y él ahora era un soldado que luchaba según los dictados de dichos mandos. Digamos que de golpe se convirtió en un "nacional", un "rebelde" al Gobierno legalmente constituido por los deseos del pueblo, o en un "facha" como se les conocía a los defensores de los ideales fascistas, como ya ocurría en Alemania e Italia.

Se sentía como un muñeco de feria, manejado por manos desleales, por ideas que no entendía, por mandos que ordenaban sin dar explicaciones, que disponían de tu vida sin contemplaciones y para los que tu muerte no importaba, no eras una vida eras un número de un batallón y tu posible muerte, una baja anotada en un papel. No se les informaba de nada, de cómo estaba la situación, qué pasaba en otras provincias españolas, que pasaba en Sevilla, de que bando era... 

Supo entender que no había que perder tiempo pensando, que las calamidades cuando vienen hay que afrontarlas con todo el valor de que pueda uno ser capaz, que las lamentaciones no sirven para nada y que lo que tenía que hacer es luchar en esa guerra de la mejor manera posible, porque en ello se jugaba la vida con sólo 21 años, tenía una vida por delante y una familia a la que quería con adoración, tenía que sobrevivir. Se encontraba en plena Sierra Nevada, un campo de batalla inmenso, plena naturaleza, piedras, riscos, arboleda y cuando empezara el invierno si aún seguían allí, nieve, temperaturas bajo cero, incomunicación y un enemigo conociendo como la palma de la mano la zona, sabiendo como atacarles y dónde esconderse, porque se trataba de guerrillas  compuestas de milicianos es decir, el ejército del pueblo, en este caso hombres que luchaban por recuperar sus tierras, sus casas, sus vidas en los pueblos que salpicaban la montaña.

La misión de ellos era no solo mantener las posiciones, sino además avanzar en zonas ocupadas por los milicianos, destruir o crear conexiones eléctricas según su conveniencia, y mediante señales ópticas por el método morse, comunicarse con los suyos al otro lado de la montaña mandándoles información de todo lo que acontecía durante el día. Estas comunicaciones se hacían siempre de noche por motivos obvios, de día con el brillo y la luz solar era imposible, y era él uno de los mejores en esta misión, por lo que pocas eran las noches que pasaba en los barracones. Los primeros días, antes de llegar el invierno, fueron teribles, el miedo lo paralizaba y las manos tenía que controlarlas porque le temblaban y sabía que el temblor era el mayor enemigo de un emisor, porque a causa del mismo, las señales no sólo podían llegar defectuosas a su destino, sino lo peor que fueran detectadas por el enemigo y entonces sí que podía decir uno aquí se acabó todo, el ruido de las metralletas disparando, las explosiones de las bombas de mano, podían alcanzarlo sin mucha dificultad, dada la cercanía de los milicianos, y terminar allí mismo su corta vida. Después con el tiempo se fue sosegando, tranquilizando, consiguiendo una gran pericia en sus transmisiones y con ello una confianza muy importante en lo que hacía.

" No salí, o mejor dicho no salimos de la Sierra durante los tres años que duró la Guerra Civil, mi destacamento, apenas se componía de 60 soldados, al mando de un sargento y un  capitán de los que recibíamos las órdenes, pero con el paso del tiempo, allí ni había capitán, ni había sargento, nos habíamos convertido en una familia. Una gran familia, luchando por sobrevivir, ayudándonos los unos a los otros, sufriendo en nuestras propias carnes el sufrimiento de cualquiera de nosotros, y celebrando como si fuera nuestra cualquier buena noticia que algún compañero recibiera. Sólo teníamos dos medios de contacto con el mundo exterior, como así denominábamos todo lo que no fuera la sierra: la aviación por la que recibiamos quincenalmente nuestros alimentos junto con el correo; la otra era mucho más cercana, más humana, se trataba de un guía de la sierra que se jugaba la vida una vez al mes, visitandonos de noche. Se llamaba Antonio y había pasado sus cincuenta largos años de vida en el monte. Su padre al igual que él vivió desde que nació en una cabaña instalada en una de las zonas más altas del monte, cabaña que heredó de él, puesto que fue el único de los ocho hijos que tuvo, que no quiso abandonarla a su muerte, aprendió a fuerza de acompañar a su progenitor todas las rutas, caminos, senderos, rios, que pudiera haber y no concebía su vida fuera de allí porque adoraba la montaña. Heredó no solo la cabaña sino tambien el puesto de guia oficial que el Gobierno desde muchos años atrás concedió a su abuelo a cambio de un pequeño sueldo que les permitía vivir. Antonio vivía solo, de vez en cuando bajaba a Granada y pasaba allí unos días de asueto, pero enseguida regresaba, no sabía vivir en la ciudad. Cuando era más joven,bajaba con mucha más frecuencia, porque joven al fin, necesitaba relacionarse con gente de su edad, le gustaba ir de fiestas y sobre todo salir con mujeres, quería casarse, tener hijos que continuara con la tradición familiar, pero no lo consiguió, cuando explicaba a cualquier novia que tuviera, dónde estaría su hogar, huían despavoridas. Así que pasada ya la treintena,comprendió que su lucha era estéril, y terminó aceptando que nunca se casaría y que con él se daba fin a esa peculiar forma de vida. El por qué ayudaba a los nacionales nunca lo supimos, a lo sumo llegó a decirnos que era un adicto a la disciplina, porque sin disciplina nada se consigue, si no fijaros -decía- en la naturaleza, todo está reglado, el sol siempre nace y muere por el mismo sitio, las flores, el celo de los animales para procrear siempre es en primavera, la nieve, el viento,, el frío.. todo tiene su momento, todos los elementos que componen la vida se rigen por unos parámetros fijos y eternos y por  eso la vida sigue y sigue siempre acatando las leyes. Esa misma rigurosa disciplina tenía que regir igual entre los hombres y los últimos años todo había sido un caos, cada uno y cada cual tirando para su lado y así no podía ser. Pensaba que el regimen militar era el apropiado para conseguirlo y por eso ayudaba a la causa y si lo cogían, algo poco probable, dado su conocimiento de rutas y caminos desconocidos, pues mala suerte.

Esperábamos la llegada de Antonio con ansiedad, él nos informaba de como se iba desarrollando todo, nos traía los encargos que cada uno de nosostros le hacía, la prensa aunque fuera atrasada se la quitábamos de las manos, pero sobre todo era como un bocanada de aire que nos traía ilusión, la ilusión que no debíamos perder para seguir sobreviviendo en esos parajes aislados del mundo.

Padecimos de todo, enfermedades, dolores, hambre cuando por motivos meteorológicos no llegaban los alimentos, los piojos... pero sobre todo el frío, el frío en invierno era aterrador, nada nos hacía entrar en calor, dormíamos vestidos pegados en las camas unos a otros, la nieve era nuestra perpetua compañera y nos pasábamos días y semanas con la ropa mojada, las noches transmtiendo señales eran eternas, hubo momentos que creí que no llegaría vivo al amanecer, saltaba, me frotaba piernas y brazos para que no se congelaran y los dedos me los liaba con papel de periódico. Las muertes de compañeros con los que habías estado compartiendolo todo, era trágico y traumatizante, sobre todo cuando los veíamos subir cubiertos por mantas hacia el helicoptero que los llevaba de regreso a casa, un regreso lleno de sollozos y lágrimas.

Las bajas eran cubiertas por nuevos soldados, subía un muerto y bajaba un vivo, llegamos a llamar al helicoptero el tio vivo, un tio vivo macabro que nos hacía pensar que quizás el siguiente en subir en él, sería uno mismo. Pero aún y con todo hubo algo que me marcó para siempre y que recordaré hasta mi muerte, lo más doloroso que viví en aquella maldita sierra:

 La guerra tocaba a su fin, las noticias que nos llegaban era que estábamos a punto de alcanzar la victoria, sólo quedaban Madrid, Barcelona y poco más por conquistar, pero el triunfo era ya seguro, parte del Gobierno de la República había huido, se había exiliado y sólo iban quedando los últimos, los que preferían morir luchando antes que huir. Nos enteramos, cómo multitudes de personas, mujeres, ancianos, niños, casi con lo puesto, con pequeños hatillos se dirigián hacía la frontera francesa buscando asilo y refugio, abandonando lo que había sido su pueblo, su ciudad, en resumen sus vidas en un país destrozado no solo por la guerra, destrozado animicamente, humillado y vencido. De todas formas por la sierra, la guerrilla seguía actuando, aunque ya se notaba que iban quedando pocos y nosotros empezamos a soñar con volver, ahora eramos conscientes de que lo peor ya había pasado. El invierno había superado ya su ecuador, cuando llegaron cinco reclutas nuevos, su misión principalmente era la de  ayudarnos en las reparaciones de cables y tendidos eléctricos. Eran todos muy jóvenes, procedentes de lo que se llamó la quinta del biberón, chavales reclutados con quince o dieciseis años, porque las pérdidas humanas habían sido tan enormes que tuvieron que echar mano de quintas casi infantiles. Entre ellos se encontraba Leoncio.

Leoncio era cordobés, vivía en un pequeño pueblecito junto a su madre viuda y a una hermana algo más pequeña que él,  tenía dieciseis años, era moreno, espigado y apenas empezaba a  salirle la barba, unos pelillos bajo la nariz y en la barbilla era todo su arsenal varonil, arsenal que él afeitaba con esmero día sí, día también, con la ilusión de que para el próximo afeitado tendría algunos más. Reíamos mucho con él, le gastábamos bromas como si ya había llegado al pelo número diez, pero él no se enfadaba, reía con nosotros, era la inocencia en persona Por las noches lloraba acordándose de su madre y hermana. Tenía mucho miedo, cualquier cosa lo asustaba y corría despavorido buscando refugio. Sabe Dios por qué motivo se pegó a mi como una lapa, no me dejaba ni un segundo, comía y dormía a mi lado y las noches que me tocaba transmisión era incapaz de quedarse sin mí en el barracón y se venía conmigo a pesar del peligro y el frío casi insoportable. Empecé a tomarle afecto enseguida porque era imposible no hacerlo, era como un perrillo a mi lado moviendo la cola continuamente, pidiendote un poquito de cariño y yo se lo dí, como hubiera hecho cualquier ser humano con corazón. Le contó a su madre que era mi amigo, que yo me portaba muy bien con él y que ya estaba superando el miedo gracias a mí. Su madre me escribió dándome las gracias por lo que me preocupaba por él y decía que  nunca podría pagarme lo que estaba haciendo con su hijo. Y llegó la noche que nunca olvidaré, como siempre se vino conmigo para hacer la guardia, además de estar a mi lado, le encantaba ver como manejaba los cristales y continuamente me rogaba que le enseñara, lo más que hice fue que durante el día, en los periodos de descanso en el barracón, fue introducirle un poco en el sistema "morse" y la verdad es que aprendía rápido, para él aquello era casi magia y le fascinaba. Aquella noche había luna llena, el cielo estaba completamente despejado, el resplandor de la luna iluminaba la zona con mucha mayor intensidad que la mayoría de las veces. Transmití mi mensaje pronto, y seguí un poco más "hablando" con ellos de cosas banales, nos habíamos relajado hasta tal punto que ya no veíamos el peligro. Acabé, guardé los espejos en la mochila y nos abrimos unas latas de sardina en aceite que teniamos para cenar, una vez hubimos  acabado fumamos un cigarro mientras hablábamos  del futuro, yo volvería a mi ciudad y tendría que luchar fuerte y él a su pueblo de Córdoba a trabajar la poquita tierra que su padre le había dejado y volvería a ver a la niña que lo traía por la calle de la amargura. Al rato empecé a sentirme mal, quizás -pensé- el cigarro que me he  fumado después de las sardinas me ha sentado mal y el estómago amenazaba con salirse por la boca. Salí corriendo, alejándome para vomitar y otras cosas porque el cuerpo se me descompuso entero, le advertí como siempre que lo dejaba solo, que no se le ocurriera coger los espejos, pero esta vez no me hizo caso, había pasado poco tiempo cuando sentí la explosión, el cuerpo se me heló aún más de lo que ya estaba. Corrí ahogándome de miedo, presentí lo peor, pero yo mismo me daba ánimos en la carrera pensando que no podía haber pasado nada, pero desgraciadamente mis peores augurios se confirmaron, una granada lanzada por la guerrilla explotó de pleno en el sitio en que Leoncio se encontraba. La imagen era dantesca, sangre y visceras esparcidas y el cuerpo de mi amigo desmembrado, en su brazo separado del cuerpo, en su mano aún se encontraba el espejo con el que se puso a hacer señales. Creí morir, pensé que todo era una terrible pesadilla, en segundos pasaron por mi cabeza cuarenta mil cosas ¿ por que lo dejaría solo? por que desobedecio mis ordenes?,  ¿ por que me comeria las sardinas? por qué y más por qué sin respuestas, y su madre cuando se enterara... su dolor lo veía  reflejado en la mía, si hubiera sido yo, y ese pensamiento era insoportable, hubiera dado mi vida por poder retroceder en el tiempo, por volver a escuchar su voz, sentir su miedo, oir su risa y hasta sus ronquidos durmiendo a mi lado, por los que tanto protestaba. Me hinque de rodillas rodeado de sangre y lloré, lloré hasta quedarme sin lágrimas.

La vida me castigaba una vez más, pero a pesar del inmenso dolor que sacudía mi cuerpo, en ese momento juré que no me iba a dejar vencer".

lunes, 27 de mayo de 2013

"Mi héroe" Desesperación

Mientras mi héroe, queda acuartelado en su regimiento, en su pueblo se empieza a librar una lucha que intentaré redactar siguiendo el dictado de una persona muy allegada a él, muy querida por él, que fue la que me dio, gran parte de los detalles acontecidos esos amargos días de Julio del 36. Me estoy  refieriendo a Rosarito, su hermana, que vivió en sus carnes y en primera persona dichos acontecimientos.

Como ya expliqué en relatos anteriores, las condiciones de vida del campesinado eran teriblemente precarias, los jornales apenas llegaban para comer, no tenían médico, los niños perecían de tifus y enfermedades en un porcentaje elevadísimo, pocos eran los que asistían a la escuela porque desde muy pequeñitos ayudaban en el campo y las viviendas carecian de agua corriente y luz. Los hombres trabajaban desde el amanecer hasta que se ponía el sol, se helaban de frío en invierno y en verano el sol de la campiña, achicharraba hasta sus gargantas. La mujeres criaban a los hijos con mil fatigas, sufrían su pérdida demasiado a menudo, administraban el jornal del marido aprovechando hasta la última migaja de pan mientras que la carencia de agua, las obligaba para proveerse de ella, a cargar con cántaros, cubos, búcaros... hasta la fuente al pie del arroyo.

Poco o nada, les faltaba a estos hombres para rebelarse ante tanta injusticia,  pero carecian de lo más importante, carecían de  valor, el valor para enfrentarse al terrateniente y exigir todos a una, una mejora en sus condiciones de trabajo y de sus jornales, tenían miedo a las represalias, a quedar sin trabajo para alimentar a sus familias, miedo a tener que huir del pueblo que los vio nacer, por lo que año tras años a través de todos los tiempos callaban y apretaban los dientes temiendo, a que en algún momento de desesperación, pudiera salir por su boca lo que les decía su corazón. Pero ultimamente las cosas estaban cambiando, ya había quien se atrevía a levantar un poco la voz, quien, venidos de la capital o de otros pueblos mayores, reivindicaban lo que tanto estaban  necesitando, ya se atrevían a escuchar dichas proclamas y a soñar con una vida un poquito mejor, en la que los hijos pudieran al menos comer y cenar todos los días. No caía en saco roto las charlas, los consejos de gente preparada venidas de la capital y la llamita de la esperanza iba creciendo poco a poco, amenazando  convertirse en  hoguera, una hoguera avivada por aires nuevos, frescos, que podría llegar a arrasar y quemar  todo lo que se le pusiera por delante.
A esto se refería el padre de nuestro protagonista cuando le hablaba a su hijo del nacimiento de una fuerza que podría traer lo mismo dicha que desventura, dependiendo del desenlace final, pero lo cierto es que ya él comprendió con anticipación que el momento había llegado, que el silencio se había terminado y que esa fuerza era imparable, que había que jugársela y que el juego era muy peligroso. Aún así él, hombre realista, con los pies bien plantados en el suelo, no se permitía dejarse llevar por la ilusión, por la fantasía, por lo que él creía una  utopía, y sus recelos aumentaban conformen los días pasaban y el ambiente se enrarecía cada vez más. Y llegó un día, cuando Julio se estrenaba con una "caló" insoportable, con un sol que a fuerza de apretar, agrietaba la tierra que se abría reseca pidiendo agua, dónde hasta los pájaros temiendo a sus rayos se guarecían bajo los chaparros sin osar levantar el vuelo, y los hombres, sudaban por sus poros hasta la última gota de su cuerpo.  Fue entonces cuando alguien dijo: " !Basta ya! o ahora o nunca, ya hay fincas en Extremadura ocupadas por jornaleros, se harán cooperativas, nosotros podemos hacer lo mismo, trabajaremos la tierra con nuestras manos, pero esta vez será para que vivamos dignamente. La Ley de Reforma Agraria aún  no está aprobada, pero el Gobierno consciente de nuestros problemas, esta de nuestro lado, tenemos todas las de ganar y no pasará nada, así que ¿ a qué esperamos?, ! a por todas!, " la tierra es para quien la trabaja". Y esa fue la coletilla, "la tierra pá quien la trabaja" y de esa manera,  todos,  con las azadas, con las hoces en las manos, con las mulas portando aperos y canastos de comida y búcaros de agua y ... sobre todo,  con la esperanza y la fuerza brotando de montones de corazones latiendo en la misma sintonía, sabiendo que el poder era de ellos, que la unión hace la fuerza, se encaminaron al pueblo arrastrando con ellos a mujeres, niños, viejos que se unían a ellos con alegría, hasta los perros parecían entender lo que pasaba y corrían  ladrando y moviendo sus colas como queriendo  mostrar así la alegría.
Lo consiguieron, la Guardia Civil los dejó según órdenes de sus superiores,  reivindicar sus necesidades  y en horas y a las puertas del Ayuntamiento, se leyó un decreto por el que se notificaba que hasta nuevo aviso, las tierras que rodeaban al pueblo quedaban confiscada en beneficio de dicho pueblo y que para evitar enfrentamientos entre las diferentes clases sociales, se instauraba el toque de queda desde las ocho de la tarde hasta las 6 de la mañana. A los terratenientes se les prometío seguridad hacia sus personas y familias y el pago por el "alquiler" de sus tierras, que quedaba pendiente estipular por las autoridades competentes, cuando llegaran de Sevilla.
Entre todo ese gentío, contagiado de la euforia de amigos y compañeros, al padre de mi protagonista, se le esfumó el escepticismo que le había acompañado anteriormente y vivio plenamente esa jornada histórica, abrazado a su mujer y de la mano de su Rosarito, que disfrutaba de lo lindo de lo que para ella era una verdadera fiesta del pueblo. El día terminó en la plaza, frente al Ayuntamiento, con la banda de música tocando a pesar de no ser domingo, y la gente bailando en una verdadera noche de felicidad como nunca habían sentido.
Poco les duró la alegría, quince o veinte días a lo sumo, el 18 de ese mes, llegó la noticia del golpe militar encabezado desde Africa por los generales Mola y Francisco Franco. Las noticias que llegaban al pueblo por parte del Gobierno Central eran que efectivamente había surgido una pequeña insurrección  militar que había tenido poco seguimiento a nivel nacional y que la mayoría de provincias españolas estaban en poder del Gobierno legalmente constituido desde Febrero, gracias a la voluntad del pueblo, y sin lugar a dudas en pocos dias se acabaría la situación con la derrota y a la vez destitución de los rebeldes, que se hacían llamar "nacionales". 


Pero no fue así, se pecó de confianza y la rebelión se fue afianzando en las pocas provincias conquistadas. Entre ellas y una de las más importante, se encontraba Sevilla capital y parte de su provincia. Eso no amilanó a la gente del pueblo que estaba con la República, en este caso la clase campesina, los desprotegidos, los pobres que eran la mayoría y  se equiparon para defender al pueblo y  la Constitución  ante la amenaza de la llegada de los nacionales, que cada vez estaban más cerca. Al final, el 30 de Julio, sin que nadie pudiera evitarlo, las tropas franquistas entraron en el pueblo. Una gran mayoría de campesinos, temiendo a las represalias, se dio a la fuga, abandonaron sus casas, su pueblo, sus mujeres e hijos, se fueron huyendo con lo puesto, sin dinero, a lo más con un poco de pan, un poco de queso o morcilla o lo que pudieron rebañar de  sus casas, una cantimplora llena de agua y un miedo en el cuerpo que los lanzaba campo a través con el anhelo de alcanzar  los montes que los separaban de Málaga,  todavía zona "legal" o como ya era denominada por los nacionales: zona roja.


No lo hizo así el padre de mi héroe, se negó a irse a pesar de la insistencia de amigos, familiares e incluso de su propia mujer e hija. Decía que se estaban sacando las cosas de quicio, que no iba a pasar nada, que a lo sumo se volvería al sometimiento que durante toda la vida, exceptuando las últimas semanas habían tenido al terrateniente y a las clases privilegiadas, que seguro que dicho sometimiento sería aún más duro, pero que más duro para él era abandonar su hogar, vivir lejos de su campiña, de su pueblo, no ver a su mujer, a sus hijos, dejarlas desprotegidas, sin medios para vivir, ¿quien llevaría el  pan a su casa? ¿quien cuidaría de las dos, ahora que su hijo se encontraba en Granada haciendo el Servicio Militar?, en fin... argumentos y más argumentos que rebatía a todo el que le pedía que escapara con él, hasta su hermano, el menor, Antoñito, intentó convencerlo sin  resultado y allí se quedó junto a su mujer y a su hija.

Después todo se desarrolló con gran rapidez. Así lo contaba su hija: El día 31 de Julio, mi padre cumplía 43 años, mi madre tenía 40 y yo me encaminaba a los 13. En aquellos tiempos al menos en mi pueblo y especialmente en nuestra clase no acostumbrábamos a celebrar los aniversarios, como ocurre en estos tiempos, había años que incluso pasaba desapercibidos para la familia, pero yo me acordaba siempre de las fechas de los nacimientos de mis padres y hermano, así que ese día salté de la cama corriendo, preguntando por él, era como si presintiera que algo malo iba a pasar y sólo necesitaba estar a su lado y darle mil besos. Salí a la calle y me entró miedo, estaba desierta, las puertas de las casas cerradas y un silencio forzado, vigilante flotaba en el ambiente, ni los perros ladraban, ni los gallos cantaban, era como un pueblo fantasma, muerto en vida. El pánico se apoderó de mi cuerpo y volví a entrar rapidamente en la casa, mis padres no estaban, pensé que habrían ido a la fuente a por agua y esperé acurrucada en la cama pensando que pronto llegarían o que lo que estaba pasando era sólo un aterrible pesadilla de la que pronto despertaría.

Pasado un tiempo que a mí me pareció eterno, llegó mi padre efectivamente cargado con los cántaros de la fuente, venía sonriente lo cual me tranquilizó, me comentó que mi madre había salido a casa de una vecina que estaba enferma para ayudarla con sus hijos. La realidad era otra, después de mucho meditarlo durante toda la noche, decidió, con muchísimo esfuerzo visitar a su hermano, que era el que ella creía podía ayudarles en el caso de que las cosas se complicaran. Este hermano, su único hermano varón, había sido el más querido para ella porque desde pequeñitos y dada la poca diferencia de edad entre ellos, habían compartido juegos, travesuras, trabajo y principalmente su gran aficción a la música, fue él quien la enseñó a tocar el acordeón y tambien el que  le enseño todas las canciones que sabía, el que la acompañaba tocando en cualquier fiesta o reunión cuando se arrancaba en el cante y el que subía al tablado junto a ella en las fiestas patronales cuando la gente reclamaban su presencia para escucharla, el que le daba la mano para contagiarle su ánimo y su calor ante su miedo en el escenario y el que la abrazaba cuando el público en pie aplaudía enfervorizado por su actuación. Tenía otra hermana más pequeña, Conchita, que siempre quedaba relegada ante ella por él, porque lo adoraba, no concibía que alguna vez tuviera que llegar el momento en que cada uno cogería su camino, por ley de vida, se casarían y esa relación tan estrecha tendría que dejar paso a otra, con el mismo cariño entre ambos, pero más distante. Se prometieron de niños que siempre estarían juntos y que no se casarían, porque no había nada mejor que ese cariño de hermanos compartiendo juntos tantas cosas bonitas.

El tiempo como es natural, los fue madurando y el amor apareció en sus vidas. Ella se prendó de ese campesino guapo, alto y serio que la miraba cuando de regreso del campo pasaba por delante de su puerta, el que vivía en lo más alto del pueblo, el hijo del desgraciado guarda forestal, que murió poco después que sus dos hijos gemelos, de pena y remordimiento. Nunca se perdonó no haber descargado la escopeta cuando llegó de trabajar del monte, esa escopeta culpable, asesina, con la que uno de ellos, jugando al conejo y al cazador, disparó sobre el otro, creyéndola descargada. Cuando llegó tembloroso al lado de su hermano y lo encontró con la cabeza destrozada y el cuerpo bañado en sangre, fue tal la impresión, la pena, la desesperación, que su corazón no pudo aguantarlo y allí mismo a su lado se derrumbó, muriendo con las manos sobre la cabeza destrozada de su hermano, y ella supo desde el primer momento que lo vio, que era al único que podría querer, al que le podría transmitir un poquito de esa alegría suya, de ese optimismo ante la vida, después de una infancia y juventud tan desgraciada. Se hicieron novios contra la voluntad de su hermano, que pensaba que no era el hombre apropiado para ella. Ella, la moza más alegre del pueblo, la de la voz maravillosa, la que gustaba divertirse, cantar, hablar con todo el mundo, no podía encanjar con ese hombre tan serio, tan huraño, que arrastraba desde hacía años una tragedia tan tremenda, tan difícil de superar, que tendría que trabajar de sol a sol para medio alimentarla a ella y a los hijos que tuvieran y las penalidades y estrecheces que su hermana  tendría  que vivir a su lado, porque sin venir ellos de  una familia rica ni mucho menos, vivian bien sin que les faltara nunca lo necesario. Así empezó a fracturarse esa idílica relación fraternal, a ella no le importaba nada de lo que él le aconsejaba, sólo quería vivir al lado de ese hombre, daba igual las condiciones, ella lo quería por encima de todo y no iba a renunciar a casarse con él y así lo hizo y su hermano no pudo impedirlo.

Florencio no asistió a la boda, su ataque de celos, de frustación, de soberbia se lo impidió y ella no le podía perdonar que el día más bonito de su vida, estuviera ensombrecido por su ausencia. Después él entabló relación con una de las hijas del mayor terrateniente de la comarca que se opuso a la relación, pero ante el empecinamiento de la novia por casarse a costa de lo que fuera, el dueño y señor de las tierras, dio su consentimiento para celebrar la boda.
De esa manera, Florencio pasó de ser uno más del pueblo, hijo de un tendero de la calle Mayor, a señorito, a mirar la vida  desde el lado de los ricos, a luchar por sus privilegios a costa de mancillar si hacía falta a los que en un tiempo fueron amigos y a tratar a los trabajadores del campo con el mismo desprecio y altivez que  su suegro. Entre ellos a su propio cuñado, al que ni siquiera osaba mirar a la cara. Se hizo conservador, de derechas y se afilió a ese partido tan elegante portadores de camisa azul, llamado Falange Española que también se acoplaba a sus nuevos ideales. Tanto se involucró, que a partir de las últimas votaciones de Febrero y ante lo que Falange intuyó se le avecinaba por parte del campesinado, lo nombraron por votación unánime Jefe del Partido Falangista de la comarca, los miembros de dicho partido, comprendieron que no podía haber candidato mejor que él, tenía la fuerza y la  suficiente sangre fría para controlar la posible rebelión.

Llegó feliz a su casa, disimulando ante su marido la emoción que la embargaba para que no sospechara dónde había ido en realidad y los frutos de su temida visita. Su hermano la recibió con los brazos abiertos, la llenó de besos, se abrazaron y lloraron juntos recordando los buenos tiempos pasados y el tiempo perdido por la tozudez de ambos. Ante su petición él le prometió que nunca permitiría que nada les pasara, porque en realidad nada iba a pasar, lo único que harían sería restituir la calma en el pueblo y alentar a la gente a que siguieran con su vida normal, con sus trabajos, con sus quehaceres cotidianos y nada más. Ella se encargó de alentar a vecinos y amigos para que salieran del pozo de temor y angustia en que se encontraban, prometiéndoles que no pasaría nada y que la situación estaba completamente controlada, lo sabía de muy buena tinta y les rogó tuvieran confianza.

Nada más lejos de la verdad, esa misma madrugada, las patrullas de soldados nacionales y falagistas del pueblo, se encargaron casa por casa de detener a toda persona  que semanas anteriores tuvieron la osadía de arrebatar las tierras a los dueños que, generación tras generación habían ido heredando  de sus antepasados. 

Uno de los noventa o cien detenidos, era su marido. Y la desesperación la envolvio.