Layka llegó a nuestras vidas a principios del mítico año 92. El año de la Expo y de las Olimpiadas de Barcelona y cuando mis hijos tenían 15, 12 y 10 años y mi casa estaba llena todavía de libros del cole, de cromos de fútbol, de balones y de raquetas de tenis.
Me la trajeron con los ojos cerrados todavía y temblando de frío y miedo por la falta del calor de su madre.
Era muy pequeña, apenas tenía 3 ó 4 días, de color canela y a pesar de que todos los cachorritos son bonitos (éste tambien lo era), ya dejaba entrever que no iba a ser un adulto demasiado "atractivo".
Cuando llegaron mis hijos del colegio, la sorpresa fue mayúscula, no se lo esperaban porque llevaban mucho tiempo pidiendo una "mascota" pero nunca les dimos el consentimiento y a fuerza de pedir y no recibir se fueron resignando a la idea de que no lo iban a conseguir. Algún día explicaré, porque es interesante, nuestro cambio de opinión.
Después de barajar cuarenta mil nombres, llegó el consenso: le pusieron Layka, creo, no estoy segura que por la canción de Mecano. La quisieron desde el primer momento los tres por igual, nosotros los tres mayores, no tanto, pero ellos la compensaban de sobra.
Siempre estaba en brazos de alguno con mi correspondiente enfando y protesta y como no, el de la abuela, que imaginaba y presentía terribles enfermedades que la "perra" podía trasmitirles y los martilleaba para que la soltaran y se lavaran inmediatamente las manos.
No había nada que hacer, nos cogían las vueltas y volvía a achucharla, mimarla, la metían en la cama, la besaban... llegó el momento en que los dejamos por imposible al ver que no hacían caso por mucho que amenazáramos.
No la recuerdo de hacer trastadas ni estropicios, parece como si el animal percibiera que no me hacía mucha gracia y quisiera pasar sin hacerse mucho notar.
Fue creciendo y convirtiéndose en la chuchita fea de mal pelaje y dientes torcidos, de ojos preciosos y expresivos, de saltos y carreras interminables. Era muy miedosa y a la vez un poquito agresiva cuando creía que le iban a hacer daño, era dulce y coscona, le encantaba que la acariciaran y lo agradecía regalándote una mirada asombrosa y si la caricia procedía de alguno de los mayores, se derretia porque le llegaban más de tarde en tarde.
Sé que ha sido el consuelo y el cobijo de muchos momentos dificiles de mis hijos así como el testigo cómplice y silencioso de sus alegrías y de sus ilusiones.
Aprendí a quererla porque era imposible no hacerlo, me seguía por la casa, nunca mejor dicho como un perrillo, cuando era ya viejita llegaba a alcanzarme cuando ya volvía yo para otro sitio y entonces daba la vuelta otra vez a descorrer lo andado, con su andar cansado y su mirada increible.
Por las noches, cuando ya la casa empezó a quedarse sola por la ausencia de mis hijos ya mayores, se acurrucaba a mi lado en el sofá y me buscaba la mano metiendo la cabeza bajo ella para que la acariciara. Entonces era yo la que la cogía en mi regazo y ella la que acompañaba mis momentos malos, buenos y regulares que la vida te va ofreciendo.
Se nos fue después de 14 años y aunque ha pasado ya algún tiempo, algunas noches me parece sentirla subiendo al sofá y arañando la tapicería, tal como hacía para acomodarse y dormir.
Se fue como llegó a esta casa, temblando y en mis brazos, pero con muchísimo más amor en nuestros corazones. Gracias Layka.
joe mamá, como sigas escribiendo cosas así voy a tener que coger un pañuelo antes de empezar a leer tu blog jejeje. Me has aemocionado de nuevo.Ya no recordaba sus arañazos en el sofá...Siempre será nuestra perrita Layka, la más bonita del mundo a nuestros ojos
ResponderEliminarLa verdad, que me he emocionado mucho...me he acordado mucho de tus hijos, especialmente de Salvi. Un post realmente precioso. Sigue así Ana!
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