viernes, 2 de abril de 2010

"El Candela" final

Todo lo fue dejando a un lado p or estar con ella y ella segura de sí misma ante él, aprovechó el momento para "acapararlo" al máximo y de esa manera ir desligándolo poco a poco de esas amistades y esa vida que no le gustaba, ni aceptaba.
Faltaba a sus clases de tarde para estar con él, para ocupar todas sus horas libres
y las vivían a tope, a su aire, sin trabas, libres para hacer lo que les apetecía toda la tarde. Paseaban, tomaban el sol del invierno tumbados cerca de las vías del tren, allí dónde terminaba el barrio, o se metian en el cine cuando reunían dinero para las entradas o simplemente se sentaban en un banco de su placita preferida,dónde charlaban, reían o él le cantaba al oido el último fandango aprendido, que a ella tanto la emocionaba.
Ante todo esto, ante la tozudez que ella mostraba, la intransigencia de sus padres fue cediendo hasta terminar por aceptarlo, al fin y al cabo sólo querían verla felíz.
Se casaron a los nueve años de ese primer día que se vieron y bailaron "agarrados" canciones de amor, después de sortear un gran número de obstáculos que parecían no iban a poder salvar.
Se podría decir que fueron felices y comieron perdices como en los cuentos, pero la vida es mucho más que un cuento, la vida es una dura batalla sobre ella mísma, en la que unas veces se gana y otras se pierde y ello conlleva dolor y llanto, risas y alegrías, miedo, ilusión, frustración, esperanza... y así ha sido sus vidas, en un contínuo balanceo, oscilando a uno y otro lado, pero siempre juntos, agarrrados de la mano, sorteando obstáculos y problemas y gozando de todo lo bueno que la vida les ha ido enviando. Unas veces tiraba él de ella, otras, ella de él y así han llegado hasta hoy, un hoy todavía de lucha, de trabajo y de ilusión por conseguir metas ya más bien reflejadas en esos nietos que les remueven el alma con sus miradas.
"El Candela" cumple ahora 59 años y sigue conservando esa "gracia", esa "frescura" que a ella tanto le atrajo y todavía después de 45 años juntos, él le dice un montón de veces al día que la quiere más que a nadie y todavía cuando a las tres de la madrugada, sale para el trabajo, repitiendo la andadura que comenzó con ocho años, la arropa con ternura mientras duerme y le besa las mejillas y los labios, y le da siempre las gracias por haberse cruzado en su camino.
Y ella ahora, por su cumpleaños, decide escribirle y que todo el mundo sepa, que a la que le corresponde dar las gracias es a ella. Y me hace llegar una misiva porque quiere que se la publique en este humilde blog y quede impreso para siempre, esta historia de amor, para que él pueda leerla cada vez que quiera y sus hijos y nietos conozcan un poquito más de sus vidas y su cariño.
"Al hombre de mi vida, "El Candela":
¿Por dónde empiezo? ¿De que manera te puedo transmitir lo que siento? Me dejo llevar por mi memoria y viajo en el tiempo. Salto de una imagen a otra, de un recuerdo a otro, una canción, unos sentimientos... y me doy cuenta de que la andadura ha sido larga y que ya llevamos muchos años juntos, años en los que tú y yo sabemos y siempre quedará para tí y para mí en nuestros corazones, lo que la vida nos ha deparado. Tú y yo sabemos que ha habido momentos muy difíciles, duros, de los que parece no se va a poder salir, pero que hemos conseguido salvar a fuerza de comprensión, de echarnos no sólo una mano, sino el corazón y el alma para tirar del que pasaba esos momentos malos que tanto tú como yo hemos padecido. Por eso, porque no todo ha sido un camino de rosas, aunque el olor y el color de ellas ha predominado sobre las inevitables espinas, hoy quiero decirte lo que guardo en mi corazón y que tanto me cuesta decirte cara a cara (mi inevitable timidez):
Gracias por haberte conocido, por haberte cruzado en mi camino aquel domingo frío y desapacible, porque has sido, eres y serás el hombre de mi vida. Gracias por quererme de esa manera tuya, desinteresada, auténtica, falta de egoismo. Gracias por cuidarme y estar a mi lado en esas "malas" noches de mi enfermedad. Gracias por esos tres hijos que me has hecho, que son mi orgullo y felicidad. Gracias por dejarlo todo por mí y por vivir para mí. Gracias por parecerte siempre la mejor en todo. Gracias por tu trabajo, por esas duras madrugadas de invierno que no te han pesado, para que no nos faltara de "ná". Gracias por sobrellevar a mi lado en nuestro piso de recien casados, la dura enfermedad de mi padre y contribuir en gran medida a que fuera feliz a nuestro lado en sus últimos años.Gracias por tu alegría, tu optimismo, tus palabras de aliento cuandome vengo abajo. Gracias por ese amor inmenso que le das a nuestros nietos. Gracias por ese beso eterno de todas las madrugadas. Gracias por esa ternura conque tratas a mi madre, por ayudarme a cuidarla cuando no podía moverse de la cama y ese beso que le das todos los días cuando entras en casa de vuelta del trabajo. Gracias por aguantar mi malhumor . Gracias por saber siempre disculpar los "errores" de los demás. Gracias por lo bien que te llevas y lo que quieres a tus nueras y yerno y los buenos ratos que nos haces pasar cuando estamos todos juntos. Gracias por esos paseos por nuestra playa, por esas tardes de verano bañándonos con los niños y por las noches en el cesped al olor de la "dama de noche". Y gracias anticipadas por todo lo que sé me vas a seguir dando... gracias, gracias.
Y por todo, decirte que te quiero, que cada día te necesito más, que eres para mí el mejor compañero que pueda existir, el mejor amante y esposo, padre y abuelo. Que no me equivoqué cuando me enamoré de tí con sólo trece años ni cuando luché en contra de todos por estar siempre contigo y que no me faltes nunca, porque me faltaría la vida. Te quiero.

viernes, 19 de marzo de 2010

"El Candela" segunda parte

Atrás quedaron sus años de infancia, sus travesuras y "fechorías" jugando en el canal, rompiendo los cántaros de las "marías" que iban a la fuente a coger agua, poniendo trampas inmundas, situadas estrategicamente, para que la gente cayera en ellas, guerreando a pedradas con otros chavales igual de golfillos que él y jugando al fútbol con balones hechos de trapo. Sus carencias afectivas, sus deseadas e incumplidas salidas con sus padres a la Feria o a la Semana Santa, su falta de regalos de Reyes o de cumpleaños...
Se conocieron en casa de ella, su hermano preparaba una "fiesta" o "guateque" para su pandilla y estaban probando el tocadiscos, alargando cables y revisando enchufes para que nada fallara en la tarde de ese domingo de finales de Enero, frío y desapacible. Ella entró en la habitación sin saber que estaban allí y sus miradas se cruzaron por un momento, él le sonrió y a ella le pareció el niño más guapo del mundo y las mariposas le revolotearon por dentro.
Tenía trece años, era todavía una niña apuntando a ser mujer, tímida, insegura y asustada ante un grupo de chicos y chicas que le parecieron hombres y mujeres hechos y derechos, que se divertían bailando, alegres y desenvueltos y se sintió ridícula arrinconada en una esquina, al lado de una amiga en sus mismas condiciones, tan paralizada como ella y sin ni siquiera atinar a desaparecer por la puerta. Él se acercó y todos los temores desaparecieron, se enamoró de ese niño que le guiño el ojo al verla, que la sacó a bailar y que sin hablarle no dejaba de mirarla y sonreirle y le apretaba la cintura mientras bailaban "agarrados" las canciones de Raphael o de Adamo.
Corría el año 66 y por estos lares, seguíamos a contracorriente del resto del mundo. La revolución social, musical, cultural, política... que la juventud de fuera estaba llevando a cabo, apenas nos llegaba o lo hacía totalmente distorsionada por la feroz censura que imperaba, pero aún así, timidamente, poquito a poco fuimos despertando a las nuevas, sorprendentes, ilusionantes corrientes que nos llegaban, cargadas de una sabia nueva, de libertad, de frescura y nos enganchó la música de "The Beatles", "The Rolling Stones" de "Simon y Garfunkel" y los chicos empezaron a dejarse crecer el pelo y las chicas acortaron con descaro sus faldas y en este año convulso, revolucionario, maravilloso empezaron juntos una andadura que aún no ha terminado.
Eran muy distintos, ella estudiaba el Bachiller, era seria, intorvertida, excesivamente responsable para su edad, muy protegida y mimada por sus padres. Él totalmente opuesto, alegre, algo "loco", sin ataduras ni vigilancia, sin estudios ni oficio definido... pero totalmente enamorados el uno del otro y lo que a ella le faltaba en él lo encontraba y al contrario.
Tenía que pasar y pasó, la alarma sonó en casa de ella. No lo querían, aspiraban a "algo mejor", alguien más formal, más centrado. No querían un novio para su hija al que no le veían futuro, medio hippy, de pelo largo y algo descarado que llamaba la atención allí donde estuviera y que para colmo y eso era lo peor, se rumoreaba que no tenía buenas amistades y fumaba "grifa", " esa cosa, que venía del extranjero, que era como una yerba que se fumaba y volvía locos a la gente y los mataba con la risa"
De nada sirvieron los llantos de ella, la pérdida del apetito, la tristeza, los argumentos esgrimidos en defensa de él, de que no era lo que parecía, que era el mejor del mundo, que sólo quería verla feliz . Les habló de cómo la trataba, de como lo hacía todo por ella y de que no habría otra persona que la pudiera hacer tan feliz. Inútil, no la dejaban salir y empezó la doble vida.
Ella recurrió a los engaños y a la complicidad de su abuela, que la entendía para verse con él a escondidas, para arañarle a los días, al tiempo un pedacito para verlo y estar a su lado. Él sin que ella lo supiera se fue metiendo en la otra vida, con otra gente que sabe Dios dónde conoció y pasaba parte del día y de la noche escuchando música, de la buena como decía, Beatles, Rollings, Animals, Kinks, Reading.... en un piso, fumando grifa (madre del porro actual) o se iba al parque o al campo a ver los atardeceres de colores psicodélicos con que el LSD le alucinaba. Se cortó los flequillos y se dejó el pelo aún más largo y las botas de ante, el pantalón vaquero y el pañuelo al cuello fueron su indumentaria. Pero cuando llegaba la hora de verla, de pasear a su lado, lo dejaba todo y recorría toda Sevilla si estaba en la otra punta para estar cinco minutos con ella.
Tuvieron que claudicar y dar el visto bueno. Años después se casaron.
(Continuará)

lunes, 15 de marzo de 2010

"El Candela" primera parte

Su abuela se llamaba Candelaria, su padre era José el de Candela y a él lo conocían y aún hoy le conocen como "El Candela" y aún hoy a ella al pronunciar o escuchar ese nombre o ese apodo, le viene ese regusto dulzón, querido, algo añejo ya, de una época vivida bajo la ilusión de un amor sentidoy correspondido cuando aún no se ha terminado de cruzar, esa fina línea fronteriza que separa la niñez de la adolescencia.
Fue el penúltimo de una familia de nueve hermanos, aunque su madre siempre sumaba a estos nueve, los cuatro abortos que tuvo a lo largo de su vida fértil y para ella fueron trece hijos los que Dios le mandó, porque, según decía, un aborto también se pare y duele, se siente y se quiere.
De los nueve, el segundo murió con pocos meses y la tercera, Carmen, como su madre, una niña de ojos verdes, de difteria cuando apenas empezaba a caminar. Así que fueron siete los que vivieron y crecieron juntos en la casa de "El Cerro" que su padre compró con "mil fatigas" allá por los años cuarenta al Marqués de Nervión, cuando éste mandó al arquitecto Hernán Ruíz, trazar y proyectar lo que sería el barrio, parcelando sus tierras y vendiéndolas a precios asequibles a la riada de familias que acudían procedentes de la provincia, del campo, de la marginación, agarrándose al amparo de una enorme fábrica textil que abría sus puertas ofertando miles de puestos de trabajo. Trabajo que la gente ansiaba conseguir y mejorar de esta forma la precaria situación que se vivía en una postguerra caracterizada por el hambre, la miseria y la especulación.
Creció en la calle, en la década de los cincuenta, niño de pantalones cortos y tirantes, de cabeza con cogote rapado evitando los piojos que abundaban en la época y salpicada de "chocaduras" muestra y seña de sus "guerras" con calles rivales y fronterizas, de rodillas eternamente "desconchadas" y sandalias de goma que con el calor le picaban los pies y sabañones en las orejas, cuando el frío del invierno espantaba con juegos y carreras.
Los padres, bien por dejadez, por falta de tiempo o simplemente porque no sabían hacerlo de otra manera, no sacaban tiempo para atender con calma, con firmeza, con orden a la numerosa "prole" y lo cierto es que ésta, campaba por la vida con demasiada libertad y sin apenas freno. Aún así, la madre ya en la vejez, presumía orgullosa de que ninguno de sus hijos se habia "descarriao" y todos se habían situado en la vida más bien que mal y todos eran "mu honraos".
Él al ser de los últimos, tuvo la suerte de ir al colegio, privilegio que a los mayores les fue negado, simplemente porque los padres no lo creían necesario, antes estaba el trabajo, y desde muy pequeños supieron lo que era recoger algodón en el campo, o patatas, o limpiar pescado en la plaza o vender ajos en su puerta. Gozó de ese privilegio, porque su hermana, la tercera en la escala filial y la única mujer de los siete, se ocupó de llevarlos, a él y al benjamín de la familia, aquel que llegó cuando ya la madre creía que su vientre se había secado y quizás por ello, siempre miró a este niño y lo trató de manera especial al resto de sus hermanos.
El pequeño no quería ir, chillaba y pataleaba, como los cerdos cuando van al matadero, y había que empujarlo y hasta casi arrastrarlo para que entrara en la clase, pero él no, a él le gustaba el colegio y aunque llegó tarde, ya metido en los diez años, aprendió rápido, lo justo, pero al menos lo que en aquellos tiempos era necesario para defenderse y no quedar estigmatizado de analfabeto, como sus hermanos mayores.
Su otra "obligación", aparte de su asistencia al colegio, la impuso su padre, acaso lo único que le impuso en la vida. Todos los días desde que cumplió los ocho años, lo levantaba a las tres de la madrugada para llevarlo con él a comprar al "barranco" la verdura y la fruta que en su puesto de la plaza, vendía.
En su casa no había ni reglas, ni orden, ni la tan famosa "rutina", que hoy los psicólogos predican tanto por el buen desarrollo de los niños, allí casi todo era improvisado, no había horarios,el almuerzo podía prolongarse horas, conforme iban llegando uno u otro, se arrimaba el plato del guiso, la cuchara y el pan correspondiente, igual ocurría con la cena y a la hora de dormir, la puerta de la calle, nunca se cerraba a la misma hora, el último en llegar, se encargaba de hacerlo.
Dormían unos con otros en camas de tubos y colchones de "borra", repartidos en dos habitaciones pequeñas con poca ventilación, en las que en verano se asaban de calor y en invierno, padecían el frío, la humedad y el agua de lluvia que se colaba por el precario techo de uralita que casi improvisadamente se colocó cuando construyeron la casa.
Ella que tantos recuerdos atesora en su corazón desde muy pequeña, tantas vivencias, tanto amor de familia, se asombraba, cuando a requerimiento suyo, a la curiosidad por conocer detalles de su vida, poca cosa recuerda él de su infancia, salvo alguna que otra "gamberrada" y poco más, porque según su explicación, nada interesante, importante había vivido ni en su casa, ni con sus padres, que hubiera quedado grabado sentimentalmente en su corazón. Sólo tiene uno, claro, trágico, impactante, el entierro del mayor de sus hermanos, del "Candelita", dónde recuerda la gente, las calles atestadas por dónde pasaba el féretro, con niños aupados en las rejas de las ventanas para verlo pasar y "Marías" plañideras despidiéndole entre una gran multitud apretada viviendo el duelo. Murió con veinticuatro años de cáncer, lo conocía todo el Cerro, por su carácter abierto, por su trabajo en la plaza. Él tenía diez años y es su primer recuerdo.
Salió del colegio con catorce años y como no podía se de otra forma, se puso a trabajar en la plaza, en el mercado y seguía ayudando a su padre en la madrugada. Lo mismo se hizo pescadero, que confitero, que terminó consolidándose como frutero ayudando al hermano que se convirtió en primogénito a la muerte del mayor y que heredó el primer "puesto" que su padre adquirió.
Allí empezó a conocer la vida de los mayores, empezó a hacerse hombre, a probar cosas nuevas y muchas veces prohibidas, a contactar con otros amigos distintos a los de su calle de toda la vida, en resumen a vivir experiencias nuevas y distintas.
(Continuará)

lunes, 1 de marzo de 2010

Mis dos "pequeños" amores

Tengo dos amores, dos "pequeños" amores, dos grandes amores, inmensos, puros, desinteresados, como es el amor que se profesa a los hijos,pero en este caso, no es a los hijos que ya los tengo, en este caso me refiero a mis dos nietos.
Las circunstancias que rodean la llegada de ambos a mi vida, a nuestras vidas, son totalmente dispares, por tanto las experiencias vividas en cada momento son muy distintas, pero al final ambos acontecimientos convergen en un mismo punto: la emoción, la ilusión, el amor hacia unas vidas que empiezan.
Cuando supe que Marco estaba en camino, que era un pequeñísimo embrión germinando en el vientre de su madre, me conmocionó, no lo esperaba. Lo de ser abuela ni siquiera había ocupado un mínimo de tiempo en mis pensamientos y era algo que esperaba que llegara algún día, todavía bastante lejano, pero que por supuesto nunca se me habría ocurrido que fuera tan pronto.
Mi hijo, el padre, había conocido a su mujer, la madre, tres o cuatro meses antes, se enamoraron enseguida y el embarazo llegó más rápido que el rayo, aunque las circunstancias en ese momento de trabajo, de vida, no eran las más idóneas para tener un hijo. En ningún momento dudaron y decidieron tenerlo, ante esa rotundidad, firmeza y seguridad, como no podía ser de otra manera, tuvieron mi apoyo y el de toda la familia.
Durante los nueve meses de una gestación sin complicaciones, viví ese tiempo con ilusión porque iba a nacer mi primer nieto, expectación, cariño y por supuesto con la lógica preocupación por solucionar a marchas forzadas lor problemas que se vinieron encima de vivienda, ajuar, compras, trabajo...
No tenía muchas ganas de nacer Marco y en un control saltó la alarma, faltaba líquido amniótico y hubo que provocar el parto. El goteo de familiares y amigos fue constante durante todo el día y la sala de espera de maternidad se fue llenando. Allí estábamos todos, nadie quería perderse la llegada del que iba a ser, primer hijo, primer nieto, primer biznieto,primer sobrino, primer bebé en la pandilla de amigos y la expectación y los nervios crecían conforme las horas pasaban y ni niño no nacía. La información médica era casi nula y no podíamos estar al lado de la madre,por lo que casi rozando la madrugada, la gente ya cansad y un poquito "decepcionada" comenzó la retirada. Al final nació alrededor de la dos de la madrugada, en el silencio de un hospital dormido y una gente vencida por el cansancio de la larga espera. Sólo quedamos allí seis personas para verles, para emocionarnos, para darle la bienvenida a un niño hermoso, grande, de casi 5 kg de peso que llegaba con los ojitos cerrados y la cara contraida por el llanto y roja por el sufrimiento de un parto que a buen seguro había sido difícil y doloroso para él.
Con Emilio, todo fue completamente al contrario,salvo en una coincidencia a la hora de nacer. Mi hija, la madre, llevaba ya siete años unida a su pareja, el padre y algunos meses buscando su llegada. Cuando lo consiguieron, la alegría llegó nuevamente, aunque no la sorpresa pues lo estábamos esperando de un momento a otro. Los primeros meses fueron muy difíciles, se impuso el reposo absoluto y el miedo por riesgo de aborto y no pocas veces tuvimos que salir corriendo al hospital pensando que se había perdido, pero mi niño seguía ahí, resistiendo una y otra vez y aguantó el tirón.
No culminó los nueve meses, aunque faltó muy poquito, en una revisión rutinaria se apreció una anomalía y derivaron a su madre al hospital. Nadie esperaba su llegada, nadie se enteró, hasta mi hijo, el pequeño, estaba de vacaciones con su novia. Cuando la médica de guardia nos habló de una cesárea de urgencia, sólo estábamos allí su padre y yo, apenas dio tiempo a avisar a la familia, en una hora mi niño había nacido. Nació al igual que su primo, sobre la misma hora, en el silencio de un hospital vacio y como él con seis personas esperando para verle, emocionados, expectantes y nerviosos.
Era un niño pequeñito, 2´7oo kgs. de peso, que nos llegaba muy pálido. con los "morritos" hinchados y los ojitos abiertos, parecía como si quisiera vernos, calmado y tranquilo, consecuencia de un parto sin sufrimiento.
Hoy Marco está cerca de los cinco años y es muy guapo. Tiene la piel morena, un pelo negro y fuerte y unos ojos preciosos, negros y rasgados, enmarcados por unas cejas largas, muy bien delineadas. Es alto y fuerte y en la fila del "cole" sobresale de los demás y más parece estar en ella por equivocación que por pertencia. Es muy noble, cariñoso, ocurrente y muy inteligente. Le encanta dibujar y que le cuenten cuentos, los números, contar y calcular, ha aprendido a leer sólo, a base de preguntar por ésta o aquella letra. Le apasiona el fútbol y por supuesto, como no podía ser de otra manera, es sevillista hasta la médula, de su equipo te puede recitar de carretilla nombre y numeración de todos los jugadores y conoce los escudos de todos los equipos de primera y segunda división. Maneja el ordenador como si fuera mayor y adora a su tito Salvi con quien aprende a jugar al tenis y pasear con su tita Tania empujando el carrito de su primo Emilio, mientras ésta le cuenta cuentos. Se duerme con su padre que le cuenta "cosas de la vida" y a su madre le dice cosas como "eres mi vida".
Emilio tiene sólo diecinueve meses y es muy guapo. Tiene el pelito castaño y finito y los ojos almendrados como su madre, rodeado de largas pestañas. Seguro que con el tiempo y como ella la tonalidad le cambiará según las estaciones del año, más oscuros, marrones en otoño e invierno, claros y casi verdes en primavera y verano. Su piel es sonrosada y la boca de labios gorditos y marcados que dibujan una sonrisa preciosa y por la pinta que lleva creo que será alto y delgado como su padre. Es bueno, gracioso, tierno, cariñoso y muy inteligente. Apenas pronuncia dos o tres palabras, pero lo entiende todo. Le encantan los juguetes, las canciones y adora a Pocoyo. Su dedito índice siempre está preparado para pulsar, teclear, señalar todo lo que ve a su alrededor, esperando tu respuesta. Ya conoce los números del 1 al 10 y es capaz de señalártelos cuando le preguntas por ellos, los mismo si es en español como en inglés, aprendido de uno de sus juguetes favoritos y conoce el escudo del Sevilla F.C. desde antes de tener un añito, al que nada más ver, inmediatamente se le escucha: "!illa.... aaaaah!" (traduzco "!Sevillaaaa... aaaaah!") y se vuelve loco con el pajarito de casa y con "Pampa" la perrita de Marco.
Estos son mis dos nietos, mis dos "pequeños" y grandes amores, los que me animan cuando estoy triste, los que me quitan el cansancio, los que me han hecho revivir emociones, sensaciones vividas en otras épocas, los que me enternece y me hacen ser mejor, los que me dan vida... y no me pesa el trabajo si lucho por ellos y no necesito dormir si vigilo sus sueños y cualquier vacio se llena, cuando los miro y me miran, cuando los abrazos dormidos y me acurruco en la cama con ellos y cuando el chico me abraza riendo y el mayor me dice "Ani, te quiero". No hay placer más grande, ni momento más dichoso que verles por las mañanas con los ojitos aún pegados por el sueño como se miran y se dan besitos y sentarlos a mi lado, uno a la derecha, otro a la izquierda para darles el desayuno, ponerlos guapos y bajarlos a la calle con el mayor orgullo para que los vea su abuelo y los achuche a besos.
Cuando termina el día, en el recogimiento de mi cama, en el silencio de la noche, no me queda más remedio que dar gracias a la vida por el regalo que tengo ( y los que si Dios quiere, tendré) porque están a mi lado y puedo disfrutar de ellos, que son sangre de mis hijos y como a ellos los quiero.

viernes, 19 de febrero de 2010

El invierno


A pesar de la mala fama del invierno, ya se sabe, lo incómodo de la lluvia, el frío que acobarda para salir, el cielo gris, el sol que ni siquiera calienta, la tristeza de las calles desiertas a las cinco de la tarde, los árboles desnudos... nada de ésto invita a que se le aprecie demasiado, no en vano siempre ha sido el símil del ocaso, del fin de la vida, pero a pesar de todo, a mí me gusta, porque cada una de las estaciones tiene su encanto y ésta no podía ser menos.
Me gusta porque es el momento del recogimiento, de disfrutar del hogar, de la reflexión. Hay unas horas especialmente hermosas, acogedoras y cálidas, las horas en que el día va llegando a su fin, en las que los quehaceres cotidianos han acabado y llega el descanso al calor del brasero bajo la mesa de camilla, sentada en el sofá a la luz de una lámpara que alumbra la lectura, la labor o el cuaderno dónde apunto y escribo la vida, en el silencio de una noche dónde los demás duermen ya.
En estas noches en las que ves algo en la tele, o lees, o escribes o simplemente piensas en lo que el día te ha deparado, también hay sitio para recordar, releer u ojear libros antiguos, libros que en su día me impactaron, rebuscar en las estanterias y "descubrir" áquel del que tanto aprendí cuando aún era una adolescente o el que me emocionó con una preciosa historia de amor a los veinte años, o el que me sumergió e impregnó de culturas lejanas o me instruyó en temas políticos durante la época de la transición en España.
Anoche tuve en la mano, el primer libro de mi tío, el poeta. Un libro pequeño, cuyas hojas sueltas de tanto pasarlas y amarillas por el paso del tiempo está sujetas burdamente por dos tiras de fixo para que no se pierdan. Un libro de escritura antigua, carente de ilustraciones, austero cuya única nota de color radica en el rojo de la primera letra de su título. Un libro de cien páginas que reune diecinueve poesías, sencillas, populares, andaluzas que a mí particularmente me emocionan y que anoche releí una por una saboreando el momento, disfrutando a tope de la tranquilidad, la paz, el sosiego y el calor que sólo el desprestigiado frío invierno es capaz de conseguir.
Para terminar quiero transcribir una que a mí me gusta especialmente y que espero que a los que me estais leyendo os guste al menos un poquito.
Se títula "CELOS" dedicado por el autor: "A mi prometida"
No son celos de los hombres,
que a los hombres no les temo,
ya sé que mientras yo viva,
mientras respire mi aliento,
tu amor y mi amor, mi vida,
serán un alma y dos cuerpos.
Mis celos no son de duda,
mis celos son otros celos.
Siento celos de la luna,
de sus resplandores bellos
que con silenciosos pasos
se aproximan a tu lecho
y besan tus níveas carnes
y velan tu dulce sueño;
siento celos de la brisa,
del frío soplo del cierzo,
del sol, la nieve y la lluvia,
del rocío fino y del viento;
porque acarician tu cara,
porque a tus rubios cabellos
se abrazan cual si quisieran
llevárselos prisioneros.
Siento celos de las flores,
de su perfume hechicero,
que penetrando en tu alma,
como un cuchillo de acero,
me roban, vida, un instante
algo de lo que más quiero.
Celos de los manantiales,
porque esos labios tan bellos,
esos dientes de azahares
que yo con éxtasis beso,
no quisiera que ni el agua
!ay! se rozara por ellos.
Celos hasta de mí mismo,
porque el amor que te tengo
es un amor de locura,
es pasión, es sangre, es fuego,
es una llama que arde
como un volcán en mi pecho
y siento celos, mi vida,
de que consuma mi cuerpo.

sábado, 13 de febrero de 2010

Gracias "Commodore"

La vida me regaló ayer otro día de seda, de esos que atesoras en tu corazón y ni el paso del tiempo puede borrar de tu mente, porque te marcan.
Ayer asistí al primer concierto del grupo dónde toca mi hijo Salvi, "Commodore" y tengo que decir que me encantó, no sólo por el concierto en sí, que fue estupendo, sino también por todo lo que rodeó al acontecimiento, haciéndonos vivir una noche inolvidable.
De vuelta a casa, llegué rememorando y relamiendo el dulzor de esos momentos y me puse manos a la obra, para intentar trasmitir (!que difícil!) sin olvidar detalle, lo que juntos habíamos vivido en un pequeño local, cálido y acogedor, en medio de un polígono industrial.
Once de Febrero, viernes, los termómetros rozando el cero, un frío que traspasaba y una lluvia fina, pertinaz y helada que intensificaba aún más la sensación de frío. Un día para estar en casa, metidos hasta el cuello en la mesa de camilla con el pijama puesto, pero no era día de quedarse en casa a pesar de la inclemencia del tiempo, había que salir !íbamos a ver y escuchar a "Commodore" y para allá nos fuimos.
Podría contar tantas cosas de la noche que no sé por donde empezar, porque todo fue bonito, cálido, sencillo... pero puestos a destacar, ahí va un poquito: la espera, charlando con los amigos, contando anécdotas del grupo; el ambiente de nervios y expectación con el cigarrillo en la mano; el abrazo de Salvi a sus hermanos, a su padre, a mí; la presentación de los dos componentes del grupo que no conocíamos; la empatía con los "otros" padres también presentes al ver reflejados en ellos tus mismos sentimientos; los abrazos y palabras de ánimo de los amigos; la llamada de Marco para desearle suerte a su tito Salvi y la ternura de éste hablando por teléfono con él; Iván animando y aplaudiendo; los saltos de Tania gritando "ese es mi hermano"; la carita de felicidad de Sara mientras hacía una foto tras otra, la risa de Cristina con el mechero encendido en la mano moviéndolo al son de la música; sus tíos asistiendo por partida doble y Mª José y Patri y Pepe, Dani, Carlos, Fabi... animando; el orgullo en la cara de mi marido y mi corazón palpitando de alegría.
Y se encendieron los focos, iluminando el escenario y empezaron a sonar maravillosamente los primeros acordes de una música contagiándote con su ritmo, con la voz de mi hijo cantando y su mirada de complicidad de vez en cuando hacia nosotros, con la bateria "aporreada" por Gregui, con el punteo de Ricardo y el bajo de Isaac... todos a una, disfrutando y haciéndonos disfrutar de un momento maravilloso.
No entiendo de música, no sé de técnicas, no sé percibir el pequeño fallo o desafine, o si la nota es "do" o "fa" o "la"... pero sí sé percibir lo que llega, lo que trasmite, lo que te hace vibrar, lo que se hace con corazón, con trabajo, dedicación, esfuerzo, ilusión... y el grupo acumula todos estos valores y fueron capaces de hacernos vibrar a todos los que allí estábamos con esas siete canciones estupendas que nos supo a poco.
Así que ésto va para los cuatro: seguid trabajando en esa línea, porque teneis talento para eso y mucho más, porque ya estamos todos contando los días para volver a veros en Mayo y disfrutar con vuestra música.
Gracias por la noche que nos habeis hecho pasar, gracias Isaac, Ricardo, Gregui y Salvi. Gracias "Commodore"

sábado, 6 de febrero de 2010

La enfermedad. La fé


Llevaba mucho tiempo enferma, tanto como una década. Durante todo ese tiempo, lo que empezó con algunas molestias, jaqueca, decaimiento, se fue acentuando y llegó el peregrinaje de médico en médico, especialistas, neurólogos, psiquiatras, homéopatas... y ninguno daba con la solución, a cada nueva consulta, nueva ilusión de curación y nuevo batacazo cuando el nuevo tratamiento no surtía el efecto deseado. Llegué a desear al menos, si no la curación, el alivio, alivio a los dolores de cabeza intensos y permanentes y a conseguir dormir. Las noches las pasaba vagando por la casa como alma en pena, intentando no despertar a los míos, con las manos en la cabeza como queriendo aguantar el dolor para que no aumentara más, porque era insoportable y llorando cuando la impotencia y la desesperación me vencían.


Así un día y otro, una semana, un mes, un año... llegó un momento en que ya no sabía que hacer, me había gastado un dineral en médicos (aparte los del Seguro) y tratamientos, llegué a pensar que todo era ficticio, que mi mente me estaba jugando la mala pasada de inventarse una dolencia inexistente, creí que era una hipocondríaca superlativa y terminé sintiéndome culpable por lo que me ocurría, al deducir que nada tenía, salvo una obsesión y me castigaba y castigaba a mi familia sin razón.


Después de visitar al penúltimo especialista, en este caso un psiquiatra, que me diagnóstico una fuerte depresión y me atiborró de tranquilizantes que me tuvieron un mes casi sin poder salir, opté por no tomar nada y me machaqué pensando que nada me dolía, que nada tenía, de esa forma pensé, que si era cosa de la mente, la vencería. Inútil, porque llegué a un punto en que si dormía dos horas al día era mucho, apenas comía o lo hacía compulsivamente porque hacerlo, a veces, aliviaba el dolor, la debilidad física aumentaba por día y la depresión y la tristeza vivían conmigo.


No sabía que hacer, ni vivía, ni dejaba vivir, no quería visitar ningún médico más porque todos decían lo mismo: que no había nada importante, salvo una pequeña depresión. Sentí el miedo y la soledad cercándome cada vez más, porque sabía que nadie me comprendía (con toda la razón) aunque todos me apoyaban y animaban, pero yo sí sabía y por eso me asustaba que algo gordo estaba pasando en mi organismo y que mi cuerpo no aguantaría mucho más.


El Martes Santo del año 1.999, me fuí con mi hija a ver salir "El Cerro", la mañana era espléndida, incluso hacía calor, el cielo inigualable de nuestra primavera, en resumen uno de esos días en que das gracias a la vida por vivir.


Aquel día me había levantado com siempre, mal, pero me obligué a salir. La cabeza me estallaba y el cansancio apenas me permitía andar, pero como otras veces, simulaba estar bien, quería dar la imagen, aunque fuera de tarde en tarde, de normalidad. Esperamos para verla salir casi dos horas, de pie y al sol, frente por frente a la puerta de la Iglesia, aguantando ese sol que apretaba de justicia en medio de un cielo azul precioso, pero que a mi me estaba matando.


Cuando el Cristo llegó a mi lado, mecido al son de la marcha procesional y bañado por montones de pétalos de rosas que la gente echaba a volar desde los balcones, la lágrimas brotaron de mis ojos sin poder reprimirlas y en aquel momento, a pesar de que no soy religiosa, ni capillita, ni comulgo con la Iglesia, le pedí a ese Cristo crucificado que me ayudara, ya ni tan siquiera que me curara, no, que me ayudara a encontrar al médico que descubriera que me estaba ocurriendo para saber que hacer, si todavía se podía hacer algo. Miré su cruz y su corona de espinas que apretaban su cabeza como el dolor apretaba la mía y supe que el Dios en el que sí creo, me comprendería.


No ha existido un momento en toda mi vida en el que haya pedido, suplicado, con tanto sentimiento y a la vez con tanta fé. Le prometí que si me curaba todas las primaveras de la vida que El quisiera regalarme, estaría allí para verlo pasar "caminando" clavado en su cruz, mojándose con la lluvía de pétalos que otras corazones, tal vez tan agradecidos como el mío, le tiraban al pasar.
Cuando volvió la esquina de la calle y lo perdí de vista, mi hija me abrazó al verme emocionada, no sabía logicamente lo que por mi cabeza pasaba y por un momento tuve paz y la ilusión de que todo se podía arreglar, porque la fé mueve montañas y yo había pedido con mucha fé.
Un mes más tarde me hablaron de un médico estupendo, un endocrino, la única especialidad que no habia tocado porque no lo relacionaba con mi dolencia. Me dijeron que lo intentara y más por complacer a mi familia que por convicción, accedí a ir, con la condición de que sería el último.
Después de pruebas complicadas, me diagnosticaron un tumor en la hipófisis en estado tan avanzado que afectaba al nervio óptico, al hipotálamo en el área del sueño (por eso no dormía) y a todo un sistema hormonal que estaba totalmente descompensado. La única solución pasaba por una operación urgente para extirparlo. No me quiero extender en detallar las vivencias de esa semana de vértigo en la que se preparaba la intervención, pero destacaré dos importantes y principales sentimientos que convivieron esos días conmigo:
- ALEGRÍA: porque sabía !por fin! lo que tenía, porque había encontrado al médico y a la enfermedad, porque no estaba loca como llegué a pensar, porque para bien, si me curaba, o para mal si me pasaba algo, el sufrimiento se acababa...
-MIEDO: porque era una operación complicada de cabeza, porque podía en un gran porcentaje quedarme alguna secuela, más o menos importante, porque podía faltarle a mis hijos, mi marido, mi madre...
Al año siguiente por primavera salí de nazarena por primera vez en mi vida, con mi Cristo de "El Cerro", con un cirio en la mano y una medalla en el cuello, formando en una fila larguísima con mi hijo delante marcándome el paso y mi Cristo detrás para verlo. Fueron quince horas de recorrido con el corazón rebosante de felicidad, en el que no dejé de dar gracias por todo lo que me había ocurrido en un año, porque la alegría había vuelto a mi casa, porque seguíamos todos juntos, porque había aprendido cosas muy importantes, porque disfrutaba de todos los momentos que la vida me volvía a ofrecer, porque me había vuelto la fé y la ilusión, porque no tenía dolor y podía dormir y todo, todo, porque me había curado.
Y allí he estado ya diez años de esta vida nueva que El me ha regalado y como le prometí, de nazarena o no, da igual, allí he estado y estaré para verlo hasta que muera.

sábado, 30 de enero de 2010

Marta del Castilllo


Hace unos días se ha cumplido el primer aniversario de la desaparición y muerte de Marta del Castillo y no puedo dejar de dedicarle unas líneas, un recuerdo y mucho sentimiento a una niña a la que conocí desde que tenía siete añitos y a una familia a la que tengo un gran cariño y a la vez una gran admiración por la entereza con la que están llevando esta tragedia, ya que me consta, porque hablo con ellos con bastante regularidad, el sufrimiento que están padeciendo.


La niña que conocí con siete años era preciosa, delgada, cuyo cuerpo apuntaba ya, aún siendo tan pequeña, una elegancia que pasado los años se sumaba a una figura estilizada y armoniosa. Rubia, con abundante melena, que durante el verano, expuesta al sol y al mar durante tantas horas, se le veteaba con mechones que de puro rubio perdían hasta el color. Los ojos muy grandes de color verde y los labios gorditos y bien dibujados. Era tímida y callada pero a la vez simpática y agradable. Es cierto lo que de ella comentan sus amigos en la tele, reía mucho, era muy alegre. No fue buena estudiante, los libros eran su caballo de batalla, según me contaba su abuela Teresa cada verano cuando llegábamos a la playa - "este año, Marta, también tiene que estudiar, le han vuelto a quedar algunas"-


Los años han ido pasando muy cerca de ellos todos los veranos, y he sido testigo directo de cómo la niña evolucionaba poquito a poco hasta hacerse practicamente una mujer, una mujer muy guapa, muy atractiva (las fotos que salen en la tele, no le hacen justicia) pero conservando todavía esa mirada inocente, cándida y tímida de cuando era niña.


Y así llegamos hasta el ultimo verano juntos, el del año 2008. Ese verano yo acababa de ser abuela por segunda vez y llegamos a la playa algo más tarde que de costumbre. Venía con nosotros mi hija aún convaleciente de una cesárea y su niño, mi nieto de diez días y un peso que apenas sobrepasaba los tres kilos. Ella no estaba todabía allí, ese año sus padres, se habían podido permitir llevar a sus tres hijas de vacaciones a "Eurodisney" y los abuelos, Antonio y Teresa y los tíos Javier, Ana y la pequeñita Alba, su prima preferida, los esperaban con impaciencia.


Cuando llegaron me sorprendió verla, en un año había cambiado muchísimo y como antes comentaba, se consolidaba como una chica guapísima. Le encantó mi nieto y con Marco se reía mucho, por lo que raro era el día que no pasaba o se asomaba a verlos (le encantaban los críos). Charlamos ese año más que nunca, me contó lo que había disfrutado en Francia, lo bien que ese año había terminado el curso, el montón de fotos que se habían hecho y los recuerdos tan bonitos que traía de "Disney", lo que en un futuro quería estudiar, por supuesto algo que fuera relacionado con los niños...


Como todos los años vino a despedirse a casa pues regresaban días antes que nosotros. Me comentó que tenía muchas ganas de llegar a Sevilla para ver a sus amigos y empezar otra vez la "rutina" de la vida "normal".


Esa fue la última vez que la ví y es la imagen que conservo de ella en mi memoria, quizás la más bonita que podría tener: la de una chica guapa, llena de vida, tostada por el sol, de maravillosos ojos verdes, que se despedía de mí riendo y besándome en el jardín de mi casa, como siempre, hasta el verano que viene.


Ese verano nunca llegará, pero mi familia y yo la recordaremos siempre.


Quiero en su homenaje, transcribir aquí una carta que escribí a los cuatro meses de su desaparición y que fue publicada en la revista "El Semanal" con el título de "Las Tres Piedras". Descansa en paz Marta.


"LAS TRES PIEDRAS"


Tengo una casa muy cerca del mar, un mar abierto al cielo que besa una playa de arena fina a la que no se le ve el fin, dónde brillan cuando las marea está alta, tres picos erguidos y desafiantes, aviso -dicen- de pescadores: "Tres Piedras" le llaman, tres rocas que cuando la marea baja alberga camarones, almejas, cangrejos... que hacen las delicias de los más pequeños.


En esa playa de "Las Tres Piedras" alejada del bullicio de zonas costeras masificadas, he pasado ya diez veranos de mi vida y espero que vengan muchos más, siempre con la sombrilla en el mismo sitio, rodeados de la misma gente que vemos de año en año. Pues ahí, casi pegadita a esta playa, está mi casa, una casa conseguida a base de mucho trabajo y sacrificio, como todos los que allí vivimos, una zona casi rural, dónde todavía no disponemos de luces en la calle, dónde el agua es de pozo y el alcantarillado es sustituido por "pozo negro", pero no importa, allí somos felices y vivimos en total libertad, lejos de etiquetas y convencionalismos.


Mi casa tiene una azotea desde dónde se ve el mar y unas puestas de sol impresionantes, y un pequeño jardín con rosales de diversos colores, un olivo y un limonero que contra todo pronóstico ha sobrevivido a la cercanía del mar y tiene azahar todo el año, allí colocamos una piscinita de plástico dónde se bañan mis nietos... y justo al lado, separada solamente por una malla adornada con plantas, geranios y una dama de noche que perfuma el aire, está la casa de Antonio Casanueva "mi vecino de la playa". Su casa es igual a la mía, con su azotea por dónde charlamos al tender la ropa y su jardín con un toldo en el centro bajo cuya sombra, espera siempre una mesa, invitando a la comida, al descanso o a la charla.


La casa de ellos se llena como la mía, de los abuelos, los hijos, las nietas (cuatro niñas preciosas, Marta, Lorena, Mónica y Alba) a las que hemos ido viendo crecer año tras año. Los veranos han estado repletos de juegos, carreras, risas, de bicicletas por la calle sin peligro de coches, de olor a barbacoa, de horas de sietas impuestas, de tertulias en el silencio de la noche bajo un cielo plagado de estrellas, de amistad de verdad, de ayuda mutua, de saber que hay una familia al lado en tu misma sintonía, de vida tranquila, de descanso y de paz, con el gozo de ver felices a los hijos y crecer a los nietos abarrotándose de sol y playa.


Pero este año no será lo mismo, este año no oiré la voz alegre de Eva, llamando a sus niñas para que hagan los deberes, ni sus risas camino de la playa, ni veré salir a las tres hermanas en bicicletas a comprar helados, ni Teresa la abuela, me contará con orgullo lo guapa que está su nieta mayor. Su preferida, a la que no veremos en la playa reunida con su pandilla de verano y tantas cosas imposibles de enumerar porque me faltaría espacio. Porque aunque estaremos allí, todo ha cambiado y es que falta Marta y falta porque unos indeseables le quitaron la vida (!Dios mio, que pena!), una vida que estaba llena de de alegría, de ilusión, de futuro, de belleza y bondad.


Ya los veranos no serán igual porque a esa familia, a la que quiero, que están allí pegaditos a la mía, esos... (no sé como calificarlos), les han arrebatado la felicidad.


P.D.: Si Marta del Castillo fuera hija de un cargo sea político, militar, judicial... ¿creen que después de cuatro meses sin aparecer su cuerpo, no hubieran hecho hablar al asesino y compañía?

domingo, 24 de enero de 2010

La vida puede ser bella

La vida está hecha de pequeños retales, porque la vida no es tela de una sola pieza, hecha del mismo tejido, color y textura. La vida es como un péndulo, oscilando continuamente: arriba, abajo, abajo y arriba. Cuando está arriba, la vida es un retal del tejido más suave que pueda existir, de la seda más fina dibujada de maravillosos colores que llenan tu corazón de felicidad, tranquilidad, amor... Cuando el péndulo baja, el retal es una tela basta de ordinario y oscuro colorido que araña la piel y daña la visión.
Esa es la vida y así hay que aceptarla, sabiendo que nos vendrán momentos, vivencias, de muy diversa índole y por lo tanto hay que apechugar con los malos de la mejor manera posible y aún sabiendo que suena a tópico, disfrutar y apurar al máximo, el retal de seda que nos regala de vez en cuando.
Hoy ha sido uno de esos días de seda en el que la vida hace que te reconcilies con ella, porque te hace comprender que no es tan difícil conseguir esos momentos dulces que te llegan al alma, sin necesidad de derroches, gastos superfluos, fiestas o poder.
Basta con reunir a tu gente más querida en un salón adornado de globos, guirnaldas y banderitas de colores y sentarlos alrededor de una mesa sencilla, repleta de viandas aportadas entre todos: unas tortillas, un vino, unas gambas, un buen queso, una ensaladilla, unas salchichas..., nada del otro mundo, pero a la vez lo mejor del mundo. Sazónalo todo con una buena dosis de alegría, complicidad, cariño, admiración y vuelcálo todo en la principal protagonista y responsable de que estemos aquí y la felicidad está conseguida.
Nuestra madre, la abuela querida, cinco veces repetida, la bisabuela por doble partida, ha cumplido noventa años y todos, los diecisiete que componen ya su familia directa, hemos estado hoy aquí, queriéndola y arropándola.
Os aseguro que no hay dicha comparable a esas lágrimas de felicidad, de agradecimiento, de amor, que le he visto resbalar por sus mejillas, al vernos juntos sorprendiéndola con esta fiesta que no esperaba, cuando los más pequeñitos - Marco y Emilio - con los mayores le hemos cantado el cumpleaños feliz y cuando frente al televisor hemos visto el video hecho de los retales de seda de su larga vida.
La vida puede ser bella. Feliz cumpleños, mamá y que cumplas muchos más.

miércoles, 20 de enero de 2010

El ordenador y el maestro

Ya escribí sobre mi colegio y cómo una persona, mi maestra, supo inculcarme el afán por aprender, la curiosidad, la inquietud para superarme, pasando antes como es lógico por una buena formación, tanto intelectual como - más importante aún - humana.

No quisiera ser reiterativa, pero no puedo evitar subrayar que supo hacernos fácil lo difícil, que se sentaba a nuestro lado y repetía con nosotras las lecciones, estimulando así la memoria, que nos castigaba con doble tarea, cuando no llevábamos los deberes hechos. Ella nos explicaba las veces que hiciera falta, en la gran pizarra negra, la gramática y sus reglas ortográficas, la geografía dibujando cordilleras y ríos para hacernos comprender las cuencas fluviales, la geometría con sus triángulos, ángulos y cuadriláteros, que mayoritariamente odiábamos y la escalera para que entendierámos mejor el sistema métrico decimal. Los problemas de granjeros que venden vacas y compran cabras, que nos parecían tan difíciles y acabamos dominando, la tabla de multiplicar que aprendimos cantando y los ríos más importantes de España con su recorrido y afluentes... Ella jugaba con nosotras en el recreo y supo darnos sin dejar de lado la disciplina y el respeto, cariño, educación y formación.

Fue tan importante que nunca le he olvidado y marcó en gran medida mi personalidad.

Hoy cuando leo o escucho en la tele o en la radio, que la Junta dotará a cada niño, creo que de 5º y 6º de EGB, de un ordenador para su uso en clase, me parece maravilloso, porque pienso "!Dios mío! si en mis tiempo hubiéramos tenido algo así ¿qué se nos hubiera resistido?" Tener en tus manos un mundo abierto, con toda la información existente a tus pies, unido al factor humano del tutor, es un bombazo de incalculable valor.

Pero... sigo leyendo y se me empiezan a caer los palos del sombrajo, resulta que con el dinero presupuestado para la compra de los mísmos, se podrían pagar los sueldos anuales de 3.000 maestros y que en Andalucía hay un deficit de 19.000.

Bueno, esto ya no es lo mismo. No hay nada, nada que se pueda comparar a la labor humana, por mucha tecnología que tengamos. Un maestro, una maestra, son insustituibles y nuestros niños de hoy tienen el derecho a no quedarse ni un solo día sin ellos. Como es natural todo el mundo tiene derecho a enfermar o sufrir circunstancias que le hagan faltar a su trabajo, pero el protocolo de sustituciones debe ser tan eficaz que el alumno ni puede, ni debe pasar más de uno o dos días sin sustituto. No se deben escatimar medios de ningún tipo para ello, ni recurrir al "comodín" del profesor de apoyo, porque éste tiene que atender las necesidades de otros niños que lo necesitan.
Por todo ello, no hay que ser muy listo para comprender que para nada sirve un ordenador, si falta la presencia humana durante muchas horas lectivas del curso escolar por la no sustitución de bajas, unas porque se consideran menores, por ejemplo una semana y es mejor pensar que por una semana no pasa nada. Otras son largas, como por ejemplo una baja maternal y entonces se retrasa todo lo posible, racaneando días, remoloneando para pagar lo menos posible.
Tengo una hija maestra, afortunadamente trabajando, con una vocación por su trabajo, que me recuerda a la mía de hace ya 45 años. Disfruta con su trabajo, raro es el día que no viene contando cualquier anécdota simpática de alguno de "sus niños", la veo preparar sus clase con la mayor ilusión, sentarse frente al ordenador recabando datos, información, juegos, cuentos, canciones... para ellos, quitándole tiempo si es preciso a su propio hijo y familia y me hace pensar que la valía para enseñar , la dedicación, la humanidad y el cariño hacia los menores, no cambiaran nunca en un maestro/a vocacional ya fuera en mis tiempos, en los de ahora o en el futuro, lo que sí cambia son los medios y los actuales son fantásticos, pero no imprescidibles, el maestro sí lo es.
Tengo un hijo también maestro, es exactamente igual a su hermana, vocacional y será excepcional, cuando lo dejen trabajar. Ahora está en una bolsa de trabajo de la Junta, superabultada que no se mueve, porque al parecer con esto de la crisis, no hay dinero para pagarles.
De momento, un ordenador, le quita el sitio, el dinero no da para las dos cosas, así que puestos a elegir han optado por el ordenador que tiene más "caché" de cara a las próximas elecciones.
!Así nos va!