Mientras todos los acontecimientos descritos se desarrollaban en el pueblo, mi héroe se desesperaba porque no conseguía tener noticias de los suyos, sus cartas eran retenidas por la caótica situación que en él se vivía, ocurriendo lo mismo al contrario.
Su regimiento era ya consciente del golpe militar porque ellos precisamente habían quedado bajo el mando de los "nacionales", los altos responsables militares de la provincia de Granada, se adhirieron sin dudarlo al ejército rebelde y él ahora era un soldado que luchaba según los dictados de dichos mandos. Digamos que de golpe se convirtió en un "nacional", un "rebelde" al Gobierno legalmente constituido por los deseos del pueblo, o en un "facha" como se les conocía a los defensores de los ideales fascistas, como ya ocurría en Alemania e Italia.
Se sentía como un muñeco de feria, manejado por manos desleales, por ideas que no entendía, por mandos que ordenaban sin dar explicaciones, que disponían de tu vida sin contemplaciones y para los que tu muerte no importaba, no eras una vida eras un número de un batallón y tu posible muerte, una baja anotada en un papel. No se les informaba de nada, de cómo estaba la situación, qué pasaba en otras provincias españolas, que pasaba en Sevilla, de que bando era...
Supo entender que no había que perder tiempo pensando, que las calamidades cuando vienen hay que afrontarlas con todo el valor de que pueda uno ser capaz, que las lamentaciones no sirven para nada y que lo que tenía que hacer es luchar en esa guerra de la mejor manera posible, porque en ello se jugaba la vida con sólo 21 años, tenía una vida por delante y una familia a la que quería con adoración, tenía que sobrevivir. Se encontraba en plena Sierra Nevada, un campo de batalla inmenso, plena naturaleza, piedras, riscos, arboleda y cuando empezara el invierno si aún seguían allí, nieve, temperaturas bajo cero, incomunicación y un enemigo conociendo como la palma de la mano la zona, sabiendo como atacarles y dónde esconderse, porque se trataba de guerrillas compuestas de milicianos es decir, el ejército del pueblo, en este caso hombres que luchaban por recuperar sus tierras, sus casas, sus vidas en los pueblos que salpicaban la montaña.
La misión de ellos era no solo mantener las posiciones, sino además avanzar en zonas ocupadas por los milicianos, destruir o crear conexiones eléctricas según su conveniencia, y mediante señales ópticas por el método morse, comunicarse con los suyos al otro lado de la montaña mandándoles información de todo lo que acontecía durante el día. Estas comunicaciones se hacían siempre de noche por motivos obvios, de día con el brillo y la luz solar era imposible, y era él uno de los mejores en esta misión, por lo que pocas eran las noches que pasaba en los barracones. Los primeros días, antes de llegar el invierno, fueron teribles, el miedo lo paralizaba y las manos tenía que controlarlas porque le temblaban y sabía que el temblor era el mayor enemigo de un emisor, porque a causa del mismo, las señales no sólo podían llegar defectuosas a su destino, sino lo peor que fueran detectadas por el enemigo y entonces sí que podía decir uno aquí se acabó todo, el ruido de las metralletas disparando, las explosiones de las bombas de mano, podían alcanzarlo sin mucha dificultad, dada la cercanía de los milicianos, y terminar allí mismo su corta vida. Después con el tiempo se fue sosegando, tranquilizando, consiguiendo una gran pericia en sus transmisiones y con ello una confianza muy importante en lo que hacía.
" No salí, o mejor dicho no salimos de la Sierra durante los tres años que duró la Guerra Civil, mi destacamento, apenas se componía de 60 soldados, al mando de un sargento y un capitán de los que recibíamos las órdenes, pero con el paso del tiempo, allí ni había capitán, ni había sargento, nos habíamos convertido en una familia. Una gran familia, luchando por sobrevivir, ayudándonos los unos a los otros, sufriendo en nuestras propias carnes el sufrimiento de cualquiera de nosotros, y celebrando como si fuera nuestra cualquier buena noticia que algún compañero recibiera. Sólo teníamos dos medios de contacto con el mundo exterior, como así denominábamos todo lo que no fuera la sierra: la aviación por la que recibiamos quincenalmente nuestros alimentos junto con el correo; la otra era mucho más cercana, más humana, se trataba de un guía de la sierra que se jugaba la vida una vez al mes, visitandonos de noche. Se llamaba Antonio y había pasado sus cincuenta largos años de vida en el monte. Su padre al igual que él vivió desde que nació en una cabaña instalada en una de las zonas más altas del monte, cabaña que heredó de él, puesto que fue el único de los ocho hijos que tuvo, que no quiso abandonarla a su muerte, aprendió a fuerza de acompañar a su progenitor todas las rutas, caminos, senderos, rios, que pudiera haber y no concebía su vida fuera de allí porque adoraba la montaña. Heredó no solo la cabaña sino tambien el puesto de guia oficial que el Gobierno desde muchos años atrás concedió a su abuelo a cambio de un pequeño sueldo que les permitía vivir. Antonio vivía solo, de vez en cuando bajaba a Granada y pasaba allí unos días de asueto, pero enseguida regresaba, no sabía vivir en la ciudad. Cuando era más joven,bajaba con mucha más frecuencia, porque joven al fin, necesitaba relacionarse con gente de su edad, le gustaba ir de fiestas y sobre todo salir con mujeres, quería casarse, tener hijos que continuara con la tradición familiar, pero no lo consiguió, cuando explicaba a cualquier novia que tuviera, dónde estaría su hogar, huían despavoridas. Así que pasada ya la treintena,comprendió que su lucha era estéril, y terminó aceptando que nunca se casaría y que con él se daba fin a esa peculiar forma de vida. El por qué ayudaba a los nacionales nunca lo supimos, a lo sumo llegó a decirnos que era un adicto a la disciplina, porque sin disciplina nada se consigue, si no fijaros -decía- en la naturaleza, todo está reglado, el sol siempre nace y muere por el mismo sitio, las flores, el celo de los animales para procrear siempre es en primavera, la nieve, el viento,, el frío.. todo tiene su momento, todos los elementos que componen la vida se rigen por unos parámetros fijos y eternos y por eso la vida sigue y sigue siempre acatando las leyes. Esa misma rigurosa disciplina tenía que regir igual entre los hombres y los últimos años todo había sido un caos, cada uno y cada cual tirando para su lado y así no podía ser. Pensaba que el regimen militar era el apropiado para conseguirlo y por eso ayudaba a la causa y si lo cogían, algo poco probable, dado su conocimiento de rutas y caminos desconocidos, pues mala suerte.
Esperábamos la llegada de Antonio con ansiedad, él nos informaba de como se iba desarrollando todo, nos traía los encargos que cada uno de nosostros le hacía, la prensa aunque fuera atrasada se la quitábamos de las manos, pero sobre todo era como un bocanada de aire que nos traía ilusión, la ilusión que no debíamos perder para seguir sobreviviendo en esos parajes aislados del mundo.
Padecimos de todo, enfermedades, dolores, hambre cuando por motivos meteorológicos no llegaban los alimentos, los piojos... pero sobre todo el frío, el frío en invierno era aterrador, nada nos hacía entrar en calor, dormíamos vestidos pegados en las camas unos a otros, la nieve era nuestra perpetua compañera y nos pasábamos días y semanas con la ropa mojada, las noches transmtiendo señales eran eternas, hubo momentos que creí que no llegaría vivo al amanecer, saltaba, me frotaba piernas y brazos para que no se congelaran y los dedos me los liaba con papel de periódico. Las muertes de compañeros con los que habías estado compartiendolo todo, era trágico y traumatizante, sobre todo cuando los veíamos subir cubiertos por mantas hacia el helicoptero que los llevaba de regreso a casa, un regreso lleno de sollozos y lágrimas.
Las bajas eran cubiertas por nuevos soldados, subía un muerto y bajaba un vivo, llegamos a llamar al helicoptero el tio vivo, un tio vivo macabro que nos hacía pensar que quizás el siguiente en subir en él, sería uno mismo. Pero aún y con todo hubo algo que me marcó para siempre y que recordaré hasta mi muerte, lo más doloroso que viví en aquella maldita sierra:
La guerra tocaba a su fin, las noticias que nos llegaban era que estábamos a punto de alcanzar la victoria, sólo quedaban Madrid, Barcelona y poco más por conquistar, pero el triunfo era ya seguro, parte del Gobierno de la República había huido, se había exiliado y sólo iban quedando los últimos, los que preferían morir luchando antes que huir. Nos enteramos, cómo multitudes de personas, mujeres, ancianos, niños, casi con lo puesto, con pequeños hatillos se dirigián hacía la frontera francesa buscando asilo y refugio, abandonando lo que había sido su pueblo, su ciudad, en resumen sus vidas en un país destrozado no solo por la guerra, destrozado animicamente, humillado y vencido. De todas formas por la sierra, la guerrilla seguía actuando, aunque ya se notaba que iban quedando pocos y nosotros empezamos a soñar con volver, ahora eramos conscientes de que lo peor ya había pasado. El invierno había superado ya su ecuador, cuando llegaron cinco reclutas nuevos, su misión principalmente era la de ayudarnos en las reparaciones de cables y tendidos eléctricos. Eran todos muy jóvenes, procedentes de lo que se llamó la quinta del biberón, chavales reclutados con quince o dieciseis años, porque las pérdidas humanas habían sido tan enormes que tuvieron que echar mano de quintas casi infantiles. Entre ellos se encontraba Leoncio.
Leoncio era cordobés, vivía en un pequeño pueblecito junto a su madre viuda y a una hermana algo más pequeña que él, tenía dieciseis años, era moreno, espigado y apenas empezaba a salirle la barba, unos pelillos bajo la nariz y en la barbilla era todo su arsenal varonil, arsenal que él afeitaba con esmero día sí, día también, con la ilusión de que para el próximo afeitado tendría algunos más. Reíamos mucho con él, le gastábamos bromas como si ya había llegado al pelo número diez, pero él no se enfadaba, reía con nosotros, era la inocencia en persona Por las noches lloraba acordándose de su madre y hermana. Tenía mucho miedo, cualquier cosa lo asustaba y corría despavorido buscando refugio. Sabe Dios por qué motivo se pegó a mi como una lapa, no me dejaba ni un segundo, comía y dormía a mi lado y las noches que me tocaba transmisión era incapaz de quedarse sin mí en el barracón y se venía conmigo a pesar del peligro y el frío casi insoportable. Empecé a tomarle afecto enseguida porque era imposible no hacerlo, era como un perrillo a mi lado moviendo la cola continuamente, pidiendote un poquito de cariño y yo se lo dí, como hubiera hecho cualquier ser humano con corazón. Le contó a su madre que era mi amigo, que yo me portaba muy bien con él y que ya estaba superando el miedo gracias a mí. Su madre me escribió dándome las gracias por lo que me preocupaba por él y decía que nunca podría pagarme lo que estaba haciendo con su hijo. Y llegó la noche que nunca olvidaré, como siempre se vino conmigo para hacer la guardia, además de estar a mi lado, le encantaba ver como manejaba los cristales y continuamente me rogaba que le enseñara, lo más que hice fue que durante el día, en los periodos de descanso en el barracón, fue introducirle un poco en el sistema "morse" y la verdad es que aprendía rápido, para él aquello era casi magia y le fascinaba. Aquella noche había luna llena, el cielo estaba completamente despejado, el resplandor de la luna iluminaba la zona con mucha mayor intensidad que la mayoría de las veces. Transmití mi mensaje pronto, y seguí un poco más "hablando" con ellos de cosas banales, nos habíamos relajado hasta tal punto que ya no veíamos el peligro. Acabé, guardé los espejos en la mochila y nos abrimos unas latas de sardina en aceite que teniamos para cenar, una vez hubimos acabado fumamos un cigarro mientras hablábamos del futuro, yo volvería a mi ciudad y tendría que luchar fuerte y él a su pueblo de Córdoba a trabajar la poquita tierra que su padre le había dejado y volvería a ver a la niña que lo traía por la calle de la amargura. Al rato empecé a sentirme mal, quizás -pensé- el cigarro que me he fumado después de las sardinas me ha sentado mal y el estómago amenazaba con salirse por la boca. Salí corriendo, alejándome para vomitar y otras cosas porque el cuerpo se me descompuso entero, le advertí como siempre que lo dejaba solo, que no se le ocurriera coger los espejos, pero esta vez no me hizo caso, había pasado poco tiempo cuando sentí la explosión, el cuerpo se me heló aún más de lo que ya estaba. Corrí ahogándome de miedo, presentí lo peor, pero yo mismo me daba ánimos en la carrera pensando que no podía haber pasado nada, pero desgraciadamente mis peores augurios se confirmaron, una granada lanzada por la guerrilla explotó de pleno en el sitio en que Leoncio se encontraba. La imagen era dantesca, sangre y visceras esparcidas y el cuerpo de mi amigo desmembrado, en su brazo separado del cuerpo, en su mano aún se encontraba el espejo con el que se puso a hacer señales. Creí morir, pensé que todo era una terrible pesadilla, en segundos pasaron por mi cabeza cuarenta mil cosas ¿ por que lo dejaría solo? por que desobedecio mis ordenes?, ¿ por que me comeria las sardinas? por qué y más por qué sin respuestas, y su madre cuando se enterara... su dolor lo veía reflejado en la mía, si hubiera sido yo, y ese pensamiento era insoportable, hubiera dado mi vida por poder retroceder en el tiempo, por volver a escuchar su voz, sentir su miedo, oir su risa y hasta sus ronquidos durmiendo a mi lado, por los que tanto protestaba. Me hinque de rodillas rodeado de sangre y lloré, lloré hasta quedarme sin lágrimas.
La vida me castigaba una vez más, pero a pesar del inmenso dolor que sacudía mi cuerpo, en ese momento juré que no me iba a dejar vencer".
La vida me castigaba una vez más, pero a pesar del inmenso dolor que sacudía mi cuerpo, en ese momento juré que no me iba a dejar vencer".