viernes, 14 de mayo de 2010

La Transición II (Juan Carlos I Rey de España)

Fueron dos días de luto acérrimo, días en que todo lo que se oía en la radio, en la tele, era música militar o clásica, en los que solo veíamos la biografía de Franco, los discursos de Franco, Franco cazando, pescando, inaugurando pantanos, Franco con prismáticos en la guerra, Franco aclamado, vitoreado, la película de Franco "Franco, ese hombre", el testamento de Franco... y su muerte, la capilla ardiente por dónde vimos desfilar incansablemente miles y miles de personas en colas interminables y las muestras de dolor no pocas veces patéticas que hasta nos hacían reir (que ya era difícil) a pesar del miedo y la preocupación existente. Resumiendo y para no cansar, bombardeo total y absoluto en todos los medios de comunicación: prensa, radio, televisión, sobre la vida y obra del dictador y parálisis de la vida en el país, porque todo parecía congelado alrededor de la "suprema" noticia que justificaba por sí misma e incluso alentaba ese parón.
De esos dos días, recuerdo las calles desiertas y los bares llenos pero silenciosos con la gente pendiente de la tele, el miedo en muchos rostros, la música militar y las canciones e himnos de Falange como banda sonora del momento, mi pena por lo que creía una pérdida irreparable, mi incertidumbre y la cara de mi padre, bastante castigada ya por la enfermedad, de preocupación.
Después de dos días en los que casi nadie se despegaba de la tele y corría a sus casas a la salida del trabajo, tuvimos un paréntesis en el duelo para celebrar la proclamación de Juan Carlos como Rey de España ante las Cortes:
"Señores Procuradores, Señores Consejeros, desde la
emoción en el recuerdo a Franco: !Viva el Rey! !Viva España!"
Eran las 12'30 horas del día 22 de Noviembre de 1.975 y las calles estaban desiertas, la gente era consciente de vivir un momento histórico. Cuando con voz firme D. Juan Carlos, leyó su discurso, su lectura fue como una corriente de aire fresco que entraba en nuestros pueblos, en nuestras calles, en nuestro hogares y que al menos por ese día, barrió y refrescó los tensos, recargados y lúgubres días anteriores.
Frases como "que nadie espere una ventaja o un privilegio" o "el Rey quiere serlo de todos y de cada uno en su cultura, su historia, su tradición" o "Europa debe contar con España y los españoles somos europeos", se recibieron por parte de los sectores en la clandestinidad que luchaban por el cambio, con escepticismo (no confiaban en esa persona impuesta por Franco), pero a la vez con algo de esperanza, porque esas frases, parecían llevar un mensaje de apertura.
Después, volvimos nuevamente al duelo, el entierro en el Valle de los Caidos, los rostros serios, compugidos, incluso llorosos de los seguidores del regimen, ministros, consejeros, falangistas... el féretro portado por familiares, su viuda enlutada con el velo cubriéndole la cara y los Reyes presidiendo el cortejo fúnebre.
Pasados los largos días de luto, nada. Y cuando digo nada, quiero decir que la vida aparentemente siguió igual que antes de su muerte o al menos así lo parecía.
(Continuará)

domingo, 9 de mayo de 2010

La Transición I (La muerte de Franco)


Me despertó el ruido metálico que las tablillas de madera de la persiana, hacían al chocar contra la reja de la ventana de mi dormitorio. Desperté algo sobresaltada, la habitación estaba en penumbra, gracias al suave reflejo de la luz que se colaba por la ventana, procedente de una farola apostada en la calle justo al lado de mi casa. Me mantuve un momento expectante, inmóvil y volvió a repetirse el tecleo de la persiana, pero esta vez pude ver la silueta de una sombra que insistía en la llamada. Al momento pude un escuchar un murmullo soterrado, casi mudo, pero que en el silencio de la noche oí con claridad: "Sá muerto Franco".
Lo recordaré toda la vida, porque fue uno de esos momentos que quedan tan grabados en tu cabeza, que siempre por muchos años que pasen, recuerdas con todo detalle lo que hacías ese día, esa hora o incluso minuto tan transcendentales o impactantes.
Era la madrugada del 20 de Noviembre de 1.975 el día que trás una agonía de más de un mes, moría el "Generalísimo Franco", "El Caudillo", el dictador que gobernó con mano de hierro durante 40 años los destinos de España.
Para comprender un poco lo que supuso un acontecimiento de tal magnitud en una sociedad reprimida, narcotizada, desinformada y totalmente analfabeta en temas políticos, tendría que explicar al menos de pasada, que salvo sectores específicos (a los que más abajo mencionaré), la gran mayoría de la población vivíamos apoyando a un regimen, a un dictador al que creíamos nuestro salvador, el que nos "libró" del caos y la anarquía, el que ganó una guerra cruenta y nos condujo por el camino del orden, la paz y el progreso.
No era extraño que fuera así, en los colegios desde pequeños convivíamos con la foto de Franco y cantábamos el himno de Falange "Cara al Sol" en el patio, antes de entrar en clase. En los libros de texto, aparecía como el "Caudillo" que nos había salvado de las "hordas rojas", éstas representadas en viñetas dibujadas como demonios con cuernos y rabos incluidos, no se mencionaba nada de golpe militar o sublevación sino de salvación al triunfar venciendo a los enemigos de España que nos querían esclavizar. No se estudiaba los sistemas políticos que imperaban en Europa o el resto del mundo y se aprovechaba cualquier acontecimiento o noticia extranjera para criticar la forma de vida de una sociedad considerada libertina, que no liberal, materialista y falta de valores morales y espirituales.
En los hogares, los mayores que habían vivido la tragedia de la guerra en sus carnes, no osaban abrir la boca, asustados y escarmentados por las experiencias vividas, sólo querían que sus hijos vivieran y crecieran en paz, considerando que la mejor manera era mantenerlos alejados y desinformados de lo que pasó en realidad.
Los periódicos, la televisión, el cine, padecían una censura feroz y por supuesto un gran número de escritores, poetas, filósofos... importantísimos tanto españoles como extranjeros, no tenían hueco en nuestras librerías.
Hasta la muerte de Franco, la gran mayoría ni siquiera conocía la palabra democracía y ni que decir de lo que significaba. De esta manera, creo, se puede comprender la incultura política y la represión que padecíamos y lo peor de todo era, que ni siquiera éramos conscientes de ello y del déficit tan enorme que en ese sentido padecíamos.
La noticia no por esperada, dejó de ser traumática, temida e indeseada para la gran mayoría, entre los que me encontraba. Sé que puede sorprender en estos tiempos que se temiera la muerte de un dictador que podría suponer la liberación y el fin de un regimen totalitario, pero para nosotros como arriba explico no era así. Nosotros nos sentimos perdidos, desamparados, había llegado el tan temido momento que durante toda nuestra vida habían alentado y con la que nos habían machacado continuamente "el día que muera Franco, se liará otra vez y volverá la guerra".
Nos lo creíamos " a pie juntilla" porque eramos ajenos a que no todo el mundo vivía en la ignorancia. Como arriba comentaba, había sectores de la sociedad que se movían, que llevaban preparándose años para este momento y que al contrario que nosotros, celebraron esta muerte con toda pompa y alegría. Había organizaciones clandestinas, que operaban desde el primer momento de la dictadura y en contacto siempre con los líderes políticos de los principales partidos en el exilio (PSOE, PCE) y cuyas ramificaciones se extendían y operaban entres dos sectores sociales cruciales: el mundo obrero y agrario y el mundo universitario.
El primero, en las fábricas, en el campo, la población más explotada y reprimida, con las peores condiciones para sobrevivir. Allí se introducían cédulas clandestinas como acicate para animar, informar, empujar e infundir valor para rebelarse y protestar por las injusticias y la situación en que vivían. El segundo sector y muy importante: el estudiantil. La Universidad, catedral del conocimiento, la base dónde debe apoyarse una sociedad que quiere crecer y prosperar. En este mundo, al regimen ya le era imposible engañar, fingir o tergiversar a su antojo. Los estudiantes tiraban de los hilos necesarios para documentarse y comprendieron que no podíamos seguir viviendo aislados del resto del mundo y empezaron las revueltas, las protestas, la unión con la clase obrera y ya en los últimos años del franquismo, el rebaño sumiso y obediente que habíamos sido durante 40 años, empezó a levantar timidamente sus cabezas.
El acontecimiento me pilló a punto de cumplir 22 años y a 8 meses de celebrar mi boda. Trabajaba de secretaria en una importante Empresa catalana y me había permitido el lujo de comprarme el 133, un utilitario que la Seat lanzó al mercado como sustituto del mítico Seat 600. Firmé no sé cuantas letras de cambio para pagarlo y para no tener que cizar ni una peseta al sueldo que necesitábamos en casa, me apunté a hacer todas las horas extras habidas y por haber que salían, durante las que "aporreaba" sin descanso una "Olivetti" ya !por fin! eléctrica, en la que transcribía sin descanso informes y proyectos sobre repoblaciones de eucaliptos en los montes de nuestra Comunidad.
En un barrio, que ya no se denominaba barrio, sino "Núcleo Residencial" que sonaba mejor y más moderno, habíamos comprado mi novio y yo, un piso. Un piso dentro de ese "Núcleo" que a pesar del pomposo nombre, quedaba en aquellos tiempos alejado, aislado en las afueras y rodeado de campo. Sin línea telefónica ni servicio de autobuses, salvo el que pasaba para Alcalá, pero que para nosotros era precioso y lo arreglábamos con una ilusión tremenda.
Salvo la enfermedad difícil y penosa de mi padre, la vida se portaba bien. Atrás habían quedado los tiempos tormentosos de la lucha entre mis padres y mi novio y ahora vivía relajada y feliz y aunque bien es cierto que no teníamos ni un duro, porque todo era para pagar, tuve la suerte de tener un grupo de amigos, mi hermano y cuñada inclcuidos, con los que nos divertíamos.
Por eso aquella madrugada, por un momento, todo se tambaleó en mi mente y el temor a un futuro incierto y a que pudiera peligrar todo lo que con tanto trabajo había ido consiguiendo, se apoderó de mí.
(Continuará)

jueves, 6 de mayo de 2010

Y viví la Transición

Me gusta leer todos los días el periódico, al tener poco tiempo, acostumbro normalmente a dar un repaso ligero ojeando los titulares, para después con más detenimiento, ir parando en la página en la que una vez echado el primer vistazo, atrae mi interés o curiosidad.
Generalmente me detengo en las noticias locales y nacionales, pasando un poco de las andanzas de Obama, Sarkozy o Merkel, de las guerras de Afganistán o Irak, del armamento nuclear de Irán o la interminable matanza entre israelitas y palestinos. No porque considere que no sea importante para mí, ya sé que vivimos en un mundo globalizado y nada de lo que en él ocurra me puede ser ajeno o indeferente, porque todos estamos en el mismo saco, sino porque he comprobado que lo paso realmente mal, sufro por la gente inocente que muere o malvive, sufro por las catástrofes que siempre sobrevienen a los más débiles y por los daños ecológicos conque continuamente machacamos al planeta. Y como me veo impotente y no puedo solucionar nada, prefiero pasar y como se suele decir "que sea lo que Dios quiera" o "ojos que no ven, corazón que no siente".
En las locales me inclino por el urbanismo en mi ciudad, las obras que están en proyecto, las mejoras del tipo que sean que se llevan a cabo, las exposiciones o espectáculos que se celebran... paso de política, de Griñán, Monteseirín, Torrijos, Arenas y compañía, porque los veo a todos como unos "chupópteros" ( palabreja acuñada por Jose Mª García en su mítico programa "Super García", como calificativo a los aprovechados de turno, que ostentaban algún cargo), interesados y corruptos y paso de ellos.
En cuanto a las nacionales curiosamente es todo lo contrario, me gusta leer todo lo relacionado con la política y la economía, creo que aún me quedan reminiscencia de un pasado en los que viví fervientemente todos estos temas con ilusión, quizás inconscientemente intente volver a ese estado, cosa, por otro lado, imposible.
Después quedan dos apartados de los que no puedo prescindir, el editorial o comentario de la dirección del periódico sobre el tema candente del día y los artículos de los columnistas porque me gusta enterarme de las opiniones que sobre noticias de la actualidad, tienen gente preparada: escritores, periodistas, intelectuales, catedráticos... fuera aparte de que comparta sus ideas u opiniones o no, pero es cierto que siempre se aprende algo, o analizan el tema desde otro punto de vista, que no pocas veces me han hecho cambiar el mío, o al contrario comparas y te reafirmas más en tus pensamientos e ideas.
Todo este prólogo viene a colación, porque intento explicar que quiero mantenerme al día sobre lo que pasa, sobre la actualidad, especialmente política y social de nuestro país y cómo a la vista de lo que leo y veo me es imposible evitar el "cabreo". Por ello, la decepción y el desencanto han hecho mella en mí y en mucha gente de mi generación que tuvimos el privilegio de vivir unos momentos históricos cruciales. Momentos en los que creimos con una fe absoluta y a la que nos agarramos con fuerza para hacer realidad unos ideales que no podíamos ni queríamos dejar escapar. Y viví la Transición.
(Continuará)

viernes, 2 de abril de 2010

"El Candela" final

Todo lo fue dejando a un lado p or estar con ella y ella segura de sí misma ante él, aprovechó el momento para "acapararlo" al máximo y de esa manera ir desligándolo poco a poco de esas amistades y esa vida que no le gustaba, ni aceptaba.
Faltaba a sus clases de tarde para estar con él, para ocupar todas sus horas libres
y las vivían a tope, a su aire, sin trabas, libres para hacer lo que les apetecía toda la tarde. Paseaban, tomaban el sol del invierno tumbados cerca de las vías del tren, allí dónde terminaba el barrio, o se metian en el cine cuando reunían dinero para las entradas o simplemente se sentaban en un banco de su placita preferida,dónde charlaban, reían o él le cantaba al oido el último fandango aprendido, que a ella tanto la emocionaba.
Ante todo esto, ante la tozudez que ella mostraba, la intransigencia de sus padres fue cediendo hasta terminar por aceptarlo, al fin y al cabo sólo querían verla felíz.
Se casaron a los nueve años de ese primer día que se vieron y bailaron "agarrados" canciones de amor, después de sortear un gran número de obstáculos que parecían no iban a poder salvar.
Se podría decir que fueron felices y comieron perdices como en los cuentos, pero la vida es mucho más que un cuento, la vida es una dura batalla sobre ella mísma, en la que unas veces se gana y otras se pierde y ello conlleva dolor y llanto, risas y alegrías, miedo, ilusión, frustración, esperanza... y así ha sido sus vidas, en un contínuo balanceo, oscilando a uno y otro lado, pero siempre juntos, agarrrados de la mano, sorteando obstáculos y problemas y gozando de todo lo bueno que la vida les ha ido enviando. Unas veces tiraba él de ella, otras, ella de él y así han llegado hasta hoy, un hoy todavía de lucha, de trabajo y de ilusión por conseguir metas ya más bien reflejadas en esos nietos que les remueven el alma con sus miradas.
"El Candela" cumple ahora 59 años y sigue conservando esa "gracia", esa "frescura" que a ella tanto le atrajo y todavía después de 45 años juntos, él le dice un montón de veces al día que la quiere más que a nadie y todavía cuando a las tres de la madrugada, sale para el trabajo, repitiendo la andadura que comenzó con ocho años, la arropa con ternura mientras duerme y le besa las mejillas y los labios, y le da siempre las gracias por haberse cruzado en su camino.
Y ella ahora, por su cumpleaños, decide escribirle y que todo el mundo sepa, que a la que le corresponde dar las gracias es a ella. Y me hace llegar una misiva porque quiere que se la publique en este humilde blog y quede impreso para siempre, esta historia de amor, para que él pueda leerla cada vez que quiera y sus hijos y nietos conozcan un poquito más de sus vidas y su cariño.
"Al hombre de mi vida, "El Candela":
¿Por dónde empiezo? ¿De que manera te puedo transmitir lo que siento? Me dejo llevar por mi memoria y viajo en el tiempo. Salto de una imagen a otra, de un recuerdo a otro, una canción, unos sentimientos... y me doy cuenta de que la andadura ha sido larga y que ya llevamos muchos años juntos, años en los que tú y yo sabemos y siempre quedará para tí y para mí en nuestros corazones, lo que la vida nos ha deparado. Tú y yo sabemos que ha habido momentos muy difíciles, duros, de los que parece no se va a poder salir, pero que hemos conseguido salvar a fuerza de comprensión, de echarnos no sólo una mano, sino el corazón y el alma para tirar del que pasaba esos momentos malos que tanto tú como yo hemos padecido. Por eso, porque no todo ha sido un camino de rosas, aunque el olor y el color de ellas ha predominado sobre las inevitables espinas, hoy quiero decirte lo que guardo en mi corazón y que tanto me cuesta decirte cara a cara (mi inevitable timidez):
Gracias por haberte conocido, por haberte cruzado en mi camino aquel domingo frío y desapacible, porque has sido, eres y serás el hombre de mi vida. Gracias por quererme de esa manera tuya, desinteresada, auténtica, falta de egoismo. Gracias por cuidarme y estar a mi lado en esas "malas" noches de mi enfermedad. Gracias por esos tres hijos que me has hecho, que son mi orgullo y felicidad. Gracias por dejarlo todo por mí y por vivir para mí. Gracias por parecerte siempre la mejor en todo. Gracias por tu trabajo, por esas duras madrugadas de invierno que no te han pesado, para que no nos faltara de "ná". Gracias por sobrellevar a mi lado en nuestro piso de recien casados, la dura enfermedad de mi padre y contribuir en gran medida a que fuera feliz a nuestro lado en sus últimos años.Gracias por tu alegría, tu optimismo, tus palabras de aliento cuandome vengo abajo. Gracias por ese amor inmenso que le das a nuestros nietos. Gracias por ese beso eterno de todas las madrugadas. Gracias por esa ternura conque tratas a mi madre, por ayudarme a cuidarla cuando no podía moverse de la cama y ese beso que le das todos los días cuando entras en casa de vuelta del trabajo. Gracias por aguantar mi malhumor . Gracias por saber siempre disculpar los "errores" de los demás. Gracias por lo bien que te llevas y lo que quieres a tus nueras y yerno y los buenos ratos que nos haces pasar cuando estamos todos juntos. Gracias por esos paseos por nuestra playa, por esas tardes de verano bañándonos con los niños y por las noches en el cesped al olor de la "dama de noche". Y gracias anticipadas por todo lo que sé me vas a seguir dando... gracias, gracias.
Y por todo, decirte que te quiero, que cada día te necesito más, que eres para mí el mejor compañero que pueda existir, el mejor amante y esposo, padre y abuelo. Que no me equivoqué cuando me enamoré de tí con sólo trece años ni cuando luché en contra de todos por estar siempre contigo y que no me faltes nunca, porque me faltaría la vida. Te quiero.

viernes, 19 de marzo de 2010

"El Candela" segunda parte

Atrás quedaron sus años de infancia, sus travesuras y "fechorías" jugando en el canal, rompiendo los cántaros de las "marías" que iban a la fuente a coger agua, poniendo trampas inmundas, situadas estrategicamente, para que la gente cayera en ellas, guerreando a pedradas con otros chavales igual de golfillos que él y jugando al fútbol con balones hechos de trapo. Sus carencias afectivas, sus deseadas e incumplidas salidas con sus padres a la Feria o a la Semana Santa, su falta de regalos de Reyes o de cumpleaños...
Se conocieron en casa de ella, su hermano preparaba una "fiesta" o "guateque" para su pandilla y estaban probando el tocadiscos, alargando cables y revisando enchufes para que nada fallara en la tarde de ese domingo de finales de Enero, frío y desapacible. Ella entró en la habitación sin saber que estaban allí y sus miradas se cruzaron por un momento, él le sonrió y a ella le pareció el niño más guapo del mundo y las mariposas le revolotearon por dentro.
Tenía trece años, era todavía una niña apuntando a ser mujer, tímida, insegura y asustada ante un grupo de chicos y chicas que le parecieron hombres y mujeres hechos y derechos, que se divertían bailando, alegres y desenvueltos y se sintió ridícula arrinconada en una esquina, al lado de una amiga en sus mismas condiciones, tan paralizada como ella y sin ni siquiera atinar a desaparecer por la puerta. Él se acercó y todos los temores desaparecieron, se enamoró de ese niño que le guiño el ojo al verla, que la sacó a bailar y que sin hablarle no dejaba de mirarla y sonreirle y le apretaba la cintura mientras bailaban "agarrados" las canciones de Raphael o de Adamo.
Corría el año 66 y por estos lares, seguíamos a contracorriente del resto del mundo. La revolución social, musical, cultural, política... que la juventud de fuera estaba llevando a cabo, apenas nos llegaba o lo hacía totalmente distorsionada por la feroz censura que imperaba, pero aún así, timidamente, poquito a poco fuimos despertando a las nuevas, sorprendentes, ilusionantes corrientes que nos llegaban, cargadas de una sabia nueva, de libertad, de frescura y nos enganchó la música de "The Beatles", "The Rolling Stones" de "Simon y Garfunkel" y los chicos empezaron a dejarse crecer el pelo y las chicas acortaron con descaro sus faldas y en este año convulso, revolucionario, maravilloso empezaron juntos una andadura que aún no ha terminado.
Eran muy distintos, ella estudiaba el Bachiller, era seria, intorvertida, excesivamente responsable para su edad, muy protegida y mimada por sus padres. Él totalmente opuesto, alegre, algo "loco", sin ataduras ni vigilancia, sin estudios ni oficio definido... pero totalmente enamorados el uno del otro y lo que a ella le faltaba en él lo encontraba y al contrario.
Tenía que pasar y pasó, la alarma sonó en casa de ella. No lo querían, aspiraban a "algo mejor", alguien más formal, más centrado. No querían un novio para su hija al que no le veían futuro, medio hippy, de pelo largo y algo descarado que llamaba la atención allí donde estuviera y que para colmo y eso era lo peor, se rumoreaba que no tenía buenas amistades y fumaba "grifa", " esa cosa, que venía del extranjero, que era como una yerba que se fumaba y volvía locos a la gente y los mataba con la risa"
De nada sirvieron los llantos de ella, la pérdida del apetito, la tristeza, los argumentos esgrimidos en defensa de él, de que no era lo que parecía, que era el mejor del mundo, que sólo quería verla feliz . Les habló de cómo la trataba, de como lo hacía todo por ella y de que no habría otra persona que la pudiera hacer tan feliz. Inútil, no la dejaban salir y empezó la doble vida.
Ella recurrió a los engaños y a la complicidad de su abuela, que la entendía para verse con él a escondidas, para arañarle a los días, al tiempo un pedacito para verlo y estar a su lado. Él sin que ella lo supiera se fue metiendo en la otra vida, con otra gente que sabe Dios dónde conoció y pasaba parte del día y de la noche escuchando música, de la buena como decía, Beatles, Rollings, Animals, Kinks, Reading.... en un piso, fumando grifa (madre del porro actual) o se iba al parque o al campo a ver los atardeceres de colores psicodélicos con que el LSD le alucinaba. Se cortó los flequillos y se dejó el pelo aún más largo y las botas de ante, el pantalón vaquero y el pañuelo al cuello fueron su indumentaria. Pero cuando llegaba la hora de verla, de pasear a su lado, lo dejaba todo y recorría toda Sevilla si estaba en la otra punta para estar cinco minutos con ella.
Tuvieron que claudicar y dar el visto bueno. Años después se casaron.
(Continuará)

lunes, 15 de marzo de 2010

"El Candela" primera parte

Su abuela se llamaba Candelaria, su padre era José el de Candela y a él lo conocían y aún hoy le conocen como "El Candela" y aún hoy a ella al pronunciar o escuchar ese nombre o ese apodo, le viene ese regusto dulzón, querido, algo añejo ya, de una época vivida bajo la ilusión de un amor sentidoy correspondido cuando aún no se ha terminado de cruzar, esa fina línea fronteriza que separa la niñez de la adolescencia.
Fue el penúltimo de una familia de nueve hermanos, aunque su madre siempre sumaba a estos nueve, los cuatro abortos que tuvo a lo largo de su vida fértil y para ella fueron trece hijos los que Dios le mandó, porque, según decía, un aborto también se pare y duele, se siente y se quiere.
De los nueve, el segundo murió con pocos meses y la tercera, Carmen, como su madre, una niña de ojos verdes, de difteria cuando apenas empezaba a caminar. Así que fueron siete los que vivieron y crecieron juntos en la casa de "El Cerro" que su padre compró con "mil fatigas" allá por los años cuarenta al Marqués de Nervión, cuando éste mandó al arquitecto Hernán Ruíz, trazar y proyectar lo que sería el barrio, parcelando sus tierras y vendiéndolas a precios asequibles a la riada de familias que acudían procedentes de la provincia, del campo, de la marginación, agarrándose al amparo de una enorme fábrica textil que abría sus puertas ofertando miles de puestos de trabajo. Trabajo que la gente ansiaba conseguir y mejorar de esta forma la precaria situación que se vivía en una postguerra caracterizada por el hambre, la miseria y la especulación.
Creció en la calle, en la década de los cincuenta, niño de pantalones cortos y tirantes, de cabeza con cogote rapado evitando los piojos que abundaban en la época y salpicada de "chocaduras" muestra y seña de sus "guerras" con calles rivales y fronterizas, de rodillas eternamente "desconchadas" y sandalias de goma que con el calor le picaban los pies y sabañones en las orejas, cuando el frío del invierno espantaba con juegos y carreras.
Los padres, bien por dejadez, por falta de tiempo o simplemente porque no sabían hacerlo de otra manera, no sacaban tiempo para atender con calma, con firmeza, con orden a la numerosa "prole" y lo cierto es que ésta, campaba por la vida con demasiada libertad y sin apenas freno. Aún así, la madre ya en la vejez, presumía orgullosa de que ninguno de sus hijos se habia "descarriao" y todos se habían situado en la vida más bien que mal y todos eran "mu honraos".
Él al ser de los últimos, tuvo la suerte de ir al colegio, privilegio que a los mayores les fue negado, simplemente porque los padres no lo creían necesario, antes estaba el trabajo, y desde muy pequeños supieron lo que era recoger algodón en el campo, o patatas, o limpiar pescado en la plaza o vender ajos en su puerta. Gozó de ese privilegio, porque su hermana, la tercera en la escala filial y la única mujer de los siete, se ocupó de llevarlos, a él y al benjamín de la familia, aquel que llegó cuando ya la madre creía que su vientre se había secado y quizás por ello, siempre miró a este niño y lo trató de manera especial al resto de sus hermanos.
El pequeño no quería ir, chillaba y pataleaba, como los cerdos cuando van al matadero, y había que empujarlo y hasta casi arrastrarlo para que entrara en la clase, pero él no, a él le gustaba el colegio y aunque llegó tarde, ya metido en los diez años, aprendió rápido, lo justo, pero al menos lo que en aquellos tiempos era necesario para defenderse y no quedar estigmatizado de analfabeto, como sus hermanos mayores.
Su otra "obligación", aparte de su asistencia al colegio, la impuso su padre, acaso lo único que le impuso en la vida. Todos los días desde que cumplió los ocho años, lo levantaba a las tres de la madrugada para llevarlo con él a comprar al "barranco" la verdura y la fruta que en su puesto de la plaza, vendía.
En su casa no había ni reglas, ni orden, ni la tan famosa "rutina", que hoy los psicólogos predican tanto por el buen desarrollo de los niños, allí casi todo era improvisado, no había horarios,el almuerzo podía prolongarse horas, conforme iban llegando uno u otro, se arrimaba el plato del guiso, la cuchara y el pan correspondiente, igual ocurría con la cena y a la hora de dormir, la puerta de la calle, nunca se cerraba a la misma hora, el último en llegar, se encargaba de hacerlo.
Dormían unos con otros en camas de tubos y colchones de "borra", repartidos en dos habitaciones pequeñas con poca ventilación, en las que en verano se asaban de calor y en invierno, padecían el frío, la humedad y el agua de lluvia que se colaba por el precario techo de uralita que casi improvisadamente se colocó cuando construyeron la casa.
Ella que tantos recuerdos atesora en su corazón desde muy pequeña, tantas vivencias, tanto amor de familia, se asombraba, cuando a requerimiento suyo, a la curiosidad por conocer detalles de su vida, poca cosa recuerda él de su infancia, salvo alguna que otra "gamberrada" y poco más, porque según su explicación, nada interesante, importante había vivido ni en su casa, ni con sus padres, que hubiera quedado grabado sentimentalmente en su corazón. Sólo tiene uno, claro, trágico, impactante, el entierro del mayor de sus hermanos, del "Candelita", dónde recuerda la gente, las calles atestadas por dónde pasaba el féretro, con niños aupados en las rejas de las ventanas para verlo pasar y "Marías" plañideras despidiéndole entre una gran multitud apretada viviendo el duelo. Murió con veinticuatro años de cáncer, lo conocía todo el Cerro, por su carácter abierto, por su trabajo en la plaza. Él tenía diez años y es su primer recuerdo.
Salió del colegio con catorce años y como no podía se de otra forma, se puso a trabajar en la plaza, en el mercado y seguía ayudando a su padre en la madrugada. Lo mismo se hizo pescadero, que confitero, que terminó consolidándose como frutero ayudando al hermano que se convirtió en primogénito a la muerte del mayor y que heredó el primer "puesto" que su padre adquirió.
Allí empezó a conocer la vida de los mayores, empezó a hacerse hombre, a probar cosas nuevas y muchas veces prohibidas, a contactar con otros amigos distintos a los de su calle de toda la vida, en resumen a vivir experiencias nuevas y distintas.
(Continuará)

lunes, 1 de marzo de 2010

Mis dos "pequeños" amores

Tengo dos amores, dos "pequeños" amores, dos grandes amores, inmensos, puros, desinteresados, como es el amor que se profesa a los hijos,pero en este caso, no es a los hijos que ya los tengo, en este caso me refiero a mis dos nietos.
Las circunstancias que rodean la llegada de ambos a mi vida, a nuestras vidas, son totalmente dispares, por tanto las experiencias vividas en cada momento son muy distintas, pero al final ambos acontecimientos convergen en un mismo punto: la emoción, la ilusión, el amor hacia unas vidas que empiezan.
Cuando supe que Marco estaba en camino, que era un pequeñísimo embrión germinando en el vientre de su madre, me conmocionó, no lo esperaba. Lo de ser abuela ni siquiera había ocupado un mínimo de tiempo en mis pensamientos y era algo que esperaba que llegara algún día, todavía bastante lejano, pero que por supuesto nunca se me habría ocurrido que fuera tan pronto.
Mi hijo, el padre, había conocido a su mujer, la madre, tres o cuatro meses antes, se enamoraron enseguida y el embarazo llegó más rápido que el rayo, aunque las circunstancias en ese momento de trabajo, de vida, no eran las más idóneas para tener un hijo. En ningún momento dudaron y decidieron tenerlo, ante esa rotundidad, firmeza y seguridad, como no podía ser de otra manera, tuvieron mi apoyo y el de toda la familia.
Durante los nueve meses de una gestación sin complicaciones, viví ese tiempo con ilusión porque iba a nacer mi primer nieto, expectación, cariño y por supuesto con la lógica preocupación por solucionar a marchas forzadas lor problemas que se vinieron encima de vivienda, ajuar, compras, trabajo...
No tenía muchas ganas de nacer Marco y en un control saltó la alarma, faltaba líquido amniótico y hubo que provocar el parto. El goteo de familiares y amigos fue constante durante todo el día y la sala de espera de maternidad se fue llenando. Allí estábamos todos, nadie quería perderse la llegada del que iba a ser, primer hijo, primer nieto, primer biznieto,primer sobrino, primer bebé en la pandilla de amigos y la expectación y los nervios crecían conforme las horas pasaban y ni niño no nacía. La información médica era casi nula y no podíamos estar al lado de la madre,por lo que casi rozando la madrugada, la gente ya cansad y un poquito "decepcionada" comenzó la retirada. Al final nació alrededor de la dos de la madrugada, en el silencio de un hospital dormido y una gente vencida por el cansancio de la larga espera. Sólo quedamos allí seis personas para verles, para emocionarnos, para darle la bienvenida a un niño hermoso, grande, de casi 5 kg de peso que llegaba con los ojitos cerrados y la cara contraida por el llanto y roja por el sufrimiento de un parto que a buen seguro había sido difícil y doloroso para él.
Con Emilio, todo fue completamente al contrario,salvo en una coincidencia a la hora de nacer. Mi hija, la madre, llevaba ya siete años unida a su pareja, el padre y algunos meses buscando su llegada. Cuando lo consiguieron, la alegría llegó nuevamente, aunque no la sorpresa pues lo estábamos esperando de un momento a otro. Los primeros meses fueron muy difíciles, se impuso el reposo absoluto y el miedo por riesgo de aborto y no pocas veces tuvimos que salir corriendo al hospital pensando que se había perdido, pero mi niño seguía ahí, resistiendo una y otra vez y aguantó el tirón.
No culminó los nueve meses, aunque faltó muy poquito, en una revisión rutinaria se apreció una anomalía y derivaron a su madre al hospital. Nadie esperaba su llegada, nadie se enteró, hasta mi hijo, el pequeño, estaba de vacaciones con su novia. Cuando la médica de guardia nos habló de una cesárea de urgencia, sólo estábamos allí su padre y yo, apenas dio tiempo a avisar a la familia, en una hora mi niño había nacido. Nació al igual que su primo, sobre la misma hora, en el silencio de un hospital vacio y como él con seis personas esperando para verle, emocionados, expectantes y nerviosos.
Era un niño pequeñito, 2´7oo kgs. de peso, que nos llegaba muy pálido. con los "morritos" hinchados y los ojitos abiertos, parecía como si quisiera vernos, calmado y tranquilo, consecuencia de un parto sin sufrimiento.
Hoy Marco está cerca de los cinco años y es muy guapo. Tiene la piel morena, un pelo negro y fuerte y unos ojos preciosos, negros y rasgados, enmarcados por unas cejas largas, muy bien delineadas. Es alto y fuerte y en la fila del "cole" sobresale de los demás y más parece estar en ella por equivocación que por pertencia. Es muy noble, cariñoso, ocurrente y muy inteligente. Le encanta dibujar y que le cuenten cuentos, los números, contar y calcular, ha aprendido a leer sólo, a base de preguntar por ésta o aquella letra. Le apasiona el fútbol y por supuesto, como no podía ser de otra manera, es sevillista hasta la médula, de su equipo te puede recitar de carretilla nombre y numeración de todos los jugadores y conoce los escudos de todos los equipos de primera y segunda división. Maneja el ordenador como si fuera mayor y adora a su tito Salvi con quien aprende a jugar al tenis y pasear con su tita Tania empujando el carrito de su primo Emilio, mientras ésta le cuenta cuentos. Se duerme con su padre que le cuenta "cosas de la vida" y a su madre le dice cosas como "eres mi vida".
Emilio tiene sólo diecinueve meses y es muy guapo. Tiene el pelito castaño y finito y los ojos almendrados como su madre, rodeado de largas pestañas. Seguro que con el tiempo y como ella la tonalidad le cambiará según las estaciones del año, más oscuros, marrones en otoño e invierno, claros y casi verdes en primavera y verano. Su piel es sonrosada y la boca de labios gorditos y marcados que dibujan una sonrisa preciosa y por la pinta que lleva creo que será alto y delgado como su padre. Es bueno, gracioso, tierno, cariñoso y muy inteligente. Apenas pronuncia dos o tres palabras, pero lo entiende todo. Le encantan los juguetes, las canciones y adora a Pocoyo. Su dedito índice siempre está preparado para pulsar, teclear, señalar todo lo que ve a su alrededor, esperando tu respuesta. Ya conoce los números del 1 al 10 y es capaz de señalártelos cuando le preguntas por ellos, los mismo si es en español como en inglés, aprendido de uno de sus juguetes favoritos y conoce el escudo del Sevilla F.C. desde antes de tener un añito, al que nada más ver, inmediatamente se le escucha: "!illa.... aaaaah!" (traduzco "!Sevillaaaa... aaaaah!") y se vuelve loco con el pajarito de casa y con "Pampa" la perrita de Marco.
Estos son mis dos nietos, mis dos "pequeños" y grandes amores, los que me animan cuando estoy triste, los que me quitan el cansancio, los que me han hecho revivir emociones, sensaciones vividas en otras épocas, los que me enternece y me hacen ser mejor, los que me dan vida... y no me pesa el trabajo si lucho por ellos y no necesito dormir si vigilo sus sueños y cualquier vacio se llena, cuando los miro y me miran, cuando los abrazos dormidos y me acurruco en la cama con ellos y cuando el chico me abraza riendo y el mayor me dice "Ani, te quiero". No hay placer más grande, ni momento más dichoso que verles por las mañanas con los ojitos aún pegados por el sueño como se miran y se dan besitos y sentarlos a mi lado, uno a la derecha, otro a la izquierda para darles el desayuno, ponerlos guapos y bajarlos a la calle con el mayor orgullo para que los vea su abuelo y los achuche a besos.
Cuando termina el día, en el recogimiento de mi cama, en el silencio de la noche, no me queda más remedio que dar gracias a la vida por el regalo que tengo ( y los que si Dios quiere, tendré) porque están a mi lado y puedo disfrutar de ellos, que son sangre de mis hijos y como a ellos los quiero.

viernes, 19 de febrero de 2010

El invierno


A pesar de la mala fama del invierno, ya se sabe, lo incómodo de la lluvia, el frío que acobarda para salir, el cielo gris, el sol que ni siquiera calienta, la tristeza de las calles desiertas a las cinco de la tarde, los árboles desnudos... nada de ésto invita a que se le aprecie demasiado, no en vano siempre ha sido el símil del ocaso, del fin de la vida, pero a pesar de todo, a mí me gusta, porque cada una de las estaciones tiene su encanto y ésta no podía ser menos.
Me gusta porque es el momento del recogimiento, de disfrutar del hogar, de la reflexión. Hay unas horas especialmente hermosas, acogedoras y cálidas, las horas en que el día va llegando a su fin, en las que los quehaceres cotidianos han acabado y llega el descanso al calor del brasero bajo la mesa de camilla, sentada en el sofá a la luz de una lámpara que alumbra la lectura, la labor o el cuaderno dónde apunto y escribo la vida, en el silencio de una noche dónde los demás duermen ya.
En estas noches en las que ves algo en la tele, o lees, o escribes o simplemente piensas en lo que el día te ha deparado, también hay sitio para recordar, releer u ojear libros antiguos, libros que en su día me impactaron, rebuscar en las estanterias y "descubrir" áquel del que tanto aprendí cuando aún era una adolescente o el que me emocionó con una preciosa historia de amor a los veinte años, o el que me sumergió e impregnó de culturas lejanas o me instruyó en temas políticos durante la época de la transición en España.
Anoche tuve en la mano, el primer libro de mi tío, el poeta. Un libro pequeño, cuyas hojas sueltas de tanto pasarlas y amarillas por el paso del tiempo está sujetas burdamente por dos tiras de fixo para que no se pierdan. Un libro de escritura antigua, carente de ilustraciones, austero cuya única nota de color radica en el rojo de la primera letra de su título. Un libro de cien páginas que reune diecinueve poesías, sencillas, populares, andaluzas que a mí particularmente me emocionan y que anoche releí una por una saboreando el momento, disfrutando a tope de la tranquilidad, la paz, el sosiego y el calor que sólo el desprestigiado frío invierno es capaz de conseguir.
Para terminar quiero transcribir una que a mí me gusta especialmente y que espero que a los que me estais leyendo os guste al menos un poquito.
Se títula "CELOS" dedicado por el autor: "A mi prometida"
No son celos de los hombres,
que a los hombres no les temo,
ya sé que mientras yo viva,
mientras respire mi aliento,
tu amor y mi amor, mi vida,
serán un alma y dos cuerpos.
Mis celos no son de duda,
mis celos son otros celos.
Siento celos de la luna,
de sus resplandores bellos
que con silenciosos pasos
se aproximan a tu lecho
y besan tus níveas carnes
y velan tu dulce sueño;
siento celos de la brisa,
del frío soplo del cierzo,
del sol, la nieve y la lluvia,
del rocío fino y del viento;
porque acarician tu cara,
porque a tus rubios cabellos
se abrazan cual si quisieran
llevárselos prisioneros.
Siento celos de las flores,
de su perfume hechicero,
que penetrando en tu alma,
como un cuchillo de acero,
me roban, vida, un instante
algo de lo que más quiero.
Celos de los manantiales,
porque esos labios tan bellos,
esos dientes de azahares
que yo con éxtasis beso,
no quisiera que ni el agua
!ay! se rozara por ellos.
Celos hasta de mí mismo,
porque el amor que te tengo
es un amor de locura,
es pasión, es sangre, es fuego,
es una llama que arde
como un volcán en mi pecho
y siento celos, mi vida,
de que consuma mi cuerpo.

sábado, 13 de febrero de 2010

Gracias "Commodore"

La vida me regaló ayer otro día de seda, de esos que atesoras en tu corazón y ni el paso del tiempo puede borrar de tu mente, porque te marcan.
Ayer asistí al primer concierto del grupo dónde toca mi hijo Salvi, "Commodore" y tengo que decir que me encantó, no sólo por el concierto en sí, que fue estupendo, sino también por todo lo que rodeó al acontecimiento, haciéndonos vivir una noche inolvidable.
De vuelta a casa, llegué rememorando y relamiendo el dulzor de esos momentos y me puse manos a la obra, para intentar trasmitir (!que difícil!) sin olvidar detalle, lo que juntos habíamos vivido en un pequeño local, cálido y acogedor, en medio de un polígono industrial.
Once de Febrero, viernes, los termómetros rozando el cero, un frío que traspasaba y una lluvia fina, pertinaz y helada que intensificaba aún más la sensación de frío. Un día para estar en casa, metidos hasta el cuello en la mesa de camilla con el pijama puesto, pero no era día de quedarse en casa a pesar de la inclemencia del tiempo, había que salir !íbamos a ver y escuchar a "Commodore" y para allá nos fuimos.
Podría contar tantas cosas de la noche que no sé por donde empezar, porque todo fue bonito, cálido, sencillo... pero puestos a destacar, ahí va un poquito: la espera, charlando con los amigos, contando anécdotas del grupo; el ambiente de nervios y expectación con el cigarrillo en la mano; el abrazo de Salvi a sus hermanos, a su padre, a mí; la presentación de los dos componentes del grupo que no conocíamos; la empatía con los "otros" padres también presentes al ver reflejados en ellos tus mismos sentimientos; los abrazos y palabras de ánimo de los amigos; la llamada de Marco para desearle suerte a su tito Salvi y la ternura de éste hablando por teléfono con él; Iván animando y aplaudiendo; los saltos de Tania gritando "ese es mi hermano"; la carita de felicidad de Sara mientras hacía una foto tras otra, la risa de Cristina con el mechero encendido en la mano moviéndolo al son de la música; sus tíos asistiendo por partida doble y Mª José y Patri y Pepe, Dani, Carlos, Fabi... animando; el orgullo en la cara de mi marido y mi corazón palpitando de alegría.
Y se encendieron los focos, iluminando el escenario y empezaron a sonar maravillosamente los primeros acordes de una música contagiándote con su ritmo, con la voz de mi hijo cantando y su mirada de complicidad de vez en cuando hacia nosotros, con la bateria "aporreada" por Gregui, con el punteo de Ricardo y el bajo de Isaac... todos a una, disfrutando y haciéndonos disfrutar de un momento maravilloso.
No entiendo de música, no sé de técnicas, no sé percibir el pequeño fallo o desafine, o si la nota es "do" o "fa" o "la"... pero sí sé percibir lo que llega, lo que trasmite, lo que te hace vibrar, lo que se hace con corazón, con trabajo, dedicación, esfuerzo, ilusión... y el grupo acumula todos estos valores y fueron capaces de hacernos vibrar a todos los que allí estábamos con esas siete canciones estupendas que nos supo a poco.
Así que ésto va para los cuatro: seguid trabajando en esa línea, porque teneis talento para eso y mucho más, porque ya estamos todos contando los días para volver a veros en Mayo y disfrutar con vuestra música.
Gracias por la noche que nos habeis hecho pasar, gracias Isaac, Ricardo, Gregui y Salvi. Gracias "Commodore"

sábado, 6 de febrero de 2010

La enfermedad. La fé


Llevaba mucho tiempo enferma, tanto como una década. Durante todo ese tiempo, lo que empezó con algunas molestias, jaqueca, decaimiento, se fue acentuando y llegó el peregrinaje de médico en médico, especialistas, neurólogos, psiquiatras, homéopatas... y ninguno daba con la solución, a cada nueva consulta, nueva ilusión de curación y nuevo batacazo cuando el nuevo tratamiento no surtía el efecto deseado. Llegué a desear al menos, si no la curación, el alivio, alivio a los dolores de cabeza intensos y permanentes y a conseguir dormir. Las noches las pasaba vagando por la casa como alma en pena, intentando no despertar a los míos, con las manos en la cabeza como queriendo aguantar el dolor para que no aumentara más, porque era insoportable y llorando cuando la impotencia y la desesperación me vencían.


Así un día y otro, una semana, un mes, un año... llegó un momento en que ya no sabía que hacer, me había gastado un dineral en médicos (aparte los del Seguro) y tratamientos, llegué a pensar que todo era ficticio, que mi mente me estaba jugando la mala pasada de inventarse una dolencia inexistente, creí que era una hipocondríaca superlativa y terminé sintiéndome culpable por lo que me ocurría, al deducir que nada tenía, salvo una obsesión y me castigaba y castigaba a mi familia sin razón.


Después de visitar al penúltimo especialista, en este caso un psiquiatra, que me diagnóstico una fuerte depresión y me atiborró de tranquilizantes que me tuvieron un mes casi sin poder salir, opté por no tomar nada y me machaqué pensando que nada me dolía, que nada tenía, de esa forma pensé, que si era cosa de la mente, la vencería. Inútil, porque llegué a un punto en que si dormía dos horas al día era mucho, apenas comía o lo hacía compulsivamente porque hacerlo, a veces, aliviaba el dolor, la debilidad física aumentaba por día y la depresión y la tristeza vivían conmigo.


No sabía que hacer, ni vivía, ni dejaba vivir, no quería visitar ningún médico más porque todos decían lo mismo: que no había nada importante, salvo una pequeña depresión. Sentí el miedo y la soledad cercándome cada vez más, porque sabía que nadie me comprendía (con toda la razón) aunque todos me apoyaban y animaban, pero yo sí sabía y por eso me asustaba que algo gordo estaba pasando en mi organismo y que mi cuerpo no aguantaría mucho más.


El Martes Santo del año 1.999, me fuí con mi hija a ver salir "El Cerro", la mañana era espléndida, incluso hacía calor, el cielo inigualable de nuestra primavera, en resumen uno de esos días en que das gracias a la vida por vivir.


Aquel día me había levantado com siempre, mal, pero me obligué a salir. La cabeza me estallaba y el cansancio apenas me permitía andar, pero como otras veces, simulaba estar bien, quería dar la imagen, aunque fuera de tarde en tarde, de normalidad. Esperamos para verla salir casi dos horas, de pie y al sol, frente por frente a la puerta de la Iglesia, aguantando ese sol que apretaba de justicia en medio de un cielo azul precioso, pero que a mi me estaba matando.


Cuando el Cristo llegó a mi lado, mecido al son de la marcha procesional y bañado por montones de pétalos de rosas que la gente echaba a volar desde los balcones, la lágrimas brotaron de mis ojos sin poder reprimirlas y en aquel momento, a pesar de que no soy religiosa, ni capillita, ni comulgo con la Iglesia, le pedí a ese Cristo crucificado que me ayudara, ya ni tan siquiera que me curara, no, que me ayudara a encontrar al médico que descubriera que me estaba ocurriendo para saber que hacer, si todavía se podía hacer algo. Miré su cruz y su corona de espinas que apretaban su cabeza como el dolor apretaba la mía y supe que el Dios en el que sí creo, me comprendería.


No ha existido un momento en toda mi vida en el que haya pedido, suplicado, con tanto sentimiento y a la vez con tanta fé. Le prometí que si me curaba todas las primaveras de la vida que El quisiera regalarme, estaría allí para verlo pasar "caminando" clavado en su cruz, mojándose con la lluvía de pétalos que otras corazones, tal vez tan agradecidos como el mío, le tiraban al pasar.
Cuando volvió la esquina de la calle y lo perdí de vista, mi hija me abrazó al verme emocionada, no sabía logicamente lo que por mi cabeza pasaba y por un momento tuve paz y la ilusión de que todo se podía arreglar, porque la fé mueve montañas y yo había pedido con mucha fé.
Un mes más tarde me hablaron de un médico estupendo, un endocrino, la única especialidad que no habia tocado porque no lo relacionaba con mi dolencia. Me dijeron que lo intentara y más por complacer a mi familia que por convicción, accedí a ir, con la condición de que sería el último.
Después de pruebas complicadas, me diagnosticaron un tumor en la hipófisis en estado tan avanzado que afectaba al nervio óptico, al hipotálamo en el área del sueño (por eso no dormía) y a todo un sistema hormonal que estaba totalmente descompensado. La única solución pasaba por una operación urgente para extirparlo. No me quiero extender en detallar las vivencias de esa semana de vértigo en la que se preparaba la intervención, pero destacaré dos importantes y principales sentimientos que convivieron esos días conmigo:
- ALEGRÍA: porque sabía !por fin! lo que tenía, porque había encontrado al médico y a la enfermedad, porque no estaba loca como llegué a pensar, porque para bien, si me curaba, o para mal si me pasaba algo, el sufrimiento se acababa...
-MIEDO: porque era una operación complicada de cabeza, porque podía en un gran porcentaje quedarme alguna secuela, más o menos importante, porque podía faltarle a mis hijos, mi marido, mi madre...
Al año siguiente por primavera salí de nazarena por primera vez en mi vida, con mi Cristo de "El Cerro", con un cirio en la mano y una medalla en el cuello, formando en una fila larguísima con mi hijo delante marcándome el paso y mi Cristo detrás para verlo. Fueron quince horas de recorrido con el corazón rebosante de felicidad, en el que no dejé de dar gracias por todo lo que me había ocurrido en un año, porque la alegría había vuelto a mi casa, porque seguíamos todos juntos, porque había aprendido cosas muy importantes, porque disfrutaba de todos los momentos que la vida me volvía a ofrecer, porque me había vuelto la fé y la ilusión, porque no tenía dolor y podía dormir y todo, todo, porque me había curado.
Y allí he estado ya diez años de esta vida nueva que El me ha regalado y como le prometí, de nazarena o no, da igual, allí he estado y estaré para verlo hasta que muera.